El Pasajero y Stella Maris, de Cormac McCarthy: dos novelas en espejo

por Paul Walder

La lectura de la última novela de Cormac McCarthy, que en los hechos son dos piezas hermanas y complementarias, es una experiencia que se mueve al filo de la historia. La escena post apocalíptica de La carretera, su anterior novela de 2006, revolotea en El Pasajero y Stella Maris, ambas del 2022, esta vez en un ambiente de fin de siglo en clave terminal. Cormac ya ha cumplido los noventa años y ha asumido grandes riesgos en esta nueva y pesada obra. El aclamado escritor de los estados del sur estadounidense, de los jóvenes vagabundos que cabalgan en busca de un trabajo y de una existencia por la frontera, publica una obra portentosa, como la ha llamado el crítico del NYT John Jeremiah Sullivan, que en más de seiscientas páginas se tambalea entre lo profético, la historia de la ciencia, la filosofía y la matemática, la irracionalidad y la locura. Cormac se expone más en estas dos novelas que en toda la obra anterior y nos lleva una vez más a mirar al fondo del abismo.

Las novelas llevan marcado su estilo desde la primera página con esas deslumbrantes descripciones detalladas de espacios. Con su característico uso intenso y preciso del lenguaje, que nos envuelve y cautiva. Puede ser la descripción de las monturas de las cabalgaduras, la vestimenta vaquera o el proceso de encendido de una hoguera entre la nieve,  como en Meridiano de sangre o en la Trilogía de la frontera Esos hermosos Caballos, pero también en los detalles de un motor tuneado o el trabajo y los materiales de un buzo de profundidad en los escalofríos del rescate. Si era un experto en la ruralidad, la vegetación, las aves y la ganadería es también un especialista en construcción y diseño y nos sorprende con sus conocimientos de física cuántica y la historia de las ciencias y matemáticas expresadas en largas conversaciones. Las discusiones entre físicos sobre la historia de la ciencia son portentosas. Como aquellas sobre el sentido de la vida en las últimas décadas del siglo XX.

Las grandes novelas de McCarthy son epopeyas en un mundo perverso, desolado y despiadado. Crueldad y la peor de las voluntades humanas. Como el asesino a sueldo Anton Chigurh  en No es país para viejos, o el juez Holden, un gigante albino calvo y tal vez pedófilo en Meridiano de sangre. La violencia y la maldad es el mundo en que habita una humanidad representada en personajes que huyen de su destino. Protagonistas con una denominación genérica cuyo sentido es hallar un sentido de vida, tal vez el nombre que no han tenido. El niño y el papá en La carretera, el Chico en Meridiano de Sangre, el Chico Talidomida en El Pasajero, la alucinación de una víctima deformada por la radiación atómica.

McCarthy es la prosa. Es el lenguaje que escudriña en los rincones de un bar, en el diálogo de estafadores o en la lengua propia de ganaderos fronterizos y mecánicos de pueblo. En las primeras páginas nos acercamos a esta descripción que abre una escena épica: “El tender estaba tumbado sobre los codos y tenía los auriculares puestos y observaba las oscuras aguas. De vez en cuando el mar parecía estallar con una suave luz sulfurosa allí donde doce metros más abajo Oiler estaba trabajando con el soplete. Western observó al tender y sopló para enfriar el té y tomó un sorbo y contempló los faros en la carretera elevada, como un lento reptar de gotas de agua por un cable de tendido eléctrico”.

Hombres y mujeres solas que viven en pensiones y duermen en moteles de carretera. Se desplazan entre Mississippi y Tennessee, desde Nueva Orleans a Knoxville. Pasan parte de la vida en bares y restaurantes y gastan lo que no tienen en whisky y finos pescados y mariscos. Hay buzos, abogados de poca monta, prostitutas hermosas, estafadores y científicos que no ejercen, agentes del departamento del Tesoro y el gato de Western. 

El gato es el único animal que aparece a diferencia de sus otras novelas. Pero es relevante porque es otra vez la vinculación con el mundo natural, el mismo que describe en los amaneceres y crepúsculos.  “Una vez que se hubieron marchado cerró la puerta y se arrodilló y alargó un brazo bajo la cama y le habló al gato hasta que este se dejó coger. Western se incorporó y estuvo acariciando al gato sobre el pliegue del brazo. Era un macho negro con los colmillos por fuera. El rabo le iba de un lado para otro. Tenía buena disposición para con los gatos. Y viceversa. ¿Dónde está tu plato Billy Ray?”.

Hay una trama, que es el fin de un ciclo relatado en las grandes escenas políticas.  De la modernidad, podemos preguntarnos. Cormac MacCarthy comienza la narración en el mar del Golfo de México frente a las costas de Nueva Orleans. Bobby Western es un buzo que baja a rescatar un avión y ve cosas. falta un cadáver y la caja negra. Un episodio inicial que desata las paranoias de varias agencias federales que le seguirán las huellas.

Bobby, que también probó suerte en pistas de fórmula en Europa, es un físico de formación y es hijo de un colaborador de Oppenheimer en el proyecto Manhattan que asiste a numerosos ensayos. La bomba y la radiación, que lo mata de cáncer y también a su madre, es posiblemente el eje de la representación del siglo pasado y para McCarthy de la historia de la humanidad. “Todo aquel que no entienda que ese proyecto (Manhattan) es uno de los acontecimientos más importantes de la historia de la humanidad es que no se entera. Está a la altura del fuego y del lenguaje. Es al menos el número tres y puede que sea el número uno. Aún no lo sabemos. Pero lo sabremos”, dice Cormac a través de Alicia Western, la hermana matemática de Bobby nacida en Los Álamos en 1951. 

Alicia es genial y hermosísima. Es una de las mejores mentes matemáticas del mundo pero está internada en el sanatorio Stella Maris, donde ingresó de forma voluntaria por las visiones de personajes del vodevil sin nombres propios y reincidentes. El protagonista de ese mundo es el Chico Talidomida. Es un ser independiente, un enano con aletas por brazos y un lenguaje sarcástico. Cormac lo presenta para dar inicio a las alucinaciones de Alicia y el circo crepuscular de bajo voltaje. “El Chico se puso a andar de un lado al otro de la cama. Se detuvo como si fuera a decir algo, pero lo pensó mejor y reanudó su deambular, basándose las manos cual villano de película muda. Solo que, claro está, no eran tales manos. Simples aletas. Un poco como las de foca”.

Las alucinantes visiones de Alicia están intercaladas con la huída desolada de Bobby en “El Pasajero”. Y su intenso e implacable pensamiento está expresado en “Stella Maris” bajo las conversaciones que mantiene con uno de los psiquiatras. Una deriva entre las visiones y la nitidez enceguecedora y extrema del pensamiento matemático. Vamos a los límites de la razón, y de la locura, en un trance que termina en el suicidio. 

Cormac delinea su pensamiento en la sinuosa y un poco laberíntica estructura, marcada por las huellas de Bobby sobre un piso árido y desolado que no termina de moverse. Fue un piloto de coches de carrera en Europa, es un buzo en las oscuras aguas del golfo y debe huir de los agentes federales por un error que desvía su futuro. Reconozco que es una novela pesada, pero no baja su intensidad. Las divagaciones entre los personajes, un recurso empleado en otras anteriores novelas, van desde la filosofía, la moralidad y la ciencia, las matemática y una de las mayores teorías de la conspiración como lo es el asesinato de Kennedy. ¿Qué hace Lee Oswald en boca de un abogado de Nueva Orleans?  es parte del laberinto de estas dos novelas, cuyo desenlace no he resuelto y probablemente nunca lo haré.

La Carretera, publicada dieciséis años atrás, es el apocalípsis nuclear. El Pasajero y Stella Maris es el anuncio. 

Por Paul Walder

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