por Alessandro Monzese
“Muchacho, venga, no tenga miedo se ve que usted es instruido/Tenga cuidado, el terreno es resbaloso/Mire ese de ahí: era DC, ahora es socialista/Mi madre, una santa de la Acción Católica, del ala derecha de la DC después de la guerra, votó por el Partido Comunista/Entonces uno dice: cómo cambió mi mamá, qué dialectico/ ¡NO! / Mi mamá permaneció igual, tal cual/Son los partidos los que se deslizan…”
(extracto del monólogo “Los Partidos”, del cantautor italiano Giorgio Gaber, 1976)
A Chile le gusta ser caracterizado como un país de emprendedores y la política institucional se ha ido transformado lenta y progresivamente en un emprendimiento más.
El lunes 18 de agosto del 2025 se cerraron las postulaciones para adjudicarse la administración del próximo Poder Ejecutivo y Legislativo S.A.
El trámite, una vez más, no presentó ninguna complicación, ya que la característica y exigencia fundamental para todos los participantes es regirse por las bases y directrices emanadas de la Constitución del 80, exigencia que es aceptada de manera republicana por todos los partidos y coaliciones institucionales, que participan de manera periódica en estas licitaciones y que son adjudicadas mediante mecanismo electoral.
Las sucesivas y disciplinadas administraciones civiles que se han ido alternando desde el año 90 en adelante han sido fieles servidoras de dicha institucionalidad, amoldando sus gestiones sin mayores inconvenientes ideológicos a la Carta Magna dictatorial, lo que les ha permitido obtener jugosas ganancias, tanto colectivas como personales, al acceder al gobierno y al parlamento, ya que, según el color del arcoíris de las empresas políticas de turno, estas se encargan de repartir pegas a sus aduladores cercanos e incondicionales quiénes, a su vez, nadan satisfechos y sin cuestionamientos en las gelatinosas y turbias aguas del poder.
Todo este entramado da origen a una élite institucional, política, cultural y social funcional a los grupos económicos nacionales y extranjeros que son quienes representan, en última instancia, sus verdaderos patrones. Obteniendo, eso sí y como buenos emprendedores que son, suculentos honorarios por dichos sacrificados servicios públicos.
Cierto es que para poder aprovechar de sus privilegios no solo necesitan estar bien con sus patrones económicos, sino que, al mismo tiempo, vender humo mediante promesas promovidas con un lenguaje atractivo e inclusivo, orientado hacia la plebe o los desarrapados que, con su trabajo y esfuerzo cotidiano, producen y proveen las riquezas necesarias para que las élites dispongan y disfruten de ellas sin ningún remordimiento.
Una vez en el poder, como magos expertos de la política, ya no sacan conejos de sus sombreros, sino unos bonitos asistenciales por acá, unos proyectitos por allá, para dar muestra de su preocupación por los millones de ciudadanos y ciudadanas de a pie que forman el cimiento sobre el cual erigen su poder. Y son estos ciudadanos y ciudadanas quienes, mediante un lápiz y un papel, en forma periódica y ordenada, republicana y democrática, como le gusta decir a las élites, les otorgan su beneplácito adjudicando la licitación en curso a alguna de las propuestas políticas institucionales presentadas por las distintas coaliciones S.A.
La propaganda o el marketing desplegado por los partidos institucionales, transformados en verdaderas empresas, se ve incrementada no solo por la frenética participación de sus fieles seguidores, sino que por la entusiasta colaboración proveniente de algunos sectores rebeldes de ayer y de hoy que, camuflados de realismo y táctica política, se han acostumbrado a colaborar mediante el voto con el mal menor de turno, transformándose en comparsas de esta opereta que amplificará el repetido coro antifascista para justificar, una vez más apelando emotivamente al miedo al fascismo, su participación en esta nueva puesta en escena electoral, aunque racionalmente estén conscientes de que el fascismo nunca fue derrotado en nuestro país, sino que solo se prolongó de manera institucional y concertada vistiéndose con ropajes de democracia en la medida de lo posible para prolongar, profundizar y modernizar la institucionalidad elaborada pacientemente durante los 17 años de dictadura civil militar.
Así, con esta lógica electoral, el coro antifascista pregonará de manera potente y evangélica los males que caerán sobre los habitantes del país si salen electos los candidatos de la ultraderecha.
Eso podría significar males como: la aplicación de un estado de emergencia y una militarización permanente en el Wallmapu, la implementación de una batería de leyes represivas destinadas a criminalizar la protesta y la movilización social, con legislaciones como una ley antibarricadas, una ley antitomas, una ley Naín-Retamal o de gatillo fácil, una ley de protección a la infraestructura crítica, una ley antiterrorista mejorada, etcétera, etcétera.
Hay que evitar que todo eso pueda ocurrir…
¡Qué no les tiemble la mano al usar el lápiz, el fascismo no pasará!
