Cine: «Sound of Metal», por el silencio a la luminosa quietud

por Jordi Mat Amorós

Hay películas que calan hondo y no se olvidan, este es el caso de Sound of Metal (2019) que nos sumerge en el proceso de transformación por el que pasa Ruben Stone un joven batería tras perder audición de forma repentina. Cine independiente estadounidense de gran calidad, una excelente ópera prima que fue aclamada por público y crítica logrando dos premios Óscar, los de mejor edición y mejor sonido.

Sin duda el sonido es protagonista absoluto de esta originalísima historia de adversidad y superación personal. Porque Marder y su equipo nos ponen en la piel de una persona con discapacidad auditiva, de cómo escucha el músico en su limitación sensorial y especialmente de lo qué supone oír a través de los receptores que le implantan.

Empatizamos con Ruben y por extensión con tanta gente como él, tales como los ancianos que se ven obligados a utilizar aparatos auditivos. Uno comprende mejor sus apuros tras sentir lo que siente este joven batería, un sonido distorsionado como metalizado que tiende a ser muy molesto.

Además del espléndido sonido, la película destaca por su bella fotografía y el buen trabajo actoral del que sobresalen las interpretaciones de Riz Ahmed (Ruben) y de Paul Raci (Joe).

Debo advertir que el análisis que sigue contiene inevitablemente spoilers.

Tormenta, rabia

Ruben y Lou (Olivia Cooke) son pareja sentimental y profesional, en su amplia caravana recorren el país actuando en pequeños locales. Forman un grupo de Heavy Metal, él toca la batería y ella canta. El suyo es un sonido muy potente y desgarrador, un interpretar en el que manifiestan su rabia, ella “gritando” y él “golpeando”.

Como una tormenta catártica de dos jóvenes que —tal y como reconocen— se salvaron mutuamente al encontrarse dejando atrás adicciones y tentativas de suicidio. Se salvaron gracias al amor que sienten y comparten, un amor no obstante inmaduro —son jóvenes, es casi inevitable— que se pondrá a prueba por la repentina discapacidad de él.

De entrada Ruben no lo acepta y lleva en secreto su nueva realidad, pretende seguir con sus actuaciones a pesar de que apenas oye y se oye. Y sigue sin aceptar cuando se lo confiesa a Lou, a ella le cuesta convencerlo de que no es posible seguir como si nada sucediera.

Sus vidas han cambiado, Lou regresa con su padre prometiendo esperarle y Ruben acaba aceptando acudir a un centro para discapacitados auditivos.

En ese lugar estático de paz y silencio —que tanto contrasta con su vivir en permanente tránsito de altos decibelios— el joven experimenta la tormenta en sí mismo. Ruben sigue sin aceptar plenamente su nueva realidad y siente rabia por ese encierro indeseado.

Porque el centro es un excelente espejo que no quiere mirar, lo es gracias a su director Joe, un veterano con la misma discapacidad que busca desarrollar el potencial de cada una de las personas a las que acoge.

Joe le deja bien claro que la solución no está en mejorar la capacidad auditiva sino en mejorar el pensar y el entender.

Hacia el interior, aceptación

Y le invita a concentrarse en sí mismo escribiendo, un ejercicio que ha de realizar aislado de todos los demás. Lo vemos rebotado por ese estar solo en silencio y quietud que él rechaza aporreando paredes y machacando su donuts de desayuno mientas grita su rabia.

Pero a pesar de ese rechazo, Ruben si aprende a convivir con otros de su misma condición, aprende el lenguaje de signos y se descubre como un buen profesor para los niños con los que comparte sus clases de iniciación.

En este sentido es bella la escena en que lo vemos con uno de esos chicos utilizando la chapa de un tobogán como tambor. Cómo Ruben improvisa ritmos que el chico repite, su sentir la vibración acercando el oído a la chapa metálica, la creciente complicidad entre ambos…

Pero priva en él el volver a recuperar su antigua vida, por ese motivo lo vende todo —caravana y equipos musicales— para implantarse un aparato auditivo. Nuevamente —como ocurriera con Lou tras su repentina discapacidad— oculta la verdad a quien tiene a su lado, nada sabe Joe quien confía en él como miembro de su equipo al ver su gran potencial pedagógico.

No hay paz en Ruben quien huye de sí mismo sin darse cuenta de la oportunidad trasformadora que le ofrece su discapacidad especialmente gracias al encuentro con Joe, un hombre que ha madurado y que le muestra con su ejemplo y consejo el camino para lograr esa paz que desconoce. Las suyas son palabras sabias:

“El mundo sigue moviéndose y puede ser un lugar muy cruel, pero en esos momentos de quietud de repente se vuelve radiante y magnífico”.

Se alejará del maestro para ir en busca de Lou en un viaje en el que descubrirá que el aparato no es la solución y que los sonidos se acoplan y se distorsionan pudiendo resultar muy molestos.

Y paralelamente descubrirá que Lou ha cambiado, la relación con su padre ha mejorado, ya no es la rebelde que grita, esa complicidad rabiosa que los unía ya no está, queda un amor que para Lou es más compasión que pasión.

Progresivamente el joven sale de su sentir para darse cuenta del sentir de ella, acepta que ella ha cambiado. Y en esa aceptación del otro se le abre la puerta por fin a aceptar su propia realidad.

Los vemos juntos en la que será su última noche, Ruben agradecido: «está bien, me salvaste la vida», ella que lo mira llorosa y asegura que también él a ella. Y se funden en un abrazo sentidísimo.

A la mañana siguiente, Ruben se va mientras ella duerme; Marder nos muestra ese dejar atrás simbólicamente enfatizando las escaleras de descenso que conducen a la puerta de la calle, al mundo. El sonido de esa puerta que él cierra, el sonido final de una bella etapa que le ha llevado a un mayor entendimiento.

Ahora observa el mundo paseando por las calles, especialmente se fija en los niños y sentado en un banco toma la decisión de desconectar el aparato de sonido falso aceptando el silencio. Los niños voltean un monopatín —la imagen del giro en su vida—, el alza la vista y mira al sol tras un árbol.

Bello final abierto que entiendo como el preludio a la vuelta al centro de educación especial junto a esos niños para desarrollar su potencial pedagógico.

A Ruben se le abre una nueva puerta, una nueva vida. Todo gracias a su nueva forma de sentir y entender que ha nacido de la aceptación de la «adversidad», de la aceptación del silencio.

Y en el silencio la posibilidad de encontrar la quietud para observar y observarse, de encontrar la forma de vivir en el ojo de las tormentas vivenciales que antes le desbarataban.

(Tomado de Cine y Literatura)

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