«La acumulación del capital» de R. Luxemburgo (parte 2)

por Rolando Astarita

Circulación de la plusvalía vs atesoramiento

Por lo planteado hasta aquí, es central diferenciar circulación y atesoramiento de plusvalía. Si la plusvalía circula – esto es, si los capitalistas gastan regularmente la plusvalía en adquirir bienes de consumo, o en adquirir más medios de producción y fuerza de trabajo – no habrá, en principio, deficiencias de demanda. Sí puede haber sobreproducción, o sobreacumulación. Pero en este caso la crisis no ocurre por alguna deficiencia de demanda que sea inherente al capitalismo, sino por la tendencia del sistema a ampliar la producción por encima de cualquier limitación del mercado (véase aquíaquí). Por eso Marx y Engels hablaron de crisis de sobreproducción, que no es sinónimo de falta de demanda.

Para RL, en cambio, el problema es de falta –inherente al sistema capitalista- de demanda. La cuestión de dónde sale el dinero para realizar las mercancías no es lo central, como ella misma lo precisa: “En el problema de la acumulación no se trata de saber de dónde viene el dinero, sino de dónde viene la demanda para el producto adicional que brota de la plusvalía capitalizada. No es una cuestión técnica de la circulación del dinero, sino una cuestión económica del capital total social” (p. 106).

Efectivamente, si la clase capitalista, de conjunto, acumula bajo la forma dinero, deberá encontrarse algún sector social, por fuera de la clase capitalista y la clase obrera, que compre la parte de la producción capitalista que es plusvalor destinado a ser acumulado. De manera que habría un problema de escasez de demanda permanente; no tiene que ver con el ciclo económico. La dificultad surge de la misma condición que se ha establecido, a saber, que la plusvalía se acumula bajo la forma de dinero. Presentado en su pureza, el problema no necesita siquiera los esquemas de reproducción para formularse. Puede verse también que no tiene que ver con una cuestión de subconsumo, como muchas veces se interpreta la teoría de RL.

RL, subconsumo y la interpretación de Bleaney

Como bien señala Bleaney (1977), el punto de vista más común es que RL adhería al enfoque subconsumista. Recordemos que el enfoque subconsumista sostiene que el capitalismo tiene un problema crónico de falta de demanda a causa de la debilidad del consumo. En su versión más extendida (muy popular entre sindicalistas y reformistas burgueses), esa debilidad del consumo se debería a los bajos salarios, esto es, a una desigual distribución del ingreso. En una segunda versión, la debilidad del consumo tendría por causa el espíritu frugal de los capitalistas. Es el enfoque de Malthus. En cualquiera de estas variantes, el subconsumismo plantea que, en el sistema capitalista, existe una dificultad permanente – esto es, no solo cuando estalla una crisis económica – de realización del producto.

Bleaney señala entonces que Paul Sweezy (en Teoría del desarrollo capitalista) y Ernest Mandel (en el Tratado de economía marxista) caracterizaron la teoría de RL como subconsumista (también Oscar Lange). Sin embargo, dice Bleaney, Sweezy y Mandel no dieron “una explicación convincente del subconsumismo de RL” (p. 241). Nuestra interpretación coincide con Bleaney, aunque tal vez con algún matiz de diferencia.

En primer lugar, y por lo visto más arriba, la dificultad en la acumulación que plantea RL a partir de considerar una composición creciente de capital, se vincula más con un problema de desproporción, que de subconsumo. Es que el sector I padece por deficiencia de la oferta, no de la demanda. Es el sector II el que experimenta sobreproducción, pero la misma no se debe a debilidad del consumo, sino a las condiciones que ha impuesto RL a la reproducción del capital (crecimiento de c/v, imposibilidad de inversiones inter-sectores). Bleaney no hace mención a este aspecto de la teoría de RL.

Pero por otra parte, frente a la imposibilidad de realización del producto que plantea RL en su aspecto más general, Bleaney sostiene que no explica bien en qué consiste el problema, y cita los pasajes de La acumulación del capital en los que se sostiene que la acumulación no puede consistir en producción creciente de medios de producción “sin propósito alguno” (p. 249). Bleaney señala, con acierto, que la objeción de RL no es subconsumista, ya que el problema no es de exceso de producción de medios de producción por debilidad de la demanda de medios de consumo, “sino a que una ampliación general de la producción de todos los sectores no está justificada en lo fundamental por alguna demanda: es la producción por la producción” (pp. 249-50). Llegado aquí, Bleaney observa que RL define esa “producción por la producción” como “no acumulación de capital” y agrega: “esta es una clave importante en relación con su dificultad, como veremos más tarde” (p. 250). Esta dificultad, dice Bleaney, se debería a que se necesita una inyección de demanda para la realización de los medios de producción destinados a ser acumulados; lo cual probaría, una vez más, que RL no es subconsumista. De nuevo, coincidiendo con Bleaney en que RL no es subconsumista, insisto en que el problema clave es que RL identifica la acumulación del capital con la acumulación de dinero en manos de los capitalistas. Una vez hecha esa identificación, inevitablemente tiene que haber un problema de realización. En ese caso, la cuestión de dónde viene el dinero para la realización del producto, pasa a ser irresoluble al interior del sistema capitalista. Lo cual, de nuevo, tampoco tiene que ver con una supuesta debilidad del consumo, sea de los obreros, o de los capitalistas.

Para terminar este apartado, digamos también que, a pesar de alguna formulación no del todo clara, RL fue crítica del enfoque subconsumista. En el primer capítulo plantea que en los modos de producción no capitalistas “el elemento determinante de la reproducción son las necesidades de consumo incesantes de la sociedad” (p. 19). Pero “(e)n el sistema capitalista el productor individual… para nada tiene en cuenta las necesidades de la sociedad, su capacidad de consumo. Para él solo existe la demanda con capacidad adquisitiva, y esta únicamente como factor imprescindible para la realización de la plusvalía” (p. 20). Estos pasajes refuerzan la interpretación de que los  problemas para la realización de la plusvalía, según RL, no tienen que ver con la capacidad de consumo de los trabajadores, ni el consumo de los capitalistas, sino con el fin de la producción capitalista, que RL ubica en el acrecentamiento del capital dinero.

La crítica de Mandel a La acumulación del capital

A fin de ahondar en la cuestión, en este apartado examino brevemente la crítica de Ernest Mandel a RL, contenida en el Tratado de economía marxista. Lo interesante de Mandel es que, a pesar de que ubica a RL entre los subconsumistas (p. 338, t. 1), su crítica, de hecho, no tiene por eje el subconsumo. Repasamos su planteo.

Por empezar, Mandel acepta que los obreros realizan la parte del producto que corresponde a sus salarios; que los capitalistas, por su parte, también recuperan el valor que han adelantado bajo la forma de capital constante, de manera que por este lado no hay problemas de realización (p. 339, ibid.). Lo mismo con respecto a la plusvalía gastada por los capitalistas en la forma de rédito, en medios de consumo.  Sin embargo, está el problema de cómo realizar el plusvalor acumulado por la clase capitalista. Mandel explica que, tomados los capitalistas de forma individual, “se comprarían mutuamente sus sobreproductos” (ibid.). Como vimos, esta es la solución de Marx. Pero Mandel sostiene que esta no puede ser la solución para la clase capitalista tomada en su conjunto. Escribe: “Pero para el régimen capitalista tomado en su conjunto, tal conclusión parece absurda. Evidentemente, asistimos aquí a un incremento de las riquezas, del valor acumulado por la clase capitalista, que no puede resultar de cambios intercapitalistas” (ibid.). Estamos ante una reflexión extraña. Es que si el valor acumulado por la clase capitalista es capital en proceso – capital dinero, capital productivo, capital mercancía – no se entiende por qué el mismo no puede crecer en base, no al intercambio, sino a la explotación del trabajo. Sigue Mandel: “RL concluye, pues, que la realización de la plusvalía solo es posible en la medida en que se abren al modo de producción capitalista mercados no capitalistas” (ibid.).

Sin embargo, Mandel no acepta esta solución. Explica que el error de RL “consiste en tratar a la clase capitalista mundial como un todo, es decir, abstraer el hecho de la competencia” (p. 340). Y sostiene que, de acuerdo a Marx, la competencia implica el intercambio de mercancías con otros capitalistas, y que este “desplazamiento de valor en el interior de la clase capitalista puede muy bien estar en la base de la ‘realización de la plusvalía’” (ibid.). Pero si esto es así, volvimos a la solución “absurda” del problema planteado por RL, consistente en considerar que lo que es válido para el capital individual, se aplica a la clase capitalista de conjunto. El problema es que si se supone que la acumulación de capital es, esencialmente, acumulación de dinero, los capitalistas individuales intentarían vender y no comprar, como hacen los que atesoran. Y lo mismo se aplicaría para la clase capitalista de conjunto.

Mandel cierra esta crítica diciendo que el desarrollo desigual entre países, sectores, empresas, es lo que constituye el motor de la expansión de los mercados capitalistas, “sin que sea preciso recurrir a las clases no capitalistas” (ibid.). No es una respuesta convincente a la crítica de RL, ya que supone que ocurre lo que debería demostrarse. Esto es, supone que el plusproducto se realiza en su totalidad mediante compras al interior del modo de producción capitalista (que sean capitales más o menos desarrollados no cambia la naturaleza del asunto), cuando RL había planteado que esto es imposible si la acumulación es acumulación de capital dinero. Por otra parte, es significativo que, para efectos “prácticos”, la crítica de Mandel al libro de RL no tiene que ver con alguna cuestión de subconsumo. Señalemos también que Mandel no analiza la crítica de RL a los esquemas de Marx por no incluir el aumento de la composición orgánica del capital, y la necesidad de mercados no capitalistas que derivaría de ello.

La crítica de Sweezy 

Examinamos brevemente la crítica a RL de Paul Sweezy, contenida en Teoría del desarrollo capitalista. Hemos mencionado más arriba que Sweezy consideró a RL subconsumista (la llamó “la reina de los subconsumistas”, p. 180). Sin embargo, su crítica específica a La acumulación del capital muestra, igual que ocurre con Mandel, que el planteo de RL tiene poco que ver con el subconsumo.

Antes de abordar la crítica de Sweezy a La acumulación del capital, señalo que pasa por alto la primera dificultad planteada por RL: en tanto se admitiera el aumento de la composición de capital a medida que avanza la acumulación, habría carencia de producción de medios de producción, y sobreproducción de medios de consumo. Sweezy no menciona esta crítica de RL, y encara el segundo nivel de dificultad que plantea RL, referida a la imposibilidad de realización de la plusvalía destinada a la acumulación. Sweezy revista entonces los principales argumentos de RL (pp. 205-6). Como señala RL, esa plusvalía no pueden realizarla los obreros, ya que estos agotan sus salarios en la realización del capital variable. Tampoco pueden realizarla los capitalistas con su consumo, porque se volvería a la reproducción simple. Otra posibilidad es que esa plusvalía exista bajo la forma de medios de producción adicionales, que se compran los capitalistas unos a los otros. Pero en ese caso, ¿quién compraría la cantidad mayor aún de bienes producidos en el período siguiente? De ahí que RL concluye, dice Sweezy, en la necesidad de los mercados no capitalistas.

El principal error de RL, dice entonces Sweezy, es haber planteado que los obreros no pueden realizar una parte de la plusvalía. Es que si bien, en el supuesto de la reproducción simple los obreros solo pueden realizar la parte del producto que corresponde a su salario, cuando se trata de la reproducción ampliada la plusvalía destinada a ampliar la fuerza de trabajo aparece bajo la forma de salario, el cual es gastado por los obreros en medios de consumo.

Siendo esto último cierto, la crítica sin embargo no es satisfactoria. Es que sigue sin responderse la objeción de RL acerca de cuál es el objetivo, para los capitalistas, de aumentar indefinidamente el trabajo asalariado si ese aumento no se traduce en acumulación de capital dinero. Vinculado a esto, Sweezy no responde la objeción de RL sobre de dónde sale la demanda que realiza la parte del plusproducto que debe acumularse como capital constante incrementado. Vimos que en el ejemplo numérico de Marx, de los 650 que se acumulan, 500 es aumento del capital constante; el cual se traducirá, si se mantienen las condiciones normales de producción y circulación, en mayor producto en el siguiente período. Es evidente que el consumo de capitalistas y obreros no puede realizar ese mayor producto. Solo se realizará si los capitalistas continúan destinando plusvalía a la acumulación. De ahí que RL objete, bajo la forma de pregunta: ¿cuál es el sentido de acumular ampliando constantemente el capital constante y variable, si el objetivo de la producción capitalista es el acrecentamiento del capital dinero? Pero Sweezy no trata el tema. De hecho, pasa por alto la diferencia sustancial entre concebir el fin de la acumulación como acumulación de dinero, y concebirla como acumulación de capital. En otros términos, como atesoramiento de plusvalía o circulación de plusvalía, la cual ocurre con el desarrollo normal de la producción capitalista. Precisamente las crisis ocurren porque la plusvalía deja de circular para entrar en la congeladora del atesoramiento.

 El derrumbe del capitalismo

Con su libro RL introduce una nueva explicación del derrumbe del capitalismo, pero no a causa de las crisis de sobreproducción que se agudizarían cada vez más, como se pensaba en el movimiento socialista de principios de siglo XX. Como señala Kowalik (1979), según RL debían estudiarse por separado dos problemas que se confundían en la literatura socialista: por un lado, las crisis de sobreproducción; por el otro, las contradicciones más profundas del sistema, de las cuales las crisis serían una expresión, o forma. En ¿Reforma o revolución?, un texto anterior a La acumulación del capital, había planteado el problema:

“Si la teoría socialista existente consideró siempre que el punto de arranque de la revolución socialista sería una crisis general y de estructura, a nuestro modo de pensar, hay que distinguir dos casos: el pensamiento básico que encierra y su forma externa. El pensamiento consiste en aceptar que el orden capitalista se desquiciará por la fuerza de sus propias contradicciones y alumbrará por sí mismo el momento del derrumbe, el de su imposibilidad de subsistir. Había, ciertamente, razones de peso para suponer que este momento lo marcaría una crisis del comercio; pero, para la idea básica, esto es, sin embargo, secundario e inesencial” (citado por Kowalik, p. 22; énfasis nuestro).

La acumulación del capital explicaba entonces por qué llegaría un momento en que el capitalismo ya no podría subsistir. Las crisis serían una manifestación de esa tendencia al desquiciamiento del sistema, pero no el problema fundamental a analizar. Por eso RL ponía mucho énfasis en aclarar que la suya no era una teoría de las crisis capitalistas.

Punto de contacto con el enfoque keynesiano y kaleckiano

Dejando de lado el hecho de que RL es una revolucionaria, que busca acabar con el modo de producción capitalista, y Keynes es un defensor del capitalismo, existe un punto de contacto entre ambos en lo que se refiere a la demanda.

En Keynes las dificultades por el lado de la demanda arrancan con la propensión al consumo, esto es, con “la ley psicológica” según la cual los hombres, en promedio, aumentan su consumo a medida que aumenta el ingreso, aunque no tanto como ese aumento del ingreso. Destinarán entonces una parte de su ingreso al ahorro. Pero el ahorro puede concretarse en la adquisición de activos financieros – y en ese caso, el dinero se canalizará hacia la inversión – o mantenerse en la forma de dinero, afectando negativamente a la demanda agregada. Una cuestión clave para explicar por qué, contra lo que dice la ley de Say, no siempre la oferta genera su correspondiente demanda. Si por alguna razón los capitalistas o los tenedores de dinero deciden atesorar, en lugar de invertir, habrá un problema por falta de demanda. De ahí que Keynes considerara que todo lo que llevara al atesoramiento representaba un peligro para el funcionamiento normal del capitalismo. Incluso los fondos líquidos mantenidos por empresas por depreciación de equipos representaban reducciones a la demanda. Más en general, procuró demostrar por qué puede ser racional que los capitalistas atesoren en lugar de invertir. Encontró dos razones. La primera, que en situaciones de incertidumbre el mantenerse líquido permite postergar decisiones – revertir esas decisiones siempre implica costos– y por lo tanto, mantener las opciones abiertas. En segundo lugar, es racional mantenerse líquido si se prevé un aumento de la tasa de interés (y por lo tanto, una desvalorización de bonos y otros activos financieros). Es la demanda de dinero por motivo especulativo que sigue figurando en los manuales de Macroeconomía. En cualquiera de los casos, habría atesoramiento y por lo tanto problemas de debilidad de la demanda.

En RL, como hemos visto, el problema central no es el subconsumo, o la propensión al consumo menor a la unidad. Tampoco comparte la idea, tan extendida en la economía burguesa moderna, de que son tipos sociales distintos los que ahorran y los que invierten. En el enfoque marxista, la decisión es de las empresas: las ganancias no distribuidas a los accionistas se destinan a la inversión. Sin embargo, al plantear que la acumulación del capital dinero es el objetivo de la producción capitalista, preparó el terreno para que apareciera un problema de debilidad crónica, o estructural de la demanda. Por esta razón, su pensamiento tiene puntos de contacto con Keynes, y particularmente con Kalecki, como señala Kowalik. Según Kowalik, “la dificultad encontrada por RL se basaba en un problema que no llegó a expresar en forma clara y precisa, pero que la asediaba continuamente, de los factores que aseguran el equilibrio entre el ahorro y la inversión” (p. 60). La pregunta, en términos de RL, era por qué los capitalistas querrían ampliar año tras año la producción, si no podían acumular riqueza bajo la forma de capital dinero. Surgía una dificultad por el lado de la debilidad de la acumulación (inversión en términos de Keynes). En Kalecki la cuestión era más clara todavía, en particular en lo que respecta a una tendencia al estancamiento, debido a la debilidad de la inversión. De ahí también la necesidad de estímulos externos al sistema, una idea muy extendida entre los economistas con un enfoque “estancacionista” del capitalismo. Kalecki pensaba que el sistema capitalista “no puede salir del impasse de las oscilaciones alrededor de una posición estática, si el desarrollo económico no es apoyado por factores ‘semi-exógenos’, como el estímulo que se da a los inversionistas por medio de las innovaciones”. En otro texto, sostenía que “Nuestro análisis demuestra… que el desarrollo de largo plazo no es característico de la economía capitalista” (citado por Kowalik, p. 60).

La “solución” de los mercados externos; el crédito

RL pensaba que la realización de la parte del producto constituido por la plusvalía a acumular dependía de los modos de producción no capitalistas. Pero, desde el punto de vista teórico, no se ve cómo podría ocurrir. Es que si el país A, capitalista, envía mercancías valuadas en 100 dólares al país B, no capitalista, B debe disponer de los 100 dólares para adquirir las mercancías que le envía A. Por lo cual B debe producir para el mercado mundial, a fin de obtener los correspondientes dólares (o el equivalente que sea dinero mundial). Pero esto plantea la cuestión de a quién vende B esas mercancías. Si las vende a países capitalistas, A, el problema sigue planteado; si las vende a países no capitalistas, B, solo se desplaza. Correctamente, a nuestro entender, Sweezy (2002) señaló: “No es posible vender a consumidores no capitalistas sin comprarles también. (…) ¿Quién ha de comprar las mercancías ‘importadas’ del entorno no capitalista? Si no puede haber en principio ninguna demanda de las mercancías ‘exportadas’, tampoco puede haber demanda de las mercancías ‘importadas’. Toda esta distinción entre consumidores ‘capitalistas’ y consumidores ‘no capitalistas’ es, en este contexto, del todo irrelevante” (p. 208).

De todas formas, RL era consciente del problema, e intentó solucionarlo introduciendo el crédito: los bancos de los países capitalistas industrializados prestan dinero a los países atrasados para que estos adquieran los bienes de los países adelantados. Por eso sostiene que los empréstitos exteriores “Son el medio principal para abrir al capital acumulado de los países antiguos nuevas esferas de inversión…” (p. 325). Pero entonces ocurre lo que ella llama “extraño comercio”: los países aún no capitalistas toman préstamos del país capitalista para comprar la producción de este último. Entre otros ejemplos, era lo que había ocurrido entre América y Gran Bretaña: “Todos los estados de América tomaron a préstamo, de los ingleses, una suma para fortalecer su Gobierno, y a pesar de que esta suma era un capital, lo gastaron inmediatamente como una renta, es decir, lo utilizaron totalmente para comprar por cuenta del Estado, mercancías inglesas, o para pagar las enviadas a cuenta de particulares” (pp. 327-8). O sea, “los ingleses solo pedían a los americanos que comprasen con el capital inglés mercancías inglesas…” (p. 328).

Estamos entonces ante una explicación opuesta a la que sostiene que los países atrasados son explotados por los adelantados mediante los mecanismos de la deuda. Más aún, el planteo suscita la pregunta de qué tipo de capital financiero es este que otorga créditos a países que no tienen capacidad de producir mercancías que los provean de los fondos necesarios para devolver los préstamos y pagar los intereses.  Es una operatoria que parece escapar a cualquier lógica de valorización del capital financiero.

Teoría del imperialismo

Según RL, “El imperialismo es la expresión política del proceso de acumulación del capital en su lucha por conquistar los medios no capitalistas que no se hallen todavía agotados” (p. 346). Se trata de una explicación del imperialismo distinta de la que avanzaron Hilferding, Lenin y Bujarin. En estos autores, el imperialismo es un producto del dominio de los monopolios – u oligopolios y trusts. Por eso había surgido en una etapa específica del desarrollo del capitalismo, caracterizada por tal grado de concentración y centralización del capital, que modificaba, en algún sentido fundamental, la ley del valor trabajo (que en Ricardo y Marx suponía la libre competencia). En RL, en cambio, el imperialismo era el producto de la dificultad de realización del plusproducto (o de una parte de él); dificultad que lo acompañaba desde su nacimiento.

El librecambio entonces era, a los ojos de RL, solo un breve episodio europeo, y más propiamente, un fenómeno inglés, de las décadas de 1860 y 1870. Cada vez más se imponía el desarrollo y la competencia violenta entre los países capitalistas para conquistar territorios no capitalistas. Pero cuanto más rápida y violentamente el capitalismo arrasara con las civilizaciones no capitalistas, “tanto más rápidamente irá minando el terreno de la acumulación del capital” (p. 346).

En definitiva, la acumulación tenía dos aspectos. Por un lado, en los países capitalistas era un proceso “puramente económico cuya fase más importante se realiza entre los capitalistas y los trabajadores asalariados”, pero que se movía “exclusivamente dentro de los límites del cambio de mercancías, del cambio de equivalencias” (p. 351). Podríamos decir que en este nivel operaba la ley del valor y de la plusvalía –extracción del excedente por medios económicos, venta “libre” de la fuerza de trabajo, etcétera- tal como explica Marx en sus textos.

Sin embargo, lo hemos visto, RL pensaba que Marx había errado en su explicación de cómo podía ocurrir la acumulación ampliada del capital. Por eso, el segundo aspecto de la acumulación del capital, dice RL, “se realiza entre el capital y las formas de producción no capitalista” (ibid.). Este proceso se desplegaba a escala mundial, y se caracterizaba por los métodos violentos, no económicos, de extracción del excedente. Escribe: “Aquí reinan, como métodos, la política colonial, el sistema de empréstitos internacionales, la política de intereses privados, la guerra. Aparecen aquí, sin disimulo, la violencia, el engaño, la opresión, la rapiña” (ibid).

Encontramos en este planteo de RL un punto de contacto Lenin. Es que en Lenin el monopolio – y el consiguiente debilitamiento de la ley del valor trabajo como reguladora de los precios, ganancias y salarios – introducía una lógica económica y de explotación distinta de la planteada por Marx. En particular, mientras que en Marx los mecanismos de extracción del excedente son económicos – dada la no propiedad de medios de producción y cambio del trabajador – en el enfoque leninista del imperialismo lo central es la coerción extraeconómica, o político-militar (regímenes coloniales o semicoloniales en la periferia), que se traducen en robo y pillaje. En RL el resultado es el mismo, pero la razón es la imposibilidad de realizar el plusproducto destinado a la acumulación.

Un aspecto de esta dualidad teórica es que la teoría del valor trabajo, en RL, parece operar a nivel país capitalista. A nivel del mercado mundial, y en tanto el comercio pasaría a ser esencialmente entre países capitalistas y países no capitalistas (el comercio intra países desarrollados no eliminaría las dificultades de la acumulación), primaría la imposición de precios por medio de la violencia, del poder militar y colonial. Esto es, no habría ley económica propiamente.

Militarismo, rol político y económico

Según RL, el militarismo es fundamental para la conquista de las colonias; para la destrucción de las sociedades primitivas y la apropiación de sus medios de producción; para la imposición del comercio en países que no producen para el mercado; la proletarización violenta de los indígenas y la imposición del trabajo asalariado; la implantación de los ferrocarriles; la ejecución de los créditos del capital europeo. También como medio de lucha entre los países capitalistas (véase p. 352). Pero, además, el militarismo es, en lo puramente económico, “un medio de primer orden para la realización de la plusvalía, esto es, un campo de acumulación” (ibid.). Con esta afirmación RL establece un precedente para una larga tradición en los enfoques “estancacionistas” (por caso, Baran y Sweezy, véase aquí). La tesis básica es que en el capitalismo existe un problema estructural de absorción del excedente, y el gasto militar alivia esa presión, y contribuye a evitar la depresión permanente. En Baran y Sweezy el problema era propio del capitalismo monopolista; en RL es consustancial al capitalismo de cualquier época.

Más en concreto, RL sostiene que los gastos militares son sufragados, en su mayor parte, por la clase obrera y los campesinos. Y que ofrecen al capital “una nueva posibilidad de acumulación” (p. 361). En lo que atañe a la primera afirmación, establece el siguiente mecanismo: a) el capital impone un impuesto a los salarios; b) de esa manera baja el costo de reproducción de la fuerza de trabajo y aumenta la plusvalía en manos del Estado; c) con esa plusvalía el Estado paga los gastos militares.

El argumento no parece sólido. Es que, si bien un aumento de la carga tributaria sobre los salarios (o el consumo salarial) representa una caída del ingreso obrero, esta no puede ser la vía habitual de financiamiento del fisco. La razón es que el valor de la fuerza de trabajo, para un período determinado, está dado; no depende de la estructura impositiva. Por eso, una vez establecido el valor de la fuerza de trabajo, el impuesto es plusvalía (para una discusión del tema, aquí).

El énfasis de RL en que los gastos militares se cubren bajando, vía impuestos, los salarios obreros (también los ingresos de los campesinos) encerraba, por otra parte, el pronóstico del empobrecimiento progresivo, y en términos absolutos, de la clase obrera de los países capitalistas adelantados. En otros términos, crecimiento del militarismo por un lado, mayor empobrecimiento, en términos absolutos, de la clase obrera, para financiar el militarismo. Pero esto no es lo que ha ocurrido en los países capitalistas adelantados en los últimos 100 años.

En cuanto a la idea, de RL, de que el gasto militar ofrece al capital una posibilidad de acumulación, tampoco parece sostenible a la luz de la teoría marxiana de la acumulación; incluido en análisis en términos de los esquemas de reproducción. Es que el rol de la industria armamentista en la reproducción del capital global tiene similitud con la industria de bienes de consumo de lujo. En una nota anterior, en que traté esta cuestión, escribía:

“Si la plusvalía se gasta enteramente en medios de consumo para el capitalista, no hay posibilidad de que se amplíe la producción de un ciclo para el otro, y estamos ante un caso (no es lo normal en el sistema capitalista) de reproducción simple. En cambio, si la plusvalía (o una parte de ella) se reinvierte en adquirir más medios de producción, y fuerza de trabajo, estaremos ante una reproducción ampliada del capital. Aumenta la masa de medios de producción y de fuerza de trabajo, que generan plusvalía, que a su vez puede acumularse para seguir ampliando la producción. (…)  … la plusvalía que gastan los capitalistas en su consumo constituye una detracción de la plusvalía que se destina a la reproducción ampliada. (…) … desde el punto de vista de la reproducción ampliada, las industrias de armamentos, de publicidad, o similares, comparten en esencia la misma posición que la industria de lujo. Si bien Marx no trató la cuestión de manera sistemática, existe un pasaje de sus borradores, en el que plantea que los productos que se consumen por gasto de plusvalía (por rédito) para satisfacción del capitalista (sus caprichos, pasiones, etc.) son, lógicamente, generados por trabajo productivo, pero dado que no se convierten nuevamente en medios de producción o de subsistencia, no se consumen productivamente, sino improductivamente”. También: “Una bala, o un fusil, se producen con vistas a un consumo improductivo. Los trabajos que fabrican las balas o los fusiles, son productivos (igual que sucede con los que producen bienes de lujo), pero las balas y fusiles son comprados con plusvalía, y son consumidos sin que puedan contribuir a ampliar la producción. Por este motivo podríamos llamarlos sectores “no reproductivos” (véase aquí).

La realidad del comercio entre países capitalistas

RL pensaba que la entrada de los empréstitos y de mercancías en las regiones no capitalistas provocaría la rápida disolución de las antiguas formaciones económicas, crisis sociales, la implantación de la economía de mercancías primero, y luego de la producción de capital (véase p. 331). Además, en la medida en que se desarrollara capitalismo en esas regiones, deberían disminuir los mercados en los que pudiera realizarse la plusvalía. Por eso, el comercio internacional se haría principalmente entre países capitalistas y países, o zonas del planeta, no capitalistas.

Sin embargo, la evolución del sistema capitalista desmintió ese pronóstico. Hoy el comercio mundial ocurre fundamentalmente entre países capitalistas, y no entre países capitalistas y no capitalistas. El modo de producción capitalista tiende a hacerse cada vez más global. El comercio entre el modo de producción capitalista y formaciones no capitalistas es pequeño, incluso porque la producción de muchos campesinos cada vez más es comercializada por grandes empresas, que se rigen con criterios de rentabilidad capitalista. Además, el flujo de inversiones ocurre esencialmente entre países capitalistas: desde Europa o Norteamérica a China, desde China a Europa, desde Europa a EEUU, desde EEUU a México, etcétera. Los principales países receptores o emisores de inversión extranjera, son capitalistas.   

Por otra parte, tampoco se verificó el pronóstico del aumento tendencial del proteccionismo. RL pensaba que, debido a las dificultades de realización al interior del modo de producción capitalista, se impondría más y más el proteccionismo. Pero hoy los aranceles protectores en el comercio mundial son, en promedio, mucho menores que hace cinco o seis décadas. Es una realidad que, por lo menos desde 1950 a la fecha, el comercio mundial creció, en promedio, a una tasa más elevada que el producto mundial.

Señalamos por último que la extracción del excedente se hace, cada vez más, bajo la forma de la plusvalía, mediante la compra – venta de la fuerza de trabajo. El mercado mundial, los precios internacionales o mundiales, se explican por la ley del valor y de la plusvalía.

Una teoría de la imposibilidad del capitalismo y estancacionismo

La teoría de la acumulación de RL es, en esencia, una teoría de la imposibilidad del capitalismo. En el cierre del libro, escribe: “El capitalismo es la primera forma económica con capacidad de desarrollo mundial. Una forma que tiende a extenderse por todo el ámbito de la Tierra y a eliminar a todas las demás formas económicas… Pero es también la primera que no puede existir sola, sin otras formas económicas de qué alimentarse, y que al mismo tiempo que tiene la tendencia a convertirse en forma única, fracasa por la incapacidad interna de su desarrollo” (p. 363).

Es la idea de que el sistema capitalista tiende al estancamiento crónico, secular o estructural. Si bien no con los argumentos de RL, son muchos los marxistas que adhieren, o han adherido, a esta tesis. Los argumentos más comunes que se aducen son la tendencia al subconsumo; la tendencia secular a la caída de la tasa de ganancia; el dominio del monopolio, que anula la competencia y con ella el dinamismo tecnológico. En RL, lo hemos visto, el problema es la realización de la plusvalía destinada a la acumulación. En cualquier caso, estos enfoques comparten la idea de que el problema a explicar es por qué, durante algunos períodos de tiempo, puede haber crecimiento. Este siempre aparece como excepcional, o producto de fuerzas y factores extra económicos.

Para concluir, el anti-dogmatismo de RL

Por todo lo explicado en esta nota, pienso que la teoría de la acumulación de RL es insostenible. Sin embargo, existe un aspecto que a destacar, que está muy por encima de su contribución específica. Se trata de su actitud crítica, no dogmática, con respecto a la teoría de Marx. Frente a tantos marxistas que han reducido el marxismo a la repetición mecánica de pasajes de Marx (o de Engels, Lenin, Trotsky o cualquier otro autor que se tome como referente sagrado), RL convoca a someter a escrutinio crítico la tradición escrita para decidir qué es válido, y qué no lo es, a la luz de la evidencia empírica y el razonamiento lógico. En este respecto entonces, y a pesar de sus problemas, la teoría de RL sobre la acumulación del capital encierra una enseñanza para todos los socialistas que debe ser destacada y preservada. 

Bibliografía citada:

Bleaney, M. F. (1977): Teorías de las crisis, México, Nuestro tiempo. –

Kowalik, T. (1979): Teoría de la acumulación y del imperialismo en Rosa Luxemburgo, México, Era.

Luxemburgo, R. (1967): La acumulación del capital, México, Grijalbo.

Mandel, E. (1969): Tratado de economía marxista, México, Era.

Marx, K. (1999): El Capital, México, Siglo XXI.

Quiroga M. y D. Gaido (2013): “La teoría del imperialismo de Rosa Luxemburgo y sus críticos: la era de la Segunda Internacional”, Crítica marxista.

Sweezy, P. (2002): Teoría del desarrollo capitalista, México, FCE.

(Tomado del Blog de Rolando Astarita)

Ir al contenido