por Benjamín Caro
La trayectoria del Partido Comunista Chileno (Acción Proletaria) y de su dirigente, Eduardo Artés Brichetti, constituye un ejemplo revelador de las contradicciones que emergen cuando la política se convierte en un gesto ideológico desligado de la praxis revolucionaria. Desde un enfoque marxista, su experiencia permite problematizar la relación entre discurso, institucionalidad y clase obrera en el Chile contemporáneo.
Entre la pureza revolucionaria y la necesidad de legitimidad
Hace dos o tres décadas, el PC(AP) se presentaba como una organización intransigente: llamaba a votar nulo, denunciaba el sistema binominal como una farsa y acusaba al Partido Comunista de Chile y al Partido Socialista de haberse rendido a la lógica del capital y del parlamentarismo burgués. En esos años, Salvador Allende era tratado en los espacios internos como un “burgués reformista”, responsable de haber confiado en un aparato estatal que terminó sirviendo al golpe militar de 1973.
Sin embargo, con el paso del tiempo, esa intransigencia se fue tornando en necesidad de reconocimiento social. Allí se produjo un viraje discursivo: el PC(AP) comenzó a reivindicar selectivamente a Allende y a la Unidad Popular, no como resultado de una revisión teórica profunda, sino como un mecanismo de inserción simbólica en la tradición de la izquierda chilena. Lo que antes era “traición” pasó a ser “legado”. Esta plasticidad discursiva revela la tensión permanente entre la voluntad de mostrarse como depositarios de la pureza revolucionaria y la urgencia pragmática de mantener vigencia política.
El gesto literario y la ausencia de praxis
Durante la dictadura, el PC(AP) exaltó como su gran aporte revolucionario la publicación clandestina de manifiestos y textos ideológicos. Ese “gesto literario” era presentado como la máxima expresión del marxismo militante, mientras otros sectores de la izquierda enfrentaban al fascismo en la calle, en la resistencia armada o en la organización popular, asumiendo costos humanos enormes.
Esta desproporción entre discurso y praxis se convirtió en un sello característico del partido. La revolución se redujo a un gesto propagandístico, desligado de la lucha concreta de masas. La retórica, en lugar de ser un instrumento de organización, se transformó en un refugio que legitimaba la inacción.
La candidatura de Artés: consignas sin estrategia
Las campañas presidenciales de Eduardo Artés —ya sea bajo Unión Patriótica o el PC(AP)— han reiterado un repertorio de consignas maximalistas: nacionalización del cobre, nacionalización de la banca, reforma de Carabineros, antiimperialismo militante. Sin embargo, estas propuestas carecen de un anclaje real en la organización de la clase trabajadora. No existe una táctica de acumulación de fuerzas que conecte esas consignas con un proceso revolucionario sostenido.
El resultado es una política de testimonio electoral, que confunde la radicalidad programática con la acumulación efectiva de poder obrero. Desde un análisis marxista, se trata de una ilusión: el programa puede parecer más “rojo” que el de la izquierda institucional, pero en los hechos no genera capacidad de disputa material.
Estalinismo y anacronismo
El discurso de Artés se mantiene atrapado en una matriz pro-soviética y estalinista, anclada en el siglo XX. Esa lectura reproduce esquemas rígidos —antiimperialismo abstracto, defensa acrítica del “socialismo real”, exaltación del partido como vanguardia por decreto— que no dialogan con las condiciones históricas del capitalismo actual: la financiarización de la economía, la precarización laboral posfordista, el trabajo digitalizado, la crisis ecológica.
El marxismo, en su esencia, no es un conjunto de fórmulas repetibles, sino un método crítico para interpretar y transformar la realidad concreta. Al refugiarse en un pasado fosilizado, el PC(AP) convierte la teoría en dogma y la praxis en ritual.
Conclusión: deformación del marxismo y vacío político
Eduardo Artés y el PC(AP) representan, en el escenario actual, la deformación del marxismo como discurso vacío: una política que en nombre de la revolución termina renunciando a la tarea revolucionaria. Al participar en elecciones bajo las mismas reglas que antes denunciaban, pero sin disputar realmente el poder de clase, el partido contribuye —aunque sea marginalmente— a legitimar el orden burgués.
El resultado es un fenómeno político irrelevante en términos de masas, pero significativo en cuanto síntoma: la persistencia de una izquierda que sustituye la organización obrera por el gesto literario, la praxis por la retórica, la revolución por la nostalgia.
El marxismo auténtico no consiste en repetir consignas de los años 60 ni en coleccionar gestos testimoniales, sino en forjar las condiciones reales para que la clase trabajadora conquiste su emancipación. Y esa es la tarea pendiente que el PC(AP) y Eduardo Artés han abandonado, atrapados entre la inercia estalinista y el espejismo electoral.
