Entrevista a Jacques Rancière: “Deshacer las confusiones que ayudan al orden dominante”

por Joseph Confavreux 

¿Cuáles son las raíces de la actual crisis democrática? ¿Cómo comprender la simultaneidad de las revueltas contemporáneas? Quince años después de la publicación de su obra analizando los perfiles del “odio a la democracia”, el filósofo Jacques Rancière nos ofrece algunos elementos de respuesta.

Mientras las revueltas se extienden en varios países de todos los continentes, Francia se prepara para un movimiento social que cuestiona, más allá de la reforma de las pensiones, la acentuación de las reformas de inspiración neoliberal y la política tradicional sólo parece ofrecer una falsa alternativa entre progresismos y autoritarismos cuyo denominador común es su subordinación a los intereses financieros, el filósofo Jacques Rancière hace un repaso para Mediapart de estos cambios políticos e intelectuales, para intentar “deshacer las confusiones tradicionales que ayudan al orden dominante y a la pereza de sus pretendidos críticos”.

Joseph Confavreux: Quince años después de la publicación de El Odio a la democracia (editado originalmente por La Fabrique y en español por Amorrortu), ¿qué cariz ha tomado esa mutación ideológica que describías?

Jacques Rancière: Los temas del discurso intelectual republicano que analicé entonces se han difundido ampliamente, y en particular han alimentado el aggiornamento de la extrema derecha que ha visto el interés de reciclar los argumentos racistas tradicionales en defensa de los ideales republicanos y laicos. También han servido de justificación para algunas medidas de restricción de las libertades como las que proscriben tal vestimenta y nos piden que presentemos el rostro desnudo a los ojos del poder.

Se puede decir que estos temas han extendido tanto su influencia como su obediencia hacia los poderes dominantes. El odio intelectual a la democracia se muestra cada vez más como el simple acompañamiento ideológico del vertiginoso desarrollo de las desigualdades de todo tipo y del crecimiento del poder policial sobre los individuos.

J. C.: ¿Es el populismo, en el sentido peyorativo del término, el nuevo rostro de este odio a la democracia que pretende defender el gobierno democrático a condición de que dificulte la civilización democrática?

J. R.: Populismo no es el nombre de una forma política. Es el nombre de una interpretación. El uso de esta palabra sirve para hacer creer que las formas de reforzamiento y de personalización del poder estatal constatadas por todo el mundo son la expresión de un deseo que viene del pueblo, entendido como conjunto de las clases desfavorecidas. Es siempre el mismo gran truco de decir que si nuestros Estados son cada vez más autoritarios y nuestras sociedades cada vez más desiguales es debido a la presión que ejercen los más pobres que son, por supuesto, los más ignorantes y que, como buenos primitivos, quieren jefes, autoridad, exclusión, etc. Como si Trump, Salvini, Bolsonaro, Kaczyski, Orbán y otros parecidos, fueran la emanación de un pueblo llano que sufre y se revuelve contra las élites. Ahora bien, son la expresión directa de la oligarquía económica, de la clase política, de las fuerzas sociales conservadoras y de las instituciones autoritarias (ejército, policía, Iglesias).

Es cierto que esta oligarquía se apoya por lo demás en todas las formas de superioridad que nuestra sociedad permite a quienes ella misma inferioriza (trabajadores sobre desempleados, pieles blancas sobre pieles oscuras, hombres sobre mujeres, habitantes de las provincias profundas sobre las mentes ligeras de las metrópolis, gentes normales sobre no normales, etc.). Pero ésta no es una razón para poner las cosas cabeza abajo: los poderes autoritarios, corruptos y criminales que hoy dominan el mundo, lo hacen con el apoyo de los ricachones y de los notables, no con el de los desheredados.

J. C.: ¿Que te inspira la inquietud de muchos sobre la fragilidad de las instituciones democráticas existentes y las numerosas obras que anuncian el fin o la muerte de las democracias?

J. R.: No leo demasiado la literatura catastrofista y me gusta la opinión de Spinoza para quien los profetas preveían mejor las catástrofes de las que ellos mismos eran responsables. Quienes nos alertan sobre la “fragilidad de las instituciones democráticas” participan deliberadamente en la confusión que debilita la idea democrática. Nuestras instituciones no son democráticas. Son representativas, por tanto oligárquicas. La teoría política clásica era clara sobre ello, aunque nuestros gobernantes y sus ideologías se hayan dedicado a embrollarlo todo. Las instituciones representativas son por definición inestables. Pueden dejar cierto espacio a la acción de las fuerzas democráticas –como fue el caso de los regímenes parlamentarios en los tiempos del capitalismo industrial– o tender hacia un sistema monárquico. Está claro que hoy domina esta última tendencia.

Es el caso de Francia donde la V República fue concebida para poner las instituciones al servicio de un individuo y donde la vida parlamentaria está totalmente integrada en un aparato de Estado, que a su vez está totalmente sometido al poder del capitalismo nacional e internacional, aun a costa de suscitar el desarrollo de fuerzas electorales que pretenden ser los verdaderos representantes del verdadero pueblo.

Hablar de las amenazas que pesan sobre nuestras democracias tiene un sentido muy determinado: se trata de hacer llevar a la idea democrática la responsabilidad de la inestabilidad del sistema representativo, diciendo que si este sistema está amenazado es por ser demasiado democrático, demasiado sometido a los instintos incontrolados de la masa ignorante. Toda esta literatura trabaja a fin de cuentas para la comedia de las segundas vueltas presidenciales, cuando la izquierda lúcidacierra filas en torno del candidato de la oligarquía financiera, única muralla de la democracia razonable contra el candidato de la democracia iliberal.

J. C.: Se han acentuado las críticas a los deseos ilimitados de los individuos en la moderna sociedad de masas. ¿Por qué? ¿Cómo explicas que estas críticas aparezcan en todos los bandos del tablero político? ¿Es lo mismo para Marion Maréchal-Le Pen que para Jean-Claude Michéa?

J. R.: Hay un núcleo duro invariante que alimenta versiones más o menos de derecha o de izquierda. Este núcleo duro fue forjado primero por los políticos conservadores y los ideólogos reaccionarios del siglo XIX, que lanzaron la alerta contra los peligros de una sociedad en que las capacidades de consumo y los apetitos consumidores de los pobres se desarrollaban peligrosamente e iban a descargarse como un torrente devastador para el orden social. Fue la gran astucia del discurso reaccionario: alertar contra los efectos de un fenómeno, para imponer la idea de que ese fenómeno existe: que los pobres, en suma, son demasiado ricos.

Este núcleo duro ha sido reelaborado a la izquierda por la llamada ideología republicana, forjada por intelectuales rencorosos hacia esta clase obrera en la que habían puesto todas sus esperanzas y que estaba disolviéndose. La gran genialidad ha sido interpretar la destrucción de las formas colectivas de trabajo impuesta por el capital financiero como la expresión de un individualismo democrático de masas surgido del corazón mismo de nuestras sociedades y llevado a cabo por aquellos mismos cuyas formas de trabajo y de vida eran destruidas.

A partir de ahí, todas las formas de vida impuestas por la dominación capitalista eran reinterpretables como efectos de un único y mismo mal –el individualismo– al que según su humor se podía dar dos sinónimos: se le podía llamar democracia y combatir los estragos del igualitarismo; se le podía llamar liberalismo y denunciar la mano del capital. Pero también se podía equiparar ambos e identificar al capitalismo con el desencadenamiento de los apetitos consumidores de la gente humilde.

Es la ventaja de haber dado el nombre de liberalismo al capitalismo absolutizado –además de autoritario– que nos gobierna: se pueden identificar los efectos de un sistema de dominación con las formas de vida de los individuos. Así, se puede, al gusto de cada cual, aliarse con las fuerzas religiosas más reaccionarias para atribuir el estado de nuestras sociedades a la libertad de costumbres encarnada por la reproducción asistida y el matrimonio homosexual o reclamarse de un ideal revolucionario puro y duro para achacar al individualismo pequeño-burgués la responsabilidad de la destrucción de las formas de acción colectivas y de los ideales obreros.

J. C.: ¿Qué hacer en una situación en que la denuncia de una fachada democrática donde las leyes y las instituciones no son sino las apariencias bajo las que se ejerce el poder de las clases dominantes, y en que el desencanto sobre las democracias representativas que han roto con toda idea de igualdad abre espacio a personajes del tipo Bolsonaro o Trump, que agravan aún más las desigualdades, las jerarquías y los autoritarismos?

J. R.:« Lo primero es deshacer las confusiones tradicionales que ayudan al orden dominante y a la pereza de sus pretendidos críticos. En particular, hay que acabar con esa doxa heredada de Marx que, con la excusa de denunciar las apariencias de la democracia burguesa, valida de hecho la identificación de la democracia con el sistema representativo. No hay una fachada democrática tras cuya máscara se ejercería la realidad del poder de las clases dominantes. Hay instituciones representativas que son instrumentos directos de este poder.»

El caso de la Comisión de Bruselas y su lugar en la Constitución europea debería bastar para aclarar las cosas. Tenemos ahí la definición de una institución representativa supranacional donde la representación está totalmente disociada de cualquier idea de sufragio popular. El tratado ni siquiera dice que estos representantes deban ser elegidos. Se sabe, desde luego, que son los Estados quienes los designan, pero también se sabe que en su mayoría son antiguos o futuros representantes de los bancos de negocios que dominan el mundo. Y una simple ojeada sobre el perímetro de las sedes de sociedades cuyos inmuebles rodean las instituciones de Bruselas hace inútil la ciencia de quienes quieren mostrarnos la dominación económica disimulada tras las instituciones representativas.

Lo digo una vez más, difícilmente podría pasar Trump por un representante de los marginados de la América profunda y Bolsonaro ha sido inmediatamente entronizado por los representantes de los medios financieros. La primera tarea es salir de la confusión entre democracia y representación y de todas las nociones confusas que se derivan de ella –del tipo democracia representativapopulismodemocracia iliberal, etc. Las instituciones democráticas no están para preservar contra el peligro populista. Están para crearlo, o recrearlo. Y está claro que, en la situación actual, sólo pueden serlo como contrainstituciones, autónomas respecto a las instituciones gubernamentales.

J. C.: ¿Es comparable el odio a la democracia cuando toma la forma de la nostalgia dictatorial de un Bolsonaro o la apariencia bonachona de un Jean-Claude Junker explicando que no puede haber decisión democrática contra los tratados europeos?

Dicho de otra manera, ¿se debe y se puede jerarquizar y distinguir las amenazas que pesan sobre la democracia, o bien la diferencia entre las extremas derechas autoritarias y los tecnócratas capitalistas dispuestos a reprimir violentamente a sus pueblos es sólo de grado y no de naturaleza?

J. R.: Hay todos los matices que se quiera entre sus diversas formas. Puede apoyarse en las fuerzas nostálgicas de las dictaduras de ayer, de Mussolini o Franco a Pinochet o Geisel. Puede incluso, como en algunos países del Este, acumular las tradiciones de las dictaduras comunistas y de las jerarquías eclesiásticas. Puede más sencillamente identificarse con las ineludibles necesidades de rigor económico, encarnadas por los tecnócratas bruselenses. Pero hay siempre un núcleo común.

Juncker no es Pinochet. Pero como se ha recordado recientemente, los poderes neoliberales que gobiernan en Chile lo hacen en el marco de una constitución heredada de Pinochet. La presión ejercida por la Comisión europea sobre el gobierno griego no es la misma cosa que la dictadura de los coroneles. Pero se ha comprobado que el gobierno populista de izquierda, especialmente elegido en Grecia para resistir a esta presión, fue incapaz de hacerlo.

En Grecia como en Chile, como en todo el mundo, se ha comprobado que la resistencia a las oligarquías sólo viene de fuerzas autónomas respecto al sistema representativo y a los llamados partidos de izquierda integrados en él. Estos últimos razonan de hecho según la lógica del mal menor. Sufren debacle tras debacle. Estaríamos tentados de alegrarnos si esta continua debacle no tuviese el efecto de aumentar el poder de la oligarquía y dificultar aún más la acción de quienes se oponen de verdad.

J. C.: ¿Cómo ves los acontecimientos planetarios de este otoño? ¿Se pueden encontrar causas y motivos comunes en las diferentes revueltas que se producen en varios continentes? Respecto a los movimientos de las plazas, que reclamaban una democracia real, estas revueltas parten de motivaciones más socio-económicas. ¿Quiere decir esto algo nuevo sobre el estado del planeta?

J. R.: La reivindicación democrática de los manifestantes de Hong Kong desmiente dicha evolución. De todas maneras, hay que salir de la oposición tradicional entre motivaciones socio-económicas (sólidas pero mezquinas) y aspiraciones a la democracia real (más nobles pero evanescentes). Hay un solo y mismo sistema de dominación, ejercido por el poder financiero y por el poder estatal. Y los movimientos de las plazas extrajeron su poder precisamente de no distinguir entre reivindicaciones limitadas y afirmación democrática ilimitada. Es raro que un movimiento arranque por una reivindicación de democracia. Suelen empezar por una reclamación contra un aspecto o un efecto particular de un sistema global de dominación (un fraude electoral, el suicidio de una víctima de acoso policial, una ley sobre el trabajo, un aumento del precio de los transportes o de los carburantes aunque también un proyecto de supresión de un jardín público).

Cuando la protesta colectiva se desarrolla en la calle y en lugares ocupados, se convierte, no simplemente en una reivindicación de democracia dirigida al poder contestado, sino en una afirmación de democracia efectivamente puesta en práctica (democracia real ya). Esto quiere decir dos cosas: primera, la política toma cada vez más el aspecto de un conflicto de mundos –un mundo regido por la ley no igualitaria contra un mundo construido por la acción igualitaria –en que la propia distinción entre economía y política tiende a desaparecer; segunda, los partidos y organizaciones antes interesadas en la democracia y la igualdad han perdido toda iniciativa y toda capacidad de acción en este terreno que sólo es ocupado por fuerzas colectivas nacidas del propio acontecimiento. Se puede seguir repitiendo que se debe a una falta de organización. Pero ¿qué hacen las famosas organizaciones?

J. C.: ¿Una cierta forma de rutinización de la revuelta a escala mundial anuncia un gran contra-movimiento?

J. R.: No me gusta mucho la palabra rutinización. Bajar a la calle en estos tiempos en Teherán, Hong Kong o Yakarta, no tiene en realidad nada de rutinario. Sólo se puede decir que las formas de la protesta tienden a parecerse contra sistemas gubernamentales diferentes aunque convergentes en sus esfuerzos por asegurar los beneficios de los privilegiados en detrimento de sectores de la población cada vez más pauperizados, menospreciados o reprimidos. Se puede constatar así, sobre todo en Chile o en Hong Kong, que han obtenido logros, cuya continuación no se conoce, pero que muestran que es algo distinto a simples reacciones rituales de desesperación frente a un orden de cosas inamovible.

J. C.: Hace quince años, la perspectiva de la catástrofe ecológica era menos apremiante. ¿Esta nueva cuestión ecológica transforma la cuestión democrática en el sentido que algunos explican de que la salvación del planeta no podrá hacerse en un marco deliberativo?

J. R.: Hace ya tiempo que nuestros gobiernos funcionan con la coartada de la crisis inminente que impide confiar los asuntos del mundo a sus habitantes ordinarios y obliga a dejarlos al cuidado de los especialistas en gestión de crisis: en realidad, a los poderes financieros y estatales que son sus responsables o cómplices. Está claro que la perspectiva de la catástrofe ecológica va en apoyo de sus argumentos. Pero está claro también que la pretensión de nuestros Estados de ser los únicos capaces de enfrentarse a cuestiones globales está desmentida por su incapacidad, individual y colectiva para tomar decisiones a la medida de este reto. La reivindicación globalista sirve por tanto esencialmente para decirnos que es una cuestión política demasiado complicada para nosotros, o que es una cuestión que vuelve caduca la acción política tradicional. Así entendida, la cuestión climática sirve a la tendencia a absorber la política en la policía.

Enfrente, está la acción de quienes afirman que, puesto que la cuestión concierne a cada una y cada uno de nosotros, cada una y cada uno debe ocuparse de ello. Es lo que han hecho los movimientos del tipo Notre-Dame-des-Landes que se apoyan en un caso muy preciso para identificar la persecución de un objetivo concreto determinado con la afirmación del poder de cualquiera. La anulación de un proyecto de aeropuerto no resuelve evidentemente la cuestión del recalentamiento a escala planetaria. Pero muestra en todo caso la imposibilidad de separar las cuestiones ecológicas de la cuestión democrática entendida como ejercicio de un poder igualitario efectivo.

J. C.: En su último libro, Frédéric Lordon se desmarca de lo que denomina una antipolítica en la que incluye sobre todo una “política restringida a intermitencias” que sería en particular el reparto de lo sensible”. ¿Qué te sugiere esta crítica dirigida a algunas de tus maneras de definir la política?

J. R.: No me quiero implicar en polémicas personales. Me limitaré por tanto a destacar algunos puntos de lo que he escrito que tal vez no queden claros para todo el mundo. No he dicho que la política sólo exista por intermitencias. He dicho que la política no era un dato constitutivo y permanente de la vida de las sociedades, porque la política no es sólo el poder, sino la idea y la práctica del poder de cualquiera. Ese poder específico sólo existe como suplemento y en oposición a las formas normales de ejercicio del poder. Esto no quiere decir que sólo exista política en los momentos extraordinarios de fiesta colectiva, que entre tanto no haya nada que hacer y no se necesiten ni organización ni instituciones. Organizaciones e instituciones ha habido siempre y siempre las habrá.

La cuestión es saber lo que organizan y lo que instituyen, cuál es el poder que ponen en marcha, el de la igualdad o el de la desigualdad. Las organizaciones e instituciones igualitarias desarrollan este poder común a todos que, de hecho, raramente se manifiesta en estado puro. En el estado actual de nuestras sociedades, sólo pueden ser contra-instituciones y organizaciones autónomas respecto a un sistema representativo que es sólo un resorte del poder estatal. Se constata fácilmente que en las dos últimas décadas, en el mundo en general, las únicas movilizaciones contra los avances del poder financiero y del poder estatal han sido esos movimientos calificados como espontaneistas, aunque han demostrado capacidades de organización concreta muy superiores a las organizaciones de izquierda reconocidas (no olvidemos además que muchas y muchos de quienes han jugado un papel eran militantes ya formados por prácticas de lucha en la calle). Es verdad que resulta muy difícil mantener durante mucho tiempo este poder común. Esto supone crear otro tiempo, un tiempo hecho de proyectos y de acciones autónomas, que no venga marcado por el calendario de la máquina estatal. Pero sólo se puede desarrollar lo que existe. Sólo se puede construir a largo plazo a partir de las acciones que han cambiado efectivamente, por poco y breve que sea, el campo de lo posible.

(Tomado de Media Part)

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