Cuento de Juan García Brun: «El nombre del bosque»

Corría 1951 y llovía de forma ininterrumpida desde hace a lo menos tres meses. Me tocaba ir desde La Unión a la ciudad. Stolzenbach y Graff se habían reportado enfermos y no tuve más alternativa que hacerme cargo del operativo sin ningún apoyo. La camioneta que me asignaron —una Ford del 40— parecía un cenicero, en el suelo un par de botellas, calzoncillos y tierra. 

El camino tenía una sola huella pavimentada extendiéndose  por un sistema de montañas y bosques que separaba los valles de mar. La vía se encontraba despejada y los únicos vehículos con los que me encontré —previsiblemente— eran camiones leñeros. 

Así como comenzó en algún momento, dejó de llover. No solo eso: las nubes se abrieron y el sol nuevamente volvió a reconocer el paisaje. El vapor era visible en los potreros, desprendiéndose de los animales y dando al respiro luminoso, un aire espectral.

En el camino había un lugar llamado la Cuesta Cero. La razón era muy sencilla, en tal ubicación las ondas radiales simplemente no alcanzaban a llegar, como tampoco lo hacía el sol —ni en la mañana ni en la tarde— transformando sus curvas en trampas mortales de hielo. Las animitas en el camino se encargaban de recordarle al más plantado piloto el lugar en el que se encontraba.

Se hacía tarde, oscurecía y aún no lograba llegar a esa zona. En la cumbre se veían luces, su alternancia semejaba una lenta señal de emergencia. 

En un principio pensé que se trataba de una caravana de vehículos detenidos arriba —no sé— en alguna maniobra de rodaje. Pero no había nada, en la cumbre solo había viento y el reflejo de las luces volvió ahora haciéndose nítido entre los árboles. Se trataba de focos como aquellos antiaéreos de las películas, focos que se proyectaban a ras de suelo en trazos perpendiculares hacia el cielo. Ahora era la noche la que estaba despejada y como si se tratara de una instalación decorativa, las luces blancas se encendían y apagaban emergiendo desde las copas de los árboles.

Me detuve en un puente cubierto de enredaderas para alcanzar alguno de esos focos y determinar qué ocurría. Ahora que lo cuento me doy cuenta que ese puente muchos años después lo vi replicado en el cine, en historietas y también en grabados. Bajé por un sendero lateral que llevaba a un estero, un estero creciente que tan solo unos metros más abajo se presentaba como un pequeño río. La huella del camino se enanchó siguiendo la orilla y la luz de la luna revelaba que iba por un lugar concurrido. Un gastado letrero de camping subrayaba más abajo esta sensación.

Sin embargo, ese camino terminaba en una empalizada de árboles muertos. Trepé como pude, colgué mi chaqueta en un palo y puse mi corbata en el bolsillo para poder internarme en medio de una densa presencia de murras, quilas y arbustos. En otros lugares de este idioma se llamaría a aquello un cañaveral. Tal expresión no me parece adecuada para describir lo que enfrentaba. 

Seguí internándome y las luces parecían hacerse más presentes de la misma forma que la densidad de las ramas ahogaba mis pasos. Tuve que agacharme y finalmente comenzar a arrastrarme en punta y codo. Mi sobaquera se atascaba obligándome a quebrar esas ramas, ramas que se amontonaban inmensas —esto yo no lo sabía— conformando una colina pronunciada.

Las luces seguían en su pausada intermitencia. Búhos y otros animales nocturnos parecían alertas. El suelo comenzó a hacerse arenoso y húmedo. Lo racional hubiese sido intentar regresar tras mis pasos pero el entramado, la oscuridad y la pérdida de la huella hacían imposible volver. Quise dormir y esperar a que amaneciera —de hecho es muy posible que así haya ocurrido— pero no tengo memoria de haber reposado siquiera. 

Vino a mi memoria —extática— un asado en el campo, un gran asado de cordero junto a un galpón de teja y bajo una línea de amplios cerezos. La mesa era de interminables tablones y en ella estaban mis padres, mis tíos y primos mayores. Era una mesa de funcionarios públicos, taxistas, pequeños comerciantes y militares de baja ralea, en la que nadie creía. Era verano, yo no bebía alcohol así que no sabría decir qué tomaban. Sidra imagino, de verdad no sé.

Fui lanzado de esa ensoñación con la nítida y grave enunciación de mi nombre. Estremecido oí la voz provenir de lo más oscuro, pareciendo amplificarse en una bóveda cuya ubicación la sentía a no más de cinco metros. Mi nombre, un nombre común, un nombre repetido hasta el hartazgo en múltiples combinaciones, comenzó a pronunciarse desde esa oscuridad develándose como una temible admonición. 

Seguí arrastrándome en dirección a esa voz. Comenzó a llover, el agua llegaba a mí deslizándose por millones de ramas. El rumor de la lluvia sobre los bosques finalmente apagó los reflectores inexplicables. Inicié un diálogo y la única respuesta a mis preguntas era el insondable vacío de mi propio nombre.

Ir al contenido