Díaz Eterovic: “Esa interminable novela negra llamada Chile”.

En algún libro se cuenta que en el transcurso de una noche un extraño se acercó a la mesa de bar que ocupaba un escritor, y sin siquiera saludar le dejó sobre la cubierta un ajado cuaderno colegial. Era la historia de una ciudad triste que el extraño supuestamente inició cuando trabajaba de cuidador en un motel, y que luego, meses más tarde, terminó mientras esperaba en su oficina la llegada de sus primeros clientes. El hombre, el extraño, dijo ser un detective privado, aunque con el tiempo habló de sí mismo como el hombre que hacía preguntas e instaló en la puerta de su oficina una placa que hasta hoy dice: se hacen preguntas y nos interesan los asuntos del prójimo. De ese encuentro han pasado algo más de treinta años. Mis recuerdos son brumosos y tengo algunas dudas respecto a su veracidad. De lo que puedo dar fe es que el detective no ha dejado de llegar a mi casa, de sentarse a mi lado, pispear lo que escribo, y decirme, lentamente, mordiendo suavemente el filtro del cigarrillo que cuelga entre sus labios: deja esa tontería que estás escribiendo y escucha el caso que esta noche tengo para ti. Y suelo acatar la orden. Me aparto del computador, lleno dos copas y me dispongo a escuchar.

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