Albert Camus: «Hiroshima»

El mundo es lo que es, es decir poca cosa. Lo sabe cada uno desde ayer gracias al fabuloso concierto que la radio, los diarios y las agencias de información acaban de desatar con respecto a la bomba atómica. Nos dicen, efectivamente, en medio de un montón de comentarios entusiastas que “cualquier ciudad de mediana importancia puede ser arrasada por una bomba del tamaño de una pelota de futbol”. Periódicos estadounidenses, ingleses y franceses se explayan en disertaciones elegantes sobre el futuro, el pasado, los inventores, el costo, la vocación pacífica y los efectos bélicos, las consecuencias políticas y hasta el carácter independiente de la bomba atómica. Vamos a resumirnos en una frase: la civilización mecánica acaba de alcanzar su último grado de salvajismo. Habrá que elegir, en un futuro más o menos cercano, entre el suicidio colectivo o la utilización inteligente de las conquistas científicas.

Mientras tanto, está permitido pensar que hay una cierta indecencia en celebrar así un descubrimiento, que primero se pone al servicio de la ira de destrucción más increíble de que haya sido prueba el hombre en siglos. Que en un mundo librado a todos los destrozos de la violencia, incapaz de ningún control, indiferente a la justicia y a la simple felicidad de los hombres, la ciencia se consagre al asesinato organizado, nadie sin duda podrá siquiera asombrarse, a menos que sostenga un idealismo impenitente.

Los descubrimientos deben registrarse, comentarse por lo que son, anunciarse al mundo para que el hombre tenga una idea precisa de su destino. Pero abordar estas revelaciones espantosas con una literatura pintoresca o humorística, resulta insoportable.

Ya no era fácil respirar en un mundo torturado. Ahora se nos propone una nueva angustia, que tiene todas las chances de ser definitiva. Se le ofrece a la humanidad sin duda la última oportunidad. Y esto quizás bajo el pretexto de una edición especial. Pero debería ser con toda seguridad tema de ciertas reflexiones y de mucho silencio.

Por lo demás, hay otras razones para recibir con reserva la novela de anticipación que nos proponen los periódicos. Cuando vemos al redactor diplomático de la Agencia Reuter anunciar que este invento deja caducos los tratados e incluso las decisiones de Potsdam, destacar que da lo mismo que los rusos estén en Koenigsberg o Turquía en los Dardanelos, no puede uno evitar de adjudicar a este bello concierto intenciones bastante extranjeras al desinterés científico.

Que nos escuchen bien. Si los japoneses capitulan después de la destrucción de Hiroshima y a causa de la intimidación, nos vamos a alegrar. Pero rechazamos aprovecharnos de una noticia tan grave para otra cosa que no sea la decisión de abogar más enérgicamente aún por una verdadera sociedad internacional, donde las grandes potencias no tengan derechos superiores a las naciones más pequeñas o medianas, donde la guerra, el flagelo que se ha convertido en definitivo por el solo efecto de la inteligencia humana, ya no dependa de los apetitos o de las doctrinas de tal o cual Estado.

Ante las perspectivas aterradoras que se abren a la humanidad, percibimos aún mejor que la paz es la única batalla que vale la pena librar. Ya no se trata de un ruego, sino de una orden que debe alzarse de los pueblos a los gobiernos, la orden de elegir definitivamente entre el infierno y la razón.

Editorial de Combat, 8 de agosto de 1945.

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