Algunos necesitan perros

por Juan García Brun

Entré descalzo y a oscuras desde la playa, el lugar me pareció mucho más grande de lo que recordaba. El rugido del mar y la luna entraron conmigo a la cabaña. Una cierta humedad y camas desmesuradas, consiguieron desalentarme. Es lo que recuerdo. Luego fumé hasta sentir un horrible dolor de cabeza.

Visto desde el jardín, el paisaje era mínimo. Las dunas se habían apoderado de aquello que en otro tiempo —un tiempo que no dejo de recordar con sospecha— era una espléndida perspectiva del Mar del Norte. Tengo que haberte contado lo de las catedrales, un conjunto de rocas afiladas como torres que terminaban al final de la playa, unos cinco kilómetros más al sur. Algunas veces, a fines del invierno, el viento silbaba estentóreo y grave entre esas piedras, semejando la sirena de un buque. Nada de eso escucho en estos momentos.

Desde la lacónica terraza del dormitorio puedo ver —entre sombras— los senderos, los setos negros y a Ilse con gafas, cubierta con ese pañuelo azul del Hotel Langham, portando un hato de lavandas, en un tiempo en el que todo era maravilloso. Puedo sentir, como un hormigueo que bien puede ser de la herida, la dicha de salir del hotel en la noche y recorrer las librerías, las tiendas de música y los restoranes. Siento el Messerschmidt 110 hundiéndose silencioso en las fauces del océano.

La noche había transcurrido tal y como la habíamos planificado.

Sin embargo, nadie había llegado. Dispuse mis cosas sobre una inestable mesa cuya cubierta era de vidrio biselado, una linterna, una cámara, mapas y mis medicamentos homeopáticos. Sólo podía escuchar sus voces. Una y otra vez sus voces, repitiendo la misma historia: la noche milenaria proveniente de una torre, Londres en llamas y una horca.

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