Cuento de Samuel Rodríguez: «La nueva fe»

I

El sacerdote despertó justo antes de la medianoche. Sintió un relámpago iluminar el rumor de la selva. Yacía entre despojos humanos, entre ojos desorbitados, entre manos arrancadas violentamente que aún sostenían objetos sin importancia aferrándose inútilmente a un último trozo de vida. En unas horas sería un cuerpo muerto, esparcido en la oscuridad del tiempo.

El olor a sangre hería el instante, una cucaracha hambrienta le subía por la sien, no podía moverse. Intentó llamar a alguien, pronto supo que era la única persona viva en la habitación. Un malestar ascendió por su cuerpo hasta poseerlo por completo. Sabía que merecía morir, más que nadie merecía morir, absorbido por el hambre de las cucarachas, o desangrado en medio de la nada.

Era un niño cuando lo arrancaron de la casa de sus padres, estaba destinado al Templo de la Luna Nueva. El Templo era imponente, pero a él siempre le pareció una ruina. Creció rodeado de fastos y rituales, la escultura del dios lo vigilaba con sus ojos helados. Siempre quiso ser el sacerdote del Templo Mayor, sin embargo, su mísera potencia sexual le impedía escalar posiciones en la jerarquía sacerdotal. Sus compañeros eran insaciables, poseían a hombres y mujeres con una bestialidad incontenible. En el Templo de la Luna Nueva, el sexo corría como un río de lava sobre los cuerpos de la gente. Las lenguas se avivaban, los pezones reventaban en las bocas ávidas, los sexos se unían en una andanada de humedad caliente que elevaba el calor de la selva, los muslos de las mujeres, duros como el día, se abrían expectantes para recibir la furia de los sacerdotes. El cuerpo era entonces el receptáculo de la miel sagrada que ellas recibían en sus bocas cálidas, en sus pechos de jade. Las piernas se abrían como animales ebrios, los dedos se perdían en huecos infinitos que descubrían su verdad en alaridos de furia. 

Aquellas noches hervían en la memoria del pueblo, el dios se revelaba en la orgía y la orgía se revelaba en el dios. Solo él quedaba fuera del ritual, sólo a él le estaba vedado el derecho a envolverse en la voz misteriosa de los dioses que hablaban entre orgasmos púrpuras y erecciones eternas que vertían su gloria sobre la oscuridad del mundo.

Soñaba con una religión pura, sin mancha de hombre, sin carnalidad ni bestias. Soñaba con una fe en la que el espíritu del dios consumiera los deseos del cuerpo hasta evaporarlos en oraciones y plegarias. Estaba listo a fundar el culto al espíritu y acabar para siempre con el dominio de la carne. El dios debía descender a la tierra y tragarse al cuerpo completamente, hacerlo suyo, consagrarlo en una unión tan íntima que no quedara sitio para la suciedad de los sentidos.

En la punta de la pirámide los sacerdotes devoraban a las doncellas, una serpiente de piedra vertía la sangre de las víctimas sobre la ciudad dormida, la noche brillaba como un ópalo recién descubierto. El miembro muerto del sacerdote se secaba tristemente entre sus piernas.

A lo lejos, la aurora presagiaba el fin del mundo. 

II

Las campanas de la iglesia llamaban a misa. Un viento sombrío enfermaba el ambiente. El tañer sonaba simultáneamente a triunfo y a tierra muerta. El sacerdote vestía de hábito, había cambiado su nombre, otro idioma poblaba su lengua y otro cielo arrebataba su alma. El Dios sin rostro ocupaba ahora sus pensamientos. 

Un escapulario con la imagen de San Benito colgaba orgullosamente de su pecho. Recordaba con fervor la muerte de sus hermanos a manos de los conquistadores, para nadie era un secreto que él había revelado el escondite oculto del último Tlatoani, para nadie era un secreto que había ordenado quemar los códices milenarios y que había orinado con furia sobre las cenizas. La nueva fe cundía como un veneno sobre valles y montañas, él la abrazaba con todas las fuerzas de su alma, su cuerpo era ahora la habitación del Dios conquistador. No necesitaba purificarse, estaba libre del peor de los pecados. Su entrada al cielo empezaba entre sus piernas. Ese falo inservible era la expresión más grande de que la divinidad lo había escogido para llevar el mensaje de amor y condena eterna a sus hermanos sobrevivientes y así llenar la tierra salvaje de amantes perpetuos del nuevo Señor, aunque para esto hubiera que arrancar a los viejos dioses, aniquilarlos, expulsarlos para siempre de la tierra y con ellos sus orgías y sus banquetes de sangre.

Durante años respiró amenazas de muerte contra los insumisos, recibió cartas de los conquistadores para actuar contra los rebeldes de la fe. Llevó presos a cientos de hombres y mujeres que se rehusaban a abandonar a los dioses. Persiguió con rigor a los insurrectos, torturó a los que antes eran sus amigos, asesinó a los inconformes, destrozó a los ídolos, arruinó cosechas en nombre de la verdad; su furia era implacable. Nada escapaba a su ira, deseaba cubrirlo todo con el amor del nuevo Dios. 

Por mucho tiempo asoló a los rebeldes. Cada muerte era un triunfo del espíritu, cada tortura una victoria contra el cuerpo, cada falo cercenado un mensaje divino, cada persecución acercaba el cielo a la tierra. Su figura era la figura de la muerte, su rostro, el rostro de la fe. Destruyó piedra por piedra el Templo de la Luna Nueva y construyó en el mismo sitio una iglesia majestuosa que dominaba el valle desde la colina; así, las piedras que antes albergaron miles de orgías delirantes eran ahora el receptáculo de la pureza, de la caridad y de la santidad.

III

Cuando la imagen llegó a la iglesia, el sacerdote se encontraba instruyendo en la doctrina a un grupo de facciosos recién capturados en un pueblo lejano. Era la imagen de una virgen que sería la patrona del lugar y símbolo de la unión entre conquistadores y conquistados. La piel de la virgen era del color de la canela, su semblante sereno parecía dispuesto a acoger a todo aquel que sufriera la voracidad de los dioses antiguos. Una luna negra dormía bajo sus pies; la mujer reinaba en el eclipse, su figura se debatía y triunfaba sobre la densa oscuridad. Una luz errante y moribunda en el fondo de la imagen embriagaba a las edades.

Un silencio cósmico envolvía el interior de la iglesia, la soledad del templo solo era rota por los pasos vacilantes del sacerdote que se acercaba incrédulo a contemplar la imagen. Sus ojos crepitaban, las manos le temblaban incontrolablemente, un atisbo de fiebre le nublaba la vista, el calor de la selva sofocaba sus pensamientos ahora heridos por la presencia de aquella mujer imposible. 

El hombre cayó de rodillas, la belleza de aquel semblante vencía todas sus resistencias, un temblor le habitaba el cuerpo, la voz no acertaba, un frío sutil le congelaba las palabras, su rostro se tornó pálido como la hierba marchita, parecía un muerto. Algo crecía entre sus piernas, la punta del falo se encumbraba en su cuerpo como nunca lo había hecho, la fuerza de la sangre irguiendo el miembro muerto estaba a punto de reventar la historia. El sacerdote se agitaba desconcertado, la imagen de aquella mujer elevaba sus deseos a niveles incontrolables. Las estrellas que titilaban eternas en el manto, la mirada sosegada, las manos unidas, listas a consolar al caminante, los pechos recién nacidos que se intuían bajo la túnica celeste; toda aquella armonía espectral se impactaba directamente en los deseos del hombre hasta hacerlo estallar en un torrente de miel asesina y ardiente.

Los sacerdotes lo encontraron lamiendo la imagen, rasgándola con el ardor de un animal, sus ojos desorbitados pedían al cielo que sobreviniera el fin del mundo, aullaba como un loco, gemía igual que un ave el día del celo. 

IV

El sacerdote despertó justo antes de la medianoche. Sintió un relámpago iluminar el rumor de la selva. Yacía entre despojos humanos, entre ojos desorbitados, entre manos arrancadas violentamente que aún sostenían objetos sin importancia aferrándose inútilmente a un último trozo de vida. En unas horas sería un cuerpo muerto, esparcido en la oscuridad del tiempo. 

Antes de morir, supo que la nueva fe, la verdadera nueva fe, ya palpitaba entre sus piernas.

Al autor se le puede contactar en @samuelrodriguezdiciembre.

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