Díaz Eterovic: “Esa interminable novela negra llamada Chile”.

En algún libro se cuenta que en el transcurso de una noche un extraño se acercó a la mesa de bar que ocupaba un escritor, y sin siquiera saludar le dejó sobre la cubierta un ajado cuaderno colegial. Era la historia de una ciudad triste que el extraño supuestamente inició cuando trabajaba de cuidador en un motel, y que luego, meses más tarde, terminó mientras esperaba en su oficina la llegada de sus primeros clientes. El hombre, el extraño, dijo ser un detective privado, aunque con el tiempo habló de sí mismo como el hombre que hacía preguntas e instaló en la puerta de su oficina una placa que hasta hoy dice: se hacen preguntas y nos interesan los asuntos del prójimo. De ese encuentro han pasado algo más de treinta años. Mis recuerdos son brumosos y tengo algunas dudas respecto a su veracidad. De lo que puedo dar fe es que el detective no ha dejado de llegar a mi casa, de sentarse a mi lado, pispear lo que escribo, y decirme, lentamente, mordiendo suavemente el filtro del cigarrillo que cuelga entre sus labios: deja esa tontería que estás escribiendo y escucha el caso que esta noche tengo para ti. Y suelo acatar la orden. Me aparto del computador, lleno dos copas y me dispongo a escuchar.

Otra versión de los hechos dice que el año 1985, fui premiado en un concurso de cuentos que me permitió viajar a Buenos Aires con el pasaje aéreo estipulado en el premio. En Buenos Aires me alojé en una pensión del barrio San Telmo, donde esbocé los tres capítulos iniciales de una novela sin nombre. Luego, a mi regreso a Santiago, me encerré durante una semana, y sin pausas terminé la novela que titulé La ciudad está triste. Desde que escribí esa novela, la mayoría de mis trabajos tienen al detective Heredia como protagonista. Y si bien he compartido sus novelas con otras de distintas características y con libros de cuentos, poesías y de relatos para niños, me considero un autor que como parte de su quehacer asumió la narrativa criminal con absoluta conciencia respecto a sus características y recursos, y no como un pretexto o argucia literaria, ni menos con los prejuicios que en ocasiones hacen pensar esta narrativa es un género menor. La calidad literaria es parte de su esencia, desde los cuentos de Poe, alguna novela de Balzac, o los escritos de Charles Dickens y Wilkie Collins, por nombrar algunos antiguos referentes. Y desde luego, la calidad literaria es un desafío que siempre me han planteado algunos de mis autores favoritos del género negro, como: Georges Simenon, Juan Madrid, Rodolfo Walsh, Rubem Fonseca, González Ledesma y Osvaldo Soriano, entre otros.

Mi opción por la narrativa policial la siento determinada por mi deseo de testimoniar desde lo delictual ciertas situaciones marginales existentes en mi país, creando el discurso de un antihéroe descreído, pero con la ética y el valor suficiente para mirar la realidad sin concesiones, para reflejar ese mundo que, al decir de Raymond Chandler en su célebre ensayo “El simple arte de matar”: “No es un mundo muy fragante, pero es el mundo en que vivimos”.

Heredia nace en medio de una dictadura que me tocó padecer cuando recién salía de la adolescencia y que durante muchos años condicionó mi entorno vital, mi educación, mis afectos, el desarrollo y difusión de mi trabajo literario, el modo de sentir y observar la vida. Al buscar un derrotero para mis primeros balbuceos literarios, llegó un momento en que pensé que los crímenes sistemáticos que provenían desde el poder político y económico tenían características abordables desde la novela negra, por todos los elementos de pérdida de credibilidad en la justicia y en los agentes policiacos, y los múltiples abusos contra las personas que se conocían y en algunos casos se trataban de ignorar o blanquear. Mi pretensión fue escribir de lo que me rodeaba, de mis vivencias y de las de muchos otros chilenos, y tratar que mis palabras provocaran en sus lectores una mirada más atenta, menos complaciente con esa interminable novela negra llamada Chile. Una novela que no deja de sorprendernos con nuevos capítulos tristes y oscuros.

Cuando escribí la primera novela con Heredia, no imaginé que tendría por tanto tiempo la compañía de este personaje, ni menos contar con lectores que siguen sus aventuras, visitan los lugares que él habita en la ficción, o me dan ideas para incorporar en las novelas. Tampoco imaginé que las aventuras de Heredia trascenderían las fronteras editoriales chilenas, llegando a tantas otras lenguas distinta a la española. Tal vez, en la personalidad de Heredia, en su visión de mundo, exista el reflejo de los sentimientos e ideas de otras personas, generándose una identificación que, en tanto responsable de su existencia, me resulta motivador para continuar sus aventuras. Heredia, por su parte, se las ha ingeniado para seguir a mi lado e imponerme sus historias, hasta convertirse —para decirlo a la manera de Paul Auster— en una suerte de “hermano interior” del que me preocupa no tener noticias todo el tiempo y al cual le debo muchas de las satisfacciones que he tenido en el oficio de escribir. Al mirar el conjunto de las novelas protagonizadas por Heredia siento que en ellas he trazado una suerte de cronología de la historia chilena de los últimos cincuenta años, y que en tal sentido Heredia ha cumplido un rol de testigo de esa historia, de aguijón que ha punzado en algunos temas especialmente sensibles en la realidad social chilena.

Gracias a la Universidad Nacional Andrés Bello por el reconocimiento que hoy me entrega por mi trayectoria de escritor; probablemente uno de los pocos trabajos que he asumido en mi vida con genuino entusiasmo y consciente de que es algo que da contenido y significado a mi vida. No soy de los escritores que dicen sufrir mientras escriben ni de los que dejan secar sus tintas o permiten que sus hojas de papel permanezcan en blanco por mucho tiempo. Soy feliz cada vez que tengo una idea que me impulsa a escribir y más aún cuando veo como la pantalla del computador o el papel donde escribo se van llenando de palabras, diálogos, escenas, desarrollos y desenlaces.

Gracias a los organizadores de Puerto Negro, festival que nace con grandes brillos que espero perduren en el tiempo. A ellos les debo la sorpresa de este reconocimiento. Mis agradecimientos a todos los que me han acompañado en mi quehacer literario: escritores y escritoras con los que he compartido vidas y experiencias, editores y trabajadores de editoriales, críticos literarios, lectores y lectoras de distintos ámbitos y lenguas, y desde luego a mi familia, incluyendo a los gatos que han vigilado atentamente mis procesos de escritura.

Cuando me iniciaba en este oficio que algunos definen como el segundo más antiguo del mundo, leí un ensayo del filósofo francés Jean Paul Sartre que marcó mi aproximación a la escritura. Hablaba del escritor y el compromiso con su tiempo. Decía Sartre que “el escritor tiene una situación en su época; cada palabra suya repercute. Y cada silencio también”. Desde entonces trato de ser fiel a mi compromiso con la vida, con mi tiempo y con la responsabilidad que conlleva cada palabra que escribo.

(Intervención de Ramón Díaz Eterovic al recibir el reconocimiento “Puerto Negro” por su trayectoria literaria, en el marco del Encuentro “Puerto Negro” organizado por la Universidad Andrés Bello. Viña del Mar, 20 al 22 de octubre de 2022).

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