El suicidio de Catón y el martirio cívico en la América temprana británica y española

por Francesca Langer

La historia del suicidio de Catón, tal y como la transmitió el antiguo historiador griego Plutarco, fue una espantosa parábola política que capturaró los imaginarios revolucionarios de los primeros americanos, tanto del norte como del sur. Todo colegial podía contar cómo Catón fue arrinconado en Utica por un victorioso Julio César en los días finales de la República Romana. Cuando el presunto emperador ofreció su perdón, el último verdadero senador de Roma se destripó a sí mismo con su propia espada antes que vivir bajo la tiranía del César. Severo, arisco, siempre vestido de negro de luto, el carácter de Catón era un pilar de la primera literatura americana, desde la poeta Pyillis Wheatley, la primera autora afroamericana publicada, y el editor de periódico Philip Freneau, conocido como “el poeta de la Revolución Americana”, hasta los trabajos del sátiro ecuatoriano Eugenio Espejo y el dramaturgo colombiano Luis Vargas Tejada.[1] La ubicuidad de Catón en la Era de las Revoluciones reflejaba lo que el famoso historiador estadounidense Bernard Bailyn llamó una vez la “imagen catónica”: un ideal heroico de ciudadanía ejemplificado por el lema “Libertad o Muerte”.[2] No obstante, esta imagen catónica fue incluso más generalizada de lo que Bailyn sugirió, extendiéndose más allá del círculo de las elites angloamericanas para formar una parte importante de la cultura popular de independencia a lo largo de las jóvenes Américas británica y española. Al enfatizar la dignidad y virtud de apreciar la libertad de uno, incluso hasta el punto de llegar a la muerte, la historia del suicidio de Catón proporcionó un modelo de martirio cívico que conformó la primera comprensión misma de ciudadanía de los americanos.

El libro de Joseph Addison Cato: A Tragedy, que puso de moda al antiguo senador para las audiencias modernas, fue la obra inglesa más popular del siglo XVIII, reimpresa continuamente y lanzada en ambos lados del Atlántico desde su estreno en 1713. Durante la Revolución Americana, sin embargo, este elemento familiar de la cultura popular angloamericana fue de nuevo politizado, haciéndose tan fuertemente identificado con la causa de la independencia que las tropas de Washington escenificaron su propia producción en Valley Forge.[3]Muchos de los más famosos eslóganes de la Revolución Americana –incluyendo el clamor de “libertad o muerte” de Patrick Henry y el lamento del espía patriota Nathan Hale que no tenía “más que una vida para perder por mi país”– eran de hecho líneas de diálogo habladas por el Catón de Addison.[4] Una traducción española de 1787 de la obra por Bernardo María de Calzada tomó una importancia política similar en la América Española, donde apareció en festivales patrióticos y celebraciones del Día de la Independencia a lo largo de la Gran Colombia y el Perú.[5] En 1812, el revolucionario argentino Bernardo de Monteagudo llamó a todos los americanos, del norte y del sur, a “renovar el sacrificio de Catón” en su lucha común por la independencia de Europa.[6] De Boston a Buenos Aires, los revolucionarios americanos reprodujeron y reinterpretaron la historia del suicidio de Catón en incontables discursos patrióticos, desfiles, panfletos, periódicos, obras de teatro y canciones, reiterando el mensaje de que la voluntad de los americanos de morir por su libertad era la prueba definitiva de que se merecían ser libres.

Los primeros americanos tendían a entender la antigüedad clásica como un universal pasado, no necesariamente la herencia exclusiva de aquellos ancestros europeos. Las figuras romanas como Catón pertenecían a una semimítica Edad de Héroes de la cual los primeros americanos tomaron prestado y que mezclaron con otras tradiciones. Como recordaba Juan Bautista, hermano del líder revolucionario andino Túpac Amaru, en sus memorias de la rebelión indina de 1780, insurgentes indígenas y mestizos reclamaban no solo la autoridad moral de “nuestros padres virtuosos, los antiguos incas”, sino también la de la antigüedad grecorromana. Señalado, cuarteado y decapitado una vez arrestado en 1781, Túpac Amaru tuvo la muerte horrible y pública de un “mártir por la libertad”, por la que Juan Bautista lo colocó entre el panteón de los héroes clásicos. De hecho, declaró Juan Bautista, fue el inca que vivió conforme al ejemplo grecorromano y no los españoles. “La humanidad venera a Catón –escribió–, pero se inclina ante el yugo del César. La posteridad honra la virtud de Bruto, pero la permite solo para la historia antigua”.[7] Las autoridades coloniales españolas presumían de defender la virtud cívica, pero  cuando se les apareció un moderno Catón en forma de Túpac Amaru, lo trataron como a un criminal por cumplir sus propios estándares mejor de lo que ellos podrían.

Catón representaba para los primeros americanos el ciudadano último; el líder de la independencia suramericana Simón Bolívar lo llamó «un ciudadano completo».[8] La vida de un ciudadano era una lucha constante contra la tiranía y en nombre de la libertad. El suicidio de Catón reveló la naturaleza existencial de la ciudadanía misma: una cultivada disposición a literalmente morir por la República que subyacía a toda verdadera conducta cívica. Aquellos quienes vivían (e incluso morían) con el ejemplo de Catón podían reivindicar un tipo de autoridad moral con el potencial de trascender su lugar en la sociedad y ampliar los límites de la acción política legítima. Si los excluidos de la ciudadanía podían emular al ciudadano último o definitivo, entonces los cimientos de la moral ciudadana eran inestables. Esta contradicción fue más aparente cuando venía del suicidio de esclavos. Comparar la muerte de un esclavo con la muerte de Catón no era solo acusar a los esclavistas de la tiranía del César; también sugiere que un suicidio tal no fue un acto de desesperación privada sino un gran gesto público que pertenecía al dominio de la alta política.

Muchos de los esclavistas argüían que la gente esclavizada era incapaz de apreciar la libertad; que carecían de la fibra moral de un Catón, la estoica convicción de que la muerte sería preferible a una degradación tal. En un panfleto en oposición a la reelección de Thomas Jefferson, el federalista Clement Clarke Moore respondió a este argumento, tal y como aparece en las Notas de Jefferson sobre el Estado de Virginia. Moore contó la historia de un «esclavo experimentado, cuyo orgullo era que su piel jamás fue marcada por el látigo», que trabajaba en una plantación de azúcar en Jamaica. Cuando un nuevo capataz ordenó que lo azotaran por primera vez, el hombre esclavizado «saltó a la caldera de azúcar fundido» y se quemó hasta la muerte, antes que soportar esa nueva tiranía. «Si el romano Catón ha sido ensalzado durante siglos –escribió Moore–, pues no pudo soportar el sobrevivir a la libertad de su país, desde luego que un pobre esclavo iletrado […] mostró igual magnanimidad cuando eligió morir en un tormento antes que vivir y aguantar sobre sí lo que concebía como una indeleble desgracia». De acuerdo con Moore, la existencia de este y muchos casos similares refutaba la afirmación de Jefferson de que los esclavos carecían de la «nobleza de espíritu y delicado sentido del honor» requerido para apreciar la libertad.[9]

Como participantes activos en la cultura de la independencia, los esclavos americanos hicieron también uso de la imagen catónica en su retórica y gestos públicos. Gabriel Prosser, el líder de una rebelión de esclavos en 1800 en Richmond (Virginia), diseñó  su propia pancarta de seda en la que se leía «Muerte o Libertad» –una posiblemente pesimista inversión de la famosa consigna catónica.[10] Cuando las autoridades arrestaron, interrogaron y ahorcaron a Gabriel y a veintisiete de sus camaradas, estuvo claro que los miembros de la Rebelión de Gabriel eran buenos conocedores de la ideología de la Revolución Americana y estaban completamente preparados para convertirse en mártires políticos. En el juicio, uno de los hombres declaró: «No tengo nada más que ofrecer que lo que el general Washington habría tenido que ofrecer si hubiera sido capturado por los británicos y  llevado a juicio por ellos. Yo he aventurado mi vida tratando de obtener la libertad de mis paisanos, y soy un sacrificio voluntario por su causa». Seguro de que había logrado la inmortalidad secular del héroe catónico, concluyó: «Pido como favor que se me lleve inmediatamente a la ejecución».[11]

Aunque no conocemos su nombre, la historia de este hombre y el discurso que hizo antes de su ejecución serían recogidos en un volumen de 1826 llamado Records of Patriotism and Love of Country [Registro de Patriotismo y Amor al País] como un modelo de conducta cívica que los futuros americanos deberían imitar.[12] Al contribuir con sus propias palabras y actos al corpus de literatura catónica no solo emuló el ideal heroico de ciudadanía, sino que también le dio forma. Como parte de la cultura popular de la Independencia, el mito de Catón no solo pertenece a las elites con educación clásica; era de autoridad colectiva de todos quienes se atrevían a hacerse eco del crudo ultimátum de Catón de Libertad o Muerte.

Más lecturas:

Ellison, Julie. Cato’s Tears and the Making of Anglo-American Emotion. Chicago: University of Chicago Press, 1999.

Guadet, Katherine. “Liberty and Death: Fictions of Suicide in the New Republic.” Early American Literature 47, no. 3(2012): 591-622.

MacCormack, Sabine. On the Wings of Time: Rome, the Incas, Spain, and Peru. Princeton: Princeton University Press, 2007.

Niell, Paul B. and Stacie G. Widdifield, eds. Buen Gusto and Classicism in the Visual Cultures of Latin America, 1780-1910. Albuquerque: University of New Mexico Press, 2013. 

Snyder, Terri L. The Power to Die: Slavery and Suicide in British North America. Chicago: University of Chicago Press, 2015.

Winterer, Caroline. The Culture of Classicism: Ancient Greece and Rome in American Intellectual Life, 1780–1910. Baltimore: Johns Hopkins University Press, 2002


[1] John Levi Barnard, “Phillis Wheatley and the Affairs of State,” Empire of Ruin: Black Classicism and American Imperial Culture (Cambridge: Oxford University Press, 2017); Evert Duyckinck ed. Philip Freneau, Poems Relating to the American Revolution, (New York: W. J. Widdleton, 1865); Eugenio Espejo, Marco Porcio Catón o memorias para la impugnación del Nuevo Luciano de Quito (1780); Luis Vargas Tejada, Catón de Utica (1828).

[2] Bernard Bailyn, The Ideological Origins of the American Revolution(Cambridge: Harvard University Press, 1967), 42.

[3] Colonel William Bradford to Rachel Bradford, May 14, 1778, impreso en Paul Leicester Ford, Washington and the Theater (New York: Dunlap Society, 1899), 26.

[4] Joseph Addison, Cato: A Tragedy, 1713; Fredric M. Litto, “Addison’s Cato in the Colonies,” The William and Mary Quarterly 23, no. 3 (1966): 431-449.

[5] Bernardo María de Calzada, Catón en Utica, 1787; “Aniversario del 19 de Abril,” Correo de Orinoco, April 21, 1821; “La Muerte de Catón,” Mercurio Peruano, August 8, 1827.

[6] Bernardo de Monteagudo, Gazeta de Buenos-Ayres, January 3, 1812.

[7] Colección Documental de la Independencia del Perú, La Rebelión de Túpac Amaru II, vol. I (Lima: Comisión Nacional del Sesquicentenario de la Independencia del Perú, 2017), 729-31. Juan Bautista compara también el Imperio Inca a la ciudad-estado griega de Esparta, escribiendo que “¡Libertad y virtud aparecen solo unos pocos momentos en unas pocas partes de la tierra! ¡Esparta y el imperio del Perú brillan como relámpagos en medio de una inmensa oscuridad!” Ibid, 731.

[8] Simón Bolívar, “Juramento de Monte Sacro,” August 15, 1805, en Manuel Uribe Ángel, “El Libertador, su ayo y su capellán,” Homenaje de Colombia al Libertador en su Primer Centenario, 1783–1883, ed. M. Ezequiel Corrales(Bogotá: Imprenta de Medardo Rivas, 1884) 73.

[9] Clement Clarke Moore, Observations Upon Certain Passages in Mr. Jefferson’s Notes on Virginia (1804), 23-4.

[10] James Sidbury, Ploughshares into Swords: Race, Rebellion, and Identity in Gabriel’s Virginia, 1730–1810 (Austin: University of Texas Press, 1997), 87.

[11] Robert Sutcliffe, Travels in Some Parts of North American in the Years 1804, 1805, & 1806, (1815), 68.

[12]  William Bailey, Records of Patriotism and Love of Country (1826), 128.

(Tomado de Age of Revolutions)

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