Ante un nuevo fraude constitucional: no votar, organizarse y luchar

por Grupos de Acción Popular

La coyuntura constituyente se acerca a su fin, y tanto el oficialismo como la oposición cierran filas en cada una de las dos opciones de la actual contienda electoral. Una vez más el pueblo será llamado a votar en una simulación democrática totalmente ajena a sus intereses y necesidades, con un régimen político que suma a las incapacidades en la conducción, una escalada de corrupción que ha profundizado la crisis política y la ilegitimidad de toda la institucionalidad dominante.

Sea cual sea el resultado, que parece cada vez más cerca a otro rechazo a la Nueva Constitución, como siempre la clase política buscará sacar de alguna forma las cuentas favorables. Desde el oficialismo y otros sectores que funcionan como su vagón de cola, se apresuran a arrimarse a la opción más segura, buscando salir a levantar los brazos en la noche del 17 de diciembre, con un populismo vergonzoso que los pone de facto en la posición de defensores del status quo neoliberal. Por otro lado, los de la posible opción desfavorecida, nos dirán que a fin de cuentas nunca quisieron una Nueva Constitución, que mantener (las desgastadas y deslegitimadas) reglas del juego son un claro triunfo del modelo, que al final de cuentas “se ganó perdiendo”. Al final, la elocuente sentencia del defenestrado Longueira, parece ser el cuadro más ilustrativo de la esquizofrénica escena que ha terminado armando la clase política: “en esta pasada gana por partida doble Jaime Guzmán, con un oficialismo apoyando la constitución de Pinochet y la derecha proponiendo su reemplazo democrático”.

Por cualquiera de los dos lados donde se mire el resultado, lo que menos importa es el asunto constitucional. Es falsa también la pugna entre los que buscarían refundar en nuevo modelo económico social y los que se resistirían a este, buscado solo modernizar lo existente. En los últimos 4 años no han estado en juego los proyectos políticos, y más lejos aún la intención de cimentar un orden social favorable a las mayorías trabajadoras de nuestro país.

Por el contrario, hoy se muestra con más claridad que nunca, que el proceso constituyente ha funcionado como una cortina de humo para gestionar la crisis política, cooptando y adormeciendo el descontento popular, y poniendo el eje de la lucha política en forma absoluta en el territorio de las clases poseedoras. Tal como lo dijimos desde un inicio, lo determinante en el proceso constituyente ha sido la pugna entre los propios sectores dominantes por la conducción del proceso político, por quien pone la marca, por quien define la salida a la crisis, buscando dar un soporte seguro y estable al afán de maximizar las ganancias del capital. Y la falsa batalla entre “a favor” y “en contra”, es el triste epílogo de este proceso.

No olvidemos que el pacto de todo el arco político, expresado en la fotografía de la cofradía política criolla sentada en los salones del ex congreso, fue producto de una respuesta cohesionada de la clase dominante y sus partidos para hacer frente al desbande popular, el que aun cuando le faltaba claridad y organización, se expresaba con radicalidad en las calles de todo Chile, exigiendo bajo múltiples formas una vida distinta a la existente, con dignidad y justicia, amenazando con una rabia y descontento profundo hacia toda la institucionalidad dominante, de manera tal que infundió un terror a todos los que presurosos posaron para la foto. Y no hay mucho honor en aquellos otros que no se quisieron sentar, repitiendo la pantomima de siempre cuando días más tarde se unen a la farsa, defendiendo ahora el sacrosanto “estado de derecho” con el cual se ha sojuzgado al pueblo históricamente.

Esta es la razón de origen, la naturaleza y el carácter del proceso constituyente, cuya única respuesta posible, desde una posición consecuentemente popular y revolucionaria, es el rechazo absoluto; pero no sólo a alguna de las dos sentencias establecidas (al “rechazo/aprobación”, o al “en contra/a favor”), sino a todo el proceso en su conjunto, donde no sólo se deslegitime un proceso electoral con nuestra ausencia de él, sino a todo este sistema antipopular corrupto y las vergonzosas opciones que hoy se nos ofrecen.

Por otro lado, los estratagemas del poder para dar legitimidad al proceso dan cuenta de esta misma naturaleza antipopular, buscando vestir con ropajes soberanos el acuerdo elitario de origen: participación ciudadana, iniciativas populares de normas, convencionales “independientes” y “expertos”; todos estos recursos infructuosos para encauzar una salida consensuada entre la elite dominante con validación ciudadana, pero claramente sin ningún atisbo de real soberanía popular, la que digámoslo sin más matices, sólo es posible con el pueblo hecho poder, con el control de la economía y el Estado, con el gobierno de la sociedad por parte de los trabajadores. Cualquier otra opción que no se encamine a esta situación es sólo oportunismo, engaño y demagogia, es creer ilusamente (aún) que la democracia realmente puede traducirse en un pacto social entre intereses irreconciliables, entre proyectos antagónicos, entre los que crean la riqueza social y entre quienes despojan esa riqueza para aprópiaselas ilegítimamente.

Como contracara de estas maniobras, en los cuatro años de ensimismamiento constituyente de los poderosos, el pueblo ha vivido una profundización en la precariedad y el empobrecimiento en sus condiciones de vida, todo como consecuencia de las medidas de ajuste que los gobiernos de turno (especialmente la actual administración de Boric), han implementado para dar tranquilidad a la clase empresarial. La inflación y el estancamiento económico ha recaído en los hombros de las clases populares, a lo que se suma el aumento de la cesantía y la informalidad laboral, la crisis de los pobladores sin casa, la agudización de la falta de atención en salud, la precariedad y decadencia en la que han caído las instituciones escolares en las que se educa el pueblo.

Existe así un profundo desprecio por el pueblo de parte la elite política y empresarial, lo que ha quedado claro durante los últimos años, donde han primado las querellas y pugnas menores, en un marco de total desorden y parálisis política. Aún pudiendo generar una agenda de reformas que alivianara la carga que hoy tiene el pueblo (incluso desde el limitado marco de la política actual), cada partido se ha dedicado a sacar cálculos políticos, anteponiendo incluso los intereses inmediatistas en el ámbito electoral al necesario consenso que los mismos sectores dominantes necesitan para salir del atolladero. Dado que nada importa más que los intereses de una minoría incrustada en el poder, el horizonte no va más allá de quien define y direcciona la distribución de poder en el próximo ciclo electoral, luego de la bancarrota absoluta del gobierno, los casos de corrupción, la emergencia disruptiva de Republicanos y los intentos de reordenamiento al interior del oficialismo.

Por otro lado, el impúdico discurso de Hacienda y de las vocerías del gobierno que siguen a rajatabla su línea, nos plantean mes a mes que la economía va en recuperación, que Chile es un ejemplo de responsabilidad y resiliencia, que las ajustes a nivel de política económica y monetaria son un éxito. El manejo mañoso de las estadísticas, que cuenta decimales para decir que el asunto no empeora o empeora sólo un poco, son una bofetada a la dignidad humana, cuando el pueblo ha tenido que lidiar con largas temporadas de cesantía, con la búsqueda de empleo informal y en negro, con dobles jornadas laborales, bajos salarios, y el disciplinamiento empresarial que aprovecha las coyunturas de crisis para estrujar al máximo las ganancias, a costa de la vida del pueblo.

Es probable entonces que la respuesta electoral del pueblo sea muy similar a la del pasado plebiscito de salida. Más allá de qué se vote o cómo cada quien decida en el acto electoral, lo que se expresará es un voto de hastío y descontento contra el proceso constituyente, contra la clase política y sus maniobras, contra las recurrentes mentiras y promesas no cumplidas por el gobierno y los parlamentarios, contra la situación de explotación, hambre y miseria.

Por estas razones, el camino más justo y la mejor de las opciones, es NO VOTAR, rechazando con decisión el próximo evento electoral, combatiendo sin ningún matiz, tanto el “a favor” como el “en contra”, como dos opciones que responden a los mismos intereses de clases. El intento por parte de las clases dominantes de dotar de legitimidad democrática este nuevo fraude constitucional, debe ser enfrentado por el pueblo y sus organizaciones, cuya posición debe reforzar con claridad que ni esta elección, ni cualquier ajuste constitucional que venga va a resolver alguno de sus problemas. Al contrario, esta democracia hecha a la medida de los más ricos, se constituye en la mejor herramienta de dominación, que busca encauzar institucionalmente los problemas y apaciguar el malestar popular

Pero tampoco podemos engañarnos con la ilusión de que la solución es encauzar otro supuesto nuevo proceso constituyente realmente legítimo, una asamblea constituyente realmente soberana, o cualquier cambio institucional supuestamente puro, que esquive las tareas urgentes de construir de forma material las fuerzas del pueblo, de transformar ese descontento profundo que hoy tiene nuestra gente en organización y lucha. Es un ilusionismo funcional, porque se plantean como posibles cambios radicales y profundos sin una revolución social, a través de negociación institucional y el beneplácito del empresariado, reeditando las viejas máximas del reformismo ramplón y claudicante. La izquierda que oportunistamente se acomoda en la opción del “en contra”, para luego decirnos que hay que impulsar (ahora sí) un verdadero, real y soberano proceso constituyente, termina alineándose con una de las facciones políticas de la clase dominante, desviando el camino de lucha, ocupando también un rol domesticador de las mases populares, que reproduce el discurso ideológico del democratismo liberal.

La posición contingente es responder con rebeldía y desobediencia política llamando a no asistir a las urnas, a NO VOTAR, a combatir las falsas ilusiones de la institucionalidad. Pero, lo realmente relevante, el foco de las tareas revolucionarias, es responder a la crisis de los de arriba, a las fisuras del régimen político, con movilización popular, activamente en cada rincón donde vive, trabaja y estudia el pueblo, recomponiendo con conciencia la organización y la lucha. Es sólo en este proceso, que debe ser ascendente y cada vez más ampliado, como el pueblo se hará un camino para que sus decisiones políticas se impongan, para que los intereses de las mayorías populares sean los intereses de todos, para que la justicia social se vuelva el principio que defina nuestra realidad. Sólo así la política será propiedad del pueblo y los trabajadores.

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