por Mauricio Redolés
El 10 de diciembre de 1973 a mediodía fui detenido por agentes del Servicio de Inteligencia Naval (S.I.N) por mi militancia en las Juventudes Comunistas. Luego del tratamiento habitual en el brutal interrogatorio en las dependencias de la Academia de Guerra Naval, fui enviado, bastante machucado, a la Bodega Dos del Barco-Prisión Lebu. No sé cuantos prisioneros éramos en la bodega. Lo que si sé, es que había un alto nivel de organización para solidarizar con los prisioneros que recién llegábamos de la tortura. Y luego de la incorporación a la rutina de la estadía en ese lugar, en todas las conversaciones aparecía el sobre nombre de “El Bestia”.
La “tallas” más extravagantes, algunas sencillamente poco creíbles, eran contadas una y otra vez por los prisioneros más antiguos. Se decía que, debido a la gran corpulencia física y resistencia a los golpes y a la tortura de El Bestia, los guardias se “hacían los de las chacras” cuando recibían alguna de esas tallas. Uno se preguntaba ¿Eran verdaderas esas historias o correspondían a una exageración, debido a la admiración de los prisioneros por El Bestia? Lo ignoro.
Como tantos hombres con los que compartí la prisión no supe más de él. Como no lo conocí personalmente y solo conocí de su mito o leyenda, no sabía ni siquiera como se llamaba. Ahora supe que partió, que su nombre era Gustavo Rojas Varas. “De profesión Diseñador Gráfico, estuvo un tiempo en Canadá dominando 4 idiomas. músico, compositor y luthier. integró varias agrupaciones entre las que destacan los grupos El Brasero y Maguyé, ambas de Valparaíso. su habilidad musical y su impresionante vozarrón fueron sus cualidades singulares” nos comenta Mario Aguirre Montaldo, en un reportaje gráfico de su funeral que ha tenido la generosidad de compartir en las redes sociales. En las fotografías se puede ver la bandera verde con la estrella roja del Mapu, por lo que deduzco que El Bestia era un mapucista valiente y arriesgado. En lo personal, sólo me queda agradecerle su valentía e insolencia contra los esbirros de Merino y Pinochet.
La “talla” que más me impresionó es la siguiente. Ocurre que en un rincón de la bodega de el Lebu, habían unos grandes tambores con agua de mar denominados “los chutes”, en estos tambores se defecaba sentados en una tabla que atravesaba el tambor y se orinaba. Eran vaciados al mar una vez al día en la denominada “faena de chutes”. En una ocasión, estaba defecando El Bestia. Y usando y abusando de su enorme vozarrón gritaba y aullaba “¡Aggguuuyi!”, que en la oscuridad de la bodega sonaba tétrico. Se acercó a la boca de la bodega un guardia quién gritó “¿Qué pasa allá abajo?” Y El Bestia contestó “¡Me está violando un mojón, señor!”. Me contaban que la risotada de la bodega fue absoluta. El marino de guardia se retiró en silencio. Eso logró por todos nosotros El Bestia. Dejarlos en silencio, quitarles la palabra.
