Cuento de Ewald Meyer: «Piso 13»

En un cubículo de madera de la portería, con el número ciento cuarenta y cinco, había una caja mediana, sellada con papel azul, y un rosetón verde. El portero la dejó sobre el mesón y me observó impertérrito. Extendí mi mano, examiné la caja y pensando en voz alta aseguré que los alfajores de la nona eran deliciosos. El portero no se inmutó y escribió en el libro el nombre que registraba el pasaporte: Ulises Cademartori. Tomé la llave del apartamento y con un ademán me despedí; no tuve ganas de hacerme el amable por segunda vez. En el ascensor los espejos reflejaron mi rostro cansado por el largo viaje. A pesar de los tres whiskis que bebí, mirando el escote de una mulata voluptuosa que dormitaba a mi lado, no tuve suerte con las turbulencias del vuelo y fue imposible dormir. El ajetreo del aeropuerto impidió que al menos me sentara a disfrutar de un café y pudiera deleitarme con ese aroma particular que tiene la gente corriendo por esos pisos platinados. El pito agudo del ascensor interrumpió las imágenes del viaje y señaló distraídamente mi nuevo habitáculo; era el cansancio que pedía una cama urgente.

El graznido de una gaviota retumbó en mis oídos como un grito destemplado que se iba alejando en la profundidad de mis sueños. Des- perté  alterado, soñé que estaba en mi casa y que la nieve se colaba por la ventana entreabierta que dejé antes de dormir. Los copos habían cubierto la alfombra roja que tengo en mi cuarto y la delgada capa de agua hervía por la calefacción, transformándola en un mar caliente. El sol hervía en mi frente esa era la realidad, y pesadamente fui a despabilarme con una ducha tibia. Por el ventanal del balcón vi los pechos blancos de dos gaviotas que cruzaban el aire, bajo la frescura del cielo estival.

Hace dos días que una mujer solitaria se baña en la piscina del condominio. Su cuerpo cuidado, se moldea con una diminuto bikini blanco. En las prístinas aguas de la pileta, su silueta parece quebrarse como las caretas que pintaba Picasso y la toalla hace un juego sensual cuando se la monta en la cintura. Ella piensa que la mañana le confiere soledad, sabe que en este exclusivo condominio los residentes llegan los fines de semana desde la capital cercana, y puede bañarse con total desparpajo a la usanza de las mujeres de clase acomodada. En cierta ocasión se quitó el bikini, dejándolo a un extremo de la pileta. Su cuerpo se mimetizaba con el agua turquesa que las mañanas de sol prodigan en estas latitudes. La belleza de la cintura esculpida y los pechos libres de toda atadura, le conferían un aire de ninfa escapada que me dejó pensativo durante la mañana.

Los días escapan rápido en el apartamento; una salida diaria para comprar víveres en un almacén cercano. Bajar a la portería a retirar la suscripción del diario que llega todas las mañanas, y algunas pequeñas cosas cotidianas en el amplio dormitorio completan mis días en este cubículo de cemento. Aún no ha sonado la campanilla del teléfono con la llamada acordada, y para combatir el aburrimiento, disimuladamente he tratado de obtener información de la mujer de la piscina; el conserje se ha deshecho en amables excusas, y no he sacado nada en limpio. Ayer decidido bajé a la piscina, estuve unas horas y regresé al departamento. El ascensor se detuvo en piso trece. Las puertas se abrieron lentamente  y la mujer de la piscina me saludó con amabilidad, preguntó si bajaba y le contesté que iba de subida. El acento forzando las erres, me dejó intrigado. No dijo nada. Entré atolondrado al departamento y fui de inmediato al balcón, esperé unos minutos hasta que apareció en el borde de la piscina. La observé nuevamente con intriga. Se quitó la blusa negra, un chapuzón y se fue. Esa noche la pesadilla volvió, el agua nuevamente que hervía en el piso y yo sin poder moverme de la cama. Desperté con la frente sudorosa: “Qué te pasa Cademartori” grité. En la oscuridad del gran ventanal intenté escuchar si en el piso inferior la rubia de la piscina me daba alguna pista. Busqué sin éxito estirarme por el balcón para ver en los pisos inferiores, pero fue inútil. Esa noche no iba más. Caí rendido en el sillón negro del living.

En el piso trece las tres puertas de color ocre parecen un acertijo, el semicírculo del pasillo, la escalera de emergencia y el cuartito de la basura son descartables en este juego y los dos ascensores siempre son la puerta deescapatoria ante la deserción. Me aventuré en el ciento treinta y cuatro. Toqué y la mujer de la piscina apareció tras lapuerta con sorprendente amabilidad. Llevaba una polera rosada, sus cabellos rubios caían desordenados sobre el rostro. Esos grandes ojos azules se incrustaron  de inmediato en los míos y percibí interés en la visita. Como me lo confesaría luego, nadie tocaba su puerta en semanas. Incluso los empleados del edificio deslizaban silenciosos, cartasvy otros documentos bajo la puerta. Sólo su marido que habitualmente olvidaba las llaves en la oficina de la minera en el sur golpeaba la puerta distraídamente. Con total naturalidad me invitó a pasar a la terraza. Dos gaviotas volaron a pocos metros del balcón una al lado de la otra. Las piernas de la mujer se cruzaron y pude ver sus muslos sensuales que adquirían un un tono provocativo. Le pregunté si no tenía miedo de estar con un extraño, pero ella sin inmutarse me reconoció como el hombre de ascensor. La insinuación no se hizo esperar y agregó que los hombres guapos no abundaban en esta ciudad. Nunca pidió explicaciones del porque había  tocado a su puerta. Era como si ambos supiéramos de lo que se trataba esto. Era como una aparición placentera en la cárcel de cristal.

En la pizzería que hay a dos calles del condominio, una pantalla gigante anunciaba las últimas noticias. Esa tarde me enteré del perso- naje en cuestión y vi su rostro en medio de luces y flashes, comencé a planificar el trabajo. La llamada llegaría en cualquier momento. Pagué a la joven y ella amablemente me dio una tarjeta anunciando repartos a domicilio. Llevé el teléfono hasta el balcón y me senté a esperar.

La caja azul con el rosetón verde permaneció en la mesa. Era el recordatorio diario de mi forzada estadía en ese lugar. La pistola y las balas doradas le conferían un aspecto barroco semejantes a esos cuadros iluministas. Ese era mi recorrido por las vidas de las gentes que había  perseguido por estrechos callejones deciudades extraviadas en los mapas. Viajes a lugares que ya no recuerdo, hombres de colores, ojos rasgados y miradastorvas eran mi cotidianidad. Hoy, en este país había  una pausa.

La mujer de la piscina tiene un nombre: Viera Mickiewicz. Nació en Cracovia y su marido, un ingeniero de Katowice trabaja intentando sacar carbón en el sur del país. Permanecía corto tiempo con Viera, pero ella noreclamaba contra la soledad de este país rezagado por la geografía. Para la polaca, el matrimonio era un contrato con deberes y derechos  al  cual no estaba dispuesta a renunciar. Estudió literatura rusa en la Universidad  Jagellónica  y como su afición a los libros e idiomas eran un pasatiempo pagado por el marido, aprendió con rapidez el español en la soledad del apartamento. Las erres clásicas de los centroeuropeos fue un vicio al cual ella no escapó. Con muchosarcasmo se reía de los chilenos  que con majadería la confundían con una alemana. Parece que todos son admiradores de Hitler por acá, me dijo una vez que nos quedamos en la terraza bebiendo hasta el amanecer. En Viena conocí una polaca exiliada del régimen comunista, había dejado a su familia en Vialistok a pocos kilómetros de la frontera rusa, y la atraparon imprimiendo un libro de un poeta censurado. Un rasgo peculiar en su forma de encararlos problemas se caracterizaba por una simpleza racional admirable, fuera de toda emoción y el entrañable amor a su patria. Sentenció que el comunismo sucumbiría y que el capitalismo, sería otro accidente en su país. Nunca más la volví a ver, pero la impresión que me causó por aquellos años quedó grabada en mi mente. Cuando cayó el muro de Berlín, recordé sus palabras. Viera, tenía un sabor a esa polaca exiliada sumergida en esos años fríos y difíciles del comunismo.

En nuestros  encuentros siempre evité llevar a Viera a mi apartamento. Me excusé afirmando que el lugar estaba convertido en un fiasco, dado el trabajo que realizaba con ahínco durante el día; mentí. Por las noches sigilosamente bajaba por la escalera de emergencia: Evitaba el ascensor. Ella en la penumbra me recibía con un fuerte abrazo.

Sus besos se hicieron inconfundibles en la oscuridad del zaguán de la entrada. Una noche dejó la puerta semiabierta y en medio de la penumbra su cuerpo desnudo permaneció inmóvil contra el vidrio del balcón, las luces de la bahía contorneaban la silueta de sus caderas perfectas. Hicimos el amor rabiosamente. Acabamos tirados en la alfombra, desnudos y exhaustos como dos adolescentes.

Dos días antes de mi partida, Viera tocó la puerta del apartamento. Estaba triste; su marido no vendría en un buen tiempo. Ella sin embar- go, nunca se quejó de la circunstancias y mantuvo la dignidad porque al menos su marido era parte de la patria, y la situación de lejanía de su querida Polonia ayuda a mitigar la soledad y el hastío. Fue un golpe a mi orgullo, pero las cosas habían sido de esa manera y reprochar algo no venía a lugar. Entró como un rayo y observó con atención todo el lugar; entraba y salía con rapidez por las piezas, e incluso de los baños. La ansiedad frenética se apoderó de Viera e hicimos el amor con furia, mi orgullo abatido y desencajado por esa rubia extranjera dieron más ímpetu al juego amatorio. Finalmente afirmó: “Ulises, eres un italiano cautivante”. Me dormí rendido entre sus senos turgentes. Cuando desperté no estaba    y al recorrer el departamento, vi la caja azul con el rosetón verde tirada sobre el piso.

Los guantes amarillos para lavar el retrete se veían ridículos, pero Viera no reparó en ello, porque el pañuelo cubría sus bellos ojos azules. El cuello suave de la polaca, no fue difícil. Un minuto en mis manos, el olor a hule, y Viera se desvaneció. No opuso resistencia, la sorpresa fue letal para ella. No necesité el revólver. Vendrían por mí, pero demorarían un par de días. Nadie jamás me vio en el departamento de Viera. Pero había algo con sabor amargo en toda esa escena, quizá el orgullo roto, quizá caer en la cuenta que para Viera era una diversión. 

Ya hace  mucho que no recordaba el sabor de una mujer llena de juventud, casi entregada contra el hastío de la soledad, para pasar el tiempo a como diera lugar. Era eso lo que me unía a la polaca, la soledad simple y dura. Ambos metidos en esos departamentos de cristal, cárceles al fin y al cabo que se vuelven fastidio cuando no perteneces a nada ni a nadie. Es tarde y oteo la playa, buscando algo. Sentado frente a la caja azul, con el rosetón verde en el piso, las balas refulgentes esparcidas, la pistola  muda en el silloncito que Viera trajo desde su querida Cracovia, viendo  los pechos blancos de las gaviotas pasar y deseando sumergirme en el agua hirviendo de copos de nieve, que brotan de la alfombra en mi casa, lejos de éste océano.

FIN

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