Colonización e inmigración

por Said Bouamama

Además de la serie de analogías que se pueden comprender entre los dos fenómenos [inmigración y colonización] – analogías de orden histórico (la inmigración es a menudo hija de la colonización directa o indirecta) y analogías estructurales (la inmigración, actualmente, ocupa en el orden de las relaciones de dominación el lugar ocupado ayer por la colonización) – la inmigración, de alguna manera, se ha erigido en sistema de la misma forma que se decía que la “colonización es un sistema” (según la expresión de Sartre). Abdelmalek Sayadi, L’Immigration ou les paradoxes de l’altérité, De Boeck Université, Paris-Bruxelles, 1997, p. 111.

Los medios dominantes ofrecen regularmente «explicaciones» de los orígenes y las causas de la inmigración contemporánea, centradas en lo «coyuntural» [como una guerra, un «golpe de Estado», un desastre natural, etc.]. Los factores sistémicos y estructurales generalmente se evacuan con el resultado de invisibilizar las responsabilidades de los principales países industrializados que dominan el mundo. Estos no tendrían nada que ver con la existencia de la expatriación forzada de millones de seres humanos. Incluso se enfrentarían a un «problema» de inmigración [una «crisis migratoria», una «avalancha», una «miseria mundial» que se abate sobre ellos, etc.] poniéndolos en dificultades. Tales explicaciones oscurecen las causas históricas de la inmigración contemporánea y, en particular, el alcance de las destrucciones del período colonial. También invisibilizan el mantenimiento bajo nuevas formas [neocolonialismo] de las dependencias económicas y políticas después de la independencia. Finalmente, sirven de pantalla que impide la comprensión de las funciones económicas sistémicas de la inmigración contemporánea.

La inmigración hija de la colonización

La colonización no fue simplemente la ocupación militar de países y naciones. Esta ocupación era un medio al servicio de un objetivo. Limitar la colonización a la dimensión «medio» nos impide comprender las consecuencias del objetivo, unas consecuencas que perduran y se reproducen incluso hoy en día. El propósito de la colonización occidental es la destrucción total de las lógicas económicas [y, en consecuencia, también políticas, culturales, etc.] anteriormente dominantes en estos países para imponer una lógica económica correspondiente a los intereses de la economía del país colonizador y su clase dominante. La colonización se materializa primero en la imposición de relaciones capitalistas a países y pueblos que anteriormente funcionaban de acuerdo con otras lógicas (propiedad colectiva de la tierra, cultura comunitaria, economía familiar, etc.). Esta imposición requiere el uso de violencia militar, jurídica, simbólica, etc., para instalar una economía extrovertida en la que las «periferias»  operen económicamente al servicio de los «centros» dominantes, para usar el vocabulario de Samir Amin[1].

Por lo tanto, el mundo ha sido unificado por el capitalismo, pero no homogeneizado. Unificado porque la colonización, desde su primera fase en el continente americano, se puede definir como la exportación de las relaciones capitalistas de producción. No homogeneizado porque la exportación de estas relaciones se desarrolló bajo la forma de una puesta en dependencia sistémica de las economías de las periferias ocupadas respecto a los centros dominantes. Tal proceso solo es posible mediante la destrucción de economías precapitalistas que eran esencialmente agrarias. La privatización de la tierra, por un lado, y la especialización de las economías periféricas hacia la exportación de producción agrícola y minera, por el otro, conducen inevitablemente a la destrucción de la agricultura tradicional. Esto se traduce, entre otras cosas, en la secreción de una sobrepoblación permanente que ya no se puede emplear en las economías periféricas tradicionales, ni en los sectores coloniales «modernos» altamente industrializados y que, por lo tanto, requiere menos fuerza laboral. Estas fuerzas de trabajo «liberadas» se vuelven disponibles para la emigración, tanto interna como externamente a la periferia. Históricamente, la cuestión de la migración fue ante todo una cuestión campesina. La cuestión migratoria fue históricamente el resultado lógico de la colonización. «Las relaciones entre África y Europa, desde el principio, se pueden resumir en una palabra: dependencia[2]», resume la historiadora Catherine Coquery-Vidrovitch.

La inmigración proveniente de países que no han sido colonizados se basa en la misma lógica de puesta en dependencia de algunas economías dominadas respecto a otras economías dominantes. Por esta razón Abdelmalek Sayad evoca, en la cita destacada al principio de este texto, la colonización directa e indirecta. En muchos sentidos, Portugal, Italia, Polonia, etc., han experimentado procesos de puesta en situación de dependencia comparables a los que la colonización impondrá a través de la violencia de una manera más amplia, profunda, estructural y, por lo tanto, más sostenible. Por esa razón se pueden constatar ciertas constantes entre la inmigración pasada de países que no han sido colonizados directamente y la inmigración poscolonial. Pero dado que el alcance de la dependencia impuesta [y, por lo tanto, la destrucción producida] es de una escala diferente, también podemos ver variables. En todos los casos, la inmigración es hija de la colonización, pero con diferentes magnitudes dependiendo de si es de naturaleza directa o indirecta. El mantenimiento de la dependencia más allá de la descolonización marca una nueva era del sistema de dominación.

Inmigración como resultado de la dependencia

Las «independencias» no logran ni inmediata ni automáticamente la salida de la dependencia. También pueden significar la transición de la «colonización directa» a la «colonización indirecta», es decir, el neocolonialismo. Esto es lo que enfatiza el líder independentista y panafricanista, Kwame Nkrumah, al proponer la siguiente definición de neocolonialismo: «La esencia del neocolonialismo es que el Estado sujeto a él es teóricamente independiente, tiene todas las insignias de soberanía a nivel internacional. Pero en realidad, su economía, y por lo tanto su política, son manipuladas desde el exterior[3]. Por lo tanto, la descolonización no es sinónimo de independencia. Puede ser un signo de una dependencia mantenida bajo nuevas formas.

Por lo tanto, las independencias no han significado la salida de la bipolarización imperialista, sino un cambio en las herramientas y métodos para imponerla. La violencia explícita y visible de la colonización ha sido reemplazada por la violencia implícita e invisible del neocolonialismo. Por supuesto, cuando los nuevos métodos no han sido suficientes,  recursos y retorno a la violencia cruda no han faltado, como ilustra la frecuencia de las intervenciones militares directas o indirectas de las antiguas potencias coloniales en las periferias dominadas. Toda la historia de las periferias dominadas desde la independencia es la de la sucesión y/o la acumulación de métodos y herramientas para imponer la bipolarización. Desde la estructura del mercado global que impone un mercado desigual hasta los Acuerdos de Asociación Económica de la Unión Europea hoy en día, pasando por la «zona franca» y el franco CFA, los Planes de Ajuste Estructural del FMI y el Banco Mundial, las normas de la Organización Mundial del Comercio, etc., esta historia es la de la reproducción sistémica de una división desigual del trabajo entre centros y periferias. Con la reproducción de la bipolarización se reproduce lógicamente la sobrepoblación y, en consecuencia, la migración.

Esta constante de la bipolarización no significa la ausencia de mutaciones. La analogía con la colonización no significa identidad total. En cuanto a las mutaciones, en nuestra opinión, hay que destacar dos, debido a su importancia en la sociología de las y los emigrantes potenciales. La primera es el alcance de la urbanización, que es un signo de un éxodo rural tan masivo como imposible. El éxodo rural es masivo debido a la larga duración de la destrucción de la agricultura en los países periféricos debido a la especialización de sus economías de acuerdo con las necesidades de los países del centro dominante. Imposible lo es debido a la imposibilidad de que estas personas rurales desarraigadas encuentren empleo en trabajos urbanos debido a la misma especialización que las obligó a abandonar sus aldeas. Amontonándose en barrios marginales, esta nueva población urbana a su vez produce una superpoblación disponible para emigrar. Ya no solo emigran a Europa poblaciones rurales desarraigadas, sino también la gente rural que transita por la ciudad, por un lado, y los descendientes urbanos de la población rural que habían emigrado en décadas anteriores. «El fenómeno más llamativo es la creciente transición urbana de las y los inmigrantes: no pasan directamente de la agricultura a la industria en los países de llegada, sino que transitan por las zonas urbanas del país de salida. Por lo tanto, la emigración es el resultado, la prolongación de un éxodo rural imposible[4]», resume el economista Christian Mercier.

La segunda mutación se refiere a las clases sociales de pertenencia de las personas migrantes. Antaño compuesta principalmente por gente rural desarraigada, neourbanos empobrecidos y luego sus descendientes, la emigración ahora afecta a las «capas medias» de las periferias dominadas. Una vez más, es la bipolarización la que está en el origen de la mutación. Uno de los mecanismos clave contemporáneos en su reproducción fue la imposición de los planes de ajuste estructural del FMI y el Banco Mundial. Las condiciones de acceso a los préstamos internacionales no se han limitado a su rentabilidad, sino que también han implicado condiciones políticas. En particular, el requisito de una «retirada del Estado», de acuerdo con el dogma liberal en forma de una condicionalidad de privatizaciones y otra de reducción de los presupuestos sociales, ha significado una verdadera destrucción de los servicios de salud, la educación, la infraestructura básica (carreteras, electricidad, etc.). Sin embargo, estos sectores eran precisamente los que empleaban a las llamadas «capas medias». Esta mano de obra calificada, cuyo costo de formación es asumido por los países de la periferia dominada, está destinada a integrarse a bajo costo en los servicios públicos de los países centrales caracterizados por recortes presupuestarios masivos. Se convierte en una especie de proletariado cualificado para las economías centrales.

Estas mutaciones en la inmigración hacen sistema con las nuevas necesidades de las economías dominantes implicadas en una nueva fase de mundialización. Esta fase se caracteriza por una deslocalización masiva de empresas que anteriormente hacían necesario mantener la fuerza laboral localizada. Esto da como resultado la lógica de la Fortaleza Europa y los discursos sobre la «avalancha migratoria» que se debe contener. Esta mundialización desclasa a las «clases medias» de los países dependientes lo que da como resultado el discurso sobre la «inmigración selectiva», es decir, sobre el «saqueo de cerebros». Y para los empleos no deslocalizables, la globalización importa una fuerza laboral sobreexplotable manteniéndola en un estado carencia de derechos. Se deriva de ello el endurecimiento de las condiciones de regularización y el discurso sobre las y los «ilegales». De hecho, nos encontramos ante un sistema de dependencia que toma el relevo de la colonización de anteayer y el neocolonialismo de ayer.

Artículo de la revista AVP – Other Voices on the Planet, «Deudas y migración: divisiones internacionales al servicio del capital», publicado en mayo de 2021. Revista disponible para consulta gratuita, compra y plan de suscripción en https://www.cadtm.org/Dettes-migrations-Divisions-internationales-au-service-du-capital-19808

[1]    Samir Amin, Le développement inégal. Essai sur les formations sociales du capitalisme périphériques, Minuit, Paris, 1973, 365 p.

[2]    Catherine Coquery-Vidrovitch, « La mise en dépendance de l’Afrique noire : essai de périodisation, 1800–1970 », Cahiers d’Etudes Africaines, n° 61-62, 1976, p. 7.

[3]    Kwame Nkrumah, Le néocolonialisme. Dernier stade de l’impérialisme, Présence Africaine, Paris, (1965) 1973, p. 9.

[4]    Christian Mercier, Les déracinés du capital. Immigration et accumulation, PUL, Lyon, 1978, p. 175.

(Tomado de CADTM)

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