John Reed: «Los derechos de las naciones pequeñas»


[1]
Había ido a que me visaran el pasaporte en el consulado búlgaro de Bucarest, cuando entró Frank para el mismo asunto. Enseguida me percaté de que era norteamericano. Las mareas de la inmigración habían lavado su sangre, los hermanos Leyendecker influyeron en el corte de su nariz y su quijada, y tanto su aspecto como su caminar eran naturales y sencillos. Era rubio, joven, “irreprochable”. Bajo la ropa inglesa de imitación de paño de lana que cortan los sastres rumanos, su cuerpo era el de un velocista universitario que todavía no se ha vuelto fofo, construido tan económicamente como el de un animal salvaje.

Tan instintivamente, también, como un animal, pues no era observador, olfateó en mí un compatriota, y dijo “Hello” con la inflexión superior de un anglosajón que saluda a otro en presencia de personas extranjeras e inferiores. Era un muchacho comunicativo, y hacía demasiado tiempo que estaba lejos de casa para sospechar de los norteamericanos. Si yo iba a tomar el tren de la 1:30 a Sofía, preguntó, podríamos viajar juntos. Había estado trabajando para la Romano-Americano Oil Company —una subsidiaria de la Standard Oil— durante dos años, en los campos petrolíferos rumanos cerca de Ploesti, y cuando caminábamos por la calle juntos dijo que iba a Inglaterra a alistarse en el ejército y combatir.

—¿Para qué? —grité con sorpresa.

—Bueno —dijo con seriedad, mirándome con preocupación y sacudiendo la cabeza— hay un grupo numeroso de ingleses en Ploesti, y fueron ellos los que me hablaron de todo esto. No me importa, quizás es una tontería, como dice todo el mundo en nuestro campamento, pero no puedo evitarlo. Tengo que ir. Pienso que fue una cochinada el violar la neutralidad de Bélgica.

—¡La neutralidad de Bélgica! —dije con una sensación de terror ante las absurdas posibilidades de la naturaleza humana.

—Sí —continuó rápidamente—, me enfurece pensar en un pequeño país como Bélgica y un país grande y fanfarrón como Alemania. ¡Es una maldita vergüenza! Inglaterra está luchando por los derechos de las naciones pequeñas, y no comprendo cómo alguien que tenga coraje puede permanecer indiferente!

Algunas horas después lo vi en el andén de la estación, hablándole a una muchacha delgada y sencilla con un vestido de algodón amarillo, que lloraba y se empolvaba la nariz simultáneamente. El rostro de él estaba sonrojado y ceñudo, y pronunciaba las palabras de la misma forma que lo hace un hombre enérgico cuando está furioso con su perro, su criado, o su esposa. La muchacha lloraba con monotonía; en ocasiones lo tocaba con un gesto tímido y anhelante, pero él rechazaba su mano.

Me divisó, y la abandonó de manera brusca; se me acercó con una expresión avergonzada. Evidentemente, estaba preocupado y exasperado.

—¡Estaré contigo tan pronto como me libre de esta maldita mujer! —dijo, de modo brutal y “masculino”—. No pueden dejar solo a un hombre, ¿no es así?

Encendió un cigarro, y regresó con fanfarronería adonde estaba ella mirando detenidamente a lo largo de la vía, con el pañuelo en la boca, haciendo un desesperado esfuerzo para controlarse. Tenía unas sandalias con tacones excesivamente altos, como las que usaban las transeúntes rumanas ese año, y llevaba un ridículo abrigo de piel; todo su aspecto era desaliñado. Sus jóvenes pechos eran planos, famélicos, y tenía el pelo enmarañado, fino y sin brillo. Yo sabía que sólo una muchacha muy poco atractiva no podría abrirse paso en Bucarest, donde se jactan de tener más prostitutas por hombre viril que en cualquier otra ciudad del mundo. Involuntariamente, los ojos de ella se clavaron en el rostro de él; ella comenzó a estremecerse. Frank hundió las manos en los bolsillos con un gesto brusco, sacó un rollo de billetes y separó dos. La muchacha se contrajo, palideció y se puso rígida; sus ojos flameaban. La mano de él extendida con el dinero era como un revólver cargado. Pero de pronto, un tenue rubor le subió a las mejillas, como de pena; agarró los billetes y estalló en un violento sollozo. Después de todo, tenía que irse. Mi compatriota me lanzó una mirada desesperada, cómica, y la miró ceñudamente.

—¿Qué quieres? —gruñó en un áspero y desagradable rumano—. No te debo nada. ¿Por qué estás llorando a lágrima viva? Corre a casa ahora. Adiós.

Le dio un tosco empujoncito. Ella dio dos o tres pasos y se detuvo como si no tuviera fuerzas para moverse más, y algún instinto o algún recuerdo le dio a él un destello de comprensión. De pronto, puso las manos en los hombros de ella y la besó en la boca.

—Adiós —dijo la muchacha entrecortadamente, y echó a correr.

Serpenteamos hacia el sur por la plana y calurosa llanura, y dejamos atrás maltrechas aldeas de chozas de barro con techos de paja sucia, y nos detuvimos mucho tiempo en pequeñas estaciones donde campesinos dóciles y desnutridos con ropas de lino blanco raídas observaban estúpidamente el tren con la boca abierta. La rica y turbulenta blancura de Bucarest se desvaneció abruptamente en un mundo donde la gente se moría de hambre en la miseria más desesperante.

—No comprendo a las mujeres —expresó Frank—. No te puedes librar de ellas cuando ya estás cansado. Ahora tuve esa chica durante unos nueve meses. Le di un buen hogar donde vivir, comida mejor que la que ha tenido en toda su vida, y dinero. Gastó casi 150 dólares en vestidos, sombreros y sellos de correo. ¿Pero tú crees que siente alguna gratitud? De eso nada.

Cuando me cansé de ella se creyó que tenía una hipoteca sobre la casa, dijo que no iba a irse. Tuve que ponerla de patitas en la calle. Después, comenzó a escribirme cartas donde se quejaba de su mala suerte, nada más que un juego para sacarme dinero. ¿Me engañó con eso? Por supuesto que no. ¡No soy tan fácil de engañar! Esta mañana tropecé con ella cuando venía a coger el tren, y juro que no pude zafarme de esa saya durante todo el día. Llorando, ¡uf! ¡bah!

—¿Dónde la encontraste? —pregunté.

—¿A ella? Oh, simplemente la recogí en la calle, en Ploesti… ¡Por supuesto nunca había estado con otro hombre! Eso es peligroso —me miró, y un indeciso desasosiego hizo que tuviera deseos de justificarse—. Tú sabes, allá en los campos petrolíferos todo el mundo tiene su propia casa, y por supuesto, tienes que comer, tener la ropa limpia y un lugar higiénico para vivir. Por eso, todo el mundo consigue una chica para cocinar, lavar, atender la casa y vivir con uno. Es difícil encontrar una que te convenga del todo. He probado tres, y conozco otros que han tenido seis u ocho; las cogen, las prueban y las botan. ¿Pago? ¿Por qué? No les pagas nada. En primer lugar, viven contigo, ¿no es así? y además, tienen casa y comida, y les compras ropas. Ni hablar de salario. Podrían huir con el dinero. No, de esa forma haces que mantengan una buena conducta. Si no hacen lo que se les dice, dejas de comprarles ropa.

Quise saber si alguno de estos ménages duraba.

—Bueno —dijo Frank— ahí está Jordán. Ha conseguido la casa más hermosa de nuestro campamento; tendrías que haberla visto. Pero, por supuesto, lleva una vida bastante solitaria, porque sólo los solteros van a verlo; a veces un casado, pero nunca con su esposa. Jordan vive con una chica desde hace once años, una rumana igual que las nuestras, y, por supuesto, nadie tendrá nada que ver con él. Es el tipo más inteligente de la compañía, pero no pueden promoverlo mientras viva así. Aquí, un alto funcionario tiene que tener más o menos un roce social, tú sabes. Por esa razón lleva años mirando cómo un hombre tras otro que no valen una cuarta parte de lo que él vale, le pasan por encima.

—¿Por qué no se casa con él?

—¡Qué! —dijo Frank, sorprendido—. ¿Con esa clase de mujer? ¿Después de que ha vivido con él todo ese tiempo? Nadie tendría relaciones con ella. No es decente.

—¿No perjudica sus perspectivas el vivir con mujeres?

—¡Oh, nosotros! No, eso es diferente. Todo el mundo piensa que es correcto, mientras no nos exhibamos con las chicas en público. Tú sabes, somos jóvenes. Es sólo cuando tienes alrededor de treinta años que debes casarte. Yo tengo veinticinco.

—Entonces, dentro de cinco años… Asintió con su rubia cabeza.

—Comenzaré a pensar en conseguir una esposa. Pero eso es puramente una proposición comercial. No representa ninguna ventaja el casarse; por supuesto, un verdadero hombre tiene que tener una mujer de vez en cuando, lo sé, pero quiero decir que no hay ningún provecho en amarrarse, a menos que puedas sacar algo bueno de eso. Voy a conseguirme una mujer hermosa, que no haya tenido ningún tipo de escándalo, y que goce de influencia social para que me ayude en mi trabajo. Allá en el sur hay una buena cantidad de chicas así. No necesito su dinero, puedo conseguir un salario decoroso dentro de un par de años; y, además, si tu esposa tiene una entrada propia puede querer hacer lo que desee. ¿No crees?

—Pienso que es una forma pésima de considerarlo —dije con enfado—. Si yo viviera con una muchacha, estuviéramos casados o no, la consideraría igual a mí, económicamente y en todos los demás aspectos —Frank se echó a reír—. Y en cuanto a tus planes de matrimonio, ¿cómo te puedes casar con alguien a quien no amas?

—¡Oh, el amor! —Frank se encogió de hombros con molestia, y miró por la ventanilla—. Diablos, si te vas a poner sentimental…

Nota:
[1] Publicado en 1915. Tomado de Relatos de John Reed, Ed. Políticas. Ed. de Ciencias Sociales, La Habana, 1978, trad. de Lidia Pedreira y Daniel Rey Díaz.

Texto incluido en el libro Rojos y rojas.

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