Manuel Rojas, masón:  primeras entradas de lectura

por Pablo Concha

En 1951 Manuel Rojas lanzaba Hijo de ladrón entre la aprobación de la crítica y de sus pares, consagrándose como el principal narrador chileno del medio siglo. También en 1951 José Santos González Vera publicó en la revista Babel un artículo llamado “Manuel Rojas”, suerte de semblanza de su amigo en la que, además de abordar aspectos biográficos y estéticos, esbozaba la lógica de su actuar político-social: 

A veces, la inquietud está dentro de él y como todo lo prueba con la acción, va a deshojar una rosa a los pies del Gran Arquitecto. Si nota paralelismo entre su ritmo y el ajeno, se aparta; pero la inquietud social vuelve a rondarlo y se hace socialista. Si el socialismo entra en transacciones reprobables, él no transa: recupera su independencia y emprende algo que estaba madurando en sosiego (168).

Este pequeño fragmento se refiere a dos momentos clave de la actividad gregaria de nuestro autor, de su participación en una “capilla”, como él las llamaba (Rojas citado en Román-Lagunas 166). Es bien sabido que Rojas se inscribió en 1951 en el Partido Socialista y que lo abandonó apenas supo que este respaldaba la candidatura presidencial de Carlos Ibáñez del Campo. En el texto de González Vera aparece con claridad el episodio: “se hace socialista […] transacciones reprobables […] recupera su independencia”. La otra capilla se refiere como en código, pero la clave del “Gran Arquitecto” resulta elocuente: se trata de “la expresión idealista de una causa primera, […] una interpretación adogmática del concepto de Dios” (García Valenzuela 55), propia de la masonería. Efectivamente, antes de inscribirse en el Partido Socialista Manuel Rojas fue masón, y González Vera también da una pista sobre el motivo de su renuncia a 

finales de 1950: “Si nota paralelismo entre su ritmo y el ajeno, se aparta”. Pero eso no es todo: vale la pena advertir que mientras la militancia socialista no resistió más que un par de meses (cf.Román-Lagunas 166), la filiación masónica se extendió por casi ocho años, precisamente la época en que Hijo de Ladrón cuaja su primera forma con el título de Tiempo irremediable.

Manuel Rojas fue iniciado en la logia Germinación Nº 81 el 30 de julio de 1943 y desafiliado el 29 de diciembre de 1950, luego de que sus compañeros de taller[1]aceptaran por unanimidad la carta de renuncia voluntaria presentada a fines del mes anterior. En aquellos siete años y medio, Rojas hizo lo que podría llamarse una vida masónica completa: alcanzó los tres grados que reconoce esta confraternidad (primero: aprendiz; segundo: compañero, y tercero: maestro), ocupó cargos en la oficialidad de su logia y participó activamente en los dos ámbitos de acción que distinguen a un taller: la acción masónica interna —la que atañe a la vida de la logia en sí misma, en relación con otras y con la Gran Logia de Chile, autoridad doctrinaria a nivel nacional— y la acción masónica externa —las operaciones de la logia en el mundo profano (no masónico), expresadas tanto en el establecimiento de vínculos con instituciones educativas y de caridad, como en la influencia que sus miembros pueden ejercer en espacios sociales y/o culturales considerados relevantes—.[2]

A continuación, expongo una propuesta global de trabajo para abordar el dato masónico en su complejidad y un relato que pretende explicar la llegada de Rojas a la masonería. De entrada, cabe destacar que la magnitud de esta participación es un buen argumento para revisar una identificación política anarquista que suele prevalecer sin contrapeso en nuestra imagen recibida de Rojas como escritor y en nuestras premisas analíticas para entrar en su obra[3]. Esto parece necesario para evitar lo que Quentin Skinner (76-82) llamó “mitología de la coherencia”: la identificación de un autor con un pensamiento sistemático, unitario y coherente, que dispensa su ineludible variabilidad histórica, política y cultural. Precisamente lo que me interesa aquí es enfrentar nuestro concepto corriente de Rojas, que ha alcanzado ciertos ribetes míticos, con la inestabilidad de la materia histórica. 

En este ensayo ofrezco un planteamiento general del problema y luego abordo la dimensión biográfico-política de la participación masónica de Rojas. Propongo que la llegada de Rojas a la orden es producto de (i) su inserción desde 1928 en formas de sociabilidad de clase media marcadas por la jerarquía y el compadrazgo; (ii) la inauguración de su autopercepción y su autorrepresentación como hombre de letras y como escritor y (iii) la afinidad entre masonería y anarquismo a nivel de ideario. El recorrido tiene como telón de fondo las redes sociales mesocráticas que marcaron su vida como burócrata en los años treinta y cuarenta. 


Las herramientas del taller 

¿Cómo y por qué llegó hasta allí? Tal vez, por los mismos motivos que lo llevaron a tantas partes. Sin duda, es una historia larga, pero no muy confusa; de hecho, es más clara y lógica de lo que la sorpresa inicial pueda sugerir a los lectores de Rojas. La filiación masónica del autor no ha sido investigada porque hasta hoy era prácticamente desconocida: a diferencia de muchos otros pasajes autobiográficos, sobre todo de su infancia y juventud, Rojas nunca la refirió en entrevistas u otras comunicaciones públicas. Esta omisión sistemática a lo largo de los años debe explicarse no tanto por el reservado proceder de la orden, sino sobre todo por la aparente antítesis entre la imagen pública de Rojas como escritor popular y anarquista, y la connotación oficialista, estatal y partidista de la masonería. La omisión, pues, no puede ser fruto de un lapsus, sino de una decisión deliberada por parte del autor. Esta circunstancia había mantenido cerrado el acceso al mero hecho de su participación, casi adivinada hace veinte años por Susan M. Linker en un artículo que no ha encontrado gran eco entre los estudiosos de la obra rojiana. Afortunadamente, el azar me llevó a conocer este dato, después de lo cual pude visitar por tres años consecutivos el Archivo Masónico y el Museo Masónico, alojados en la sede de la Gran Logia de Chile.[4] Allí se encuentra la documentación que constituye el grueso del corpus de esta investigación: las planchas (actas) de todas las tenidas masónicas (reuniones semanales o bisemanales) a las que Rojas asistió regularmente desde 1943 hasta 1950.

Estas planchas son un material muy rico, porque permiten reconstruir la vida de la logia y sus trabajos al registrar un gran volumen de información, que muestra en detalle el modo de funcionamiento del taller y las dinámicas relacionales que lo sostienen. Las tenidas ordinarias de una logia cuentan con una estructura fija, que está dada por el Rito al que adscribe, es decir, a la forma particular en que esa logia practica la masonería; en este caso, el Rito Escocés Antiguo y Aceptado. Dicha estructura determina que las planchas presenten información muy diversa, tanto tipológica como temáticamente. Para aprovecharla vale la pena intentar una estrategia de lectura sociodiscursiva, que tiene dos dimensiones: una semántica, que analiza los discursos, exposiciones y discusiones concretas del taller en su dimensión de significado; y otra indicial, que considera esos discursos en tanto índices de un fenómeno de mayor alcance que no es evidente en la situación comunicativa particular, y para el cual se deben plantear hipótesis inferenciales. Esta estrategia de lectura doble, llevada a un corpus más amplio, nos permitiría reconstruir de forma más acabada el paso de Rojas por la masonería y desentrañar su relevancia cultural.[5]

La primera forma de lectura sirve para abordar el contexto dialógico del taller y las posiciones que toma Rojas sobre variedad de temas: desde física cuántica hasta sindicalismo, pasando por psicoanálisis, economía de mercado, alimentación y simbolismo masónico. Se trata de una vía que es útil sobre todo para leer la vida interna de la logia o bien para entender el derrotero intelectual de Rojas. La lectura indicial, por su parte, provee de vectores de sentido, de direcciones probables de enlace entre indicios, cuya constelación puede ayudar a delinear una estructura social profunda a la que no se tiene acceso de manera directa, esto es, en las fuentes.[6] Tal es el caso de la extracción social de los miembros de la logia o el tipo de compromiso que Rojas establece con ella a través de los años. Cualquier intento de caracterización del nudo Manuel Rojas-masonería debe advertir que las planchas proyectan la mirada hacia actividades de o relacionadas con la logia, pero que se desarrollan fuera del templo. En esas actividades también se juegan la cohesión del grupo y el nivel de aporte de cada uno de sus miembros: ya sea en los paseos de fin de año, en los ágapes fraternales (cena realizada inmediatamente después del cierre de cada tenida) o en la acción masónica externa; ya sea en la instrucción masónica que el aprendiz y el compañero desarrollan en tenidas especialmente reservadas para ello o al estudiar en soledad aspectos doctrinarios. Las planchas no especifican sus contenidos semánticos, pero son generosas para indicarlos. 

A su vez, el dato masónico exige indagar dos áreas complementarias: la biográfico-política y la intelectual-literaria. La primera se refiere a la importancia que esta filiación tiene en nuestra comprensión de la figura de Rojas, de quien —como se mencionó más arriba— se suele enfatizar de modo algo excluyente su pensamiento anarquista. Se refiere a su recorrido en tanto actor de los campos social, político y cultural de la época; también, a Rojas como uno de los nudos a partir de los cuales se podrían leer los desplazamientos y reacomodos que sufrieron ciertas sensibilidades de izquierda durante la primera mitad del siglo XX. ¿Qué revela el paso por esta orden acerca de la circunstancia social de Rojas en los años cuarenta?, ¿qué sugiere sobre el devenir de su pensamiento político? E inversamente: ¿qué dice esta deriva sobre las culturas políticas de la primera mitad del siglo? Los valores y las convicciones políticas cuentan con contextos específicos que también contribuyen a su modelación; de ahí que la unidad del pensamiento rojiano sea sospechosa, sobre todo en lo tocante a su actividad político-social, entendida como expresión de la potencia transformadora en/de la sociedad. ¿Qué puede aportar el dato masónico sobre la probable modulación que sufrieron esos valores en términos de formas de sociabilidad[7] y de acción? 

La segunda área de pesquisa atiende a la producción intelectual y literaria de Rojas, sobre todo en su segunda época productiva: su participación en la masonería está comprendida enteramente en el período de escritura de  Hijo de ladrón, en un calce casi exacto. A finales de 1950 la novela adquiere su fisonomía más o menos definitiva; “más o menos” porque aun cuando Rojas continuó perfilándola en estilo y estructura (montaje) hasta 1969 —fecha de la última edición publicada en vida del autor—, y a pesar de que entre la primera y última ediciones la novela sufre cambios significativos (Álvarez, “Los sentidos…” s/n), también es cierto que la gran base textual ya está lista en 1950 y que ella no deja de ser reconocible más de una década después. Esta escena de escritura desliza la sospecha sobre las huellas o indicios que la experiencia masónica pudo haber dejado en el entramado textual y a través de qué mediaciones (cf. Williams). El problema en cada caso es justamente cómo saber si estamos o no frente a una variación masónica de una representación o de un concepto, es decir, cómo calibrar la especificidad discursiva de un elemento implicado en el texto literario. Una vez hecho esto, se podrá observar su tratamiento y función en los procesos de significación novelescos. Solo de esta manera se evitará un error interpretativo usual: la postulación de una correspondencia simple y expedita entre ideas/conceptos y representaciones. No se trata de ver “cuán masónica” es la obra ni tampoco de un afán meramente positivista, limitado a la consignación de conceptos en el texto, sino de dilucidar cuáles son los aportes de esta filiación al proyecto literario e intelectual de nuestro autor en un sentido más general; qué sentidos producen cuando se vinculan con otras tramas discursivas. 

Nuestro interés por el sentido de este “dato” en el proyecto de Rojas, entonces, se puede expresar del siguiente modo: ¿qué lugar ocupa la participación masónica en el itinerario político-social de Rojas y qué papel desempeña el imaginario y la doctrina masónicos en su producción intelectual y literaria? En este ensayo abordaré la primera parte de la pregunta.


Las redes mesocráticas de la institucionalidad cultural 

En el Boletín Mensual Nº 35 de la Gran Logia de Chile, de mayo de 1943, se informa la “insinuación” (voluntad de incorporarse en la masonería) de Rojas a la logia Germinación Nº 81: “Manuel Rojas Sepúlveda, chil., empleado, 47 años, casado” (3). Epítetos como “empleado”, “casado” y “librepensador” se reiteran una y otra vez en estas insinuaciones: a la masonería de los años cuarenta llegaban aquellos hombres que estaban engrosando las clases medias, esos funcionarios que el Estado necesitaba cada vez más y que provenían sobre todo de grupos medios decimonónicos que asumían por primera vez una conciencia de clase (González Le Saux 21-2; ver nota a pie 18). Como se sabe, desde inicios del siglo XX la masonería chilena era de claro perfil mesocrático y con identificación política en el Partido Radical (Vial 134-143; Del Solar 14).[8] Rojas era un empleado casado y un librepensador, pero las pocas imágenes suyas que tenemos de los años treinta y cuarenta lo presentan como un oficinista algo desmotivado, lo que ha determinado hasta hoy nuestra idea de su madurez como opaca. Fabio Moraga, por ejemplo, considera que ya a fines de los años veinte “Manuel Rojas y José Santos González Vera sobrellevaron la crisis 

[social] en pequeñas editoriales o en oscuros puestos burocráticos” (118); Héctor Fuenzalida, otrora colega suyo en la Universidad de Chile, lo observa como un “burócrata elzeviriano” (88) que escribe entre el humo del corrector anarquista Francisco Pezoa, viejo amigo (Espinoza 18); Raúl Silva Castro considera que lo más significativo de su vida ocurre “antes de remansarse en la quietud burocrática” (379). Al ser nombrado director de los Anales de la Universidad de Chile, Fuenzalida testimonia que: “Sin variar mucho su celo funcionario, siguió Manuel en la dirección […] con cierto descontento. Se aisló más. Él amaba el contacto directo con el trabajo del taller. Y apenas halló pretexto, se jubiló (1955)” (87). Todos estos pasajes denotan un fuerte pesimismo en torno a la vida de oficina. Sin embargo, una lectura más atenta de este periodo apunta en otra dirección; de hecho, la última cita de Fuenzalida también sugiere afectos positivos de la vida laboral de Rojas por esos años. Son particularmente elocuentes el celo y la devoción, pues indican el cuidado, esmero y dedicación en el cultivo de una práctica, sea el trabajo de oficina o el trajín del taller.

Para explicarse la llegada de Rojas al taller masónico debemos retroceder hasta 1928, cuando abandona la labor obrera para entrar en el mundo de los funcionarios estatales, un mundo eminentemente mesocrático y oficinesco, pero que en el caso de Rojas —y esto es central— nunca se separó de una función ilustrada, ligada al mundo académico y cultural. Es en 1928 que Eduardo Barrios, entonces director de la Biblioteca Nacional, lo va a buscar a los talleres de La Nación para que trabaje con él como bibliotecario: “Me despedí entonces de mi querido oficio de linotipista […] Me convertí, pues, en burócrata, aunque un burócrata de escasa renta” (Rojas, “Algo sobre mi experiencia…” 44)[9]. Contrario al relativo pesar que se advierte en la cita, este es un año clave para Rojas: el tránsito de obrero a empleado significa ingresar en los peldaños inferiores de la clase media, una de cuyas señas distintivas era la dedicación a labores intelectuales en lugar de manuales o físicas (Candina 104-15). Tal diferencia sociolaboral es enfocada por Rojas en una efusiva y elogiosa semblanza de Raúl Silva Castro que publicó en revista Ercilla el 26 de mayo de 1965. Allí la mirada de Rojas echa mano de otra estrategia común para distinguir entre obrero y asalariado en el Chile de aquel entonces: Silva Castro es visto como “limpio, rozagante, bien vestido, junto a mí, un obrero, malamente presentado, flaco, con espinillas, lleno de pelos” (Rojas “Recuerdos…” 254). La idea de una presentación “adecuada”, de formalidad, dignidad y limpieza en la vestimenta (cf. Candina 105-7), ubica al funcionario en esa vereda a que el obrero Rojas acudirá con cierta admiración.[10]

El camino funcionarial de Rojas recién principiaba, pero tuvo un impacto temprano y cierto en su vida. El trabajo de empleado en la Biblioteca Nacional implicó ingresar en otras formas de sociabilidad y contribuyó a cimentar su autopercepción y autorrepresentación no solo como hombre de clase media, sino además como hombre de letras o crítico literario. Es decisivo al respecto su testimonio de aquellos años en que Silva Castro era su superior directo en la sección Fondo General: 

Fue una alegría estar a su lado, trabajar entre libros y participar de iniciativas y realizaciones literarias; organizamos el Grupo Índice, del que formó parte también Mariano Picón Salas. Publicamos una revista del mismo nombre y durante un tiempo celebramos sesiones y dimos conferencias. Raúl Silva Castro leyó un día un trabajo titulado “Paradoja sobre las clases sociales en la literatura chilena”. Poco después leí otro, “Acerca de la literatura chilena”, respuesta al suyo.  Con todo eso sentí que entraba en la literatura (256; énfasis añadido). 

Rojas consideraba que ya Hombres del sur (1926) y Tonada del transeúnte (1927) habían provocado su “entrada oficial al mundo de las letras” (“Algo sobre mi…” 43); ¿cómo interpretar entonces la reiteración de esa idea en el extracto, marcado por su afectividad y la sensación de pertenencia? El grupo Índice, cuyas reuniones se desarrollaban en un salón de la Biblioteca Nacional y cuya revista se editó en 1930-1932, implicó una nueva forma de sociabilidad para Rojas en el sentido de que por primera vez participaba activamente en una iniciativa letrada auspiciada institucionalmente por el Estado. Rojas siente que ha “entrado en la literatura” después de mencionar su involucramiento en un debate crítico pensado como “oficial”, como “autorizado”. De acuerdo con Claudia Darrigrandi, el grupo Índice propuso una idea de hacer cultura que estaba legitimada por el dominio que sus miembros tenían de un determinado saber (239), fuera este literario, sociológico, filosófico, etcétera. Los miembros de Índice se percibían a sí mismos como especialistas, como profesionales en el manejo y cultivo del conocimiento humanístico, hombres de letras maduros; en una palabra, como autoridades en materia cultural (239-40). En ese sentido, la consolidación de esta comunidad, que se había formado en los años veinte al alero sobre todo de  Claridad (240), se da necesariamente con un cambio de autopercepción sobre la labor a desarrollar y con una modificación objetiva en las posiciones de sus miembros nucleares, cuya mayoría son ya profesores universitarios (Latcham incluso era decano de la Facultad de Artes). Este sería un primer alejamiento del grupo con respecto a su propia juventud como generación del año veinte.[11]

El entusiasmo de Rojas, quien describiría un camino funcionarial e intelectual ascendente, se debe a esta autopercepción como hombre de letras que es reconocido en un ámbito integrado por pares, esto es, autoridades (retomaré este asunto más adelante). Por estos años es que Rojas comienza a publicar en Atenea, acicateado por Raúl Silva Castro, los ensayos que reunirá luego en De la poesía a la revolución (1938), volumen dedicado —¡cómo no!— al mismo crítico.[12] Es esta idea de autoridad la que pavimenta la llegada de Rojas a las Prensas de la Universidad de Chile en 1931, a la presidencia de la Sociedad de Escritores de Chile en 1936, 1937 y 1940 (Aguilera y Antivilo),[13] y luego, a la dirección de una de las principales publicaciones del medio intelectual de entonces, los  Anales de la Universidad de Chile.[14]

La autopercepción y autorrepresentación que indico está ligada, sobre todo, a la Universidad de Chile como espacio consagratorio de la carrera literaria. Esto se adivina en un hermoso discurso que Rojas leyó, como presidente de la SECH, en el homenaje a Samuel Lillo que tuvo lugar en el Salón de Honor de la Universidad de Chile el 1º de diciembre de 1938.[15] Allí narra la experiencia del recital poético que ofrecieron los desharrapados poetas del Círculo de los Siete[16]en el Instituto Pedagógico, a instancias de Lillo: “¡Pensar que así, de pronto, sin entrenamiento, íbamos a saltar desde los bancos de la Avenida Matta a los del Pedagógico! Nunca habíamos ni siquiera soñado tal cosa” (citado en “Homenaje…” 191). Nuevamente se plantea la distancia con el centro simbólico del poder cultural a través de la vestimenta (191), pero en el presente de la enunciación Rojas goza de un prestigio y de una autoridad ya reconocida en el medio literario. Es interesante que el discurso no represente al escritor consagrado ni al trabajador universitario, sino al poeta joven y pobre.

Rojas encuentra otra manera de hermanar al trabajador público con el escritor. Una de las representaciones que da sentido a la universidad como centro de reconocimiento cultural es la figura del escritor-funcionario, que Rojas envuelve en un halo romántico. Para situar en el tiempo la anécdota de su discurso, recurre a la misma estrategia que empleará en el artículo sobre Silva Castro, escrito veintisiete años después. Se trata, sin duda, de una representación que perdura e insiste en su memoria. 

El discurso:

era la época en que Eduardo Barrios, a escondidas, en los rincones de las oficinas, hurtándole el cuerpo a su jefe, es decir, a don Samuel Lillo, terminaba su novela Un perdido; la época en que Carlos Mondaca, con su eterno cigarrillo de papel de trigo en los labios, pequeño y moreno, escribía sus mejores poemas; la época en que Max Jara, silencioso y tierno, acababa de publicar su libro ¿Poesía? (191). 

El extracto del artículo: 

fue en ese Fondo General [de la Biblioteca Nacional] donde, con una especie de frenesí y escondido en los almacenes, escribí mi primera novela, Lanchas en la bahía. (Años después conté a Eduardo Barrios cómo, en la Biblioteca Nacional, había abusado de su confianza, dedicándome a escribir una novela en vez de trabajar. Me dijo: —¿Y qué me cuenta a mí, que escribí parte de Un perdido en los excusados de la Universidad de Chile?—)” (Rojas, “Recuerdos…” 256-7). 

La imagen, que Rojas acuña al emprender un ejercicio retrospectivo de subjetivación, remite a una tradición literaria nacional de “doble militancia”: funcionario y escritor. Se trataría de un protectorado entre escritores, un camino amparado por las dependencias estatales que tienen por destino labores culturales. Esto es fundamental, pues no son burócratas agobiados por el trabajo automatizado de la oficina de correos, por ejemplo, sino que son escritores que trabajan entre libros o bien inmersos en un ambiente cuyo eje es la producción cultural. La jocosidad de la respuesta de Barrios indica que, en el caso del escritor-funcionario de institución cultural, la rivalidad de funciones destila goce porque, en definitiva, es un juego. Los años de Rojas en la Biblioteca Nacional le sirvieron para acrecentar el acervo de lecturas (“Recuerdos…” 256) de su formación como lector y como escritor; más tarde, al dirigir las prensas de la universidad, tampoco dejó de corregir y leer lo que imprimía. De ahí que se refiera a la Universidad de Chile como el “refugio de tanto escritor chileno: Carlos Mondaca, los dos Lillo, Baldomero y Samuel, Max Jara, Barrios, Carlos Acuña y otros no menos estimables” (Antología autobiográfica 54). 

A un nivel más general, debemos notar que Rojas trabaja en uno de los espacios de producción, reflexión y difusión cultural más activos y diversos de la época. Durante el rectorado de Juvenal Hernández (1933-1953) la universidad vive un intenso proceso de crecimiento y diversificación de la extensión universitaria, gracias a las escuelas de temporada que fundara Amanda Labarca, las exposiciones de libros, la radiodifusión, el teatro experimental, la cinematografía educativa, la musicología (ante todo, aplicada al folclor), la danza, la celebración de conferencias sobre distintos ámbitos del saber, etcétera. Buena parte de estas actividades se desarrolla en la casa central, donde trabaja Rojas. Al decir de Bernardo Subercaseaux, esta universidad llegó a ser un proto-Ministerio de Cultura que gozaba de una autonomía relativa respecto del Estado (Subercaseaux 119, 121). A través de la escritura de guiones, el dictado de clases y la publicación de reseñas de actividades, Rojas participó activamente de este proyecto cultural que pretendía llegar a la sociedad chilena en su conjunto.[17] Por si fuera poco, la oficina de la Comisión Chilena de Cooperación Intelectual, que dirigía su amigo González Vera, estaba a metros de la suya, en el segundo piso de la casa central. Allí acudían también Enrique Espinoza y Mauricio Amster a revisar las pruebas de imprenta de Babel, que Rojas imprimió entre 1944 y 1951. Es decir, el espacio universitario concentraba buena parte de sus redes. 

Desde el punto de vista de sus redes sociales, también es clave su matrimonio con Valerie López Edwards en 1941. Con ello Rojas comienza a circular por contextos donde se mueven también personas de la oligarquía tradicional; como recuerda uno de sus amigos: “A esa alta burguesía la conoció al dedillo […] continuamente, se visitaban con gente de la oligarquía: Marta Rivas, Ester Matte, Ernesto Edwards, fueron grandes amigos suyos” (Valdivieso 23-4). Se trata de una clase alta que está en proceso de diversificación y pluralización, dinamizada por elementos provenientes de las clases medias, sobre todo profesionales estatales de ideas desarrollistas y tecnocráticas (Salazar y Pinto 41-3). Estos espacios tradicionales y de clase media y alta que frecuenta también le reportan satisfacciones: con su nueva esposa, escribe Rojas, “la vida se me hizo más tranquila y más agradable” (“Algo sobre Hijo de ladrón” 375). En este tinglado, su ascenso social es un caso más bien excepcional: sin haber terminado siquiera la escuela elemental y proveniente de una clase popular, se forja de manera autodidacta un prestigio como escritor y como intelectual que lo lleva a insertarse en la clase media y, luego, en círculos que dialogan con la élite.[18]

El autor de Hijo de ladrón no era, pues, el cliché del funcionario gris de estirpe kafkiana, como su cuento “Poco sueldo” o ciertos testimonios lo apuntan, sino un hombre que había modificado radicalmente sus contextos de socialización y que había profundizado su relación con el mundo cultural institucionalizado. La visión del burócrata apagado en busca de su tiempo perdido puede, asimismo, hacernos olvidar que Rojas siguió desarrollando su pensamiento y perfilando su expresión, y que el narrador integrado de Hijo de ladrón está precisamente  en una oficina elaborando su experiencia, experiencia que es también fruto del trabajo de escritura.[19] Esa visión, por último, también oculta que las redes sociales donde el autor se insertó en su madurez son insoslayables para comprender los lugares de enunciación ideológicos sobre todo de la tetralogía, pero además de esa parte de su obra que solo recientemente ha merecido atención crítica: sus ensayos, artículos, crónicas de andinismo y relatos de viaje. Si la red en torno a la revista Babel fue la más cercana a su corazón —“el [grupo] que más duró y el que más frutos dejó” (Rojas citado en Avaria 183)—, estuvo lejos de ser la única; al respecto, es necesario prestar más atención a las lógicas culturales de las que Rojas hizo parte en virtud de su nueva posición social. 


Ingreso al templo (de la naturaleza)

Fue Eduardo Tischell, su “gran amigo” (Paz Rojas, com. personal, 6 dic. 2016), quien lo invitó a incorporarse a la masonería. En la tenida del 16 de julio de 1943, y de acuerdo con el protocolo de insinuación y evaluación de ingreso de un profano, se leyeron tres informes sobre Rojas redactados por miembros de la logia, además de una autobiografía que el autor facilitó especialmente para estos efectos (Plancha 3er Gr., Nº 7, 16 jul. 1943, p. 3). Todos los informes resultaron favorables y una semana más tarde se asignó a Tischell como su Hermano Guía (Plancha 3er Gr., Nº 8, 23 jul. 1943, p. 2), encargado de introducir y asistir al nuevo aprendiz en el inicio de su formación masónica. Junto con otros tres profanos bastante más jóvenes (él ya contaba 47 años), Manuel Rojas fue iniciado en Germinación Nº 81 el viernes 30 de julio del mismo año. En 1946, cuando alcanzó el grado de maestro, Tischell manifestó “estar satisfecho, ya que hace dos años trajo una buena semilla al Taller” (Plancha 3er Gr., Nº 5, 10 jul. 1946, p. 2); ello probaba que Rojas había asimilado la doctrina masónica y disipaba el asomo de recelo que apareciera en uno de los informes evaluativos iniciales. Aquel texto observaba que “de la comprensión del R\M\ [respetable maestro] y de los demás HH\ [hermanos] del Taller, depende el aprovechamiento que se puede hacer de este insinuado” (Plancha 3er Gr., Nº 7, 16 jul. 1943, p. 3).[20] Aunque ignoramos su autor específico, esa sola línea anticipa la relación que Rojas mantendría con su nueva comunidad de pertenencia: estrecha y comprometida, pero muchas veces friccionada por el espíritu crítico del escritor y por las insatisfechas expectativas de cambio social que pretendió canalizar a su través. 

Desconocemos las circunstancias concretas, pero lo cierto es que la amistad entre Rojas y Tischell dataría al menos de 1929 y se relacionó con la común afición por el andinismo. En la biografía de Rojas, el andinismo y la masonería se superponen como redes sociales y como comunidades de pertenencia: no solo Tischell, sino también O’Higgins Palma fueron parte de los miembros fundadores de la logia Germinación Nº 81, y ambos son mencionados con gran cariño por Rojas en A pie por Chile.[21] En 1937, los tres amigos formaban parte del directorio del Club Andino de Chile: Tischell como revisor de cuentas, Palma como director del refugio Lagunillas y Rojas como encargado de “Propaganda y Revista” (Boletín informativo 2). Sus amigos alcanzarían cúpulas de poder en estas instituciones: Palma como presidente del club entre 1940 y 1943 (Revista Andina Nº 33, p. 11) y Tischell como Venerable Maestro de Germinación en 1944, el cargo de mayor autoridad en una logia. Así, el Club de la República, propiedad de la masonería, no era el único que frecuentaba Rojas. De hecho, la conmemoración de los diez años del Club Andino se celebró el 8 de abril de 1943 en el Salón de Honor de la Universidad de Chile: “una velada con numerosa concurrencia y que fue prestigiada por diplomáticos, autoridades, dirigentes deportivos, miembros del ejército y de numerosas instituciones andinas y culturales” (Revista Andina Nº 33, p. 5). El himno del club estuvo a cargo del grupo de Girl Guides Andinas Gabriela Mistral, protegidas de la logia Germinación Nº 81, y el Club de la Unión fue el escenario de la cena conmemorativa. Ya desde los años treinta el círculo de amigos de Rojas allí eran personalidades destacadas del Club Andino. El escritor también ocuparía plazas de poder en la logia: guarda templo, bibliotecario y orador, y reemplazaría en otras tantas: 1º vigilante, 2º vigilante, experto, tesorero y maestro de ceremonias. Adicionalmente, fue elegido como miembro del Tribunal de Honor y como diputado de su taller. El alto coeficiente emocional que muestran las crónicas de A pie por Chile, en compañía de sus amigos andinistas y, en ocasiones, de su familia, da cuenta de la intimidad del vínculo que unía ambos espacios de fraternidad y camaradería. 

El Club Andino[22] puede ser descrito como un caso a medio camino entre la clase media alta ilustrada y la clase media que perseguía una diferenciación social más importante respecto del pueblo a través de la compra de bienes suntuarios. Fundado en 1933 por el alemán Hermann Sattler —quien era objeto de veneración—, el español Francisco Carrasco y el chileno Oscar Santelices, en un par de años ya se había expandido por varias regiones del país, con gran presencia de extranjeros (sobre todo, alemanes, franceses y suizos). De ahí su fuerte sello patrimonialista y europeísta, que lo llevó a extenderse por los espacios de socialización de aquellas colonias en Chile: el Stade Francais, el Club Helvético y el Estadio Alemán de Osorno son solo algunos de los mencionados en su Boletín informativo a fines de la década. Las dos actividades que más lo distinguieron fueron el esquí y el montañismo; esta barrera social a nivel de práctica deportiva se fortalecía con una política de pago de cuotas estricta: los morosos “egresaban” del club. 

En el Club Andino se superponían redes laborales con redes recreacionales, lo que se puede entender como parte del fenómeno del compadrazgo que ha descrito Emmanuelle Barozet para las clases medias desde 1920. Se trata de una forma de solidaridad social marcada por la reciprocidad de favores, que mantiene el estatus socioeconómico o el prestigio de quienes participan de la red (70-82), que pasa a entenderse como una “red de protección” (82). Es una versión de lo que Vial (137-138) describió para la masonería de inicios del siglo XX (y que aplica también para la década del cuarenta, por cierto): el principio de la “ayuda mutua” entre hermanos. No es raro encontrar en las páginas del  Boletín informativo o de la Revista Andina, órganos comunicativos del club, anuncios publicitarios de socios que trabajan como vendedores de seguros de vida, fabricantes de sombreros de sport para damas o sastres de trajes elegantes.

En el cierre de la temporada de esquí de 1937 se menciona que los premios para los ganadores de las competencias fueron donados por socios, amigos del club o casas comerciales.

El discurso de este club es de un republicanismo clásico, pero su índice de modernización reside en la excelencia técnica que imprime a la práctica de deportes de alta montaña, entre cuyos cultores destaca Carlos Píderit, personaje recurrente de los relatos de A pie por Chile, junto con muchos otros miembros del club. En contacto con otras iniciativas similares en América Latina, una parte del club está fuertemente vinculada también con el ámbito académico; por ejemplo, el director de la revista por largos años, Humberto Barrera Valdebenito, es profesor destacado de geografía de la Universidad de Chile, donde el club celebra conferencias sobre asuntos como la determinación de la altura y la formación de la nieve en la cordillera. 

Esta comunidad fue muy importante para Rojas, quien sin duda participaba de una sociabilidad de clase media igualitarista que enfatizaba el vínculo afectivo junto con la ejercitación de la voluntad individual. Aquí la práctica del andinismo es clave, pues indica un carácter progresista que ese deporte comparte con la masonería: es necesario “superarse y superar al club” (A pie… 145). No es anecdótico, pues, que Rojas haya entrado a la masonería por esta vía y no por la esfera estatal o la partidista (aunque estas se relacionen fuertemente también con la orden). Una y otra se basan en un trabajo desinteresado, que se satisface en el mejoramiento personal. Por la misma razón, el andinismo es revestido de un carácter ennoblecedor, que participa de la vitalidad propia de la naturaleza. Para Rojas —quien aquí sigue en parte a Rosseau—, la relación con la naturaleza fundaría ontológicamente al individuo humano como entidad material, respecto del que aun la política sería secundaria (A pie… 184, 264). La cualidad moral que Rojas deriva de este afecto —“grandeza inspira grandeza” (264)— informa una parte de su vínculo con la masonería. 

Aun si el relato sobre las formas de sociabilidad y las redes sociales del Rojas maduro es plausible —así lo espero—, podría ser difícil conciliar la sociabilidad mesocrática descrita, que facilitó su llegada a la masonería, con el anarquismo desde un punto de vista intelectual. A ello se debe responder, como lo ha expuesto Alberto Valín (34), que anarquismo y masonería tienen importantes puntos de contacto a nivel de sistemas de pensamiento y de culturas políticas: uno y otro exaltan el vínculo fraternal y solidario como base para la creación de una sociedad nueva y perfecta, libre y justa; ambos repudian la explotación del hombre por el hombre; ambos persiguen la rectitud moral y la rigurosa consecuencia de sus miembros; ambos adhieren a un conjunto de prácticas que buscan desarrollar integralmente al ser humano, en sus aspectos intelectual, físico y ético (o espiritual, según la masonería). Es cierto que la masonería moderna nació en el seno de la burguesía europea emergente del siglo XVIII, al alero del constitucionalismo inglés, pero después de la Revolución Francesa se alió con el obrerismo contra el poder de la aristocracia y de la iglesia católica, de los privilegios heredados, del dominio del mito en vez del de la razón. El siglo XIX y las primeras décadas del siguiente son pródigos en ejemplos de esta sintonía de principios. Proudhon, Bakunin, Kropotkin, Faure, Reclus, Michel y Lorenzo, entre otros: todos anarquistas, todos masones.

En lo que atañe a Rojas, y como adelanté, la sintonía más importante entre masonería y anarquismo es la idea de un camino de virtud estricto; del trabajo del individuo sobre sí mismo en tanto materia perfectible que luego servirá al mejoramiento de la sociedad completa; del concepto del trabajo como matriz de conocimiento, liberación y redención humanos. En este sentido, el taller masónico y su vocación educadora recuerda bastante a los centros de estudios sociales anarquistas del Chile novosecular (no sorprende que también Francisco Ferrer —intelectual español cuyo nombre llevaba uno de aquellos centros— fuera masón):[23] masones y anarquistas se visten de la misma forma, con mandiles de trabajo, con materiales de construcción listos para el continuo faenar que es la vida; ambos se entienden como obreros de sí mismos y del mundo.[24] De todas las colectividades en que participó Rojas —el grupo de los Siete, el círculo de los Cansados, el grupo Índice, etc. (cf. Avaria 183)—, masonería y anarquismo son las únicas que conforman sistemas de pensamiento con culturas y modelos de vida propios; las únicas dos que tienden a la organización de sus miembros de acuerdo con un conjunto de principios y mandatados por un programa o bien inspirados en un proyecto de transformación social profunda.

Si ahora se considera el panorama político de los años cuarenta, no se puede afirmar que fuera muy alentador: el anarcosindicalismo agoniza (Del Solar y Pérez 50-4; Muñoz 68-74), mientras que el comunismo está entrampado en el totalitarismo. Además, fracasa la primera aproximación militante de Rojas al socialismo, cuyo vocabulario adoptara desde la década del treinta: acude al Partido Social Republicano en 1932, pero muy pronto se desilusiona de su actuar constitucionalista (Rojas “Evolución…”).[25] Así puede explicarse que tampoco haya ingresado un año más tarde al recién fundado Partido Socialista, aun cuando muchos anarcosindicalistas, anarquistas y trotskistas lo hicieran (cf. Fernández 162).[26] ¿Adónde ir? Es probable que Rojas viera en la invitación de la masonería la posibilidad de seguir cultivando los que él veía como principios fundamentales que deben guiar el actuar individual y garantizar el bien social; un refugio que ofrecía tolerancia, fraternidad y rigor moral, lo que lo ataba estrechamente a ideales anarquistas y al cariz individualista que tanto influyó en los anarquismos de la época, asociados a la lectura de Max Stirner.[27] Si, como ha escrito Ignacio Álvarez (“El diagrama…” 117), el anarquismo de Rojas es sobre todo ideológico, esa utopía de una humanidad fraterna (internacionalismo mediante) se halla también en las bases éticas y sociales de la masonería. 

Por otro lado, la orden se condecía con el nuevo tipo de sociabilidad a la que se enfrentaba el escritor en el marco de culturas institucionalizadas. Es en este punto que Rojas negocia con, pero también adhiere a, una sociabilidad y a modos de organización masónicos que, al menos en su cara interna, son más bien republicanos, jerárquicos, selectivos y altamente reglamentados; una suerte de pequeño Estado democrático en que cada ciudadano debe llevar una conducta irreprochable basada en una idea moral que proviene del imperativo categórico kantiano (García Valenzuela 103 y ss.) —es claro que este ideal resulta sobre todo una imagen o relato que la orden se da a sí misma—.[28] Aquí es donde se hace más evidente la tensión con la cultura política y sociabilidad anarquistas, que es antitética a formas organizativas excesivamente jerárquicas y burocráticas, a la representación política intermediada, al Estado y a valores considerados burgueses, como la caridad y el reformismo (Del Solar y Pérez 22-5), todos los cuales abraza en cambio la masonería.

Como maestro masón, Rojas corrige a los aprendices en las tenidas, les exige mayor compromiso con el taller y propone optimizar los procesos de aceptación y aumentar los requisitos de ingreso a la logia. Por lo reveladoras, cito sus palabras in extenso

El V\M\ [venerable maestro] Rojas recuerda que antes de iniciarse se le exigió una autobiografía, y que en aquella oportunidad él dio todos aquellos datos necesarios para que los MM\ [maestros] se formaran una idea de su formación moral e intelectual. Estima que al exigirse la autobiografía, debe también exigirse que el profano proporcione en ella todos los elementos de juicio suficientes para que la C. del M. [Cámara del Medio: de los maestros] se forme una opinión de su formación intelectual y moral, por ser esto precisamente lo que interesa a la Franc-Masonería. Si un individuo que pretende ser Masón, es incapaz de proporcionar un conocimiento de su formación espiritual, será todo lo bueno que se quiera, pero no es un elemento interesante para la Orden, porque ésta es una Institución selectiva, y la selección no solamente toma en cuenta la bondad (Plancha 3er Gr., Nº 21, 25 nov. 1948, p. 2). 

La similitud de estas palabras con el retrato que Héctor Fuenzalida hace de su trabajo en la universidad es patente: “Manuel corregía también inmisericorde. […] tornábase iracundo frente a una falta de sus ayudantes” (85); o con el testimonio de Enrique Espinoza: “Dentro del campo literario, Manuel Rojas prefería trabajar con sus compañeros en equipo, estimulando a los mejores y más independientes” (50). Ante todo, me interesa destacar la coincidencia de estos rasgos con la idea de hombre de letras a que adhirió Rojas con el ambiente laboral del funcionariado estatal, distinguido por una fuerte jerarquización y por la valoración de cualidades como disciplina, seriedad y excelencia; todo ello en el marco de una “ética del servicio público” (Candina 50, 55-59). La proximidad geográfica entre los ángulos de lo que podría llamarse “el triángulo republicano” —la Biblioteca Nacional, la casa central de la Universidad de Chile y la casona de la Gran Logia de Chile, ubicada entonces en Alameda 654, frente a la biblioteca—; esta proximidad, digo, duplica esa sintonía entre sociabilidades, que hizo particularmente fluido el tránsito de Rojas desde la oficina hacia el taller masónico. 

El paso más amplio del escritor desde el taller de linotipia al taller masónico recuerda hasta cierto punto lo que a nivel histórico fue la transformación de una masonería operativa —cofradías gremiales de canteros medievales— en una masonería especulativa —institución moderna que trasmuta las herramientas materiales de esos obreros en símbolos de autocultivo enmarcados en un ideal de formación ciudadana universal (cf. Álvarez Lázaro 50-77)—.[29] Todo ello les da a condición de autoridades en el sentido de auctoritas, que en el caso de Rojas se correspondió con una facultad de mando (poder, potestas) así legitimada: una autoridad investida de un poder normativo y de una orientación moral (cf. Stoppino 89-90). La conjugación masónica entre un rescate valórico de la cultura obrera, una garantía de independencia intelectual, una estructura de sociabilidad burguesa (que reunía formas verticales y horizontales —compadrazgo— de sociabilidad),[30] acorde con la nueva posición sociolaboral de Rojas, así como un fuerte compromiso afectivo de carácter espiritual: esta conjunción puede explicar la llegada del escritor al llamado “templo de Salomón”. 


Conclusiones 

En este ensayo he pretendido aportar las primeras señas sobre un capítulo desconocido de la vida de Manuel Rojas. He planteado que el paso de Rojas por la masonería responde a un proceso que se iniciaría en 1928, con su entrada en la clase media funcionarial, su creciente autopercepción y autorrepresentación como hombre de letras y como escritor, su generación de nuevas redes sociales y su participación en nuevas formas de sociabilidad, más bien jerárquicas en lo formal, pero horizontales o de solidaridad recíproca en lo informal. Tal proceso se consolidaría en los años cuarenta y tendría a la misma participación masónica como uno de sus hitos. 

La masonería fue una de las principales comunidades en que Rojas encauzó su actuar político, hecho que no puede verse como una continuación simple de su formación anarquista o como una suerte de traición a los ideales que abrazó en su juventud. Atendiendo a lo expuesto, es más preciso hablar de una negociación o un reacomodo de la relación entre ideales y principios emancipatorios, por una parte, y formas de sociabilidad, organización y acción político-social, por otra. Rojas abandonó la orden cuando ese equilibrio cedió: es elocuente que, tras renunciar a la masonería, se haya inscrito casi de inmediato en el Partido Socialista. Su anhelo del ideal exigía formas de acción más directas y visibles.

La tesis de la negociación entre ideales y prácticas ayuda a comprender cómo un autor de ideas revolucionarias también pudo sentirse parte de una comunidad de carácter reformista. Esta negociación fue posible por los diversos puntos de encuentro entre las culturas políticas del anarquismo y de la masonería, sobre todo a nivel de ideario. En lo tocante a la sociabilidad de clase media que caracteriza a la masonería, es relevante el hecho de que la red que condujo a Rojas hasta ella no fue, en principio, política, sino de orden recreacional, es decir, socioafectivo. 

Por último, lo presentado habilita una reflexión histórica sobre la trayectoria de Rojas. Es interesante notar que la suya (y la de González Vera, podríamos añadir) sigue solo en parte la de la generación del veinte. Este grupo, que había sufrido una dura represión a inicios de la década, desde 1923 se internaba “en avenidas menos tempestuosas y más aceptables para la autoridad” (Salazar y Pinto, 200), ruta que se consolidaba hacia 1933: los dirigentes estudiantiles habían comenzado la carrera profesional y la militancia partidista, gracias a las cuales llegaban luego a la carrera política o a la alta burocracia pública (201, 205). A diferencia de Daniel Schweitzer, Santiago Labarca, Eugenio González Rojas y otros, cuyos estudios formales les habían abierto esa posibilidad, Rojas comenzaba tardíamente una carrera en el escalafón administrativo, que sin embargo se mantendría apegada al ámbito intelectual y ajena al partidismo. Rojas también había entrado en aguas más calmas, pero de otro signo. 

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Notas

[1] “Taller” es otro de los nombres que se da a cada una de las logias que componen la Gran Logia de Chile. El término deriva del imaginario obrero con que se identifica la orden. Un paralelo con las “células” de los partidos políticos es útil para entender su relación con la entidad superior de la Gran Logia de Chile.

[2] Estos dos tipos de acción masónica son detallados en el Programa de instrucción masónica (17-8) de la Gran Logia de Chile de 1942. En esta exposición general he añadido los rasgos más importantes de la acción masónica externa de la logia Germinación para el período en estudio.

[3] Este contrapeso, creo, lo ha iniciado Ignacio Álvarez al proponer a Rojas como un traductor cultural que comunica el margen con posiciones más centrales del sistema social, en las que él mismo se ubicó en su madurez (“El diagrama…” 136-8). 

[4] Estoy en deuda con Manuel Bravo y José Manuel Pérez, del Archivo Masónico, y con Ricardo González, del Museo Masónico, quienes me dieron acceso a sus arcas desde 2015. Agradezco también a Wilfredo Tapia San Martín, amigo masón cuyo entusiasmo nos llevó a reparar en la existencia del mandil de Rojas en el museo; este trabajo no existiría sin la desinteresada intermediación que me ofreció ante la Gran Logia. Por último, debo a la gentileza de Felipe Del Solar, actual director del archivo, aclaraciones varias sobre asuntos doctrinarios y la autorización para reproducir el emblema de la logia Germinación Nº 81. Agradezco también, por otra parte, las sugerencias que Matías Marambio e Ignacio Álvarez hicieron a versiones previas de este trabajo. Los errores que persistan son exclusivamente míos.

[5] Además de las planchas de tenidas de Germinación Nº 81, el corpus acoge planchas de tenidas de otras logias en que Rojas participó (directa o indirectamente), así como material oficial de la Gran Logia de Chile (comunicaciones internas, declaraciones oficiales, boletines, programas y jornadas de instrucción, actas de congresos masónicos internacionales, etc.).

[6] Nuestro modelo es el que Carlo Ginzburg hilvanó en su clásico ensayo “Indicios. Raíces de un paradigma de inferencias indiciales”. Cabe destacar que el paradigma indicial no propone una metodología fija, y que su modelo sintomatológico fue el que se impuso hacia el siglo XIX para las ciencias humanas. Asimismo, es importante señalar que, si bien este paradigma va a contrapelo de la idea de un conocimiento sistemático, no por ello renuncia al concepto de totalidad, la que puede ser concebida en diferentes niveles; como anota Ginzburg, “mínimos indicios han sido asumidos una y otra vez como elementos reveladores de fenómenos más generales: la visión del mundo de una clase social, o de un escritor, o de una sociedad entera” (163). 

[7] Para efectos de este ensayo, empleo sobre todo la categoría de sociabilidad, referida al vínculo entre vida cotidiana y vida colectiva organizada, es decir, tanto a las políticas que pretenden regular esa relación como al comportamiento de un individuo en un colectivo determinado (Agulhon 2-9). De la categoría de red social —perspectiva analítica que pretende dar cuenta de la estructura social desde la descripción micro de relaciones concretas entre más de dos actores—, me interesa la idea de que las dinámicas de las redes presentan límites y oportunidades a sus miembros en el acceso a bienes o recursos, y que además inciden en el comportamiento de sus miembros y en su autoconcepto (Wasserman y Faust; Aguirre 16). A su vez, la categoría de red se liga estrechamente a la de clase social. 

[8] Recordemos que todos los presidentes de los gobiernos radicales chilenos (1938-1952) fueron masones, en la que se podría considerar como la época de oro de la masonería en Chile; lo mismo vale para Juvenal Hernández, rector de la Universidad de Chile entre 1933 y 1953. La investigación sobre la historia de esta orden en nuestro país se ha concentrado casi exclusivamente en el siglo XIX.

[9] Barrios le habría dicho: “Ya está bueno. Es hora de que usted deje de ser obrero” (Rojas, citado en Ardiles 208). La paga era “bastante miserable”, porque incluso después de comenzar a dirigir las prensas de la Universidad de Chile en junio de 1931 (Mellafe, Rebolledo y Cárdenas 216), debe complementar su sueldo escribiendo artículos periodísticos para distintos medios; y tras la muerte de su esposa María Baeza en 1936, corrigiendo traducciones para editorial Ercilla y vendiendo cartillas en el Hipódromo Chile desde 1937 (cf. Rojas, “Algo sobre Hijo de ladrón” 361-363). 

[10] González Vera fue más ácido en la caracterización de esta distancia sociolaboral: Silva Castro habría tenido un “aire de hijo de rico” (Cuando era muchacho 220), que tomaba a Agustín Edwards por modelo de vida.

[11] Un episodio elocuente sobre este cambio de actitud y los problemas que conlleva es la autodefensa de Índice ante los ataques de revistas más jóvenes, como MástilMinarete o Letras, quienes le achacan “una tendencia grave y doctoral”. Los miembros de la revista se apuran a aclarar que aún son jóvenes, pero al mismo tiempo abogan por “cierta madurez y templanza en los juicios” (“Algunas rectificaciones” 15). 

[12] “A Raúl Silva Castro, en cuya compañía y bajo cuyo estímulo escribí muchas de estas páginas, en recuerdo de pasados días” (Rojas, De la poesía… 11).  

[13] También fue director en 1939, 1944, 1945, 1946 y 1955, y tesorero en 1942 (Aguilera y Antivilo). 

[14] El grupo Índice también abrió a Rojas una vasta red intelectual, que reunía a las principales firmas latinoamericanas de la época (cf. Lastra). Este abordaje concerniente al campo literario ameritaría otro artículo. 

[15] La transcripción del discurso está en la sección Informaciones del número 31-32 de los Anales de la Universidad de Chile. Véase bibliografía.

[16] El Círculo de los Siete, la primera cofradía literaria de Rojas, estuvo formado por Antonio Acevedo Hernández, José Santos González Vera, Juan Tenorio (actor), Arturo Zúñiga (tallista), Alfredo Valenzuela y José Domingo Gómez Rojas (citado en “Homenaje…” 189)

[17] Al parecer, la radio fue la tecnología que más motivó a Rojas. El primer guion que escribió fue para el centenario de la universidad, en 1942. Luego, en el marco de la audición “Vida y progreso de Chile”, escribió el ciclo “Tierra y hombres de Atacama”, que se transmitió entre junio y septiembre de 1946, los días jueves. Estuvo compuesto por los libretos “La región de Atacama y sus hombres”, “El oro en Atacama”, “El derrotero de los tres Portezuelos”, “Contrabandistas del cobre”, “El Colo-Colo”, “El derrotero de la ola de los aragoneses”, “Chañarcillo”, “Un dieciocho en la Placilla” y “El mineral de Caracoles” (Boletín informativo Nº 11, p. 19; Nº 13, p. 75; Nº 14, p. 87; Nº 15, p. 60; Nº 17: 119). El Archivo Manuel Rojas conserva un manuscrito llamado “El mineral de arqueros”, que corresponde al mismo ciclo, y cinco otros libretos que corresponden al ciclo “Trabajadores de la ciencia”, de datación por definir. Rojas fue también asesor literario del Departamento de Radiotransmisiones de la universidad entre 1952 y 1955 (cf. Rojas, “El hombre de la rosa”). Asimismo, por ejemplo, dictó los cursos “Bosquejo de la literatura chilena” y “Redacción y estilo” en la I Escuela de Verano de Puerto Montt, en 1955 (“Actividades…” 261). 

[18] Para el caso de las clases medias chilenas a comienzos de siglo, Marianne González Le Saux (366-8) ha argumentado que el estado docente no provocó un ascenso social de las clases populares, sino que movilizó horizontalmente a elementos mesocráticos que databan del siglo XIX, reconvirtiendo su base económica y modificando su identidad, que de mediano-empresarial pasó a asalariada. Los casos de sujetos de clases populares que ascendieron son, pues, excepcionales. Esta idea me fue sugerida por el investigador Daniel Valenzuela Medina, y el análisis de González Le Saux no hace sino corroborarla.

[19] Álvarez ha llamado la atención sobre este aspecto clave de la tetralogía: la dislocación del narrador en cuanto “socialmente marginal (en el enunciado) e integrado (en la enunciación)”, apuntando además que “Rojas no intenta —ni tampoco lo hace en sus novelas— explicar la distancia que lo separa del margen que alguna vez ocupó” (“El diagrama…” 105-6).

[20] En las tenidas de tercer grado se llama respetable maestro (R\M\) a la máxima autoridad de la logia, la misma que en tenidas de segundo y de primer grado recibe el nombre de venerable maestro (V\M\). Los “hermanos” (HH\) o “queridos hermanos” (Q\H\) son los miembros de la logia. 

[21] Rojas menciona a Tischell en el prólogo del libro: “A raíz de la publicación de los primeros artículos de la serie “Andando” [desde 1929 en el periódico vespertino Los Tiempos], recibí, en aquel tiempo una carta firmada por Carlos Valdivieso, entonces uno de los directores del Club Deportivo Nacional, carta en que invitaban a mí y a mi compañero de paseos Eduardo Tischell, a participar en sus excursiones” (A pie por Chile 6); Palma figura en la crónica “Una excursión accidentada”. La última edición del libro incluye cuatro fotos del trío. En 1942 Tischell y Palma pertenecían a la logia Aurora de Italia Nº 24, de la cual se apartaron para formar Germinación.

[22] La descripción del Club Andino como organización social está basada en la revisión de su Boletín informativo, números 3 (1937) a 21 (1940).

[23] Como ha documentado Grez, la relación entre masonería y obrerismo en Chile se inicia precisamente debido al interés por la formación y educación de los trabajadores, con la instalación en 1864 de la Sociedad Protectora del Trabajo en Valparaíso. Debido a la enseñanza moral y laica que impartían, los masones fueron combatidos por los católicos y los conservadores, quienes llegaron a acusarlos de sembrar el “germen de la Comuna en Chile” (citado en Grez, De la “regeneración… 553). Las iniciativas educativas, nacidas de la colaboración entre intelectuales masones y liberales, y los trabajadores de tendencia liberal, democrática y laica, acabó naufragando en 1890 debido al conflicto entre los intereses de clase de trabajadores y masones, cuya acción no escapaba a su posición burguesa (559-561). Con todo, en la década de 1880 se organizaron logias masónicas en el mundo obrero y de artesanos (623).

[24] Sobre estos valores en el anarquismo chileno, véase Grez, Los anarquistas y el movimiento obrero; y Del Solar y Pérez, Anarquistas: presencia libertaria en Chile. Para la forma de masonería que más sentido hizo a Rojas, consúltense las Conferencias sobre acción masónica (1943) de Alfredo Nistal. 

[25] En el nº 7 (dic. 1932) del poco visitado periódico Célula, que dirigiera en compañía de González Vera, Sergio Atria, Santiago Ureta Castro, Abraham Schweitzer y Jorge Jiles Pizarro, Rojas publica un artículo llamado “Evolución de los partidos”. Allí da a entender que se ha unido al Partido Social Republicano por parecerle el más serio de todos los que, haciendo un uso oportunista de la retórica socialista, se habían fundado tras la caída de Ibáñez. Pero continúa: “lo que yo creí, en un principio, un partido de educación moral, de agitación cultural, evoluciona lentamente hacia lo histórico, es decir, hacia lo momificado, convirtiéndose poco a poco en un mero partido de dominio. Actualmente es ya un partido constitucional”. Y remata planteando que, luego de que el partido ha ganado escaños en el parlamento, su involución se ha consumado (6). 

[26] ¿Es posible considerar el socialismo como una matriz de sentido ético-política en el derrotero intelectual rojiano? Desde un punto de vista de larga duración, aún se debe estudiar hasta qué punto el discurso sobre el socialismo utópico en Rojas se superpone con lo que él entiende por anarquismo. Lo evidente es la creciente presencia del término “socialismo” en su vocabulario al menos desde 1931: véase su artículo publicado en Claridad, “Sobre un socialismo internacional”, en el que cita Ensayos de un escéptico de Russell.

[27] El historiador del anarquismo Raymond Craib señala que no había tendencias dominantes en el anarquismo de inicios de siglo, sino que estas convivían y se fundían. Sobre los hermanos Gandulfo, escribe: “mientras Juan se situaba plenamente dentro de los IWW anarco-sindicalistas, Pedro y su amigo Rigoberto Soto Rengifo formaron un grupo de lectura dedicado a Stirner” (104). Por su parte, Jaime Concha fue el primero en señalar la impronta que dejó sobre todo Stirner —“Biblia de los anarquistas de esa época” (Novelistas chilenos 85)— en Rojas, aunque Juan fue más cercano a él (cf. Rojas, “Mi madre, Juan Gandulfo y la muerte”). 

[28] El pago de cuotas mensuales —que en el caso de Germinación Nº 81 eran “astronómicas” (Flaten 3) en comparación con las de otras logias—, la asistencia regular a tenidas, la responsabilidad por compromisos adquiridos con instituciones profanas que se patrocinan, el estudio en casa y la preparación de trabajos sobre temas específicos o de discursos con ocasión de rituales son algunas de las responsabilidades que toma a su cargo un masón. Martín resume bien el funcionamiento interno de los talleres al afirmar que la masonería obliga “a sus miembros a insertarse en una socialización potente, acatando una autoridad presidencial (el venerable maestro) con un real poder de control, aceptando la regulación de los debates y de la organización estricta de las logias” (542). Ello no habilita la identificación simplista de la sociabilidad masónica con la rigidez; en ese sentido, Martín enfatiza que en el ágape compartido tras las tenidas, “la fraternización es más espontánea y libre” (538), lo que le da a la sociabilidad masónica una pluralidad formal. En otros términos, si la tenida establece una estructura vertical para las relaciones sociales, el ágape abre un espacio para relaciones más horizontales. 

[29] En un notable artículo, Juan José Adriasola propone que la autorrepresentación del oficio escritural de Rojas pone al colectivo humano como su condición de posibilidad y al trabajo artesanal como su  modus operandi privilegiado. Puede ser que aquella “red de vínculos interpersonales” (Adriasola 35) permanezca más o menos inalterada en la representación que de ella hace Rojas, pero la modificación de las condiciones sociales objetivas de esa red a lo largo de su biografía es indudable. Por otra parte, el taller medieval, que da el modelo a la masonería y cuya figura Rojas recupera ya en los años treinta, supone también una noción de autoridad, pero una que se legitima en la habilidad y en la experiencia personal, en el oficio: “The successful workshop will establish legitimate authority in the flesh, not in rights or duties set down on paper” (Sennett 54). Así, coincide con la que describimos, que aun cuando se nutre del vínculo fraterno, enfatiza el lugar del individuo. 

[30] Las previsibles tensiones entre estos elementos serán estudiadas en otro artículo. Por ahora, baste con destacar que ya el amigo de Rojas, O’Higgins Palma, interviene en tenida para condenar el contraste entre un rescate simbólico del obrerismo y una relación social más bien exterior con el movimiento obrero por parte de la orden: “siempre se habla de la incorporación de obreros a nuestros talleres, cosa que jamás se realiza. Parece que existe una especie de divorcio entre el pueblo y la Masonería” (Plancha 1er Gr., Nº 5, 6 abr. 1945, p. 3). 

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