Cine magnífico: «The dresser» de Richard Eyre

por Noelia Giacometto

Cuando la elegancia del cine y el teatro con su magia generan un encanto atemporal de fuerza y calidad artística. «The Dresser» es una película dramática para televisión producida por la BBC, dirigida por Richard Eyre. Adapta la obra de Broadway y el West End del mismo nombre escrita en 1980 por Ronald Hardwood.

Durante una noche de bombardeo en plena Segunda Guerra Mundial, un grupo de teatro shakesperiano intenta levantar una representación de El Rey Lear. El principal problema es el director, Sir (Anthony Hopkins), un brillante y tiránico actor, insufrible para todo el equipo. El ayudante de escenario, el devoto Norman (Ian McKellen), intenta salvar cada crisis mientras a su alrededor comienza el bombardeo del Blitz.

La película se centra en la relación entre el brillante e insoportable director de la compañía, un veterano intérprete shakespeariano, egocéntrico y narcisista hasta límites insospechados y su servicial ayudante personal, Norman.

El camerino es el escenario principal para los sucesos que acontecen donde un decadente actor shakesperiano y su ayudante mantienen una extraña relación que se encuentra entre la devoción y el resentimiento, un complejo vínculo donde los misterios del ser humano confunden y mezclan la admiración, miedos, necesidades y vanidades, pero de una dependencia casi simbiótica. Sir y Norman se necesitan, se completan y complementan. Por momentos se repelen, en otros se espejan. Se identifican en sus flaquezas y en sus miserias.

Sir es un actor que lucha contra las dolencias de su edad, atraviesa un profundo período de crisis personal y artístico. Todo le abruma, a lo largo de unas horas oscuras que vive el personaje de Hopkins pasa por una angustia existencial donde solo evidencia una gran sabiduría más allá de una inevitable decadencia física y mental, entre delirios, ausencias momentáneas y análisis tan coherentes como sorprendentes. Dicha interpretación es una clase magistral actoral para aplaudir de pie. Junto al personaje de McKellen, su devoto asistente de camerino quien le da entereza y confianza, cuando los fantasmas y delirios acosan al prestigioso intérprete.

Maestría e inteligencia en el guion, el texto es magnífico y la dirección es sobria, y existe una genialidad en la interpretación, sobre todo de Anthony Hopkins, actor que ha llegado al límite de sus posibilidades y de su salud: la memoria falla, la mala leche se intensifica, el corazón se resiente. Sin embargo, la pasión y el amor por la representación, el sabor de las funciones, estar sobre un escenario, sacan la esencia preponderante y magnífica que lo llevó a ser una figura actoral relevante. “Si usted no tiene la fuerza nadie la tiene, nunca es demasiado tarde pasan cosas sorprendentes”, dice Sir, demostrando que a pesar de su condición agobiante no solo logra llevar adelante la mejor actuación que haya realizado, sino que con coraje y valentía consigue cumplir sus pendientes profesionales y personales.

En síntesis, «The Dresser» es una cinta que retrata a la perfección la relación de los vínculos y las emociones. De manera elegante y feroz muestra una mirada singular sobre la imperfecta naturaleza de la condición humana. La forma como está ambientada sumado a las características de los personajes, hace que film sea más llamativo aún. Además es una historia en la que el cine homenajea al teatro. El impacto visual y emocional que causan Hopkins y McKellen es una clase superior de actuación.

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