Cuento de Juan García Brun: «Nájera»

Desde hace un tiempo que amanecía todo llovido. Un arco de nubes grises y un viento que acuchillaba, parecían fijados en la parte superior del paisaje. Por una enfermedad no diagnosticada empecé por quedarme en la casa en las mañanas, a medio vestir y luego empujado  simplemente por el frío, me quedaba acostado en un dormitorio sin ventanas que quedaba junto a las bodegas. 

Mi casa —un extenso e informe caserón de la segunda mitad del siglo XIX— era atendida por empleados de labores inespecíficas y remuneraciones igualmente esporádicas, sosteniéndose principalmente en un inveterado espíritu servil que por razones que no son del caso ventilar, compartíamos mi familia y yo.  

Parte del personal vestía como mendigo, otros habían instalado pequeños negocios en las ventanas que daban a la avenida. Los menos usaban ropa deportiva que habíamos dejado en desuso. Mi familia —empujada también por esta situación— comenzó a trabajar remuneradamente, dentro y fuera de la casa. Sonia salía en las mañanas y en algún momento me dio a entender que prestaba servicios con un agente de aduanas.

Esa mañana —pensé que amanecía pero en realidad anochecía— llegué a la zona de la cocina con la idea de que me sirviesen desayuno. Silenciosamente la cocinera me sirvió un café, preparó unos huevos con tocino y dejó un pequeño vaso de ginebra. «Para el frío» susurró. Luego me preguntó a qué hora debería servir la cena. «El joven no llegará esta noche, don Antonio» lo dijo con un tono enfático y maternal, un poco para hacerme ver la hora que era y un poco para advertirme que ella tenía una jornada de trabajo definida. Le aclaré que hoy no cenaríamos y bebí el corto de ginebra en un trago, para dejarlo en la boca del lavaplatos.

Un viento  intenso se apoderaba de las calles haciendo temblar el alumbrado. Decidí tomar el último tren de la noche. Tenía un poco de fiebre —nada invalidante— pero tenía que viajar. Durante el viaje se desató una tormenta eléctrica y por radio me informé que se habían cortado las vías de regreso. Mientras escuchaba la información, los relámpagos sacudían la oscuridad del vagón vacío.

En la madrugada el tren se detuvo. Había dejado de llover y el tren se había  detenido en lo que parecía el silencioso acceso a un complejo industrial. Afuera no había iluminación y mi vista sólo lograba discernir unos muros regulares de bloques de cemento cubiertos por una espesa capa de musgo. El hombre que corta los boletos, un joven delgadísimo que diría bailaba dentro de su uniforme, me dijo que no podríamos seguir y que el ejército había dispuesto de autobuses «para continuar con su viaje», creo que fueron las palabras que utilizó.

Acompañado por una patrulla militar subí al autobús, un simple micro de recorrido urbano, que estaba atiborrado de gente, maletas  y cajas de mercaderías. Los hombres jóvenes íbamos de pie. No recuerdo con claridad esa parte de viaje, tengo la imagen de haber pasado por patios interiores de pequeñas casas de campo, recuerdo unos gallineros inundados y también los faros de unos helicópteros que parecían patrullar unas colinas en luminosas acciones de guerra  bajo la lluvia.

Retomamos el tren, un tren más pequeño de trocha angosta y vagones de madera en el que seguí de pie. Compré un café dulce y una marraqueta con queso caliente. El acento de la gente era marcadamente campesino, primera generación en la ciudad a juzgar por sus vestimentas. Llamaban río al lago que bordeábamos, cuestión que se explicaba porque se estaba secando y su adelgazamiento daba esa impresión aún cuando la forma del lago era perfectamente visible y se conformaba por su lecho de piedra, aunque eso sólo se veía desde la altura. El agua del lago parecía viva e incandescente. Era mediodía y las sombras eran mínimas en todo el valle. El tren se internaba en un terraplén que atravesaba humedales en los que se veían árboles muertos, casas abandonadas y estructuras metálicas que bien pudieron ser maquinaria agrícola para la cosecha de una enorme producción.

La llegada al pueblo me resultó un tanto abrupta, de verdad me hubiese gustado que el camino hubiese sido un par de horas más largo. La estación de llegada era pequeña, casi un puesto ferroviario y quedaba junto a la plaza. Tomé un taxi, un Falcon conducido por un hombre mayor, un tipo grueso con cara de cocodrilo. Le pedí que me llevara a la Academia y respondió «otro más». Ese tramo lo dormí.

Llegué atrasado y ya estaban dando la prueba. Los alumnos estaban repartidos por toda la planta baja de la edificación. La profesora me asignó un banco con vista a lo que parecía ser una salida al mar.

«Señale los cinco principales poetas religiosos de Chile, período colonial».  Esta era la pregunta, cinco poetas religiosos del Chile colonial. Sentí  que la pregunta era inabarcable y que mi fiebre me hacía sentir escalofríos. Me dio la impresión de que debí haberme quedado en mi casa y no venir a humillarme poniéndome en esta situación escolar. Pasé años peleando con Thayer Ojeda y con Larrain, todas las disquisiciones sobre la autoría de Purén Indómito si Arias de Saavedra —el verdadero autor— o Álvarez de Toledo. Todos esas investigaciones para nada, para terminar respondiendo una interrogante de crucigrama.

En ese momento pude darme cuenta que todo estaba anticipado en la obra de Nájera. Una obra inexpugnable y hasta cierto punto incomprensible. Un poeta salido del tronco de un árbol, criado por bestias y en cuyas narraciones no se menciona ninguna vez a Dios. Mientras escribía estas ideas los otros postulantes se copiaban, completaban enormes y limpias respuestas que habían podido escribir desde horas antes a mi llegada. Es más, mientras yo me mantenía de pie frente a ese lago moribundo, ellos se refrescaban la cara, hablaban con la profesora y se ponían de acuerdo

El hambre era el río sobre la que navegaba la obra de Nájera, un solo poema en el que Prometeo robaba primero la carne y luego el fuego para regalarlo con manzanas doradas. Una obra que designaba el mundo allí donde ni las esperanzas, en las fronteras torturadas por el viento, ni los conceptos que en el alma analfabeta se apagan. 

Dejaron de separarse las palabras en las orillas del mar negro, anunciando como únicas colinas  aquellas permitidas en la isla iluminada por el fuego.

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