Cuento de Samuel Rodríguez Medina: «El denario de Bruto»

Oro, veneno más funesto… W.S.

Mi historia es la última, la historia final. Nadie estará preparado para leer las siguientes líneas.

Mi nombre es Stefan, me hice famoso, quizá demasiado famoso. Mi historia comienza con una moneda, la moneda más rara del mundo: el denario de Bruto, la más admirada de todas. Es una moneda sobria y eficaz, intimida a quien la observa, da poder a quien la posee, lo cual es en efecto el verdadero sentido del dinero. Quedan algunas cien en el mundo, mi padre guarda una en una bóveda secreta. Una tarde me la enseñó, la imagen quedó grabada en mi memoria, esos dos pequeños puñales desgarrando el corazón de la historia dejaron una profunda huella en mi ser.  Los pequeños puñales se clavaron en el fondo de mi mirada y modificaron para siempre mi relación con el instante. 

Muhammad Al Said, Rey del Sudán en el 1003 de nuestra era, logró acumular el equivalente a la totalidad de su territorio en monedas de oro. En 1324 Mansa Musa erigió una ciudad de bronce en medio del desierto de Mali, de la fuente de la mezquita principal manaban monedas de plata. Jacobo “El rico” vació un lago en Austria y lo llenó con dineros de todos los países del orbe. César Augusto IV, compró con monedas romanas a toda la población de Egipto y luego vendió como esclavos a más de la mitad cuadruplicando así sus ingresos. Juan de Innsbruck destruyó una colina y la reconstruyó con el botín obtenido en la exploración al Turkmenistán en 1777. Leopoldo de Bélgica llenó novecientos noventa vagones de tren con diamantes procedentes del Congo. En 1937 Fabián E. Rockefeller emitió su propio papel moneda para competir con el gobierno de Sudáfrica logrando derrocarlo y establecer un país de facto durante algunos meses. En 1999 un oligarca uzbeko colocó bustos de oro y esmeraldas en cada puerto de entrada al país. Todos ellos veneraban el dinero, lo tenían como la máxima expresión de la voluntad humana, estaban sometidos por la necesidad de poseerlo. Yo no, para mí el dinero es una liberación, una liberación que quise compartir con el género humano. 

Una tarde, ya mayor y antes de partir a una universidad en Inglaterra, mi padre definió mi destino. Por esas fechas regresábamos de unas vacaciones por el sur del continente, viajamos varias semanas por aquellas ciudades abigarradas y perversas que no por folclóricas dejan de ser indeseables. Fue un viaje en donde se propuso enseñarme el mundo. Regresamos hartos, enfermos de gente, incendiados por dentro y extenuados por el contacto insensato y constante con la humanidad. Verdaderamente odiamos aquella ciudad, pudo ser cualquiera: Lima, Sao Paulo, Valparaiso, México, Buenos Aires, digamos por comodidad que fue Caracas.  Al llegar a casa mi padre dijo la frase que hirió mi conciencia: “Mira, Stefan, lo que hemos visto es monstruoso, es necesario que la humanidad se estabilice y para eso deberíamos eliminar a trecientos cincuenta mil humanos por día, al menos durante un año. Se que es horrible decirlo, es preferible a callar, pero es lamentable la situación a la que hemos llegado”.  No dije nada, solo lo miré largamente, admirándolo. Ese día elegí mi carrera.  Un poco antes de partir a la universidad mi padre me regaló el denario. Lo guardé dentro de un libro, y solo lo veía en fechas especiales como el nacimiento de Henry Ford o cuando aprobaba algún examen. 

La toxicología es la carrera más filantrópica de todas. Estudiamos la muerte, la meditamos, la observamos a distancia y extraemos de la naturaleza una extraña continuidad de la vida.  En principio vigilamos lo que mata al cuerpo, lo que lo enferma.  Los venenos siempre me intrigaron, me emocionaba estar en un mundo al límite en donde todo es potencialmente mortal. Fueron años de arduo estudio, de noches interminables, de frustración e insomnio. Investigar sobre la variedad de venenos da a uno cierta resistencia ante la mirada social.  

Siempre me sentí un elegido, no sabía muy bien para qué, pero no tardé en averiguarlo. Una tarde, de esas tardes áridas de agosto, un compañero de clase me invitó a una junta de inversionistas en el edificio de la escuela de economía; como necesitaba distraerme un poco, asistí a la reunión. En principio los protocolos me parecieron inútiles, estuve a punto de irme, tanto traje a rayas y tantas caras moribundas hablando siempre de números y política me resultaban extenuantes. De pronto ocurrió la revelación. Adele era esbelta, segura de sí misma, llena de vida, luego también descubriría que estaba llena de muerte. 

El futuro demanda acciones contundentes, dijo la mujer apasionadamente. Su discurso era encendido, lleno de gracia y de poder. El dinero será nuestra salvación, continuó ya tomada por un fulgor sagrado. La sala reventó en aplausos, yo no sabía muy bien por qué, me parecía estar en el nacimiento de una secta o de una nación. El discurso perseveró hacia la exaltación de los valores de una nueva sociedad por formarse y en la necesidad de depurar el mundo partiendo de los países del sur. Una extraña agitación me habitaba las venas. 

Luego del discurso mi amigo me dijo que Adele necesitaba hablar conmigo, hecho que me sorprendió, pero que acepté sin preguntar demasiado. Entré a una sala sobriamente decorada. Una mala copia de “El Ángel de la historia” de Klimt nos vigilaba desde una de las paredes.

–Te necesitamos, Stefan. Eres el futuro tanto como lo soy yo. Tu talento es indispensable para que el mundo continúe, me dijo con los ojos a punto del llanto. Siempre supe que encontraríamos a alguien como tú, y ahora aquí estas, listo a cambiar el mundo. Eres bellísimo. Cambiaremos la historia, eres crucial para nuestra misión.

­–Perdona, Adele, estoy un poco perdido, ¿cuál sería mi papel?, dije tímidamente. 

–El más importante de todos: la limpieza.

–¿La limpieza?

–Tu profesión será la mejor pagada y al final pasarás a la historia como un salvador, no como un Mesías, sino como un salvador.

Estaba decididamente confundido, pero no podía dejar de admirar la serena belleza de la extraña mujer, era como si estuviera tocada por un halo divino y vengador.

–La clave esta en el dinero, Stefan, mira, te la regalo. Dejó en la mesa un denario de Bruto. La moneda más buscada de la historia. Ahora es tuya, tómala, como una muestra de mi cariño.  

Mis ojos relampaguearon, si era ya de por sí extraño que yo tuviera un denario de Bruto en casa, tener dos me parecía una confirmación. Tomé la moneda, recordé a mi padre, parecía mas pesada que la que yo tenía en casa, me sentí hipnotizado mientras un temor sagrado se apoderaba de mí. Sentí en mis dedos el concurso de generaciones de hombres y mujeres, sentí como la moneda cambió de lugar, de manos, de cuerpos, como fue vino, pan, aceite y fragancias. Como la moneda fue viajes y oraciones, placeres y lujuria, sentí que era una extraña metáfora del misterioso e irrevocable paso del tiempo y del viaje de la especie. Me sentí mínimo y descomunal a un tiempo, fugaz y eterno.

–Es fascinante, pero más fascinante serás tú. Tendrás a tu disposición todo un laboratorio, ahí, lejos del mundo y en plena libertad crearás la solución final y entonces la continuidad de la especie quedará sellada. La mujer me miraba firmemente como calculando mis movimientos.

–Pero ¿qué es lo que debo crear? 

–Somos muchos, Stefan, el planeta revienta, no hay sitio para todos. Si queremos vivir debemos matar, limpiar, depurar a los menos necesarios, es inevitable. 

Recordé las palabras de mi padre, sentí que estaba ahora frente a frente con mi destino. Me mostró unas fotos de las barriadas en Salvador de Bahía, en Calcuta, en México, me mostró la contaminación de los ríos y la deforestación de los montes. Me mostró la desnutrición en Biafra y la muerte callejera en Nueva Deli. Vi la desolación en los barrios de Bolivia y la muerte inclemente en el desierto de Sonora. Dijo que, para que exista un futuro, cualquier futuro, era necesario purificar la tierra entera.  Asentí.

–La humanidad nos necesita, el futuro nos convoca. Dijo Adele mientras su mirada se clavaba en mis ojos.                  

– Estoy listo. Dije con falso valor. 

–El dinero, Stefan, el dinero es la solución. Piensa en él. Es necesario que tome tus pensamientos, que te domine. Huélelo, duerme con él, hazlo tu guía, lleva tus ojos al límite de la ambición, el dinero es la clave de nuestra nueva humanidad.                    

Tomé en mis manos el denario, mi corazón estaba presto a cambiar la historia, aunque el cuerpo tuviera miedo. En principio pensé que Adele confundía mi profesión con la de un alquimista. Pensé que me forzarían a elaborar alguna fórmula que multiplicara el dinero para entregarlo en las barriadas, o en transformar el barro en plata pura o alguna imposibilidad similar, pero no fue así. Poco a poco fui descubriendo el fin de mi misión. Desde ese día llevo los denarios de Bruto conmigo, pronto entendí que quien ama el dinero debe necesariamente perder la clemencia, ese lastre.  El plan era contundente: consistía en elaborar un veneno total, o más bien el último veneno capaz de impregnar las monedas con que la gente de las barriadas del mundo paga sus cuentas y compra sus alimentos. Los ricos, como se sabe, no tocan nunca el dinero, les parece tan vulgar que han inventado todo un sistema de pagos y cobros fantasma en la que jamás tienen contacto con el papel moneda y que les da una falsa sensación de pulcritud. El veneno debía ser indetectable, inodoro, insípido, fatal, de efecto retardado y duradero. 

Trabajé poseído por un fuego sagrado. La labor fue ardua, hicimos miles de pruebas, primero con primates, luego con canguros, mas tarde con el personal de servicio del laboratorio y con sus amigos y familiares. Algunas personas morían, otras vivían, otras quedaban en coma. Poco a poco fui perfeccionando la fórmula, poco a poco las ideas llegaban a mi cabeza, los ingredientes se aclaraban y las muertes eran de mejor calidad. Para las pruebas finales notamos como el veneno se adhería perfectamente a las monedas y duraba días. Mi invento era cada vez más mortífero, era casi perfecto. La limpieza estaba en marcha. 

Una tarde decidimos hacer una prueba continental, elegimos un pueblo al azar, simplemente tomé un mapa, lo abrí y elegí arbitrariamente. El dedo cayó en Yby Yau, una ciudad de cuarenta mil habitantes al oeste del Paraguay. Envíe las dosis, las monedas y un poco de veneno extra por si faltaba. Para mi sorpresa el veneno fue todo un éxito. Varios helicópteros dejaron caer miles de monedas a las afueras del pueblo, la gente corrió a recogerlas, tres días después todos estaban muertos. Adele diseñó una estrategia de comunicación para convertir el veneno en una peste, en un nuevo brote de la gripe española. El plan estaba en marcha y era imparable.  

Hicimos algunas pruebas más: en África, en el sur de Vietnam, en La Patagonia, en Timor Oriental; muertos y más muertos regaban los campos, las playas, los barrancos. La adicción al dinero salvaría por fin a la humanidad. El resto fue mucho más sencillo. Los gobiernos del mundo entendieron la belleza del proyecto, se introdujo una moneda en común, se crearon grandes bodegas para impregnar del veneno al producto final y Adele instruyó a los noticieros que desplegaran una campaña para anunciar una nueva peste. Entonces la muerte fue liberada. 

Adele tuvo la pertinencia de mandar construir crematorios y hornos móviles que se instalaron en las barriadas del mundo. Un humo sagrado cubrió la atmósfera de los países del sur, la prensa difundió por todo el globo la historia de una nueva gripe española, el plan era perfecto. En menos de un año vaciamos las ciudades más pobladas del sur, de México a Buenos Aires, de San Pedro Sula a Ciudad Juárez, de Caracas a Santiago. Arrasamos a Bangladesh, a Myanmar, a las Filipinas, de Corea del Norte y de Indonesia solo quedó el recuerdo. Toda África, toda India y toda la China comunista fueron un suculento banquete para las bestias. Yo sentía místicamente el agradecimiento de la tierra, el canto de los ríos y el descanso de los campos. No creía en la palabra exterminio, esto era una necesaria devolución de los derechos que teníamos algunos de habitar el planeta en paz. La sonrisa de Adele bendecía la nueva tierra.

Mírala, aquí esta, una Stefan; la nombramos como tú y en tu honor, ¿qué te parece? Me dijo con esa sonrisa enigmática que siempre la acompañó.  Era una moneda perfecta, en una cara tenía una pequeña banda imperial en la que se leía la palabra “futurus” y por la otra un ojo abierto que miraba complacido a la humanidad. Esta será ahora la moneda más famosa de la historia. Tócala, no tiene el veneno aún, es para ti. Besó la moneda, me besó en los labios y la dejó entre mis manos, se veía ahora un poco mayor, sin embargo, su mirada era más impactante que antes. Hemos triunfado, o más bien has triunfado, Stefan. Ahora viene lo mejor, dijo antes de cerrar la puerta. El eco de sus palabras resonó en mi mente durante toda la noche.

Una tarde, sin más, fui expulsado con violencia del laboratorio. Entendí que aquello fue una decisión expresa de Adele. Calculo que en un punto dedujo que quien realmente iba a ser considerado un héroe por la nueva sociedad era yo y no ella. Un helicóptero me depositó bruscamente cerca de Managua o de lo que en un tiempo fue Managua. Entonces lo vi todo, la muerte infestaba las calles, los hospitales eran zona de guerra, los cuerpos se amontonaban en grandes colinas humeantes junto a pilas de dinero. La muerte reinaba sobre todos y en todo, aun así, la gente seguía recogiendo el dinero que los helicópteros lanzaban cada día. Era un maná maldito que mataba con saña y que nadie podía negarse a recolectar, la adicción al dinero era más fuerte que ellos. Vi en la calle miles de monedas esparcidas, y a decenas de niños llevándolos a casa a manos llenas, quise gritar, no pude, el grito se me ahogaba en la garganta, asfixiado por los millones de muertes que llevaba dentro de mí.  Me quedé en una esquina, petrificado, tratando de esconderme entre el humo y la ceniza, derrotado por todos lados. Ahí estaba yo, el más lúcido de los hombres, el más abyecto, el último asesino, el mejor científico, el dios degradado a mortal.

Había tomado la precaución de sacar del laboratorio varios guantes especiales que me protegerían un tiempo de mi propia invención. Así he sobrevivido estos meses, no sé cuanto tiempo mas lograré soportar. La calle es desolación, aquí todo es enfermedad, degradación y olvido, hace un calor terrible y millones de moscas nos devoran. Donde quiera que esté siempre hay un muerto cerca de mí, nunca lograré borrar de mi memoria las caras de los muertos, el humo de los crematorios lo cubre todo. La gente ha descendido al salvajismo más abyecto, en medio estoy yo, rodeado de millares de Stefan y escuchando a lo lejos la risa macabra de Adele que se prepara para repoblar la tierra y para ser la nueva reina del cielo.

Llevo en mis bolsillos los denarios de Bruto y algunos Stefan. Siento su gravitación sobre el alma del tiempo, siento su profunda inutilidad y la irremediable potencia destructiva que mana de su ser. El mundo se harta de muerte. Me aterra pensar que mi nombre y los dos pequeños puñales incrustados en la moneda son el arma más efectiva que la humanidad jamás concibió.

Fin

México, 2023.

*Samuel Rodríguez Medina, es autor de libros como La Ausencia, La isla inestable y El despertar de la mirada, editados por Arkho Ediciones en Buenos Aires. 

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