Dilemas del ecologismo: la perspectiva de un topo

por Ariel Petruccelli

La crítica situación ecológica planetaria ya es de dominio público. Solamente quien viva en una ermita podría no haber oído hablar de ella. Noticias sobre el cambio climático pueblan los telediarios, la prensa, las “redes sociales”. Por otra parte, la “educación ambiental” ya está presente en las currículas escolares. El objetivo de un “desarrollo sostenible” es un componente nodal en la llamada “Agenda 2030” de la ONU.

Sin embargo, la crisis ecológica dista de ser reciente. Tampoco es novedosa la reflexión ecologista, ya presente –aunque políticamente marginal– en los años treinta del siglo pasado, y cuyas raíces pueden rastrearse en el siglo XIX, e incluso más atrás. Hace décadas que se tiene plena conciencia de la crítica situación ambiental, aunque no se estampara en los grandes titulares ni fuera motivo de atención para la prensa de masas. El primer “Día de la Tierra” data de 1970. La primera Conferencia de la ONU sobre el “Medio Humano” tuvo lugar en 1972. Georgescu-Roegen publicó una de las obras fundamentales de economía ecológica –La ley de la entropía y el proceso económico– en 1971. El informe del Club de Roma Los límites del crecimiento vio la luz en 1972. En 1977, René Dumont afirmaba que “sólo una ecología socialista puede permitirnos sobrevivir”[1]. Manuel Sacristán pudo analizar en 1979 “los problemas que la crisis ecológica plantea a la izquierda revolucionaria”[2]. Maurice Godelier sostenía en 1984: “Cada vez se ha ido haciendo más patente que una racionalidad económica exclusivamente basada en la norma de los beneficios a corto plazo entraña un gigantesco despilfarro de los recursos del planeta y va acompañada de una creciente contaminación ambiental que es urgente combatir y reducir”[3]. Los ejemplos se podrían multiplicar. Ni siquiera es reciente la conciencia del cambio climático, principal fuente de temores y “ecoansiedad” en la actualidad. La investigadora científica y militante sufragista Eunice Newton Foote (1819-1888) fue quizá quien primero hipotetizó que aumentos moderados en la concentración de dióxido de carbono (CO2) atmosférico podrían provocar un calentamiento global significativo. Del cambio climático antropogénico se empezó a hablar en la década de los sesenta del siglo XX, y ya en los noventa formaba parte de un saber socialmente aceptado en la comunidad científica, aunque había quienes lo discutieran, pusieran en duda sus causas o relativizaran sus efectos.

Ni los problemas ecológicos ni la conciencia sobre los mismos son, pues, cosa nueva. Sin embargo, la presencia mediática y pública de la “cuestión ecológica o ambiental” en general, y del “cambio climático” en particular, posee en nuestros días un alcance sin equivalentes en el pasado, sobre todo si la miramos a escala global. Esta omnipresencia mediática no se traduce necesariamente en acciones políticas acordes con la magnitud de la crisis, ni mucho menos ha dado lugar –ni podría hacerlo– a enfoques unívocos sobre cómo abordarla. Pero el riesgo al que nos enfrentamos es que las autoridades públicas y los poderes económicos privados a los cuales las mismas sirven en primerísimo lugar utilicen la urgencia de la crisis para presentar como ineludibles ciertas transformaciones sociales, económicas y tecnológicas potencialmente nocivas o perjudiciales para las grandes mayorías. La sumisión de la “casta gobernante” a la clase dominante tiene un origen estructural, y sería ingenuo ignorarlo. Se funda en las presiones descomunales que la clase capitalista puede ejercer sobre los estados, a los que coacciona triplemente mediante la amenaza abierta o latente de “huelga de inversiones”, por el peso de la deuda pública y por medio de los “incentivos” de los “grandes aportantes” en las campañas electorales. La clase dominante y la casta gobernante se conducen en esta crisis como lo hacen en todas: de manera que los costos los paguen las clases y grupos más desfavorecidos, y que las alternativas impulsadas sean compatibles con los beneficios privados del capital, los privilegios de las autoridades y el poder de los grandes estados. Esto no significa que haya unanimidad en las respuestas. Ante problemas tan complejos, no cabe esperar una única vía de acción. Ni siquiera entre quienes conforman un mismo sector social, poseen los mismos intereses fundamentales e incluso comparten una misma ideología. Hay muchas variables en juego –incluyendo dosis importantes de incertidumbre e ignorancia– como para esperar respuestas uniformes desde un punto de vista propositivo. Más que por sus afirmaciones positivas, lo que unifica la mirada del conjunto de la clase económicamente dominante y de al menos el grueso de la casta gobernante son sus límites negativos: aquello que no se puede tocar, las premisas que no se pueden discutir, lo que no se puede siquiera soñar con modificar. El problema es que todo parece indicar que es en este sustrato incuestionable en donde reside el motor principal de los desastres ambientales que padecemos. Y ante este punto fundamental, quienes mayoritariamente sienten “eco-ansiedad” coinciden con quienes padecen de “amnesia ambiental”: aunque venga el fin del mundo, el capitalismo no se toca.

El enemigo de la naturaleza

La tesis no resulta ciertamente desconocida, aunque en la política mainstream y en la prensa comercial poco y nada se hable de ella: el capitalismo es la fuerza impulsora de los desastres ecológicos. El capital es El enemigo de la naturaleza, para decirlo con las palabras que dieron título a un libro de Joel Kovel. No es necesario creer en una original y virginal armonía de las sociedades humanas con su medio ambiente para concluir que la sociedad capitalista es, por lejos, la que más ha impactado, alterado y depredado el medio natural. Esto es simplemente una constatación empírica indesmentible. En el pasado, existieron sociedades que «colapsaron» debido, en buena medida, a los problemas ecológicos que ellas mismas generaron.[4] De momento, el colapso del capitalismo es una posibilidad –ciertamente real–, pero no un acontecimiento ya constatado. En cualquier caso, las sociedades que en el pasado experimentaron adaptaciones al medio ambiente lo suficientemente «malas» como para colapsar, tenían una escala geográfica, económica y demográfica incomparablemente menor que el capitalismo global. Aunque algunas de ellas pudieron depredar su entorno natural provocando grandes consecuencias (algunas dramáticas para los seres humanos), ninguna de ellas podía afectar al conjunto del planeta ni provocar la “sexta extinción masiva”, que es algo que nuestra sociedad sí está provocando. Los cazadores paleolíticos fueron una de las causas (sumada a alteraciones climáticas) de la extinción de la “megafauna americana”, pero su impacto sobre el resto de las especies animales –y vegetales– fue pequeño. El impacto del sistema capitalista es, en este sentido, absolutamente mayor. 

Por otra parte, en estos tiempos de subjetivismo posmoderno, poshumanismo, transhumanismo, “giros ontológicos” y antiespecismo, conviene recordar que tanto el antropocentrismo como las críticas al mismo son ineludiblemente antropocéntricas: nada de esto parece importar un pepino a las gallinas o los lagartos, ni tampoco a los abedules o las margaritas. No podemos salir del antropocentrismo, de la misma manera que tampoco podemos abandonar nuestro cuerpo.[5] Toda crítica al antropocentrismo será irremediablemente antropocéntrica, al menos hasta que otra especie pueda formular algo mínimamente parecido a una crítica. Reconocer este hecho no significa –al menos no necesariamente– avalar ningún desprecio por otras especies o dar piedra libre para todo tipo de crueldades. Es simplemente reconocer lo obvio. Ciertamente podemos anhelar una relación armónica con la naturaleza. Pero la noción de «armonía», como la de «bien» o «mal», «belleza» y todas las demás, son conceptos humanos. La naturaleza simplemente es. Somos nosotros, humanos, los que la valoramos. Un mínimo conocimiento de “historia natural”, por lo demás, es más que suficiente para abandonar la idea completamente ideológica (en el sentido estrecho de falsa conciencia) de una naturaleza armoniosa a la que la humanidad disloca y contamina.[6] El ingenuo “sentimiento de la naturaleza” que se encuentra tras estas creencias –tempranamente identificado, analizado y criticado por uno de los grandes precursores de la ecología política, Bernard Charbonneau– debe ser reemplazado por una crítica “conciencia de la naturaleza”[7]. La evolución biológica y geológica está llena de cataclismos, transformaciones vertiginosas y extinciones masivas de especies. Si algo podemos hacer como humanos por la naturaleza (incluyendo la propia) es acabar con el sistema capitalista, que es la causa eficiente fundamental de la ruptura con el medio natural.

En los ambientes izquierdistas, desde luego, la acusación contra el sistema capitalista como principal responsable de la degradación ambiental y del cambio climático suele ser moneda corriente. ¿Se trata de un prejuicio? ¿O es una hipótesis bien sustentada? Aunque cualquier persona identificada con la izquierda se verá comprensiblemente tentada a «culpar» al capitalismo de la crisis ecológica, lo cierto es que es el tipo y la escala de actividad económica que este sistema promueve lo que conlleva la expoliación de la naturaleza. En este caso, el prejuicio izquierdista coincide con la explicación más convincente de las causas de la actual crisis ecosocial. Aunque en estos tiempos es moneda corriente adjudicar lo que sucede en el mundo –para bien o para mal– a la cultura, las ideas e incluso la epistemología/ontología occidental, lo cierto es que los impactos ecológicos dependen fuertemente de la tecnología y de su empleo con finalidades económicas.[8] La estructura mercantil competitiva que caracteriza al capitalismo es el motor tanto de la acumulación indefinida de capitales cuanto de la permanente innovación tecnológica que caracteriza al sistema capitalista, y que lo diferencia de todos los anteriores modos de producción. Estos, como observara Marx, comparados con aquél parecen esencialmente conservadores. La estructura intrínseca del capitalismo como modo de producción promueve de manera inherente el desarrollo de las fuerzas productivas.[9] Pero este desarrollo no está motivado por la satisfacción de necesidades humanas, aunque eventualmente pueda satisfacerlas: su impulso es la acumulación de capitales, la generación de ganancias privadas. La búsqueda de utilidades hace que muchas necesidades –algunas esenciales– queden insatisfechas (por ejemplo, si las personas carecen de medios de pago), en tanto que se promueve, a través de la industria de la publicidad, todo tipo de “necesidades” irrelevantes, e incluso dañinas. Por otra parte, y superado cierto límite, las fuerzas productivas devienen crecientemente fuerzas destructivas. Es esta dinámica propia del capitalismo lo que genera los desastres ecológicos que experimentamos. La expansión ilimitada de la acumulación de capitales agota los recursos; depreda las dos fuentes de toda riqueza (la fuerza de trabajo y la naturaleza); contamina el aire, el agua y los suelos. En suma, la expansión capitalista parece empeñada en cortar la rama sobre la que se sostiene todo el edificio social.

Ninguna crítica al capitalismo podría a estas alturas ignorar que el historial ecológico de los experimentos “socialistas” del siglo XX resultó, como poco, decepcionante: no ha sido menos problemático que el del capitalismo. Hay que asumir que la sociedad industrial, en todas sus variedades, afrontó en el pasado, y deberá afrontar en el futuro, problemas ecológicos de enorme magnitud. Sería necio cerrar los ojos ante esto. Sin embargo, cabe decir varias cosas. La primera es que los modelos colectivistas burocráticos que se denominaron “socialismo real” durante el siglo XX poco tuvieron que ver con el ideal de la sociedad de los “productores libremente asociados” (Marx): la ausencia de control popular y democrático por parte de la mayoritaria clase trabajadora es suficiente como para no considerar a esos modelos como socialistas. La segunda es que el «productivismo» que caracterizó a esos estados fue consecuencia de su competencia ideológica, económica y militar con el capitalismo dominante, antes que consecuencia ineludible de su estructura interna. La tercera: el socialismo (por lo menos el que aquí se preconiza) se basa en la propiedad colectiva –no necesariamente estatal– de al menos los principales medios de producción, y la más plena libertad democrática (a diferencia de los modelos estalinistas). También supone que una producción orientada democráticamente a satisfacer las necesidades humanas creará otro tipo de bienes y favorecerá otro tipo de valores y de expectativas que los que determina la acumulación indefinida de capital. El socialismo no debe hacer lo mismo que el capitalismo pero a una escala mayor y mejor repartido. En buena medida, debe hacer otras cosas.

Política e ideología ecológica en el capitalismo actual

Podríamos decir que, lo que tienen en común todas las diferentes variantes de ecosocialismo, es presumir que el capitalismo es la fuente fundamental de la crítica situación ecológica de la humanidad; y tienen razón en creer esto. Sin embargo, como es obvio, sólo una parte relativamente pequeña del activismo ecologista es decididamente socialista, e incluso dentro de ella, una fracción aún más diminuta considera al socialismo un objetivo alcanzable a corto o mediano plazo. Buena parte del ecosocialismo contemporáneo ve a la alternativa socialista como poco más que un telón de fondo: a efectos prácticos, las propuestas impulsadas consideran al sistema del capital «insuperable» por un lapso indefinido. Las políticas “verdes” impulsadas por el grueso de los gobiernos y por las corporaciones privadas (como el Green New Deal) se basan en la suposición de que los problemas ambientales son “fallos del mercado” que los mercados podrían corregir o, en todo caso, que deberán –y podrán– ser corregidos por una robusta intervención estatal sin modificar el sistema basado en la propiedad privada de los medios de producción, la valorización del valor y la acumulación ilimitada de capital. Los movimientos ecologistas más visibles y las acciones ecologistas más masivas de los últimos años han buscado “sensibilizar” a las autoridades públicas y a los poderes privados incitándoles a “hacer algo”. Derrocar o expropiar a los principales responsables de la terrible situación en que nos encontramos ha estado significativamente fuera de agenda. Incluso entre la exigua minoría de quienes se atreven a imaginar una sociedad poscapitalista más o menos comunitaria o socialista, las vías por las que se llegaría a ella suelen perderse en las brumas, en tanto que la vinculación con una revolución social y política suele ser objeto de un incómodo silencio. 

La reticencia a hablar de socialismo, de comunismo y de revolución es, desde luego, muy comprensible. El fracaso de los intentos socialistas del siglo XX no ha sido en vano. Sería políticamente ingenuo e intelectualmente irresponsable ignorar o minimizar las dificultades y los riesgos que entraña un proceso revolucionario orientado a erigir un modelo alternativo de sociedad. Pero si el capitalismo lleva al desastre a las grandes mayorías, sería ceguera o estupidez no intentar que esas mayorías rompan con él. Por lo demás, una cosa son las dificultades prácticas, reales, materiales del socialismo; otra muy distinta es lo que se crea sobre ellas. El final del “socialismo real” fue un acontecimiento –o más bien un proceso– de enorme alcance histórico mundial que, en términos subjetivos, marcó a fuego a toda una generación. Pero para las generaciones más jóvenes forma parte de un pasado que se pierde en la niebla del tiempo. Para quienes tienen menos de cuarenta años la caída de la URSS no es un recuerdo personal (y para quienes tienen menos de sesenta, los fracasos de las insurgencias izquierdistas de los años setenta tampoco forman parte de su experiencia). Si el liberalismo pudo recuperarse luego de los desastres ocurridos entre 1914 y 1945, ¿por qué no podría suceder lo mismo con el socialismo? Desde luego que podría. Después de todo, una forma extrema de neoliberalismo –un miniarquismo libertariano– se ha vuelto popular en Argentina dos décadas después del estallido de 2001 provocado por las políticas neoliberales. En poco más de veinte años, el recuerdo de los desastres sociales de los noventa y de la crisis de 2001 fue barrido. Las nuevas generaciones votaron masivamente a Milei. Aunque ninguna política socialista responsable podría pasar por alto la experiencia de los “socialismos reales” ni tener una mirada indulgente sobre los mismos, en términos simbólicos el peso muerto de esos fracasos hoy en día cuenta poco. Si las nuevas generaciones carecen de horizonte socialista, ello no es consecuencia de su aguda conciencia del desastre de la URSS: poco y nada saben sobre ello. 

Hay, con todo, una diferencia importante entre el liberalismo y el socialismo. El primero cuenta con el respaldo de los grandes poderes económicos, con el aval de la clase capitalista. El socialismo no cuenta hoy en día ni siquiera con el respaldo de los sectores organizados de la clase trabajadora. La hegemonía ideológica de la clase dominante parece descomunal. En concreto, se basa en la defensa decidida de los principios cosmopolitas del liberalismo económico, complementada con propuestas «alternativas» que otorgan más importancia al estado y al nacionalismo. Ambas vertientes suelen estar encarnadas en individuos diferentes (aunque hay también pragmáticos que pueden transitar cómodamente de una a la otra) y ser más o menos fuertes según las regiones o los momentos. Eventualmente pueden enfrentarse: a veces de manera real y dramática, en ocasiones de forma más bien paródica y casi puramente discursiva. Pero ambos polos comparten premisas fundamentales: la propiedad privada de los medios de producción como principio intocable, el derecho de herencia como derecho fundamental, la ganancia como objetivo esencial, la acumulación de capitales como centro de la economía, el mercado como núcleo de la vida social, la explotación de los trabajadores como cosa aceptada, la asimetría de poder entre capitalistas y trabajadores como dato incuestionable. Todo esto aceptado, pueden diferir –a veces fuertemente– en qué tanto se acepta la injerencia estatal en los mercados, en la proporción relativa entre inversión pública y privada, en la forma y volumen de los impuestos, en los paliativos dirigidos a la clase trabajadora, etc. Durante los últimos años, sobre todo en el llamado mundo occidental, la política ha oscilado entre formas “conservadoras” y “progresistas” de un neoliberalismo basal. No sólo han desaparecido las alternativas no capitalistas, sino que el arco de opciones dentro del capitalismo también se ha angostado: los “estados benefactores” y las políticas decididamente keynesianas han estado en retirada en todos lados. Más que grandes diferencias en política económica y menos aún en proyectos de sociedad, el debate público ha estado dominado por diferencias de orden cultural. En lo sustancial, un progresismo wokeenfrentado a un conservadurismo sólo en apariencia tradicional. 

Aunque el progresismo woke suele ser presentado como “la izquierda”, lo cierto es que carece de casi todos los atributos que conformaron a las izquierdas del siglo XX: no posee contenido político socialista; su base de sustentación no es la clase trabajadora manual, el campesinado o más genéricamente los “pobres”, sino los sectores medios profesionales; su sustento filosófico tiene más que ver con el romanticismo que con la Ilustración (invirtiendo la pauta clásica, tanto en tiempos de la Revolución Francesa como durante el siglo XX); su matriz ideológica es profundamente subjetivista e individualista (en vez de buscar la objetividad y ser colectivista); su práctica se funda en la aceptación –entusiasta o resignada– del mercado y en la tendencial mercantilización de todo. La política woke es indiscutiblemente posmoderna. Considerarla de izquierdas es, en cambio, bastante discutible.[10]

Simétricamente, el conservadurismo contemporáneo suele ir asociado a políticas neoliberales bastante extremas, empeñadas en desmontar los sistemas públicos y la seguridad social, antes que en conservarlos. Su “anticomunismo” es consustancial (verdaderamente paranoico, dada la situación actual, aunque refleja una profunda conciencia de clase) y su compromiso con el mercado es casi absoluto. La paradoja reside en que la mercantilización generalizada es el principal disolvente de aquello que los conservadores desearían proteger: la religión, la familia, sus valores morales. En buena medida, la política contemporánea es un lodazal de equívocos. El enfoque idealista y el énfasis moralista que comparten “progresistas” y “conservadores” les impide detectar la fuente principal de los grandes desastres sociales. La lucha de clases ha sido reemplazada en la superficie de la vida política por unas muy engañosas “guerras culturales” o por un no menos equívoco “choque de civilizaciones”[11].

Confiada en sus principios rectores privatistas y liberales, poseedora de alternativas pragmáticas de corte ligeramente más estatista, capaz de incentivar movimientos que canalizan el descontento social hacia causas que no colisionan con el poder de clase (este es, precisamente, el terreno donde florece la política woke), disponiendo de usinas culturales rabiosamente críticas de toda forma de comunismo, socialismo e incluso estatismo o llanamente colectivismo, el amplio arco ideológico capitalista goza hoy de una hegemonía indiscutible. Su punto más flaco son las promesas a futuro, sin duda. Un imaginario apocalíptico permea el mundo contemporáneo, configurando un presentismo e inmediatismo cortos de miras que encajan muy bien con la sociedad de consumo, pero que puede dar lugar a desestabilizaciones: una sociedad que experimenta cambios tan vertiginosos no puede carecer de expectativas respecto al futuro. El inmediatismo consumista parece más sólido de lo que es a causa de la ausencia de horizontes políticos y sociales verdaderamente radicales.

Este panorama ideológico general afecta de manera directa a la percepción, representación y explicación de la crisis ecológica. También condiciona la imaginación y propuesta de soluciones. No podría ser de otro modo. Que hay una “cuestión ecológica”, ya no hay quien lo dude. Pero el abanico de énfasis, explicaciones y propuestas de acción es sumamente grande. Incluso los “negacionistas del cambio climático” (un aspecto del problema más general de la crisis ecológica) parecen en retirada. Y aunque despectiva y sesgadamente se los considera uniformemente “negacionistas”, buena parte de ellos lo que hace es, más bien, poner en duda las causas de ese cambio (antropogénicas o no) o bien relativizar sus efectos. Sin embargo, el grueso de los “negacionistas”, y la mayor parte de quienes se muestran decididamente partidarios de hacer algo para impedir el cambio climático, comparten muchos más presupuestos de los que querrían reconocer. A las premisas capitalistas generales que hemos expuesto (insuperabilidad de la sociedad mercantil y del capitalismo, perpetuidad de la propiedad privada y del derecho de herencia, centralidad de la ganancia y la acumulación de capitales, legitimidad de la explotación del trabajo), cabría agregar algunos componentes adicionales. El primero es el individualismo; el segundo, el cientificismo; el tercero, el “solucionismo tecnológico”; el cuarto, la hipertrofia consumista; y el quinto, el anhelo de crecimiento económico y “desarrollo”. Explorémoslos brevemente.

A uno y otro lado de la supuesta brecha ideológica contemporánea, el individualismo señorea sin obstáculos. Los partidarios de un capitalismo ecofriendly (como los ecologistas amigos –o cuando menos no enemigos– del mercado) cifran en los individuos tanto las culpas de la dramática situación ecológica, cuanto las acciones para afrontarla. La premisa es que “toda la gente es responsable de la situación” y que todo mejorará en la medida en que “cada quien haga su parte”. La obsesión en la huella de carbono individual es claro reflejo de este sustrato ideológico. Bertazi y Domenech Colacios lo han dicho muy bien: “La creación de categorías analíticas sobre en qué medida contribuimos al agotamiento de la naturaleza, como el concepto de huella ecológica, parece mucho más orientada a culpabilizar al individuo por su contribución a la crisis ambiental que a esclarecer la insostenibilidad de los modos de producción, de la que el individuo ni siquiera puede escapar”[12]. Sin embargo, al otro lado, la premisa es semejante: la irrestricta libertad del individuo para contaminar y depredar no puede ser ni juzgada ni condenada. Unos y otros, por lo demás, ignoran la dimensión de clase de los problemas ecológicos, se refugian en formas de vida cada día más privatizadas y ensimismadas, al tiempo que prestan poca o ninguna atención a las condiciones sociales (colectivas) que permiten el florecimiento individual. El individualismo contemporáneo, tanto en sus variantes progresistas como en sus modalidades conservadoras, es mucho más dogmático que crítico; es fuertemente emocional antes que racional; y se halla modelado por la publicidad y el mercado, no por la reflexividad crítica. Es un curioso individualismo que exacerba las pequeñas particularidades en medio de masas que se comportan como rebaños azuzados y manipulados por los medios de comunicación y los algoritmos digitales. Un individualismo de la peor especie que, lejos de permitir el florecimiento individual en sentido genuino y pleno, fomenta en cambio la ansiedad, la frustración, el esnobismo, el culto al cuerpo, la superficialidad intelectual y la reducción a un mínimo de los vínculos intersubjetivos significativos. Hay otras formas posibles de individualismo, desde luego, las mejores de las cuales no reniegan del colectivismo porque saben que sólo ciertos contextos sociales permiten el desarrollo de una individualidad no alienada o, cuanto menos, no tan alienada como la que experimentamos con el auge de la sociedad de consumo (el capitalismo de los siglos XVIII y XIX no era estrictamente una sociedad de consumo) y, más recientemente, con la expansión del capitalismo digital.

El cientificismo (a saber: una concepción inmoderada y dogmática de la ciencia basada en la fe en que la misma puede dar respuesta a todas las preguntas y ofrecer soluciones a todos los problemas) es otro componente nodal del arco ideológico capitalista en nuestra época. Conservadores y progresistas creen casi ciegamente en la ciencia. Es verdad que hay, también, bolsones anticientíficos que eventualmente pueden cobrar mayor peso. Visto el mundo contemporáneo en perspectiva macrohistórica (desde fines del siglo XVIII a la actualidad), y con reserva de eventuales cambios en el futuro (incluso cercano), todavía el cientificismo parece dominar el campo intelectual en estos tiempos posmodernos, aunque acompañado por un contrapunto irracionalista que, en los últimos años, ha adoptado un perfil new age. En el límite, hay también mucho pensamiento que se considera “crítico del sistema” y favorece todo tipo de irracionalismo anticientífico. Se vincula, ante todo, con lo que Lukács llamaba “apología indirecta del capitalismo”: una rotunda crítica al sistema que no confía ni cree en la posibilidad de erradicarlo. El capitalismo es malo, pero no hay alternativas.[13] Entre este espectro de opinión, la anticiencia (que no debe confundirse con anticientificismo) y el irracionalismo suelen ser el reverso del estrecho cientificismo de los “apologistas directos” del sistema. Lo que falta en ambos casos es una mirada prudente y moderada de la ciencia como fenómeno multifactorial, lo cual supone reconocer su potencia cognitiva y práctica (negada por quienes consideran a la ciencia, sin más, ideología), que es la condición de su peligrosidad social y política (fenómeno ocultado o minimizado por el cientificismo). Significativamente, cierta actitud anticientífica radical puede florecer en el ámbito de las humanidades, e incluso en las ciencias sociales. Pero quienes profesan estos puntos de vista suelen acoger con beneplácito y sin muchos reparos los bienes tecnológicos producidos por las ciencias físicas o los productos de la ingeniería genética, sin reparar en esa contradicción. Una extraña “mano oculta” permitiría que una ciencia enteramente pésima produzca resultados completamente maravillosos. Cuando las papas queman, por lo demás, las veleidades anticientíficas pueden ser abandonadas en menos de lo que canta un gallo. Es lo que pasó durante la pandemia de Covid-19, cuando el grueso de los posmodernistas que habían sostenido durante décadas que la ciencia no era mucho más que ideología, que todos los saberes valen lo mismo, que las verdad no es más que lo que sirve al poder, que todo es discursivo (incluso el sexo) y cosas por el estilo, de un día para el otro creyeron en la Ciencia –con mayúscula– y se plegaron al biologicismo más extremo que, con pocas excepciones, informó la respuesta política a una crisis sanitaria exagerada y sesgada ideológicamente hasta lo indecible.[14]

La respuesta a la pandemia y la vacunación masiva con productos experimentales fue una respuesta típicamente “solucionista tecnológica”. El solucionismo tecnológico es la creencia en que la tecnología proporciona y proporcionará soluciones para todo. No siempre es claro, empero, qué problemas pretende solucionar la tecnología. Pero la fascinación con los productos tecnológicos es casi universal. Y el prejuicio contemporáneo más generalizado es que la tecnología proporciona soluciones, mejora las cosas y casi no tiene efectos negativos. Una mirada no fanática de la tecnología, sin embargo, no puede ignorar que incluso en los casos en que una tecnología solucione algún problema real, ello casi siempre ocurre al precio de generar otros nuevos.

Como parece innegable, la obsesión por el consumo de productos mercantiles es omnipresente, tanto en sus versiones entusiastas y apologéticas como en sus variantes culposas. Qué debo consumir o dejar de consumir: ésa parece ser la cuestión. Que el consumismo capitalista es consecuencia de un productivismo que emana de la estructura competitiva de la «hidra» de muchos capitales es algo velado a la óptica dominante. La estructura económica y el poder de clase siguen siendo un punto ciego en términos ideológicos. Tras los luminosos escaparates del mercado, la producción sigue siendo la oculta morada de la que hablaba Marx. Y por supuesto: se acepta que todo puede ser mercantilizado o, como poco, que las actividades y los bienes no mercantiles serán meramente subsidiarios, crecientemente irrelevantes.

Por último, la fascinación con el crecimiento económico y la expectativa en el “desarrollo” (eso sí, “sustentable”) es la última piedra angular ideológica que aquí debemos considerar. A decir verdad, desde que el modo de producción capitalista advino al mundo (hacia el siglo XVI), la producción económica conoció un crecimiento notorio que se aceleró con la llamada Revolución industrial (fines del siglo XVIII), y que experimentó un crecimiento exponencial sobre todo luego de 1945. Sin embargo, la apología sin tapujos del crecimiento –su conversión en auténtico ídolo de gobiernos, empresarios y economistas, hasta devenir sentido común e imperativo rector de la política– es más reciente. La economía capitalista siempre tendió a crecer. Pero como recordara Herman Daly, “la manía del crecimiento despegó realmente después de la Segunda Guerra Mundial”[15]

El arco ideológico capitalista y las políticas impulsadas bajo sus premisas –consciente o inconscientemente– conjugan todos los rasgos que hemos expuesto. Pero no hay que perder de vista que lo que caracteriza a los sistemas ideológicos no son sus componentes parciales, sino la articulación de éstos. El todo es más que la suma de las partes. Eso significa que cada componente atómico puede integrarse a otro sistema ideológico (por ejemplo, socialista), que algunos rasgos pueden estar ausentes en alguna exposición ideológica aun así inequívocamente capitalista, y que todos los términos son objeto de resignificaciones simbólicas. Nada nunca es simple en las pujas ideológicas y culturales.

Un mundo en crisis

Con el cambio climático como nave insignia, los problemas ecológicos empiezan a ocupar un lugar cada vez más destacado en la vida cultural y política contemporánea. Las agencias internacionales (viejas oficinas del imperialismo, al que hoy parece de mal gusto llamar por su nombre) insisten en los objetivos del “desarrollo sostenible”, la “educación ambiental”, la “justicia climática” o la “transición energética”. Todas estas consignas son pasibles de diferentes significaciones o articulaciones ideológicas. Pero dada la hegemonía ideológica del capital, las mismas son interpretadas, por el peso específico de la propaganda, en los términos más favorables a los poderes establecidos. “Desarrollo” puede significar cosas muy diversas. Hay mucho margen para la controversia científica, filosófica e ideológica en torno a dicho concepto. Es perfectamente posible, desde luego, concebir al desarrollo como algo distinto del aumento de bienes superfluos cuya obsolescencia se halla programada. Pero una cosa son los argumentos, otra la capacidad de difusión. Y la capacidad de difusión de las fuerzas pro-capitalistas es abismalmente superior a la de cualquier grupo, partido o agencia anticapitalista. Por consiguiente, las posibilidades de cambiar el significado de “desarrollo” parecen escasas, lo que lleva muy comprensiblemente a muchas personas críticas del capitalismo a evitar el término o sostener que “desarrollo sostenible es un oxímoron”. Algo parecido sucede con la “educación ambiental”, la “justicia climática” o la “transición energética justa”. ¿Quién podría negarse a las mismas? El problema, claro, es cómo se piensa y qué se enseña en la educación ambiental. Si consiste principalmente en enseñar a los niños a reciclar su basura, entonces esa educación ambiental es un gigantesco mecanismo de ocultamiento y mitificación. Y no porque no debamos reciclar la basura (desde luego que conviene hacerlo), sino porque los problemas ambientales no son generados en primer lugar –ni pueden ser solucionados– por la conducta individual de los pequeños consumidores. De manera semejante, cuando las corporaciones capitalistas, las autoridades estatales –que administran políticamente un orden social basado en la explotación de la clase trabajadora– o los funcionarios de organismos internacionales como la ONU –que se fundan en la asimetría de poder entre los estados– hablan de “justicia climática” o “transición energética justa”, lo único que cabe concluir es que su hipocresía es tan infinita como la estupidez humana y el universo. ¿Cómo pueden hablar de justicia quienes se hallan en la cúspide de un sistema intrínsecamente injusto? Lo hacen, desde luego, por cinismo en innumerables casos. Pero no en todos. La ideología cumple, entre otras, la función de proporcionar legitimidad subjetiva a quienes se benefician de la explotación, la opresión, la desigualdad o la dominación. Ellos y ellas no se sienten privilegiados, ni explotadores, ni dominadores, ni opresores. La ideología sirve para engañar y tranquilizar a sus conciencias (al igual que contribuye a que los subalternos hallen legítima su subalternidad). La clase esclavista podía convencerse de que, por su intermedio, la esclavatura alcanzaba un vínculo con la divinidad, o que en situación de esclavitud esas gentes se hallaban mejor que en una inmoral y perjudicial libertad salvaje a las que les arrastraría su propia naturaleza. Los colonialistas podían creer que ellos beneficiaban con la civilización a los colonizados. Los patrones suelen estar convencidos de que ellos “dan trabajo”, en lugar de robarlo, como ocurre en realidad (lo que dan, en todo caso, es empleo). Un síntoma inequívoco de los prejuicios y las operaciones ideológicas del mundo contemporáneo es el hecho de que se hable todo el tiempo de la desigualdad de género, racial o étnica, pero poco y nada de la desigualdad de clase, que es, con mucho, la principal fuente de desigualdad entre las personas y el núcleo esencial del peculiar dinamismo de la sociedades contemporáneas.

Los problemas de la sociedad capitalista son de una magnitud enorme. Hacia 1989, Francis Fukuyama pudo ofrecer con entusiasmo en un artículo célebre –luego ampliado en forma de libro– una nueva filosofía de la historia con el capitalismo liberal como estadio irrebasable.[16] Desde su óptica, ninguna sociedad podría ser, a la vez, distinta y mejor que el capitalismo liberal que se había alcanzado y consolidado en el mundo occidental. Fuera de él, podían existir sociedades “atrapadas en la historia”. Pero cabía esperar que, tarde o temprano, se plegaran al orden capitalista liberal, y que la humanidad como un todo se sumergiera en un pacífico sopor de abundancia material y libertades individuales. Como es evidente, el optimismo de Fukuyama se asentaba en el colapso del “socialismo real”[17]. Por desgracia, transcurridas tres décadas y media desde que su texto viera la luz, una alternativa “distinta y mejor” sigue estando ausente como realidad tangible o de peso (siendo marginal y minoritaria como expectativa utópica, de lo cual también debemos lamentarnos). Sin embargo, la hegemonía capitalista liberal dista de haber generado una situación de tranquilidad y satisfacción generalizadas. El futuro se presenta funesto, y aquí y allá proliferan visiones apocalípticas. Antes que un pacífico crecimiento económico que lleve prosperidad a todas partes, lo que tenemos ante nuestros ojos es la conjunción inestable de una crisis de la hegemonía geopolítica que está dando lugar a guerras devastadoras; escasas perspectivas de empleo seguro y bien pago para las grandes mayorías (la precarización laboral y la migración masiva son el signo de los tiempos); destrucción paulatina de los mecanismos de seguridad social; menguadas posibilidades de “ascenso social”; desigualdades sociales crecientes que desatan todo tipo de conflictos; perspectiva de escasez de recursos energéticos; y lo que aquí nos concierne: una crisis ecológica calamitosa. 

La suma de todos estos problemas genera un cóctel explosivo que ha tornado frecuente, en los últimos lustros, pensar en una “crisis civilizatoria”, e incluso en la posibilidad de un “colapso ecosocial”. Esta perspectiva, por lo demás, no es patrimonio exclusivo de los críticos del sistema capitalista. Entre sus partidarios más fervientes, al igual que entre la élite de multimillonarios, no son pocos quienes se hallan a la espera de una catástrofe. Cuando Douglas Rushkoff tuvo la oportunidad de hablar ante cinco súper-ricos que lo contrataron para que expusiera sobre el futuro de la tecnología, se halló ante personas que no sólo daban por sentado un inminente colapso (lo llamaban “el acontecimiento”), sino que no tenían ningún interés en evitarlo: su objetivo era acumular todo el dinero y toda la tecnología posible para salvarse ellos.[18] Esto no debería provocar ninguna sorpresa. Se trata, de hecho, de un estado de ánimo subyacente altamente extendido en Silicon Valley, una de cuyas manifestaciones más notorias son las pretensiones de Elon Musk de colonizar Marte cuando la Tierra se vuelva inhabitable. La idea tampoco es nueva. Fue expuesta a principios de los años setenta por Adrian Berry.[19] La sensación de marchar hacia una catástrofe –sin descartar nuestra propia extinción como especie– ya no es patrimonio exclusivo de minúsculos círculos ecologistas: se halla lo suficientemente generalizada como para hacer posible un éxito de Netflix: ahí está el film No mires arriba para atestiguarlo. Esa perspectiva apocalíptica contrasta de la manera más notoria con la incapacidad –e incluso escasa voluntad– de las élites económicas y de las autoridades políticas para establecer acuerdos de sustentabilidad significativos, y con la pasividad que muestra el conjunto de la población. Con excepción de minorías eco-militantes, la inmensa mayoría sigue su vida como si nada. Sin embargo, todo lleva a prever que, en las próximas décadas, la clase dominante y la casta gobernante tomarán cada vez más drásticas medidas que tendrán consecuencias inocultables –y mayormente negativas– para la gran mayoría de la población. Los debates ecológicos estarán cada vez más presentes en la arena pública. La crisis ecosocial y el cambio climático serán a la vez motivo y excusa para un conjunto de políticas previsiblemente impopulares.[20] Hay que prepararse para un escenario político, ideológico y cultural increíblemente confuso y entreverado, donde escenarios más o menos distópicos –ecofascistas en sentido estricto o lato– no pueden ser descartados de plano.

Todo parece indicar que nos hallamos en una auténtica trampa civilizatoria. Por un lado, la dinámica intrínseca de las relaciones capitalistas de producción conlleva una pulsión hacia el crecimiento económico, lo que tiene evidentemente límites en un planeta que es finito. Un crecimiento infinito en un mundo finito es imposible. Los límites, desde luego, son relativos, y además podrían estar muy lejos. Sin embargo, a estas alturas, ese no parece ser el caso. Ya sobran indicios de que el crecimiento económico está chocando con los límites biofísicos del planeta. Lo más concentrado de la élite económica y tecnológica es muy consciente de la situación: sus miembros prevén una catástrofe y están buscando salvarse ellos, aislándose de las masas de población «sobrante». Entre la casta gobernante, cuyos cargos no son vitalicios ni hereditarios (como las propiedades de la clase dominante) las urgencias de la política electoral condicionan el predominio de miradas a corto plazo, normalmente más optimistas o menos sombrías. Pero los discursos entusiastas sobre el futuro son cada vez menos frecuentes, como ilustra el auge inusitado de las distopías postapocalípticas en la industria cultural (cine, TV, historieta, literatura, plataformas de streaming, etc.) y el fenómeno de la subcultura prepper, sobre todo en Estados Unidos y otros países occidentales del capitalismo central.

Ideología y política ecológicas: una cartografía necesaria

Recientemente, Federico Ruiz ha cartografiado esquemática pero productivamente los principales posicionamientos político-ecológicos contemporáneos.[21]

a) Pro-capitalismo y no colapsismo. Según Ruiz, esta perspectiva es la que caracteriza al establishment político y económico mundial. En términos de posicionamientos públicos puede ser así. Pero sospechamos que en privado las perspectivas colapsistas se hallan mucho más extendidas, sobre todo entre quienes se dedican a la acumulación privada de riquezas, sin compromisos políticos directos.

b) Ecologismo, no anticapitalismo y no colapsismo. Quienes se ubican en este arco preconizan una acción eficiente contra el cambio climático, manteniendo las relaciones capitalistas de producción. Según Ruiz, aquí se sitúa el conglomerado de posiciones que constituyen las diferentes variantes de lo que genéricamente podemos llamar Green New Deal. Sin embargo, aunque la retórica de estas posiciones no siempre sea entusiastamente pro-capitalista, quizá sea excesivo considerarla “no capitalista”. Además, en las altas esferas económicas y las élites políticas esta perspectiva, en sus vertientes menos severas con el capital, se está volviendo dominante. El capital se está tornando discursivamente ecologista. Y esto altera el escenario y los alineamientos políticos.

c) Ecologismo, anticapitalismo y no colapsismo. Este espacio político se distingue del anterior por introducir el anticapitalismo, manteniendo el no colapsismo. Dicho genéricamente: una transición socialista a tiempo podría evitar la devastación ecológica y detener el cambio climático. Quizá la mayor parte del ecosocialismo se ubica en esta esfera de pensamiento. Y aunque Ruiz parece asumir que la perspectiva de decrecimiento económico es patrimonio de lo que podemos llamar “colapsismo”, lo cierto es que hay socialistas que no creen que el colapso sea inevitable, al tiempo que preconizan alguna forma de “decrecimiento”.

d) Ecologismo, anticapitalismo (decrecentismo) y colapsismo. Aquí nos encontramos con el colapsismo, cuya tesis primordial es, obviamente, que lo que llaman “Colapso Social Contemporáneo” es inevitable. Políticamente minoritario en términos generales, este arco de opinión es muy fuerte en el movimiento ecologista de algunos países. Una previsión política y social sumamente sombría convive en él con ciertas dosis de esperanza utópica de connotaciones anarquistas: el colapso social podría dar lugar a guerras y respuestas autoritarias bajo diferentes formas de “ecofascismo”, pero también entrañaría, potencialmente, la merma del poder despótico estatal y abriría posibilidades a la organización democrática comunitaria a pequeña escala. 

Ruiz no contempla una quinta posición que, sin embargo, debe ser incorporada en el mapeo político-ecológico:

e) Pro-capitalismo colapsista. Los super-ricos que se entrevistaron con Rushkov se ubican en este segmento de opinión. Y distintas formas de ecofascismo están emergiendo sobre la base de estas premisas: un fenómeno sobre el que nos advirtiera hace más de veinte años Karl Amery.[22] Tal y como vamos, una perspectiva así tendrá amplias posibilidades en el futuro. De hecho, ya en el presente, en el mundo de los llamados “preparacionistas” dominan las ideas de salvación individual –o familiar– en un escenario que se prevé marcado por la competencia despiadada en pos de la supervivencia, antes que por la organización social y la cooperación colectiva. La posibilidad de regímenes “ecofascistas” debe ser tomada en serio.[23]

Un campo polémico

El diagnóstico de la crisis ecológica y las propuestas para abordarla es un complejo e intrincado campo polémico. Si bien ha perdido algo de fuelle en los últimos tiempos, buena parte del debate se ha centrado en la afirmación o negación del cambio climático de origen antrópico. Aunque la controversia política –como casi todos los asuntos en nuestras democracias degradadas– se ha presentado como un ping-pong simplista entre “afirmacionistas” y “negacionistas”, el asunto posee más dimensiones y un abanico mucho más amplio de lecturas y posiciones. Esta maniquea disposición política –que reproduce una pauta más general– ha dado lugar a un escenario donde un alarmado arco “progresista” se opone a un despreocupado sector “conservador”. Una épica «eco-salvacionista» concentra las críticas en el “negacionismo”, alineándose casi siempre con el capitalismo ecofriendly. Varios son los problemas que esta situación plantea. Por un lado, a estas alturas, el discurso capitalista dominante ya no es “negacionista”. Los organismos internacionales hace rato que poseen un discurso ecologista, que se ha vuelto más fuerte en los últimos lustros. Lo mismo sucede con las grandes corporaciones privadas. Aunque no hay razones para pensar que se trate de una estrategia deliberada, lo cierto es que la existencia de bolsones de opinión que niegan la importancia de los problemas ecológicos es claramente funcional para alinear a la opinión pública preocupada por estos temas en contra de los “negacionistas” y tras las propuestas del capitalismo “verde”. Esta deriva es tanto más sencilla en la medida en que la autonomía política y cultural de la clase trabajadora se halla en sus mínimos históricos. Estamos pagando muy caro el eclipse del ideario socialista. 

Por otra parte, el cambio climático se conjuga con otros problemas ecológicos, económicos, sociales, políticos, geopolíticos y culturales; lo cual conforma un amplio, enrevesado y pantanoso terreno donde es muy fácil perderse. Por ejemplo, parece razonable suponer que la lucha contra el cambio climático y la contaminación ambiental debiera implicar una reducción tanto del consumo energético general como de bienes superfluos en particular. Pero esto es también algo que encaja perfectamente con las políticas de austeridad neoliberales y con el encarecimiento de los combustibles fósiles debido a su creciente escasez. Como es lógico, el “capitalismo verde” no tiene inconvenientes en pregonar austeridad a la clase trabajadora mientras ve con tibieza –o lisa y llanamente no ve– el despilfarro de la burguesía, lo que tiende a hacer que muchos trabajadores desconfíen de los discursos ecologistas –inclinándose electoralmente hacia la “derecha”–, en tanto que buena parte del activismo ecologista –alarmado por el burdo “negacionismo”– se alinea más o menos acríticamente con el capital ecofriendly.

El capitalismo contemporáneo –mucho más concentrado, desterritorializado y financiarizado que en décadas pasadas– vuelve bastante ilusoria la estrategia de enfrentar a un sector del capital contra otros. Aunque puede haber –y ciertamente hay– divergencias políticas e ideológicas en el seno de la clase dominante, las mismas no coinciden necesariamente, ni de manera sencilla, con fracciones o sectores económicos específicos. En el mundo de los “grupos de inversión”, resulta muy simple, para quienes disponen de capitales, poner unas fichas en la industria armamentista y otras en la industria médica; comprar acciones de empresas petroleras a la vez que se adquiere parte del paquete accionario de sociedades anónimas dedicadas a las tecnologías renovables; invertir simultáneamente en una mina de carbón y en una empresa digital. La contraposición entre un petrolero texano insensible, estrecho de miras y codicioso con un yuppie del Silicon Valley generoso, sensible y de mente amplia es completamente falsa. El problema no es el “capitalismo fósil” contra el que se empecina Andreas Malm, sino el capitalismo tout court.[24]También es falsa la creencia en que las tecnologías digitales son “limpias”, contaminan poco y requieren escasa energía. Hoy en día, hay mucha propaganda interesada en conjugar “verde y digital”, pero se trata de un mito. Los residuos digitales son ya una de las principales fuentes de contaminación mundial; algunos de sus componentes son escasos y su extracción se da en contextos de trabajo esclavo y guerras civiles; el consumo energético de internet supera en la actualidad el de la aviación civil.[25]

Desde la crisis de los años setenta y las reformas neoliberales que se iniciaron con ella –y que se impusieron mundialmente en las décadas siguientes– la concentración de capitales se incrementó exponencialmente y la riqueza de los segmentos más acaudalados de la población se disparó.[26] Sin embargo, la tasa de ganancia, en términos generales, no volvió a alcanzar los niveles de los años 1945-70, y el crecimiento económico tiende a aminorarse. Aunque el despegue económico de algunos países asiáticos (China, sobre todo) ha establecido una cierta contratendencia, la dinámica general del sistema empuja a cierto freno económico como consecuencia previsible, a largo plazo, de lo que Marx llamaba el aumento de la “composición orgánica del capital”. China experimentará el mismo proceso que en el pasado conocieron la URSS y Japón, dos potencias industriales que arrancaron su industrialización de manera rápida y desde muy atrás respecto de las potencias líderes: luego de dos o tres décadas de crecimiento muy fuerte, un amesetamiento prolongado. El capitalismo es muy flexible, pero no es mágico.

Ahora bien, si el crecimiento industrial y económico provoca desastres ambientales potencialmente suicidas, lo cierto es que durante las últimas décadas la economía capitalista ha experimentado dificultades para crecer. Es decir, el crecimiento es menos del necesario para garantizar una elevada tasa de ganancia a la mayoría de los capitales, aunque es lo suficientemente elevado como para agotar recursos escasos y crear una situación ambiental críticamente delicada.[27] No es casual que en los últimos años se hayan expandido las formas de extracción de plusvalor absoluto (aumento de la intensidad del trabajo, reducciones salariales, prolongación de la jornada laboral real) en desmedro del plusvalor relativo (aumento de la productividad). El fenómeno de la llamada “acumulación por desposesión” (Harvey) tiene mucho que ver con esto, al igual que la postulación de una “capitalismo caníbal” por parte de Nancy Fraser.[28] La baja rentabilidad del sector productivo explica la orientación capitalista (vía privatización) a la adquisición de empresas y servicios públicos, como la salud y la educación. En este contexto, no se puede descartar la apropiación, por parte de sectores capitalistas, de motivos relacionados con el “decrecimiento”. Aunque el decrecimiento ha sido una piedra basal de al menos una parte del ecologismo de izquierdas, resulta esperable cierto uso ideológico capitalista de argumentos decrecentistas, hipócritamente empleados. En el límite, proyectos políticos con ribetes izquierdistas pero absolutamente comprometidos con el sostenimiento del capitalismo pueden ondear la bandera decrecentista como parte de la lucha contra la “derecha”. Tal es el caso del gobierno de Petro en Colombia. El problema, claro, es que en los marcos del capitalismo no sólo el decrecimiento es difícil, sino que entraña casi ineludiblemente dos consecuencias condenables: que los costos de las políticas ecológicas recaigan sobre las personas menos responsables de la situación (la clase trabajadora, ante todo), y que las naciones de la periferia se vean condenadas a una subalternidad indefinida en relación a las potencias. Después de todo, el tipo de desarrollo económico capitalista que conocemos no puede ser extendido a todo el globo: antes o después, las imaginarias puertas del “progreso” se cerrarán para los pobres, a los que ya se empieza a pregonar las virtudes de la austeridad ecológica. En una nueva comedia de enredos típica de la vida política contemporánea, las autoridades estatales ya están tomando medidas que afectan negativamente a sectores de trabajadores y de pequeños productores en nombre de la causa ecológica. Aunque el “crecimiento” es en buena medida una consecuencia lógica del capitalismo (así como una piedra angular ideológica del mismo), es posible el empleo de reclamos decrecentistas (todo lo hipócritas y parciales que se quiera) por parte de defensores entusiastas del capitalismo. Ya hay ejemplos concretos. En Argentina, Mauricio Macri defendió siendo presidente la necesidad de no “consumir energía de más”, evitando “andar en patas y en remera” en invierno.[29] El consejo es sensato, pero emitido por un depredador como Macri (cuyo tren de vida le permite gastar en una sola cena el dinero que una familia emplearía en un mes) es de una hipocresía descomunal. El movimiento francés de los “chalecos amarillos” se inició en 2018 en protesta por el aumento del precio de los combustibles defendido por el gobierno de Macron con el argumento ecológico de reducir las emisiones de carbonoEn este escenario, se estrecha la incómoda alianza de facto que ya se está perfilando ante nuestros ojos entre ciertos sectores ecologistas y el gran capital, cuyo caso más extremo es el de los “verdes” alemanes devenidos guerreristas. No se puede ignorar, por lo demás, que mientras el gran capital puede afrontar exitosamente los desafíos de la “transición energética”, ese no suele ser el caso de los pequeños productores en los marcos de una economía de mercado, algo que algunas ultraderechas –las más populistas y soberanistas– está sabiendo aprovechar muy bien en términos de demagogia electoral.[30]

El crecimiento económico es a la vez la bendición y maldición del capitalismo. Su dinamismo económico ha permitido crear unas riquezas inimaginables en el pasado, pero el precio ha sido depredar el planeta, creando una situación catastrófica. Y ello ha sucedido sin que la abundancia y la prosperidad esté al alcance de la mayor parte de la población: la miseria, el hambre, la precariedad, la falta de vivienda, las jornadas laborales agotadoras siguen siendo el pan nuestro de cada día para una parte sustancial de la población. El desigual reparto de los medios de producción (una minoría minúscula es propietaria de casi todos ellos), redunda en un reparto increíblemente desigual de los ingresos y de la riqueza. La opulencia más desembozada convive con la miseria más escandalosa. Ahora bien, en el capitalismo, el crecimiento económico es la condición por medio de la cual se puede dar algo a la clase trabajadora sin afectar la propiedad, la riqueza y los beneficios de la clase capitalista. Dentro de este sistema, pues, la mejora en las condiciones de vida de la clase proletaria redunda en una devastación de la naturaleza. Simétricamente, la protección de la naturaleza (dentro del sistema capitalista) conlleva con toda probabilidad el empeoramiento de las condiciones de vida y trabajo de las masas populares: el hilo se corta por lo más delgado, y la clase dominante no parece dispuesta a pagar los costos de las políticas ambientales. La consigna es clara: la política ecológica está muy bien, siempre y cuando no afecte negativamente la rentabilidad. De hecho, en los últimos años, han proliferado nichos mercantiles con perspectiva ecológica (muchas veces completamente ilusoria). Acabar con el capitalismo es, pues, necesario tanto para proteger a la naturaleza como a la clase trabajadora. Sin embargo, la abolición del capitalismo está fuera de la agenda política mayoritaria. 

Dadas las características estructurales de la economía capitalista, las bajas tasas de ganancia llevan normalmente a un lento crecimiento, lo que redunda en desempleo, bajos salarios y precariedad laboral. A esto se suma en la actualidad otro frente crítico: el agotamiento de los recursos energéticos fósiles a bajo precio. La suma de ambas cosas hace que no sean pocos los analistas que prevén un decrecimiento económico forzoso en las próximas décadas: un proceso ineludible materialmente determinado, antes que una situación buscada voluntariamente (una diferencia de calado con las perspectivas socialistas decrecentistas). Si tal fuera el escenario, entonces una bandera ecosocialista podría ser apropiada por el capital e incluso por proyectos ecofascistas.

La eventualidad de un colapso civilizatorio no puede ser descartada por ninguna izquierda responsable, y la necesidad de cierto grado y cierto tipo de decrecimiento económico debe ser evaluada con la mayor seriedad. Pero todos estos problemas inequívocamente materiales y prácticos se hallan sobredeterminados por las representaciones ideológicas y políticas, en un contexto de hegemonía capitalista descomunal. No se puede ignorar ni lo uno ni lo otro, y ello convierte a la deliberación pública de estos temas en un verdadero lodazal. Pero no hay más remedio que embarrarse. Vamos a ello.

Colapsistas y anticolapsistas

El concepto de “colapso” dista de ser claro, aunque forma parte de un motto bastante popular en la cultura de los países capitalistas avanzados, que ha dado lugar a una amplia filmografía y literatura (en la periferia, empero, la mitología del progreso todavía goza de mejor salud). Más allá de las representaciones y ansiedades populares, en términos científicos y filosóficos hay muchas formulaciones del mismo. Un tratamiento breve y apropiado de sus diferentes sentidos ha sido expuesto por Carlos Taibo.[31] Aunque hay versiones dramáticamente apocalípticas del “colapsismo”, seguramente simplistas y exageradas, el riesgo de un colapso no puede ser tomado a la ligera. No parece lo más probable que, de aquí a dos o tres décadas, el cambio climático vaya a provocar hambrunas y desastres que se traduzcan en un descenso abrupto de la población mundial, ni que el agotamiento de los combustibles nos coloque en una situación semejante a la de la saga cinematográfica Mad Max. Pero, aunque este escenario no sea el más probable, es seguro que la crisis climática y energética entrañará enormes dificultades.

La idea de que el capitalismo marcha hacia su autodestrucción es, por muchas razones comprensibles, siempre atractiva desde una perspectiva de izquierdas. Las actuales polémicas en torno al colapso ecosocial recuerdan en muchos aspectos a los debates de finales del siglo XIX y comienzos del XX en torno al “derrumbe” del capitalismo como consecuencia de un puro determinismo económico. Las perspectivas colapsistas –que se hallan usualmente asociadas al decrecentismo– han sido motivo de una dura crítica por Emilio Santiago Muíño, en un libro de título quizá innecesariamente provocador aunque de contenido más que interesante.[32] Contra el mito del colapso ecológico prosigue y amplía la argumentación de su autor en una serie de intervenciones polémicas iniciadas en 2022, una buena síntesis de las cuales puede ser hallada en un texto escrito por Jorge Riechmann –activo participante, por lo demás, en estos intercambios polémicos– que lleva por título: “Una ofensiva ‘anticolapsista’”[33]. El debate en torno al eventual colapso y las perspectivas de decrecimiento tiene una enorme importancia, aunque de momento se halle en los márgenes de la vida pública. Pero su trascendencia no puede ser evaluada atinadamente en base a su popularidad actual: cabe presuponer que los problemas que allí están en juego serán cada día más acuciantes. 

En su crítica, Emilio Santiago sostiene que el “colapsismo” contiene un pronóstico errado a la vez que impulsa una política inconducente que habría llevado al ecologismo a un callejón sin salida. Desde su perspectiva, el catastrofismo “colapsista” descarta demasiado tajantemente la posibilidad de evitar la caída, y cree que ello en buena medida se debe al sustrato anarquista de muchos de sus partidarios. Con el colapso se produciría el hundimiento del estado y, en consecuencia, un hipotético comunitarismo a escala local podría desarrollarse prescindiendo de las incomodidades de la política a nivel estatal. Así, pues, el “colapsismo” encajaría muy bien con la perspectiva anarquista que confía en las pequeñas comunidades y desconfía del estado.[34] El colapso haría innecesaria la construcción y articulación de una fuerza política que intente solucionar la crisis ecológica. La crítica tiene sus puntos fuertes, sobre todo en el terreno político. Pero es en ese mismo campo donde la propuesta alternativa de Emilio Santiago parece de una candidez astronómica: piensa la política en términos esencialmente electorales y, aunque menos catastrofista en sus análisis del presente y del futuro, emplea la urgencia de la crisis climática como un argumento para validar una política ecológica que no se propone atacar al capitalismo (verdadero motor de la ruptura metabólica con la naturaleza), sino hacerlo sustentable. “Primero garantizar la subsistencia de la especie”, parece pensar Emilio Santiago, “luego pensar en el socialismo”. Aunque muchos de los argumentos críticos que esgrime son sólidos o atendibles, su propuesta estrechamente electoral y su perspectiva de “capitalismo verde” parecen mucho más ilusorias que las expectativas más extremas del “colapsismo”[35]. Si el ecologismo radical español donde él militaba se hallaba en un callejón sin salida al prescindir casi por completo de la política (en verdad, de la política electoral), el electoralismo greenewdealista que propone es como arrojarse a las fauces del monstruo. Emilio Santiago puede reclamar que, dadas la ausencia de un movimiento obrero radical y la declinación casi total del ideario socialista, una propuesta revolucionaria está descartada; en tanto que la urgencia por afrontar el cambio climático y la crisis ecológica supone suspender todo intento de transformación de la estructura de clases. Lo que parece menos claro es que las propuestas de reformas ecologistas que preconiza puedan ser aplicadas, que produzcan a tiempo efectos reales para detener el desastre y que permitan mejorar la situación ecológica sin arrojar a las grandes mayorías a una situación de penuria extrema. Aunque evita cuidadosamente el término, la propuesta que preconiza difiere poco del “desarrollo sustentable”. Desde coordenadas filosóficas distintas, la orientación práctica es semejante a la que impulsa el ala “progresista” del gran capital. Una vez despojada de la retórica izquierdista, la misma no tiene ningún contenido radical.[36] Tampoco parece capaz de ofrecer soluciones reales ni mucho menos satisfactorias para la crisis ecosocial, al menos para quienes no quieran abandonar el horizonte de la igualdad ni renunciar a la crítica de la explotación y la expoliación.[37] Sin las posibilidades que abre el “crecimiento” económico (ecológicamente desastroso, aunque se puedan poner algunos parches tecnológicos que, hasta ahora, suelen ser bastante ilusorios)[38], una política ecologista supondrá nuevos costes y ajustes sobre las mayorías, lo que facilitará que la derecha capture voluntades asociando las políticas ecologistas con las élites. Sólo un proyecto de igualdad radical podría concitar apoyo popular real para las transformaciones gigantes de la estructura social y las formas de vida que se necesitan. Sin esta expectativa utópica, los ecologistas no “podrán ganar”, como cree Emilio Santiago. Más bien se convertirán en impulsores de políticas absolutamente insuficientes en términos de evitar el cambio climático y recomponer la ruptura metabólica con la naturaleza, al tiempo que se enajenarán de las grandes mayorías víctimas del capitalismo. Podrán tener algún que otro éxito electoral, pero al precio de perder filo crítico y, sobre todo, capacidad genuina de transformación. Los desafíos que tenemos por delante suponen una revolución. Ni más, ni menos.

Decrecentistas y anti-decrecentistas

Recientemente, Kohei Saito ha ofrecido poderosos argumentos a favor de la perspectiva ecológica presente en Marx. Se dio a conocer en 2017 con Karl Marx Ecosocialism: Capital, Nature, and the Unfinished Critique of Political Economy.[39] Su segunda obra, Marx in the Anthropocene, ha sido un éxito de ventas en Japón, que culmina con un encendido alegato a favor de un “comunismo decrecentista”[40]. El impacto intelectual de las obras de Saito es innegable, incluso sorprendente. Sin embargo, su exégesis de la obra marxiana parece algo forzada[41] y la idea de un socialismo decrecentista dista de ser nueva incluso dentro de la tradición marxista. Manuel Sacristán abogaba por una perspectiva así en los primeros años ochenta del siglo pasado, en tanto que la obra de Wolfgang Harich, ¿Comunismo sin crecimiento?, fue publicada en 1975. Más allá de las eventuales operaciones publicitarias, el éxito de Saito revela en buena medida una nueva situación cultural, al menos en algunos países.

El enfoque decrecentista de Saito ha sido criticado con vehemencia por Matt Huber y Leigh Phillips.[42] Evidentemente, en un mundo donde la mayoría de las personas tienen dificultades para “llegar a fin de mes”, carecen de vivienda y su salud no es adecuadamente atendida (para no hablar de la pervivencia de la desnutrición), decirle a esa gente que le economía es demasiado grande parece un contrasentido. En términos de «táctica» política, buena parte de la crítica que Huber y Phillips hacen a Saito es atendible. Pero «estratégicamente» es errada, porque efectivamente todo indica que la economía capitalista es demasiado grande para nuestra biósfera. Ambas cosas pueden ser ciertas porque el mundo que habitamos es fantásticamente desigual. Es muy sensato, pues, que autores como Saito reclamen la necesidad de un relativo decrecimiento económico, y es muy comprensible que una perspectiva así concite gran atención, especialmente entre intelectuales de clase media de países capitalistas avanzados (que en cierto modo «están de vuelta» de ese tipo de desarrollo consumista). Se comprende, también, que en muchos países periféricos y entre la población pobre y trabajadora esa perspectiva genere menos entusiasmo, e incluso rechazo. En su crítica a Saito, Huber y Phillips afirman: “No basta con decir que la producción tropieza con límites naturales a partir de cierto punto: siempre y en todas partes está constreñida por límites naturales. Y estos límites, lejos de ser intangibles, pueden ser superados por la ciencia y la tecnología, combinadas con un horizonte igualitario”. Desde luego que, en cierto sentido, es así. Pero el problema es que el capitalismo impulsa una loca carrera superando límites que no es nada claro que tenga sentido superar, porque no todo lo que se puede hacer debe ser hecho. La dinámica social del modo capitalista de producción tiene que ver con la superación de límites a la valorización del capital. Pero no necesariamente rompe los límites de las potencialidades creativas de la humanidad. De hecho, parece atrofiar muchas de las más reivindicables capacidades humanas (por ejemplo, las capacidades críticas y reflexivas), al tiempo que exacerba algunas de las más deplorables, como la producción de armamento o la pornografía, entre muchos ejemplos posibles. En la actualidad el desarrollo de la (mal) llamada inteligencia artificial se conjuga con una merma de las capacidades intelectivas de la mayoría de la población.[43] En medio de las tecnologías más fabulosas, crecen como hongos todo tipo de fundamentalismos religiosos, pensamiento mágico y fakes news. ¿De verdad necesitamos la parafernalia tecnológica hoy existente para enviar videos de gatitos? Buena parte del consumo actual no solo es en gran medida innecesario: es en muchos casos dañino. El socialismo no puede consistir en el mismo tipo de “desarrollo” capitalista, pero al alcance de todos y todas. Un socialismo genuino debe reivindicar un tipo de vida distinto: no un automóvil para cada persona, sino un transporte público eficiente y sustentable; menos objetos descartables y más bienes duraderos; reducir el hincapié en los artículos superfluos y ampliar las posibilidades de conocimiento; menos publicidad (incluso ninguna) y más literatura; desincentivar los viajes preprogramados con sentido mercantil (aquellos que proporciona la industria del turismo)[44] e incentivar la exploración en profundidad y el autoconocimiento. No hay ninguna certeza de que en una sociedad que haya socializado los medios de producción, democratizado los criterios de inversión e igualado fuertemente los ingresos personales vaya a tomar las mejores decisiones sobré qué producir y cómo hacerlo. Democráticamente se pueden tomar, desde luego, decisiones erradas. Pero en el capitalismo estas decisiones fundamentales son potestad exclusiva de una exigua minoría (la clase capitalista), que se orienta no por un sentido del bienestar general sino buscando la maximización de sus ganancias privadas. Por consiguiente, toda demanda decrecentista orientada a racionalizar la producción y el consumo debe ir intrínsecamente relacionada con una orientación socialista, en la que, además, el socialismo no sea visto como un objetivo distante, sino como un objetivo actual. Sin esto, las propuestas decrecentistas pueden ser fácilmente manipuladas por el capital, fragmentando a la clase trabajadora y alineando los impulsos ecologistas radicales con propuestas meramente cosméticas que no alteran las bases de un sistema social explotador del trabajo y depredador de la naturaleza. Toda reivindicación decrecentista es inaceptable sin una reivindicación aún más enfática –teórica y práctica– de la igualdad. El decrecentismo debe ser revolucionario.[45] Si las políticas de decrecimiento se disocian de la transformación revolucionaria no serán más que un nuevo maquillaje verde para la rapacidad capitalista.

El tecno-optimismo, piedra basal de la ideología capitalista, merece una crítica prudente. Aunque exagera la dimensión ecológica en la obra de Marx, al que presenta como un decrecentista avant la lettre, Saito hace bien en recordar que Marx no fue un tecno-optimista. Y es fundamental tener presente que el autor de El capital no conoció la edad dorada de la publicidad ni, estrictamente, la sociedad de consumo. A finales del siglo XIX era razonable pensar que, satisfechas las necesidades de alimentación, vestido y vivienda, las personas podrían dedicarse a actividades autorrealizativas (la ciencia, el arte, etc.). Sin embargo, la escandalosa realidad de la sociedad de consumo creada por el capitalismo es que la alienación mercantil puede alcanzar cotas astronómicas: no importa cuánto se consuma; nunca es suficiente. Y la autorrealización es permanentemente desincentivada y saboteada por los mecanismos inherentes al dominio del capital. La sociedad capitalista peca a la vez por exceso y por falta: exceso de consumo superfluo en un polo, carencia de consumo de bienes y servicios esenciales en el otro. 

El prometeísmo tecnológico que informa la crítica de Huber y Phillips es uno de sus aspectos más endebles, aunque se halla muy lejos de las ingenuidades de Aaron Bastani y su “comunismo de lujo completamente automatizado”[46]. Su tecno-optimismo difiere poco, empero, del de los ideólogos del capital. Y les lleva a cometer errores de apreciación de gran calado. Un ejemplo entre muchos otros: “Durante la pandemia de Covid –afirman– quedó demasiado claro que la producción de vacunas redundaba en interés de toda la humanidad; y vimos cómo ésta se veía frenada irracionalmente por la búsqueda de beneficios de las multinacionales de la salud. Así, mientras el mercado limita la producción a lo que es rentable, el socialismo puede producir mucho más”. ¿Demasiado claro? Pues no. La verdad es que la producción masiva de vacunas experimentales no redundó en ningún beneficio apreciable para la humanidad. En este caso, Huber y Phillips han confundido la propaganda de los gobiernos y de la industria farmacológica con la realidad. Lo cierto es que la mortalidad por todas las causas se mantuvo en niveles semejantes (al menos en Europa, el continente más vacunado) entre 2020 (el año del gran pánico), 2021, 2022 y el primer trimestre de 2023.[47] Las vacunas anti-covid han mostrado poca eficacia y provocado una cantidad inusitada y sin precedentes de efectos adversos. Han sido más eficaces para cambiar la causa de muerte que para reducir la mortalidad.[48]

No se trata, desde luego, de asumir un radicalismo tecnofóbico. Se trata de tener una mirada prudente sobre la tecnología.[49] Y se trata, por supuesto, de ser muy conscientes de que la desmesura es lo que caracteriza al capital.

¿Es posible una nueva síntesis?

Por razones que no puedo analizar aquí, desde los años setenta se ha ido produciendo una disociación entre el horizonte socialista y los llamados “nuevos movimientos sociales”. El retroceso organizativo del movimiento obrero, el colapso de los “socialismos reales”, la dilución de las expectativas utópicas de transformación social radical, las reformas económicas y políticas neoliberales, y el crecimiento de una cultura –simbólica y práctica– crecientemente individualista, mercantilizada y consumista es mucho lo que tiene que ver con esto. Podemos deplorar la situación, lamentarnos por ella. Pero la lucha política se da en un escenario que no elegimos. No hay más remedio que asumirlo.

A estas alturas parece claro que el capitalismo puede absorber todas las demandas parciales, mercantilizándolas y dándoles un sentido ideológico que puede tener apariencias radicales, pero que sirve más para consolidar al sistema que para socavarlo. Es imprescindible volver a poner sobre la mesa la necesidad de una transformación total. Sin la perspectiva de una revolución social, las demandas laborales, feministas, ecologistas, antirracistas, anticoloniales o antiimperialistas son fácilmente domesticadas. Si no tenemos esto en claro, las fuerzas que se quieren antisistémicas pueden terminar siendo verdaderos puntales del orden social más explotador y depredador. La conclusión es clara: hay que volver a plantear la necesidad de una revolución en primerísimo lugar. Debemos arrancar por ahí. Colocar a plena luz del día los objetivos revolucionarios.[50] Si se me permite el neologismo, hay que ser ecomunistas.

Por muy comprensible que resulte la deriva de las izquierdas hacia las políticas de identidad, hacia la mengua de los análisis de clase y hacia la fragmentación en demandas particulares, pocas dudas puede haber de que éste es un callejón sin salida. La reducción a un mínimo de los análisis de clase y la renuncia al universalismo han sido un error. Es imperioso reponer un proyecto comunista revolucionario de alcance universal.

Esto no tiene por qué significar, por supuesto, que en nombre del universalismo se arrollen las particularidades, ni que las demandas parciales deban esperar hasta después de la revolución. Pero sí significa que el movimiento ecologista no debería disociarse, como es habitualmente el caso, de la política revolucionaria. Es necesario un ecologismo que tenga muy presente el análisis de clase, que es el tipo de enfoque o perspectiva más diluido en la actualidad. Pero no basta con ello. El análisis de clase debe ir articulado con la acción política, y esa acción debería ser revolucionaria, no reformista.[51] Las vías concretas de esta intervención son ciertamente problemáticas e indudablemente inciertas. Pero, para empezar, hay que plantear claramente la necesidad simultánea de un ecologismo revolucionario y de un socialismo ecologista. 

El socialismo ecológico debe tomar con mucha seriedad la magnitud de la crisis, sin descartar la posibilidad hipotética de un “colapso”. Pero debería tener muy presente que los plazos históricos suelen ser más largos de lo que imaginamos y que el catastrofismo suele ser un mal consejero, ya sea porque tiende a prescindir, en sus versiones más radicales, de la necesariamente lenta y compleja construcción política; ya sea porque conlleva tentaciones “posibilistas” en nombre de la urgencia, diluyendo los impulsos revolucionarios. También debe evaluar con mucha seriedad y detalle la necesidad de cierto decrecimiento, que obviamente no debería ser el mismo en diferentes países o sectores de la economía. La austeridad socialista puede ser virtuosa, pero se expone muy fácilmente a las manipulaciones del capital. La salida, sin embargo, no puede consistir en negarse a afrontar el problema. La salida es, más bien, la que nos ofreciera Manuel Sacristán: “Si hay que revisar los valores abundancia y superabundancia, entonces habrá también que revisar el valor desigualdad. (…) Al que habla de austeridad habría que responderle exigiendo igualdad desde una perspectiva radical”[52].

Debemos tomar clara conciencia de lo que tenemos por delante. Una tarea de extrema complejidad, que no puede consistir meramente en “liberar las fuerzas productivas de la sociedad”, ni tampoco simplemente en coartarlas. Podemos hacer nuestras, una vez más, las sabias palabras que Manuel Sacristán nos regalara hace casi medio siglo: “la operación del agente revolucionario tendrá que describirse de un modo mucho menos fáustico y más inspirado en normas de conducta de tradición arcaica. Tan arcaica, que se puede resumir en una de las sentencias de Delfos: ‘De nada en demasía’”[53]. Y podemos, también, vindicar la posibilidad y la necesidad de un socialismo austero, como ese ecosocialismo descalzo que alguna vez nos propusiera Jorge Riechmann.[54]

Los enormes problemas ecológicos ante los que nos enfrentamos demandan una respuesta radical. Y ser radical es ir a la raíz. Las raíces son el terreno en el que se mueven los topos. La metáfora –tan cara a Marx–del topo como oculto excavador capaz de llevar al derrumbe del sistema puede ser reivindicada. Es cierto que hoy estamos en penumbras. Sería necio negarlo. Pero los topos saben hacer su trabajo en la oscuridad. 

Habrá que asumir, sin autoengaños, el desafío de ser topos revolucionarios. Topos ecomunistas.


[1] René Dumont, Ecología socialista. Sólo una ecología socialista puede permitirnos sobrevivir, Barcelona, Martínez Roca, 1980.

[2] Manuel Sacristán, “Comunicación a las Jornadas de Economía y Política”, en Mientras tanto, nro. 1, nov./dic. 1979. Las jornadas tuvieron lugar en Murcia entre el 4 y el 6 de mayo de ese año. El texto ha sido reproducido en Manuel Sacristán, Pacifismo, ecología y política alternativa, Barcelona, Icaria, 1987. La cita se puede leer en la pág. 9.

[3] Maurice Godelier, Lo ideal y lo material, Madrid, Taurus, 1989, p. 47.

[4] Al respecto, vale la pena consultar a Jared Diamond, Colapso. Por qué unas sociedades perduran y otras desaparecen, Barcelona, Debate, 2005.

[5] Quisiera aquí romper una lanza por el “humanismo”, tan vilipendiado en nuestro tiempo. Tanto la búsqueda de una simbiosis con las máquinas como cierto anhelo de «igualdad» con otras especies tienen algo –a veces mucho– de huida de los grandes problemas prácticos humanos: los eternos y los recientes. Ni somos máquinas ni somos una especie completamente equiparable a las demás. Pero el tema es de una complejidad que no puedo abordar aquí. Jorge Riechmann ha discutido con mucha solvencia filosófica algunas de estas arduas cuestiones éticas en obras como Ética extramuros, Madrid, UAM, 2017. Para una panorámica de las perspectivas tecnológicas asociadas al “transhumanismo”, puede consultarse Antonio Diéguez, Transhumanismo. La búsqueda tecnológica del mejoramiento humano, Barcelona, Herder, 2017.

[6] Hay que prestar mucha atención a la posibilidad de que alguna crítica al antropocentrismo se funde en cierta misantropía general o aporofobia (odio a los pobres) en particular, o las promueva. La misma prevención cabe tener ante el “animalismo” y el “antiespecismo” aunque, desde luego, está muy bien procurar ser animalista y antiespecista. Pero cuando la defensa de los derechos de los animales se disocia de otras causas políticas, hay que sospechar.

[7] B. Charbonneau, El Jardín de Babilonia, España, Ediciones El Salmón, 2016. Para una extensa reseña de este libro, tan maravilloso como poco conocido, véase A. Petruccelli, “En los orígenes de la ecología política. Reseña de El Jardín de Babilonia, de Bernard Charbonneau”, en Corsario Rojo, nro. 4, invierno austral 2023, disponible en https://kalewche.com/wp-content/uploads/2023/09/8-Resena-El-jardin-de-Babilonia-por-Petruccelli.pdf. Es también muy ilustrativo su libro The Green Light. The Self-Critique of the Ecological Movement, Londres, Bloomsbury, 2018, cuya edición original en francés data de 1980. 

[8] El idealismo, el subjetivismo y el verbalismo poco sustancial se hallan tan arraigados en la cultura contemporánea, que incluso un autor de izquierdas como Jason Moore puede afirmar: “El capitalismo no es un sistema económico; no es un sistema social; es una manera de organizar la naturaleza. Podemos empezar con una distinción orientativa sobre esa frase: ‘Una manera de organizar la naturaleza’. La arrogancia que gobierna el capitalismo es que este puede hacer lo que le dé la gana con la Naturaleza, que la Naturaleza es externa y puede ser codificada, cuantificada y racionalizada para que esté al servicio del crecimiento económico, el desarrollo social o algún otro bien mayor. En esto consiste el capitalismo como proyecto”. Véase El capitalismo en la trama de la vida, Madrid, Traficantes de Sueños, 2020, p. 17. Aunque este pasaje puede sonar como dulce melodía para cualquier persona de orientación anticapitalista, es por cierto muy problemático. En principio no es excluyente que el capitalismo sea un sistema económico, un sistema social y una forma de organizar la naturaleza, como Moore parece dar a entender. Pero, además, se trata de afirmaciones vacías: las tres cosas se pueden predicar de cualquier modo de producción. Aunque lo más grave es que no existe tal cosa como “el capitalismo como proyecto”. El capitalismo supone la «anarquía» de la producción, de la cual surge en cierto modo un «orden» que no es el proyecto de ningún agente. Y ya hay agentes capitalistas muy conscientes de que no se puede hacer cualquier cosa con la naturaleza. Kohei Saito ha formulado una solvente crítica, desde una perspectiva marxista, a Jason Moore, en su libro Marx in the Antropocene, Cambridge Univerity Press, 2022, cap. 4.

[9] Este es un resultado sistémico. No se trata de lo que cada empresa haga en particular, sino de la tendencia inherente a una estructura económica que está movida por la búsqueda de ganancias en un contexto competitivo que, en gran medida, condiciona los comportamientos y «selecciona» a sus agentes. La dinámica no surge de los individuos, sino de la estructura en que están inmersos, y que presiona y en parte moldea a esos individuos. Es una «maquinaria social» relativamente automatizada, creada por los seres humanos pero que ellos no controlan. Los capitalistas poseen más poder que los trabajadores, esto es evidente. Pero no controlan el funcionamiento del sistema del cual se benefician. Ellos están por igual sujetos a las «leyes» de la competencia mercantil. Mientras la base de la economía mundial siga siendo la propiedad privada junto con la acumulación de capital y la puja empresarial, el estado sólo podrá influir en parte –una pequeña parte– sobre esa dinámica.

[10] Al respecto, vid. Petruccelli, “Crítica de la política y la (sin)razón posmodernas”, en Corsario Rojo, nro. 1, primavera austral 2022, disponible en https://kalewche.com/wp-content/uploads/2022/11/1-Critica-al-posmodernismo.pdf.

[11] En el colmo de la confusión ideológica de nuestro tiempo, se da el caso no infrecuente de “progresistas” que condenan a la “cultura occidental” como causante de males sociales que critican en nombre de principios desarrollados, en buena medida, dentro de esa cultura; en tanto que hay conservadores que pueden defender a esa misma “cultura occidental” apelando a la igualdad de género o los derechos de las personas homosexuales conculcados por el islam. Por supuesto: ninguna mirada crítica podría abrazar o rechazar una cultura en bloque; y no es estrecho economicismo –sino elemental sensatez– reconocer que el capitalismo es la principal fuente de construcción y destrucción del mundo contemporáneo en todos sus aspectos: desde los tecnológicos a los simbólicos, de los más «artificiales» hasta los más «naturales».

[12] Marcio Bertazi y Roger Domenech Colacios, “Educação Ambiental nas Lareiras do Capital: uma crítica à agenda neoliberal”, en Educação & Realidade, Porto Alegre, v. 48, e123264, 2023. http://dx.doi.org/10.1590/2175-6236123264vs01

[13] Para complicar las cosas, esta crítica puede ser tanto de izquierdas como de derechas.

[14] Al respecto, véase Ariel Petruccelli y José R. Loayssa, Una pandemia sin ciencia ni ética, España, El Salmón, 2022 (con prólogo de Juan Gérvas).

[15] Herman Daly, “Economías de escala” (entrevista de Benjamin Kunkel), en New Left Review (segunda época), nro. 109, marzo/abril 2018, p. 95. Sin embargo, es indudable que los motivos del desarrollo y del crecimiento derivan estrechamente de uno de los pilares ideológicos más fuertes y tradicionales de la ideología capitalista: el progreso.

[16] Francis Fukuyama, El fin de la historia y el último hombre, Bs. As., Planeta, 1992.

[17] Al respecto, sigue siendo esencial la obra de Perry Anderson Los fines de la historia, Barcelona, Anagrama, 1996.

[18] Douglas Rushkoff, “La supervivencia de los más ricos y cómo traman abandonar el barco”, en CTXT, 1° de agosto de 2018, disponible en https://ctxt.es/es/20180801/Politica/21062/tecnologia-futuro-ricos-pobres-economia-Douglas-Rushkoff.htm.

[19] Adrian Berry, Los próximos 10.000 años: El futuro del hombre en el universo, Madrid, Alianza, 1983.

[20] Tengo la sospecha de que la insistencia casi obsesiva en el cambio climático –que al fin y al cabo no es más que uno dentro del amplio abanico de problemas ecológicos y energéticos que afrontamos– tiene al menos algo que ver con el hecho de que la lucha contra el mismo puede proporcionar una cierta «épica» para que la población apoye medidas impopulares.

[21] Federico Ruiz, “Del colapsismo y sus enemigos”, en Kalewche, sección Krakatota, 11 de febrero de 2024, disponible en https://kalewche.com/del-colapsismo-y-sus-enemigos. Texto originalmente publicado en 15/15/15, el 13 de diciembre de 2023.

[22] Karl Amery, Auschwitz: ¿comienza el siglo XXI?, México, Turner/Fondo de Cultura Económica, 2002.

[23] Al respecto, es muy recomendable la obra Ecofascismo, de Carlos Taibo, recientemente publicada en Argentina por la editorial Marat (2023). La versión original fue publicada por la editorial española Catarata, en 2022. Uno de los méritos de este libro es no limitar la posibilidad de emanaciones autoritarias potencialmente incentivadas por la crisis ecológica y energética a grupos minoritarios, sino plantear la mucho más inquietante posibilidad de que dicha deriva halle apoyos significativos en las élites políticas y económicas mundiales, incluso las de historial democrático y liberal.

[24] Andreas Malm, Cómo reventar una tubería. Aprender a luchar en un mundo en llamas, Madrid, Capitán Swing, 2021.

[25] Al respecto, vid. Jorge Riechmann, “Decrecer, desdigitalizar: 15 tesis”, en Kalewche, 18 de setiembre, 2022, disponible en https://kalewche.com/decrecer-desdigitalizar-quince-tesis. Originalmente publicado en 15/15\15 el 9 de septiembre de 2020.

[26] Para un análisis pormenorizado en términos empíricos y estadísticos, véase Thomas Piketty, El capital del siglo XXI, México, FCE, 2014.

[27] Algo parecido sucede con la superpoblación mundial. Hace tiempo que el crecimiento demográfico global viene ralentizándose, pero no lo suficiente en términos de sustentabilidad a largo plazo. De cualquier modo, la superpoblación no sólo es absoluta. Existe también –aunque los neomalthusianos lo olviden– una superpoblación relativa, derivada de la concentración capitalista de la riqueza. Cuánto de más se ha crecido y cuánto se necesitaría decrecer, tanto en términos económicos como demográficos, es algo harto complejo de precisar, pero en ambos casos la cosa no es tan simple como la abstracción de calcular el PBI per cápita o de dividir recursos sobre población. Es fundamental tener en cuenta cómo está distribuida concretamente la riqueza en el capitalismo.

[28] Nancy Fraser, Cannibal Capitalism. How Our System Is Devouring Democracy, Care, the Planet –and What We Can Do about It, Londres y Nueva York, Verso, 2022 (hay trad. castellana: Capitalismo caníbal, Siglo XXI, 2023). En nuestro idioma, se puede leer la reseña/síntesis de Fernando Lizárraga, “El capitalismo hoy (y antes también), según Nancy Fraser”, en Kalewche, 12 de febrero de 2023, disponible en https://kalewche.com/el-capitalismo-hoy-y-antes-tambien-segun-nancy-fraser. Para una crítica a ciertos yerros de la concepción de Harvey de la “acumulación por desposesión”, véase Santiago Díaz, “La acumulación por desposesión a debate”, en Kalewche, 3 de marzo, 2024, disponible en https://kalewche.com/la-acumulacion-por-desposesion-a-debate.

[29] Véase https://www.youtube.com/watch?v=I2Vaew6Gla0.

[30] Por ejemplo, en muchos países europeos, en contra de las metas de ecoeficiencia woke de la UE, que han desatado durante estos meses una gran ola de protestas agrarias, desde Alemania y Holanda hasta Italia y Grecia, desde la Península Ibérica hasta Polonia y Lituania, desde Irlanda hasta Bulgaria y Rumania, incluyendo, por supuesto, Francia.

[31] Carlos Taibo, Colapso. Capitalismo terminal, transición ecosocial, ecofascismo, Madrid, Catarata, 2018.

[32] Emilio Santiago Muíño, Contra el mito del colapso ecológico, Barcelona, Arpa, 2023.

[33] Jorge Riechmann, “Una ofensiva ‘anticolapsista’”, en Kalewche, 30 de abril de 2023, disponible en https://kalewche.com/una-ofensiva-anticolapsista.El texto fue originalmente publicado en Viento Sur, el 8 de diciembre de 2022. Una extensa y meditada crítica al libro de Emilio Santiago es la que ofrece Carlos Taibo en Breviario de ecología libertaria, Catarata, 2024.

[34] Sin embargo, Taibo apunta en el libro ya referenciado que no todos los «imputados» de “colapsismo” son ácratas.

[35] Tener buenas performances electorales es importante y nada sencillo. Pero si no van articuladas con un proyecto revolucionario son, un gigantesco despilfarro de esfuerzos, sin consecuencias verdaderamente transformadoras. Obviamente, las propuestas revolucionarias suelen ser electoralmente poco atractivas, y sería ceguera ignorar el punto. Hallar una síntesis, pues, es sumamente dificultoso y no se pueden mostrar casos ejemplares. Pero los compromisos circunstanciales deberían subordinarse a los objetivos finales. Los sectores de izquierda que apoyaron o apoyan a los llamados “progresismos” no sólo han invertido esta máxima, sino que se han mostrado particularmente ciegos ante lo evidente: esos proyectos políticos no se proponen cambiar el sistema en lo que tiene de esencial.

[36] En Argentina, las propuestas ecológicas de Svampa y Viale se mueven en una zona gris que puede dar lugar a diferentes evoluciones en el futuro. Por un lado, sus intervenciones contienen una crítica muy rotunda al “extractivismo”, y han evitado hasta el momento brindar apoyo a los gobiernos “progresistas” (los cuales, por lo demás, han tenido un historial ecológico lamentable), cosa muy loable. Pero por el otro, en sus textos hay un cierto silencio en relación al capitalismo como fuente fundamental de los desastres ambientales. La insistencia en la necesidad de un cambio en la matriz y el sistema energéticos no está asociada a la necesidad de una transformación económica y social. Esto puede dar lugar a derivas políticas muy distintas en el futuro: tanto hacia cierto apoyo a propuestas progresistas si las mismas adquirieran un discurso más ecológico, como hacia una radicalización en un sentido más abiertamente anticapitalista. Véase sobre todo Maristella Svampa y Enrique Viale, El colapso ecológico ya llegó. Una brújula para salir del (mal)desarrollo, Bs. As., Siglo XXI, 2020. Una crítica ecuánime y atinada a esta obra es la que formulan Esteban Martine y Giulia Paglionico, “Sobre el colapso ecológico y los horizontes alternativos”, en La Izquierda Diario, 23 de julio de 2021.

[37] Significativamente, Emilio Santiago detiene su análisis en los países ricos del Norte, lo cual supone ignorar fenómenos como el imperialismo, la relación centro/periferia, la desigualdad entre estados, etc. Pero los problemas ecológicos son cada vez más globales.

[38] Vid. por ejemplo José Ardillo, Las ilusiones renovables, España, El Salmón, 2022.

[39] Hay traducción castellana: La naturaleza contra el capital. El ecosocialismo de Karl Marx, Barcelona, Bellaterra, 2022. Existe también una edición argentina, a cargo de Ediciones IPS, 2023. La edición original en inglés fue publicada por Monthly Review Press en 2017. La versión japonesa –cuyo título podría ser traducido como Antes del diluvio: Max y el metabolismo planetario– apareció en 2019.

[40] Kohei Saito, Marx in the Anthropocene, Cambridge University Press, 2022. El libro superó el medio millón de ejemplares vendidos, y Saito se convirtió en un autor frecuente en los grandes medios. Al respecto, véase Romaric Godin, “Kohei Saito y el pensamiento de Karl Marx”, en Viento Sur, 17 de marzo de 2023.

[41] Saito profundiza y radicaliza muchos elementos analíticos desarrollados por John Bellamy Foster en La ecología de Marx, Bs. As., IPS, 2022, cuya edición original en inglés data del año 2000. Ambos libros son muy importantes en términos políticos y filosóficos, aunque desde un punto de vista exegético tienden a «forzar» ciertos pasajes de Marx. Una breve pero atinada crítica a los excesos exegéticos de Saito ha sido formulada por Carlo Formenti: “Il Marx ‘verde’ di Kohei Saito”, en Per un socialismo del secolo XXI, 7 de marzo de 2024, disponible en https://socialismodelsecoloxxi.blogspot.com/2024/03/il-marx-verde-di-kohei-saito-mi-sono.html. Una evaluación de mayor extensión, comprensiva pero crítica de la obra de Saito (y en la que los aspectos exegéticos son bien abordados), es la de Esteban Mercatante, “Kohei Saito y la crítica ecológica de Karl Marx”, en FISYP, 3 de abril de 2023. Para una amplia y ecuánime evaluación de la obra de Saito, véase Alexis Capobianco Vieyto, “Noticias del Lejano Oriente. Reflexiones sobre La naturaleza contra el capital, de Kohei Saito”, en Corsario Rojo, nro. 2, verano austral 2023, sección Al Abordaje, disponible en https://kalewche.com/wp-content/uploads/2023/03/8-Resena-Saito.pdfVid. también Juan Duarte, “Kohei Saito: Marx y la llamada del Antropoceno”, en Ideas de Izquierda, 9 de abril de 2023; y Facundo Nahuel Martín, “Kohei Saito: contradicciones creativas del marxismo ecosocialista”, Ideas de Izquierda, 14 de mayo de 2023. 

[42] Matt Huber y Leigh Phillips, “Contre la décroissance neo-malthusienne, défendre le marxisme”, en Le Vent se Lève (LVSL), 19 de marzo de 2024, disponible en https://lvsl.fr/contre-la-decroissance-neo-malthusienne-defendre-le-marxisme.

[43] Es muy instructiva, en ese sentido, la lectura de Nicholas Carr, Superficiales. Qué está haciendo internet con nuestras mentes, Madrid, Taurus, 2010; como así también la de Manfred Spitzer, Demencia digital. El peligro de las nuevas tecnologías, Barcelona, Ediciones B, 2013.

[44] La crítica a la industria del turismo que desarrolla Bernard Charbonneau en la tercera parte de El Jardín de Babilonia, ob. cit., es exquisitamente demoledora. Véase también, con acentos semejantes, Rodolphe Christin, Contra el turismo. ¿Podemos seguir viajando?, España, El Salmón, 2023.

[45] En relación a esto, el pensamiento de Saito es, como poco, ambiguo. Como señalara Esteban Mercatante: “a pesar de las críticas que dirige Saito a las corrientes postcapitalistas por su ‘realismo capitalista’, la hoja de ruta política que propone no es en los hechos muy diferente”. Y luego agrega: “la necesidad de ‘expandir la democracia fuera de los parlamentos mediante la ampliación del ámbito de lo común hasta que alcance la dimensión de la producción’, no se alcanzaría ‘expropiando a los expropiadores’ capitalistas, sino mediante ‘cooperativas, la propiedad social o la ciudadanización’, cuestiones todas que aparecen como la creación de espacios ‘comunes’ sin una ruptura del régimen capitalista y su Estado, sino como procesos que ocurren en los marcos del mismo. Aunque se menciona la importancia de alcanzar el terreno de la producción, esto no aparece relacionado con una estrategia para que sea la clase trabajadora la que hegemonice en una perspectiva de transformaciones profundas, sino que el énfasis aparece en ‘asambleas ciudadanas’ y otras iniciativas similares para ‘renovar’ la ‘democracia parlamentaria’ en combinación con el municipalismo encarnado por ejemplos como el de Barcelona en Comú. Es decir, el mismo ‘realismo capitalista’ que criticaba parece impregnar la perspectiva de Saito”. Esteban Mercatante, “Kohei Saito y la crítica ecológica de Marx”, en FISYP, 3 de abril de 2023. En un sentido semejante se pronuncia Juan Duarte en “Kohei Saito: Marx y la llamada del Antropoceno”, en Ideas de Izquierda, 9 de abril de 2023.

[46] Aaron Bastani, Fully Automated Luxury Communism. A manifesto, Londres, Verso, 2019. Para una crítica a Bastani, véase Esteban Mercatante, “La perspectiva comunista en tiempos de inteligencia artificial y biotech” y “Ecología y comunismo”, en Ideas de Izquierda, 4 de agosto de 2019 y 11 de noviembre de 2023, respectivamente.

[47] Cfr. los datos oficiales disponibles en Euromomohttps://www.euromomo.eu

[48] Al respecto, vid. la magnífica exposición panorámica de Juan Erviti, sintetizada por escrito por José Ramón Loayssa, “Juan Erviti y las vacunas Covid-19. Un análisis sólido, completo y actualizado a la luz de las investigaciones científicas”, en Corsario Rojo, nro. 4, invierno austral 2023, disponible en https://kalewche.com/wp-content/uploads/2023/09/2-Loayssa-Conf-Eviti-y-vacunas-covid.pdf.

[49] Al respecto, no cabe más que recomendar enfáticamente la breve obra de Neil Postman, Por un ateísmo tecnológico. La cultura frente a la civilización informática, España, El Salmón, 2024.

[50] Esta es precisamente la orientación que expresa “Por un futuro comunista. Manifiesto de la Asamblea de Intelectuales Socialistas”, publicado en diferentes sitios de Argentina el 24 de marzo de 2024. Véase, por ej., https://kalewche.com/por-un-futuro-comunista-manifiesto-de-la-asamblea-de-intelectuales-socialistas.

[51] En Climate Change as Class War (Londres y Nueva York, Verso, 2022), Matthew Huber realiza un necesario análisis de clase de las cuestiones relacionadas con la crisis climática, pero su propuesta en clave de Green New Deal no sólo parece excesivamente destinada a una pequeña minoría compuesta por los países centrales e insensible a la depredación de la “periferia” que supone el “capitalismo verde”, sino también insuficiente para solucionar los problemas medioambientales. El objetivo de domesticar ecológicamente al capital, por lo demás, se antoja irrealista.

[52] Manuel Sacristán, Aforismos. Edición, presentación y notas de Salvador López Arnal, con prólogo de Jorge Riechmann. Publicado digitalmente por Rebelión:https://rebelion.org/docs/44140.pdf.

[53] Sacristán, “Comunicación a las jornadas de Ecología y Política”, en Pacifismo, ecología y política alternativa, ob. cit., pp. 12-13.

[54] Jorge Riechmann, El socialismo puede llegar sólo en bicicleta, Madrid, La Catarata, 2012.

Ir al contenido