Cuento de Juan García Brun: «Galope Santo»

La estación de trenes «Galope Santo» fue construida como una exposición ecuestre permanente. Hubo un golpe militar en esos años y esta fue una de sus consecuencias. En la parte alta —andén de bajada— los pasajeros descendían y se desplazaban por galerías que hacían referencia a los distintos deportes equinos: la equitación, las carreras, el polo, el rodeo, la doma y una sección especial para rememorar el papel del caballo en la historia y la literatura.

Junto al río —andén de subida— había carruseles y un par de casinos decorados uno con los criterios del lejano oeste y el otro con los de la cacería de zorros. Hubo un proyecto de hacer un restaurante internacional que aproveche la nobiliaria práctica del polo, pero quedó en eso: un proyecto. En los jardines —estoy hablando de cuando era niña— había muros de piedra y trenzas de flores que formaban arcos. Hacia el sur estaban las caballerizas, las medias lunas, las pistas de carrera criolla, el hipódromo. Al norte, abruptamente,  la ciudad.

Me gustaba ir de noche para hacer fotografías. Iba  en bicicleta y hacía recorridos transversales por las galerías buscando la luz de la luna, los relieves y el fantasmal efecto del vacío. Esto porque de noche la estación preservaba una iluminación mínima, luces regulares en los andenes y pequeños faroles a nivel de piso en la zona de las galerías. El contraste me permitía jugar con las perspectivas, captar algo de la paradoja del tránsito ferroviario y descubrir la inmensa sombra que se cernía sobre el lugar, que era —ahora lo pienso— el objeto de mi estudio.

Después de eso la vida se hizo cargo de mí: me casé, tuve cuatro hijos y actualmente vivo de una pensión de invalidez. Hace un par de días estuve revisando los álbumes de fotografías que habían quedado guardados en un altillo —tal como en las películas— en una caja polvorienta arrumbada junto a las cajas del árbol de pascua y adornos navideños. «Galope Santo» decía en la tapa con mi letra adolescente.

Pude ver las fotos. En principio, es evidente la influencia de Vivian Maier  y especialmente de Diane Arbus, el registro en blanco y negro impresiona por su pulcritud. Hay algunas dedicadas a las tiendas del lugar, otras a pasajeros solitarios medio perdidos, muchas de los faroles «Kentucky» y —esto quería contarte— una escalofriante colección de los baños públicos. Estas últimas imágenes me perturbaron primero porque no recuerdo haber tomado tales fotos jamás y segundo porque en ellas soy yo la que aparezco retratada. En la mayoría estoy de espaldas y si se ve mi rostro es porque puede verse reflejado en un espejo. Las hileras de lavamanos, las puertas entreabiertas y mi bolso sobre el blanco suelo embaldosado, son el entorno impoluto de la mayor parte de las fotografías. En la última de ellas, no sé cómo expresarlo, se ve flotando mi ropa interior.

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