La publicación de esta carta intercambiada entre Nadezhda Krúpskaya, Vladímir Lenin y María Aleksándrovna Blank (Uliánova), madre de Lenin, posee un valor que va mucho más allá de la simple curiosidad histórica. En tiempos donde la política suele aparecer degradada a la mera gestión tecnocrática, estas líneas permiten asomarse a una dimensión frecuentemente olvidada del movimiento revolucionario: la profundidad humana, afectiva y familiar que acompañó a quienes dedicaron su vida a la revolución social.
Existe una representación vulgar de los revolucionarios como seres fríos, ascéticos, desprendidos de toda emoción. La correspondencia de Lenin y Krúpskaya destruye esa caricatura. Allí aparece un Lenin preocupado por su madre, atento a su salud, a su estado anímico, a las condiciones concretas de la vida cotidiana. No se trata del bronce petrificado del dirigente convertido en icono estatal, sino de un hombre atravesado por el exilio, la persecución, la clandestinidad y la distancia. La revolución no abolía la sensibilidad humana: la tensaba, la hacía más dramática. En cada despedida existía la posibilidad real de no volver a verse jamás.
La figura de María Aleksándrovna Blank resulta particularmente conmovedora. Madre de varios hijos revolucionarios, cargó con el peso brutal de la represión zarista. Uno de sus hijos, Aleksandr Uliánov, fue ejecutado por participar en una conspiración contra el zar. Aquella tragedia marcó profundamente a Lenin y a toda la familia. La carta adquiere entonces un espesor histórico enorme: no es simplemente un saludo afectuoso, sino la continuidad de una existencia atravesada por el sacrificio político y la violencia del viejo orden ruso.
El Día de la Madre suele ser absorbido por la lógica comercial contemporánea: flores, promociones y sentimentalismo vacío. Recuperar textos como este permite devolverle contenido histórico y político a la fecha. La maternidad aparece aquí ligada no al consumo ni a la idealización abstracta, sino al sufrimiento concreto de las madres de perseguidos, presos, exiliados y combatientes políticos. En la historia del movimiento obrero y revolucionario hay innumerables madres que soportaron cárceles, fusilamientos, desapariciones y destierros. La madre de Lenin encarna también esa experiencia universal.
Hay además otro aspecto relevante. La carta deja ver la importancia decisiva de Nadezhda Krúpskaya no solo como compañera sentimental de Lenin, sino como dirigente revolucionaria por derecho propio. La historia oficial muchas veces la redujo al rol de “esposa de Lenin”, invisibilizando su papel político e intelectual. Sin embargo, fue una organizadora central del movimiento bolchevique, pedagoga y constructora del sistema educativo soviético. En el tono cálido y cercano de la correspondencia aparece también esa comunidad militante donde la vida privada y la lucha política se entrelazaban de manera inseparable.
Leída hoy, la carta posee incluso una dimensión melancólica. El siglo XX convirtió a Lenin en uno de los nombres más influyentes y controvertidos de la historia universal. Pero antes del símbolo, antes del mausoleo y de las disputas doctrinarias, hubo un hijo escribiendo a su madre desde la incertidumbre del exilio. Quizás allí reside la fuerza más profunda del documento: recordar que las grandes revoluciones no fueron hechas por estatuas, sino por seres humanos concretos, capaces de amar, sufrir, extrañar y temer.
En un tiempo dominado por el individualismo extremo y la fragmentación de los vínculos, esta correspondencia permite intuir otra idea de comunidad humana. La revolución, parece decirnos Lenin en estas líneas íntimas, no nace de la negación de los afectos, sino de su ampliación histórica hacia el conjunto de los oprimidos.
EP
La carta
2/VII.
Querida María Alexándrovna: Anteayer recibimos la carta de Maniasha, y ayer la suya. ¡Qué alegría! Lo que falta ahora es que pongan en libertad en seguida a Ania; los abrazo a todos fuertemente, queridos míos. Lo peor es que ustedes dos no se encuentren bien de salud. Tienen que descansar, y sobre todo, respirar aire puro; al fin y al cabo, Kíev es una ciudad. Pero en el verano no se está bien en el norte; mamá vive cerca de Petersburgo, en la dacha de unos amigos, y se queja del frío y la lluvia. Según parece la dacha de Mark Timoféievich es la que reúne mejores condiciones para el descanso.
También nosotros descansamos ahora. Hemos dejado nuestra casa y, a decir verdad, estoy encantada, porque la limpieza y demás quehaceres domésticos me ocupaban el día entero; y en medio del trajín que tenemos a menudo, la necesidad de pensar continuamente en la casa terminó por fastidiarme. Si salía de paseo, me encontraba luego con que no tenía leche; si me levantaba después de las siete, debía ir a la ciudad para comprar carne, y así sucesivamente. Y además en invierno hace mucho frío. Ahora organizaremos mejor nuestra vida. Por mi parte, para el otoño pienso dedicar todo mi tiempo al trabajo, y estoy pensando ya en tomar todas las medidas para evitar el ajetreo que me cansa tanto. Ahora estamos en Lausana. Salimos de Ginebra hace siete días, y literalmente dedicamos todo el tiempo al descanso. Dejamos el trabajo y las preocupaciones en Ginebra; dormimos diez horas diarias, nos bañamos, paseamos. Volodia echa sólo un vistazo a los periódicos; nos trajimos la menor cantidad posible de libros, y hasta devolveremos mañana a Ginebra los que no hemos leído, porque pensamos levantarnos a las cuatro de la mañana, ponernos la mochila en la espalda e irnos a las montañas por unas dos semanas»[ Acerca de esta excursión N. K. Krúpskaia recordaba: «A fines de junio de 1904 Vladímir Ilich y yo nos pusimos las mochilas en la espalda y nos fuimos a las montañas por un mes, sin rumbo fijo. Estuvimos una semana en Lausana, recuperamos un poco las fuerzas y luego nos dirigimos a un lugar a la altura de Montreux; nos internamos en lugares agrestes e impenetrables, donde había unos leñadores, que nos indicaron cómo salir al camino y dónde pasar la noche. A través de Aigle descendimos al valle del Ródano, pasamos por Bexles-Bains, donde vive mi compañera de escuela y de curso, para vagabundear después largo tiempo a lo largo del Ródano; hicimos unas 70 verstas: fue la etapa más cansadora del viaje. Por fin, descendimos atravesando Gemrnipass a Oberland; estuvimos al pie del Jungfrau, luego, después de cansarnos mucho, nos instalamos cerca del lago Brienzersee en Iseltwald, donde pasamos alrededor de una semana, para seguir después nuevamente por Interlaken y Zimmental hacia atrás, hacia la zona de Ginebra. El invierno de 1903-1904 había sido extremadamente difícil, teníamos los nervios destrozados y deseábamos alejarnos de la gente, olvidar por un tiempo todos los problemas y sobresaltos. Las montañas nos ayudaron. Las nuevas impresiones, el aire de montaña, la soledad, el cansancio sano y el sueño sano ejercieron una influencia verdaderamente saludable sobre Vladímir Ilich. Recuperó las fuerzas y el ánimo, el espíritu alegre. Pasamos agosto en Lac de Bret, donde, junto con Bogdánov Vladímir Ilich esbozó el plan de la lucha posterior contra los mencheviques». 315.]. Iremos a Interlaken y de allí a Lucerna. Leímos la Baedeker y planeamos todos los detalles de nuestro viaje. En esta semana nos hemos «recuperado» bastante e incluso tenemos un aspecto más sano. Fue un invierno difícil, y tenemos los nervios tan destrozados, que descansar no es un pecado, a pesar de lo cual me remuerde la conciencia. Lo malo es que el tiempo no es muy estable que digamos; no llueve, pero está bastante nublado. Nada más puedo contarles por ahora de nuestras vacaciones. Volodia y yo hemos hecho un trato: no hablar de ningún asunto serio; él dice que el trabajo no es como el oso que se puede escapar al bosque; hemos decidido no hablar y en lo posible, ni siquiera pensar.
Seguramente esta noche escribiré a Maniasha, y mientras tanto las abrazo y las beso fuertemente, queridas mías.
Suya, Nadia
Querida mamita: te escribo a toda prisa unas líneas. Muchos saludos de mi parte a Maniasha y felicitaciones por estar en libertad. Es necesario que este verano te tomes un descanso. Por favor, vayan a alguna parte en el campo. Nosotros paseamos y descansamos maravillosamente. Te abrazo fuertemente.
Tuyo, V. Uliánov
Escrito: Escrita el 2 de julio de 1904. Se publica de acuerdo con el manuscrito. Enviada de Lausana a Kíev.
Publicado por primera vez: Publicada por primera vez en 1929 en la revista Proletárskaía Revóliutsia, núm. 11.
Fuente de esta edicion: Editorial Akal, Obras Completas, Tomo 41
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