Las nuevas identidades genealógicas de Miguel de Cervantes

por Eduardo Moure

A 475 años desde su glorioso nacimiento, el autor de «Don Quijote de la Mancha» todavía alumbra de una forma incomparable a la totalidad de la literatura concebida en lengua castellana desde que esta existe en la finita y precaria historia del género humano sobre la Tierra.

El propósito de estas glosas cervantinas es incentivar a los jóvenes lectores y a quienes, siendo ya maduros o viejos irremediables, tienen o vuelven a tener la oportunidad y ocasión de acceder y disfrutar las páginas de este maravilloso libro, El Ingenioso Hidalgo Don Quijote de la Mancha, la primera novela moderna, paradigma insustituible de cuantas le sucederán a lo largo de los siglos.

Estimo que ningún escritor de oficio puede ni debe prescindir de su asidua lectura. Se trata de un mundo literario que no se agota en sí mismo, pues ofrece inacabables interpretaciones y puntos de vista que cada lector puede aportar a su mejor entendimiento. Es también la historia, biográfica y cifrada, de Miguel de Cervantes y Saavedra, autor, personaje enigmático y asombroso, presente en sus doce novelas ejemplares, en La tía Fingida y en las obras dramáticas del cautiverio de Argel; asimismo, en su obra postrera, de difícil acceso para cualquier lector, Los trabajos de Persiles y Sigismunda.

Emprendo esta grata tarea como lector asiduo de El Quijote, desde los días de la infancia. Era para nosotros, en la casa materna, un libro de sobremesa, cuya lectura compartía con nosotros mi padre, entregándole a mi madre la vieja edición, llena de notas y marcas, en esa hora que sucede al condumio del fin de semana, para que nos leyera parte de un capítulo, instándonos luego a comentarlo, como bisoños caballeros andantes de la literatura, bajo su certera guía de conspicuo lector, él, y refinada lectora, ella.

No soy un erudito cervantino —ya lo hubiese querido ser— pero la pasión amorosa por las letras suele producir buenos lectores y acrecentar, asimismo, los conocimientos en este oficio autodidacta cuyo aprendizaje solo termina cuando ya no somos capaces de abrir la inquieta ventana del libro.

Ascendencia indeseada

La vida de Miguel de Cervantes y Saavedra llevó sobre sí —aún parece llevarla— una sombra o grave «mancha» (En un lugar de La Mancha de cuyo nombre no quiero acordarme…): su ascendencia judía, su condición de «cristiano nuevo», de converso lejos de la posibilidad de obtener la «limpieza de sangre» que su padre, Rodrigo, buscó de manera infructuosa, para devenir cristiano viejo, condición de honra, libre de herejías, de carácter transversal, en una sociedad estratificada en clases o estamentos muy definidos, donde la Iglesia Católica estableció la rigurosidad de sus normas teocráticas y absolutas. Rodrigo de Cervantes murió sin haber alcanzado su cometido.

Hasta el día de hoy, bien entrado en el siglo XXI, grupos de exegetas conservadores, pudiéramos decir neoinquisitoriales de la vieja academia, niegan la prosapia sefardita del Manco de Lepanto, como si tal ascendencia menoscabase la insuperable calidad estética y la universalidad de su obra.

Esta actitud es una muestra de tantas que reafirman el extremo conservadurismo de la sociedad española, regida aún por la monarquía más corrupta y nefanda de Occidente, los Borbones; sin embargo, de entraña católica, apostólica y romana, como ninguna otra, aferrada a simbolismos, rituales y prácticas de carcomida obsolescencia en el manejo del poder político, que desmienten la entrada en plenitud de España a la modernidad y aun su carácter de europea, en el sentido filosófico y cultural del concepto.

Por el contrario, creemos (yo y el que va conmigo) que la condición de judío en Miguel de Cervantes explica mucho de sus innovaciones creativas y el carácter vanguardista y fundacional de su obra, sobre todo, en El Ingenioso Hidalgo Don Quijote de la Mancha.

Extraigo de una reciente publicación virtual (agosto 2022), eSefarad, Noticias del Mundo Sefaradí, un texto esclarecedor:

Una reciente investigación da fundados argumentos sobre el origen judío de Cervantes y su vinculación con la zona del antiguo Reino de León.

El escritor e investigador Santiago Trancón Pérez ha llevado a cabo una exhaustiva lectura e interpretación del Quijote en la que sostiene el origen judío de Cervantes y su condición de judeoconverso. 

En un libro recientemente publicado, Huellas judías y leonesas en el Quijote. Redescubrir a Cervantes, presenta gran cantidad de datos y argumentos que dan solidez a esta tesis, que revoluciona los estudios cervantinos y pone en duda muchos de los tópicos y afirmaciones más extendidas, tanto sobre el Quijote como sobre su autor, Miguel de Cervantes. 

La simple enumeración de algunas de las huellas descubiertas en la obra, así como los pasajes analizados, da una idea del rigor de su investigación:

Los rasgos físicos y psicológicos de don Quijote y Cervantes, destacados por Cervantes, son una señal intencionada del origen judío de los dos.

El uso disémico del término ‘mancha’ y ‘manchego’, equivalente a ‘manchado’ y ‘converso’ de forma inequívoca en La pícara Justina (novela picaresca cuya protagonista es una judía leonesa a la que se llama ‘manchega’).

El brit milá simbólicó con que a los ochos días Cervantes le pone nombre a su protagonista, don Quijote de la Mancha, derivado de Quijada, apellido que el propio don Quijote entronca con Gutierre Quijada, noble leonés de origen judío.

La expresión ‘duelos y quebranto’ para referirse a un plato (huevos con tocino y jamón) prohibido en la dieta judía, que don Quijote, además, ha de comer ‘los sábados’.

Los molinos de viento como símbolo de la Inquisición, con aspas que se asemejan a la cruz de los ‘sambenitados’.
Referencia al alcaná de Toledo, el mercado judío donde encuentra Cervantes el manuscrito del Quijote, y la alusión al hebreo como ‘más antigua y mejor lengua’.

La liberación de los galeotes, entre los que se encuentra un reo que ha sufrido torturas de la Inquisición (la toca) y otro anciano judío (acusado de hechicería y alcahuetería).

Un canto a la nostalgia de Sefarad y una crítica a la expulsión a través del morisco Ricote.

El atropello simbólico de una piara de cerdos.

Una parodia y burla de la Inquisición.

El tormento de la garrucha aplicado a don Quijote.

Parodias y críticas del matrimonio canónico y los sacramentos católicos, la eucaristía, el purgatorio, el infierno y los demonios.

Críticas y burlas referidas a la Iglesia Católica, el Papa, los obispos, los cardenales, los frailes y eclesiásticos, las monjas y los conventos.

Desprecio de la excomunión, parodia de los milagros y el culto a las reliquias y los santos.

Referencias humorísticas a la Virgen, Jesucristo, el rosario, la coronación de Cristo, la conversión del vino en sangre.

Influencias del Talmud (cuento de la cañaheja y los otros episodios de la ínsula Barataria), alusión al tzitzit y posible derivación del nombre de Barataria del arameo Baraita.

El mito de la Edad Dorada y su relación con la tradición judía y el tikkun olam.

Estructura mental y discursiva de origen judío (influencia de la tradición oral y escrita judía).

El Quijote como la oposición dialéctica entre un cristiano viejo (Sancho) y un cristiano nuevo (don Quijote).

La frustrada carrera militar de Cervantes, la negación del permiso para viajar a América, su cargo de recaudador de impuestos, su dedicación a ciertos negocios…, como otras pruebas de su origen judío.

Cervantes y don Quijote como representantes de los judeoconversos, su mentalidad, su marginación social, la necesidad del ocultamiento y el disimulo, la nostalgia utópica del pasado, el rechazo de la sociedad de su tiempo, la búsqueda de la verdad y la perfección interior o espiritual.

La literatura y el humor crítico como refugio y afirmación de libertad, propia de un judeoconverso forzado.

Breve estudio de otras obras (El retablo de las maravillas, El licenciado vidriera, Los baños de Argel, etc.) en las que se profundiza en las referencias judías que confirman el origen converso de Cervantes y la gran influencia que la cultura y la tradición judía ejerció sobre su pensamiento, su vida y su obra.

Glosas hebraicas

En cuanto a lo que sabemos, refrendado por documentos de los siglos XV y XVI, se puede establecer con certeza los ascendientes judíos de Miguel de Cervantes, como nos confirma Daniel Eisenberg:

Estoy completamente convencido de que Cervantes tenía ascendientes judaicos. Además de la burla de los ‘cristianos viejos’ en El retablo de las maravillas a que se refería Weber, lo demuestran sin lugar a dudas las profesiones de sus padres y abuelos paternos: padre cirujano, abuelo licenciado, bisabuelo trapero. 

También es muy llamativa la escasez de información sobre la familia de su madre, el nombre de cuyo padre —el abuelo materno de Cervantes— se ignora. 

En esta materia, la falta de documentos es siempre sospechosa. Mientras la conversión de los ascendientes paternos de Cervantes remonta al menos a la primera mitad del siglo XV, la de sus ascendientes maternos puede haber sido más reciente. Lo demuestran también las profesiones de Miguel: recaudar impuestos no lo hacía ningún cristiano viejo. 

Comisario o comprador, tenedor de libros, contable, pequeño comerciante en su etapa sevillana, todo nos lleva a esa conclusión. Lo demuestra también el ataque que recibió en el soneto en la carta ‘del real de porte’, el insulto cuyo recibo pagó, según cuenta la ‘Adjunta al Parnaso’: 

No sé si eres, Cervantes. co- ni cú- [coño ni culo], sólo digo que es Lope Apolo, y tú frisón de su carroza, y puerco en pie. Para que no escribieses, orden fue del cielo, que mancases en Corfú. Hablaste buey; pero dixiste mú.

Preocupación y maravilla

Asimismo, el escritor Fernando Arrabal, en su develador libro Un esclavo llamado Cervantes (Espasa Calpe; Madrid, 1996), nos entrega antecedentes documentados y fidedignos sobre el origen de Miguel de Cervantes, a partir de su bisabuelo cordobés, por la rama materna, el médico cirujano Juan Díaz de Torreblanca, judío converso a quien se le acusó de envenenar a pacientes de familias cristiano-viejas.

Este tipo de difamaciones fueron comunes en las postrimerías del siglo XV, luego de que Isabel la Muy Católica, fundara, en 1478, el Tribunal de la Santa Inquisición.

A la luz de lo que sabemos de las familias paterna y materna de Cervantes, no cabe dudar de su sincera profesión de la fe católica, aunque esta condición no bastó para que sus miembros accedieran a cargos elevados en la Corte o fuese acreedores a mayores prebendas, incluida la expectante posibilidad de hacer fortuna y carrera, como adelantados, en el Nuevo Mundo.

Después de todo, al cabo de la historia peninsular, es probable que la condición de «cristiano viejo» —de haberla tenido Miguel de Cervantes— no hubiese agregado nada significativo a la excelsitud de esa obra que, a cuatro siglos de haber sido escrita, aún nos preocupa y maravilla.

(Tomado de Cine y Literatura)

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