El sonido del tren

por Juan García Brun

Había un humorista que imitaba un tren en el Festival, Lucho Navarro. Su imitación era buenísima y ocasionaba admiración que no es algo que se espera de los humoristas pero tampoco puede despreciarse.

Navarro tenía —además— un cierto parecido al olvidado dirigente comunista Orlando Millas, no solo físico sino que en esta impropiedad evocativa que aludimos.

Hay una escena —porque debe ser considerado una escena— en que Millas le atribuye a Onofre Jarpa —para las nuevas generaciones, un redomado fascista— el estar detrás de acciones antidemocráticas en contra de la Unidad Popular.

Jarpa al recibir el discreto epíteto de «antidemocrático» simula sentirse ofendido y se pone de pie airado, dando a entender que iba darle una paliza a Millas. Si la memoria no me traiciona «se le va encima» a Millas quien ante esta provocación, insiste en cuestionar las credenciales democráticas de Jarpa y ahora lo trata adicionalmente de matón. La actitud de Orlando Millas —de una pusilanimidad sin parangón— era de acusar a la audiencia y al conductor del programa que le querían pegar.

En cierto sentido Millas aspiraba a ser golpeado. Esta cobardía escenificada —quiero pensar que en otro contexto Millas al menos le hubiese mentado la madre a Jarpa— no solo ocasiona desprecio, sino que además una cierta sorpresa que es un sentimiento que no cualquier estalinista es capaz de propiciar en un espectador. Nos referimos al estalinista clásico, no al estalinista contemporáneo que llega al extremo de acusar a sus adversarios de anticomunista o misógino.

Pero no nos apartemos de lo central: Lucho Navarro imitaba un tren. Entonces cabría preguntarse ¿Por qué imitaba a un tren? Porque hay que indicar que Kramer, Palta Meléndez y en un sentido más lato Coco Legrand, imitaban ridiculizando a su objeto. La gracia de la imitación radica precisamente en develar algo oculto, hasta Freud fue capaz de echar luz sobre este asunto.

Sin embargo, Navarro no develaba nada. Él se limitaba a transcribir, a poner de relieve el sonido de una máquina ¿Será posible que Navarro buscara despertar la conmiseración de su público? De ser así estaríamos presenciando un acto que se bifurca hacia la crueldad ya no sobre sí mismo, sino que sobre todo aquel que lo observa.

Bufones como Millas y Navarro, oráculos de su tiempo «a las finales», suelen extendernos la mano desde la oscuridad, desde la farsa, porque tras del escenario de tal farsa —de llegar en bicicleta a La Moneda, por ejemplo— se extiende impasible el horizonte del horror.

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