Cuento de Lou Reed: «El regalo»

Waldo Jeffers había alcanzado su límite. Eran ya mediados de agosto, lo que significaba que se había separado de Marsha hace más de dos meses. Dos meses y lo único que podía mostrar eran tres cartas dobladas y dos llamadas de larga distancia muy caras. Es verdad, cuando la escuela terminó y ella regresó a Wisconsin y él a Locust, Pennsylvania, ella había prometido mantener una cierta fidelidad: Saldría de citas ocasionalmente, pero como una mera distracción. Ella seguiría siendo fiel.

Pero últimamente, Waldo había empezado a preocuparse. Tenía problemas para dormir por las noches y cuando lo hacía, tenía horribles pesadillas. Se quedaba despierto toda la noche, dando de vueltas bajo su colcha; lágrimas caían de sus ojos al imaginarse a Marsha y sus votos de fidelidad rotos por el alcohol y el suave calmante de algún neandertal, finalmente  sometiéndose a las caricias del abandono sexual. Era más de lo que la mente humana podía soportar.

Imágenes de la infidelidad de Marsha lo acosaban. Pensamientos diurnos sobre su abandono sexual penetraban en su mente. Y el asunto era que nadie entendería cómo se sentía Marsha. Sólo Waldo podía entenderlo. Había escarbado en cada rincón y hendidura de su mente. Él la hacía sonreír. Y ella lo necesitaba, pero él no estaba ahí. (Awww…)
La idea vino el jueves, antes que el Desfile de los Mummers fuera a mostrarse. Había recién acabado de podar el césped de los Edelsons por un dólar con cincuenta y fue a revisar su buzón para ver si había algo de Marsha. No había más que una circular de la Compañía de Aluminio Forjado de Estados Unidos, inquiriendo sobre sus propias necesidades. Al menos ellos se dignaban a escribirle.

Era una compañía neoyorkina. “Puedes llegar a cualquier lugar con el correo”. Entonces se le ocurrió. Cierto, no tenía dinero suficiente para ir a Wisconsin de una manera convencional, ¿pero por qué no enviarse por correo? Era absurdamente sencillo. Se enviaría por correo como entrega especial. Al día siguiente Waldo fue al supermercado a conseguir todo el equipamiento necesario. Compró cinta masking, una corchetera y una caja mediana precisa para alguien de su contextura, juzgando con un mínimo de esfuerzo como para viajar relativamente cómodo. Un par de agujeros para respirar, un poco de agua, tal vez algunos bocadillos de medianoche, y probablemente viajaría tan cómodo como en clase turista.

La tarde del viernes Waldo ya estaba listo. Se había embalado a sí mismo y el empleado de correos había quedado de recogerlo a las tres en punto. Rotuló el paquete como “Frágil” y se acurrucó dentro de la caja, descansando en un cojín de espuma que había escogido muy prudentemente. Trató de imaginar el rostro de Marsha mientras abría la puerta, veía el paquete, le daba su propina al repartidor y luego abría la caja para ver finalmente a Waldo ahí mismo en persona. Se besarían y tal vez luego podrían ver una película. Si sólo se le hubiera ocurrido antes. De pronto, un par de manos toscas tomaron el paquete. Cayó con un ruido sordo en un camión y se fue.

Marsha Bronson recién terminaba de arreglarse el cabello. Había sido un fin de semana duro. No recordaba haber bebido tanto. Bill había sido amable al respecto, sin embargo. Después que todo había terminado le dijo que aún la respetaba y que, después de todo, era naturalmente lo esperable de las cosas, y si bien no la amaba, sí sentía un afecto especial por ella. Pero que después de todo eran adultos racionales. Oh, Bill podría enseñarle a Waldo. Pero eso parece de hace muchos años atrás.

Sheila Klein, su mejor e íntima amiga, atravesó la puerta mosquitera y entró a la cocina. “Oh, Dios, qué sentimentales están las cosas afuera“. “Te creo. Me siento incómoda”. Marsha apretó el cinturón de seda de su bata de algodón. Sheila deslizó sus dedos sobre algunos granos de sal sobre la mesa, lamió su dedo e hizo una mueca. “Se supone que tengo que tomar estas píldoras de sal, pero –frunció su nariz- me dan ganas de vomitar”. Marsha empezó a acariciarse bajo la barbilla, un ejercicio que había visto en televisión. “Dios, ni me hables de eso”. Se subió a la mesa y fue hasta el fregadero, donde recogió una botellita con vitaminas rosadas y azules. “¿Quieres una? Se supone que son más ricas que un bistec”, y luego trató de tocar sus rodillas. “No pienso volver a tocar un daiquiri por el resto de mi vida”.

Se cansó y volvió a sentarse, esta vez más cerca de la mesita del teléfono. “Quizás, Bill llama”, dijo a Sheila. Ésta se mordisqueó una cutícula. “Después de anoche, pensé que ibas a terminar con él”. “Sí, sí sé a lo que te refieres. Mi Dios, era como un pulpo. Tenía las manos por todos lados”. Hizo un gesto, levantando sus brazos en señal de defensa. “La cosa es que, después de un rato, una se aburre de pelear con él. Tú sabes. Y después de todo, no hice nada ni el viernes ni el sábado, así que como que le debía una, ya sabes a lo que me refiero”. Empezó a rascarse. Sheila rió, cubriéndose la boca con su mano. “Te diré que a mí me pasó algo parecido, y después de un rato –entonces se inclinó hacia adelante y dijo en un murmuro- como que quería hacerlo”, y ahora se reía escandalosamente.

Fue en ese momento que el señor Jameson, de la Oficina Postal Clarence Darrow, tocó el timbre. Cuando Marsha Bronson abrió la puerta, éste la ayudó a cargar el paquete. Hizo firmar sus papeles amarillos y verdes y se fue con la propina de quince centavos que Marsha le había robado a su madre de su monedero beige. “¿Qué crees que sea?”, preguntó Sheila. Marsha permaneció con los brazos doblados detrás de su espalda y miró la caja de cartón café que yacía en el medio de su sala. “Ni idea”.

Dentro de ella, Waldo temblaba de emoción al escuchar las voces sordas. Sheila deslizó su uña sobre el masking tape que recorría el medio de la caja. “¿Por qué no te fijas en el remitente y ves de quién es?”. Waldo sentía su corazón palpitando. Podía sentir los pasos vibrar. Sería pronto…
Marsha caminó alrededor de la caja y leyó su rótulo. “¡Ah, Dios, es de Waldo!”. “Ese tarado…”, replicó Sheila. Waldo tiritó de nervios. “Bueno, igual deberías abrirlo”, dijo Sheila y ambas intentaron abrir la tapa. “Ahsst”, gimió Marsha, “debe haberla engrapado”. Volvieron a tironear de la tapa. “¡Mi Dios, se necesita un taladro para abrir esta cosa!”. Volvieron a tirar. “No se puede abrir ni un poco”. Ambas permanecieron de pie, exhalando fuertemente.

¿Por qué no consigues unas tijeras?”, dijo Sheila. Marsha corrió hacia la cocina, pero lo único que encontró fueron un par de tijeras de bordado. Entonces recordó que su padre conservaba una colección de herramientas en el sótano. Bajó al sótano y cuando volvió, llevaba en sus manos un serrucho. “Es lo mejor que encontré”, dijo sin aliento. “Toma. Ábrelo tú. Yo me voy a morir”, y se hundió en un sillón mullido, exhalando ruidosamente. Sheila trató de hacer un espacio entre la cinta y el cartón de la tapa, pero la hoja del serrucho era demasiado ancha y no cabía. “¡Maldita sea!”, dijo exasperada. Y luego sonriendo, “tengo una idea”. “¿Qué?”, dijo Marsha. “Tú mira”, dijo Sheila, tocándose la frente con un dedo.
Dentro de la caja, Waldo estaba tan asfixiado por la emoción que difícilmente podía respirar. Su piel se sentía sensible por el calor y podía sentir su corazón palpitando en su garganta. Sería pronto. Sheila se paró y caminó alrededor de la caja. Luego se puso en cuclillas, sosteniendo el serrucho, inspiró profundamente y sumergió la hoja a través del paquete, a través de la cinta masking, a través del cartón, a través de la espuma y (golpe) justo a través de la cabeza de Waldo Jeffers, que se partió ligeramente e hizo brotar suave y rítmicamente pequeños arcos rojos palpitantes en el sol de la mañana.

Escucha el cuento acá, musicalizado por Velvet Underground