China: ¿De los «tres mundos» a los «tres anillos»

por Xulio Ríos

En el debate académico y político suscitado en China acerca de cómo debe ajustar su estrategia exterior a la nueva situación internacional surgida tras la invasión rusa de Ucrania y la reacción de los países occidentales, la irrupción de Cheng Yawen, profesor de la Escuela de Relaciones Internacionales de la Shanghai International Studies University, sugiere algunos tópicos de interés.

Escribe Cheng, en Monthly Review, que nos hallamos en un punto de inflexión que supondrá el punto y final del modelo de globalización liderada por los EEUU. Desde 2018, tras el discurso del vicepresidente Mike Pence en el Instituto Hudson, esta tendencia se había trazado con total claridad, incluyendo el llamamiento al “desacoplamiento”, ensayado ahora a mayor escala con Rusia pero que en realidad tendría a China como objetivo principal. En la misma línea, EEUU dificultará al máximo las posibilidades de mejora de la posición internacional de China, recabando, con el argumento principal de la seguridad y la naturaleza antiliberal de su sistema político, la solidaridad del resto de Occidente. La intensificación de la presión y el desacoplamiento progresivo permitirían a Washington recuperar posiciones y reconstruir y asegurar su estatus aun dominante en el sistema internacional.

La cumbre de Madrid de la OTAN supondría así un mensaje que China debe interpretar como la asunción común de la disposición a la confrontación a gran escala con Rusia y China para defender el “orden basado en reglas”, es decir, en“sus” reglas de poder para garantizar el orden global vigente.

En este contexto, en el futuro inmediato, China debería prepararse para enfrentar crecientes dificultades en sus relaciones de cooperación, a cada paso menos estables y profundas, con los principales países de Occidente en tanto en cuanto se reafirme en su desafío natural a la estructura de poder mundial centrada en los países desarrollados liberales. Para Cheng, es “poco probable” que el “desacoplamiento” de la economía, la tecnología, el conocimiento y las relaciones políticas iniciado por los EEUU (con la ayuda de otros países occidentales) dé un paso atrás. La guerra entre Rusia y Ucrania provocará que ese “desacoplamiento” se intensifique y amplíe, intentado condicionar a aquellos estados cuya emergencia se interpreta en clave de reto hegemónico.

A futuro, para garantizar su seguridad y desarrollo, China, en opinión de Cheng, debe configurar un sistema internacional de “tres anillos”: el primer anillo es el conformado por los países vecinos en Asia (Oriental y Central), y Oriente Medio, con los que ha formado una estrecha división industrial del trabajo y de los cuales obtiene un suministro de energía estable y una barrera de seguridad fiable. El segundo anillo son los países en desarrollo de Asia, África y América Latina, con los que China intercambia materias primas, bienes industriales y debe ayudar a su desarrollo; el tercer anillo se extiende a los países industrializados tradicionales; Europa y Estados Unidos.

El antecedente de los tres mundos

En 1974, Mao Zedong propuso la división de los “tres mundos” e hizo un análisis de los tres tipos de países que había en la sociedad internacional y la forma en que China podía interactuar con ellos, siendo los países en desarrollo del “tercer mundo” el objetivo principal de las relaciones de China, como país también integrante del “tercer mundo”. En aquel entonces, dicha teoría fue la guía ideológica para la participación de China en la cooperación Sur-Sur, y hoy ofrecería una fuerte inspiración para que China pueda recomponer esta prioridad en sus actuales relaciones internacionales.

La idea central es la construcción de un sistema global con base en Asia y su entorno. Por tanto, de los nuevos tres mundos -o anillos-, el primero es el decisivo, lo cual deviene en señalar la cooperación e integración con los países de la región como un imperativo estratégico sustancial. La fórmula de la Asociación Económica Integral Regional (RCEP, siglas en inglés), que entró en vigor el 1 de enero de 2022, es el referente principal. Y las rutas de la seda, la marítima y la continental, e instituciones complementarias como el Banco Asiático de Inversión en Infraestructuras-BAII (que abrirá próximamente su primera delegación exterior en Dubái, Emiratos Árabes Unidos, también dentro del primer anillo) desempeña un papel vertebrador esencial.

La RCEP, formada por 10 miembros de la ASEAN, Australia, China, Japón, Nueva Zelanda y Corea del Sur  (India se retiró en las fases finales de las negociaciones), conforma una gran zona de libre comercio, claramente bajo la égida de Beijing. Igualmente, pugna con el Acuerdo General y Progresivo de Asociación Transpacífico (CPTPP), que lidera Japón. Fue precisamente el asesinado ex primer ministro  Shinzo Abe, intuyendo que Trump estaba cometiendo un grave error estratégico que entregaría el liderazgo económico de la región a China, quien tomó la iniciativa de negociar un tratado de seguimiento del Acuerdo Transpacífico que había lanzado Barack Obama. Los dos proyectos expresaban la intensificación de la competencia entre China y Japón-EEUU por el co-liderazgo del bloque con la ASEAN. A ello debemos sumar ahora la propuesta de la Administración Biden del Marco Económico del Indo-Pacífico (IPEF, siglas en inglés). Existe un importante solapamiento entre los miembros del IPEF y del RCEP. Once países pertenecen a ambos. Además, el IPEF incluye a India y Estados Unidos, mientras que el RCEP cuenta con Camboya, China, Laos y Myanmar entre sus miembros.

En el “debe” de su relación con la región, China tiene los factores relacionados con la seguridad, especialmente las disputas en los mares de China y Taiwán. Puede que en relación a este último, encuentre mayor receptividad en cuanto a sus posiciones de principio (no necesariamente así respecto al uso de la fuerza para lograr la reunificación), pero las pugnas territoriales en el Mar de China meridional, sobre todo, empantanadas desde hace años en la interminable negociación de un Código de Conducta, precisarían de mayor coraje político, sobre todo teniendo en cuenta que en ellos incide la estrategia del Indo-Pacífico de EEUU, cuyo primer objetivo es afear y deslegitimar las reivindicaciones de China e incrementar la incertidumbre en la zona. China debe realizar un esfuerzo mucho mayor para ofrecer garantías y crear mecanismos más audaces que favorezcan la estabilidad a través de la negociación, quizá partiendo de la CICA (la Conferencia sobre Medidas de Interacción y Confianza en Asia, a modo de OSCE para la región).

Volver a Bandung

El enfoque propuesto por Cheng Yawen implica una reorientación muy importante de la estrategia exterior de China que, si bien mantendría la cooperación con Occidente en tanto no la definan las potencias occidentales como “amenaza” y totalmente enemiga, pasaría a primar progresivamente la cooperación Sur-Sur a la que aportaría su capital económico, comercial, financiero, tecnológico…, que podría tener un gran impacto en la economía mundial pero igualmente en la política, ya que permitiría elevar sustancialmente la participación global de los países en desarrollo (que ya pasó del 21 por ciento en 1980 al 42,2 por ciento en 2021). Los BRICS, camino ahora de la ampliación, podrían convertirse en un actor de referencia sustancial en los próximos años para los intercambios comerciales y las inversiones reciprocas entre los países en desarrollo.

Asia, por su parte, con una tupida red de cooperación en lo económico, se afirma como el centro de gravedad de la economía mundial y todo indica que esa tendencia se acentuará en los próximos años. China se asegura aquí no solo un importante espacio comercial e inversor sino también se garantiza el flujo energético de Oriente Medio, cada vez más enfocado hacia esta zona en detrimento de Europa y los EEUU. La posición alcanzada por China en el sector manufacturero o tecnológico, le confiere una posición de liderazgo referencial entre los países en desarrollo de la región, por delante de las capacidades de Japón o India.

Entre las tareas pendientes, Cheng destaca la importancia de poner término a la dependencia de las redes financieras y monetarias de Occidente; por tanto, urge definir mecanismos que impulsen la cooperación en este ámbito entre los países en desarrollo, empezando por la internacionalización del yuan.

Frente al cerco que desde Occidente se dibuja contra China para doblegar su ascenso, con estos “tres anillos”, la respuesta de Beijing bien pudiera concretarse en un cerco alternativo a los países desarrollados de Occidente con base en la activación de la cooperación con los países en vías de desarrollo. Para Cheng, solo esta vía podría permitir a China esquivar con holgura suficiente las presiones de los EEUU, incluyendo el diseño de plataformas de corte militar como el QUAD o el AUKUS.

Sea como fuere, se antoja evidente que el escenario internacional que permitió a China acceder a un rápido desarrollo económico con base en su entendimiento con los países más desarrollados de Occidente, agotó su impulso. Esto le obligará a definir una nueva política exterior, pasando página de estos últimos 40 años, quizá volviendo a Bandung (1955), como sugiere en cierto modo Cheng, ajustando sus prioridades estratégicas para poder seguir con su proceso de desarrollo sin mermar su soberanía nacional.

(Tomado del  Observatorio de la política China )

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