Cuento de Ewald Meyer: «El Monje Negro»

En las postrimerías de 1971 una cuadrilla de obreros a punta de picota y entusiasmo revolucionario, echan por tierra la Hacienda Uva Añeja, una antigua viña de centenarios mostos de Casablanca, que engullida por la reforma agraria daba paso a lotes de tierra para el cultivo racional de hortalizas y frutas. La faena se detuvo al caer dos hombres a un socavón que cedió ante la presión de la obra. La sorpresa fue mayúscula cuando un baúl de acero forjado, sirvió de pista de aterrizaje en la frenética caída de los dos obreros. Ambos empolvados hasta el copete, sin embargo, no pudieron abrir el vetusto armatoste.

Desenterrado el artefacto centenario, fue llevado a la municipalidad del pueblo. La premura del avance de la reforma agraria era más importante que un cubículo oxidado de quien sabe qué año. Su aspecto raído y repulsivo no alentó a las autoridades a desentrañar su misterio y al cabo de unos días fue depositado en una bodega de la biblioteca, pequeña repartición de la institucionalidad que comenzaba a tomar vuelo con la editorial del nuevo gobierno socialista. El once de septiembre de 1973 cuando las balas arreciaban en Santiago, la biblioteca de Casablanca fue escenario de un escape increíble que protagonizó el alcalde, perseguido por una poblada furibunda tras su cabeza. El edil terminó escondido tras el baúl depositado en el sótano y cuando los soldados fueron por él, al conminarlo a salir y no recibir respuesta del hombre aterrorizado desarrajaron una ráfaga de fusiles de asalto que misteriosamente rebotaron contra aquel extraño objeto oxidado, que protegió al edil revolucionario. Un año después cinco hombres lo abrieron con unas picotas. Sólo encontraron una ruma de papeles envueltos en una mortaja negra y un sable oxidado, desparramados por todo el fondo de la caja metálica. Fue la mayor decepción para el jefe de cuadrilla que corrió a contarle el pobre final de este hallazgo al nuevo alcalde militar. El asistente de la biblioteca, titular interino, porque el bibliotecario, un viejo comunista pasó a la clandestinidad, procedió a ordenar y catalogar ese desorden histórico. La historia que ahí se cuenta es parte de esta narración que procuraré retratar lo más fielmente posible, ateniéndome a lo consignado en el diario encontrado. 

En la Iglesia San Francisco fue bautizado el año de 1790, Pedro Javier Pío de Monroy y Marmolejo, hijo de un vástago descendiente de las familias fundadoras de Chile venidas con Pedro de Valdivia en el siglo XVI. A los pocos años, este aristócrata criollo, fue marcado por la desgracia; sus padres murieron atrapados en el incendio de una de las haciendas del sur Quirluche de Angol, presumiblemente por una asonada mapuche, aunque ningún documento es consistente con este hecho. Completamente solo, fue criado entre negras e indias que prodigaron sus primeros cuidados. Hijo único, el tío paterno, un funcionario mediocre de la corona española, se transformó en el albacea de la fortuna del infante Pedro, accediendo al prestigio y lujos insospechados para un peninsular venido a menos. El chico creció solo entre servidumbre hosca y aislado por su tío que preocupado de darse la gran vida en la capital del reino, lo mantenía recluido en la hacienda donde murieron sus padres, reconstruida poco después del incendio.

Pedro visitaba todos los días la tumba de sus progenitores en el altar de la capilla y rezaba fervorosamente por ellos, los extrañaba e intentaba mitigar el dolor de no tenerlos. Cuando cumplió los doce años, pidió a las comadronas unas telas negras grandes, las corto con el sable de su padre que fue entregado como ofrenda en el funeral, y comenzó a ocuparlas como hábito. Informado el tío ante el peculiar comportamiento del chico, decidió enviarlo a Lima. Pedro se obsesionó con la idea de ser monje. Pasaba largas horas meditando y a veces por semanas no salía de su cuarto. Atesoró treinta y tres biblias que cuidaba celosamente y aprendió latín tempranamente. A los catorce años fue enviado a Lima con una dote considerable y matriculado en la Universidad de San Marcos para estudiar medicina. La capital del virreinato le pareció extraña y bulliciosa.

Cierto día en clases de teología a una orden del preceptor debió sacarse la túnica negra y guardarla en el baúl entre sus biblias. Sus notas fueron impecables, se tituló con honores antes de lo previsto, pero la vida de monje no cejaba en el joven Pedro que de adolescente se volvió más irascible de lo acostumbrado. La vida era un teatro extraño y la gente le parecía solo decorado de un mayor entramado, artillado por el creador, el ser humano era una masa sujeta a metamorfosis. Se aficionó a los duelos, su espada cercenó a cuanto mozuelo lo mirara raro y ganó cierta reputación como espadachín en Lima. Siempre frecuentaba tugurios de borrachos y putas para azuzar a los parroquianos a combatir con él y cortarles la cabeza frente a la concurrencia que atónita aplaudía. Se volvió sanguinario. Cuando estallaron las juntas de gobierno por todas las Indias se enroló como médico, y fletado con un batallón del brigadier Parejas partió a combatir a los insurrectos en Chile.

Al desembarcar en Chiloé, recordó esos aromas del sur y las comidas que sus negras le preparaban de niño. Combatió en Chillán, pero una noche el oficial a cargo le ordenó vigilar a un patriota. Amarrado a una silla el soldado no paraba de buscar un lugar fijo con la mirada, el nerviosismo era evidente. Pedro lo observó con atención y desenvainó la espada que fue a parar a su cuello. Afilada por los duelos, el sable pinchaba la esclavina dejando caer un pequeño hilo de sangre. Al entrar el oficial se detuvo y estupefacto preguntó:¿Qué hace doctor? Pedro Monroy respondió ¿Qué necesita de este soldado? La escena extraña de dos españoles discutiendo y el soldado con la punta del sable en el pescuezo, no dejó dudas. Había que saber la cantidad de efectivos y posición del enemigo en la región y el nombre de sus comandantes. Déjeme solo con él grito Monroy.

Las fuentes en este punto se vuelven inverosímiles, aunque las páginas del diario de Monroy no dejan dudas de su capacidad para “persuadir” a los patriotas de contar todo lo que saben para después cortarles la cabeza que rodando llegaba hasta el fogón de los soldados realistas. A la fama de espadachín ganada en Lima, Pedro Pío Monroy ganó la nombradía de torturador oficial del real ejército español, como los de la inquisición, pero laico y en nombre del Rey. Su fama fue un reguero de pólvora que corrió durante las campañas de la patria vieja. Con una venda amarrados de pies y manos, los soldados patriotas sentían la presencia del “Monje Negro” que se paseaba entre ellos como un espectro maligno, para después despedazarlos de dolor y sufrimiento. Pero lo peor estaba por venir.

Derrotados los de O´Higgins en Rancagua en octubre de 1814, los realistas volvieron a Santiago. Una de las casas de los Larraín en el centro de Santiago fue destinada al “Monje”, más bien expropiada por la corona como centro de tortura. Los prisioneros, ahora civiles, soldados renegados, mujeres y niños se amontonaban en los salones de la casa. Él los inspeccionaba con una biblia en la mano y vestido con una túnica negra de satín que más bien emulaba al mismísimo Lucifer, y sable al cinto deambulaba por la casa eligiendo victimas destinadas al sufrimiento. Llevados a habitaciones separadas, el tratamiento duraba días hasta conseguir que el prisionero dijera algo útil a la causa española. El terror se extendió en Santiago a partir de ese verano de 1815.

Los cuerpos mutilados salían cada mañana de la vieja casona en carretas. Llevados al río y lanzados a su última morada. Entre los documentos encontrados en el baúl aquella navidad de 1971, había una libreta, suerte de manual de tortura, que básicamente hecha con croquis humanos, al estilo Leonardo Da Vinci explica todas las posturas de torturas sufridas por los prisioneros, al menos las más comunes, estándar se diría coloquialmente. Asimismo, notas de las reacciones corporales a estas torturas y la explicación detallada de los músculos que artillados por un arma u otro objeto reaccionaban de diversas maneras al dolor. Por ejemplo: el colgado y la aplicación de una pica en su ano, otro amarrado a un poste, seguido de picas pequeñas en todo el cuerpo, como lo haría un acupunturista hoy en día. Es el manual de ciencia, la ciencia de la tortura descrita por Monroy, algo que al parecer el hidalgo criollo creía era su aporte a la humanidad.

En dos años de cultivar este “oficio” siniestro, casi científico, el Monje ganó una reputación en la corona que lo elevó a Mariscal de Santiago por los servicios prestados, sofocando cuanta sublevación patriota a través de la tortura y disuasión existió. El tío encontrado muerto de ebrio en la plaza mayor en 1808, celebrando el nombramiento del Gobernador Carrasco, su amigo, dilapidó toda la fortuna de los Monroy, pero esto no fue impedimento para que este vástago de los primerosconquistadores mantuviera sus privilegios en la Gobernación de Chile. Cuando Manuel Rodríguez, ya casi en las puertas de Santiago, escuchó de las historias del Monje, no dio crédito a sus hombres, pensando que era otra de las leyendas que el Gobernador Marcó del Pont echaba por ahí con pregoneros para mancillar el honor de los patriotas, chismes de pueblo sentenció el guerrillero.

En el verano de 1817 los patriotas entraron a Santiago y Manuel Rodríguez intrigado se dirigió con un piquete de húsares hasta la vieja casona. Con sorpresa vio que Pedro Pío Monroy y Marmolejo lo esperaba con la mesa servida, los portones abiertos de la casona y vestido con su uniforme de gala de Mariscal de Santiago, título pomposo, a esas alturas única autoridad real de Santiago, ante la estampida general de realistas después de la batalla de Chacabuco. Ordenó, sin embargo, retenerlo, como consta en las actas del cabildo, e iniciar una investigación  de las habladurías, rumores y hechos que pudieran comprobar la leyenda del Monje. La casona estaba limpia después de una exhaustiva ronda hecha por el guerrillero. “¿Ve?” _ le dijo Pedro Monroy _ “todo son habladurías y envidias”. Recluido en la casona Larraín, se mantuvo hasta el advenimiento del gobierno de O´Higgins.

Decretada una amnistía para los conspicuos vecinos de Santiago, Pedro Pío, se reunión con el padre de la patria. Propuso ayudarlo con la pacificación de la naciente república y limpiar de todo opositor o enemigo a Santiago. Someramente explicó sus “métodos” que a O´Higgins le parecieron más cercanos a los de la marina inglesa que otra cosa.   

“El Monje Negro”, volvió a sus andanzas, ahora con el visto bueno del Director Supremo. La historia sanguinaria de lo que se conoce como la dictadura de O’Higgins, está íntimamente ligada a Monroy. Los años de resistencia en que virtualmente Monroy fue el jefe de la policía secreta en Chile, mantuvo en vilo a Santiago y alrededores, así como también a un delegado personal que mantenía en cada ciudad importante del país, con lealtad irrestricta a él, los informes de los sediciosos contra el Director Supremo al día. La muerte de Manuel Rodríguez es un tema complejo históricamente, y las fuentes hablan de una orden perentoria de la logia lautarina para acallarlo, si se toma eso como verdad, el brazo ejecutor de esa orden está situado en la Casona Larraín, bajo los auspicios del “Monje Negro”. Al guerrillero lo apresaron poco después de que un arrebato del abogado lo llevara a increpar duramente a O´Higgins en los jardines del palacio presidencial.

El horno no estaba para bollos y la naciente República no necesitaba alborotadores, el director supremo dirá después que dio mil oportunidades al héroe de la resistencia, pero esa noche los soldados lo llevaron ante la presencia del temido Monje, la orden de la Logia se ponía en marcha. Unos candelabros mortecinos titilaban trémulos entre Manuel Rodríguez maniatado en una silla de cuero y Pedro Pío Monroy que pidió lo dejaran a solas con el prisionero. Ataviado como Lucifer, le refrescó la memoria al guerrillero acerca de esa mañana de 1817. El abogado casi moribundo por el castigo de los esbirros del Monje, apenas percibió que era Monroy.

El espectro negro dio varias vueltas en torno al prisionero, desenvaino su sable afilado y dio dos golpes secos y exactos, las manos del guerrillero  cayeron envueltas en sangre, un estertor y tras un susurro final, expiró. “Debiste matarme esa mañana Manuelito”, remató bajo la capucha negra. El croquis fue hecho con detalles y abajo solo dice “El guerrillero”, una figura humana cabeza gacha con dos muñones en una silla ahorra comentarios. Lo siguiente es la cabalgata hasta Til Til y la pérdida del cuerpo de Rodríguez que conspiró para que las fechorías del Monje fueran borradas.

Eliminado el principal escollo del Director Supremo, sin embargo, generó una acumulación de tensiones en el gobierno. El trabajo de inteligencia de Monroy comenzó a dar frutos al desbaratar numerosos intentos sediciosos que incluso nacían en regiones lejanas a Santiago. El terror se había extendido por todo el país y la dictadura se hacía insostenible, mal de libertadores que arrastró incluso a Simón Bolívar al exilio. Un emisario de Concepción habló con Monroy acerca de un motín en el regimiento número tres de granaderos que encabezaría el sobrino de Ramón Freire, liberal y enemigo jurado de O´Higgins. Se llevaría a efecto al alba.

Montado con sus hombres de confianza y ataviado con el habito negro, entró hasta las covachas militares con caballo y se plantó como un jinete del apocalipsis sobre la cama del sobrino de Freire, que atónito no daba crédito a tamaña aparición del juicio final. El puñado de granaderos que acompañaban al joven Freire, fueron fusilados en el acto frente a todo el regimiento que fue levantado por orden de Monroy. El Monje Negro, dejó en paños menores al joven oficial, frente al reguero de muertos, todos tan jóvenes como él. Como en un torneo medieval, cual caballero con armadura, el espectro desenvaino su sable y a la carrera descabezó al “sobrino” que se desplomó como un títere en los adoquines del regimiento numero tres de granaderos.

El cuerpo del joven fue envuelto en una mortaja y enviado esa misma noche a Concepción en una carreta, era un ejemplo de castigo para los sediciosos en contra del gobierno. Al día siguiente el Director Supremo escuchó el relato de boca de uno de los oficiales presentes en esa dantesca escena y montó en cólera. Envió a un piquete de soldados a buscarlo, pero “El Monje Negro” se escabulló , sus cosas personales habían desaparecido y al alba se le vio salir rumbo a Valparaíso.

A los tres días Bernardo O´Higgins Riquelme, Director Supremo y Padre de la Patria abdicó ante el avance de las huestes de Ramón Freire. Embarcado en Valparaíso rumbo al Perú, el ex libertador atribulado no reparó  en la desaparición de Monroy, quizá él ya sabía del complot y escapó con premura, pensó el libertador. El que no olvidó fue el general Ramón Freire que arribado a Santiago enfiló directo a la casona Larraín y furibundo le prendió fuego. Fusiló a todos los secuaces del “Monje” en la calle, incluso a los sirvientes, su sobrino querido reclamaba eso y más. Uno de los indios alcanzó, entre bayonetas y pólvora, a gritar que el amo se había marchado temprano hacia Casablanca.

De las horas finales de Pedro Pío Monroy, solo podemos especular que durante los últimos días en la Hacienda Uva Añeja, escribió y corrigió su manual que dejó en ese baúl metálico que lo acompañó toda su vida, junto a los papeles encontrados por los obreros agrícolas, envueltos en esa tela negra que los protegió del tiempo y la espada oxidada. El sótano donde fue encontrada la reliquia fue sepultado por el incendio que Ramón Freire, (aquí parece incomprensible el escrito pues más arriba lo que incendió Freire, fue la casona Larraín en Santiago). El espectáculo del cuerpo largo, blanquecino y amoratado del “Monje”, colgado entre dos palmeras centenarias fue consignado en el informe del corregidor de la época como el final del esbirro del dictador O’Higgins. La rabia e impotencia de Freire se esfumó con su breve gobierno y extenso exilio en la polinesia. Pedro Pío Monroy, “El Monje Negro”, murió el 05 de Abril de 1823.

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