Boric y el Frente Amplio: de trampa afectiva y regresión infantil a herramienta del poder

por Alejandro Valenzuela Torres

Una tarde, mientras veía una intervención de Boric en televisión, hablando con su ya típico tono sereno y pulcro sobre “diálogo democrático”, sentí algo incómodo. No era solo el tono —era lo que no decía. La ausencia total de conflicto. El silencio absoluto sobre las causas estructurales de la rabia que alguna vez encendió las calles de Chile. Y ahí lo entendí: el Frente Amplio no es un error progresista. Es una herramienta del orden.

El Frente Amplio no vino a transformar nada. Vino a gobernar la frustración, a reconducir la energía popular del 2019 a los canales institucionales, donde no moleste, donde se la pueda domesticar, traducir, amortiguar. No es una alternativa al neoliberalismo chileno. Es su continuidad con sensibilidad millennial.

Usan el lenguaje de la inclusión, la diversidad y los derechos, pero nunca tocan el corazón de la bestia: la propiedad privada, el saqueo de los recursos, la concentración de la riqueza. No incomodan al capital, lo legitiman con sonrisa de funcionario joven. Son la cara tierna de la traición política.

Porque mientras el pueblo pedía una nueva Constitución nacida de la lucha, ellos ofrecieron procesos controlados, pactos por arriba, y convenciones paritarias donde se podían decir muchas cosas… excepto lo que realmente había que cambiar. Toda esa energía se licuó en papers, en discursos templados, en reformas que no reforman nada.

Y cuando la derecha arrasó en el plebiscito, el Frente Amplio no dijo “fallamos”. Dijo “tenemos que explicarnos mejor”. Como si el problema fuera de marketing. Como si el pueblo no entendiera. Y no: el pueblo entendió perfectamente que los que hoy visten de progresismo gestionan las mismas estructuras económicas, represivas y extractivistas de siempre.

Por eso su discurso es tan correcto. Porque está pensado no para agitar, sino para apaciguar. No para organizar, sino para gestionar. No para romper con la historia del abuso, sino para prolongarla con palabras más suaves.

El Frente Amplio chileno no encarna la esperanza. Encadena el deseo. Hablan de justicia mientras mantienen la subordinación, de derechos mientras suben el costo de la vida, de dignidad mientras criminalizan la protesta. El mismo sistema, pero con filtro de Instagram.

Y ahí está el peligro. Porque no es solo un proyecto fallido. Es una trampa afectiva. Una versión edulcorada del neoliberalismo que ocupa el lugar donde debería estar la lucha. Son la puerta giratoria entre la revuelta y la decepción, entre el estallido y el apaciguamiento.

No vinieron a abrir futuros. Vinieron a cerrar los posibles, a decirnos que esto es lo máximo a lo que podemos aspirar: un neoliberalismo con lenguaje inclusivo, con ministerios diversos y con buenas formas. Pero al final del día, la represión sigue, el saqueo continúa y el pueblo sigue esperando una transformación que no va a venir de quienes le tienen más miedo al conflicto que a la injusticia.

El Frente Amplio chileno es el yeso con el que se intentó inmovilizar la historia. Pero hay cuerpos que no aceptan más anestesia.