Cuento de Juan García Brun: «Verwildert»

El deslumbrante resplandor que definía el contorno de la montaña provenía de una cárcel imperial. Más abajo, pequeñas quebradas eran delineadas suavemente por la iluminación interior de las viviendas: una línea irregular y contradictoria de dinteles y perfiles asustados, oteando en la dirección en que hacíamos fuego.  El jefe, a quién llamábamos «El Rey», nos indicó que debíamos soltar los caballos y proseguir la operación armados de mazas, puñales y cadenas. 

Lampiño —con una especie de turbante hecho de paños de loza y alambres atados—  nos señaló tan afónico como determinado que esta sería la batalla definitiva y que no necesitaríamos volver a correr, cualquiera sea el desenlace del enfrentamiento. Sus gestos apenas visibles, aguzados, de pómulos altos y unas canillas resecas que parecían lijas a fuerza de la monta, hacían de su discurso algo inevitable y fuera de toda racionalidad. La guerra debía ser transformada, es lo que pude entender.

Arriba, la noche ciega y fría transcurría como una serpiente. Subíamos quemando las chozas y lacerando niños, mujeres, ancianos y toda alma impedida de correr en esa tiniebla. Sentí que con ello me liberaba de una muerte infamante y atroz. Habría —años después— algo gracioso en esas súplicas que parecían un idioma alejándose. De reojo, en punto ciego me gustaba decir, Demonios marchaban con nosotros, inseguros entre el brillo de las hachas. 

Dibujé las operaciones, todas las operaciones en un cuaderno a rayas. Las fosas, los empalamientos, los cuerpos ocultos. El perfume de esa noche. Todo. Supe como alta conclusión y concepto que debía dibujar esa batalla. No para ninguna memoria, no para que se sepa que García estuvo allí. No, porque el único propósito estaba en manos de nuestro enemigo.

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