Aclaración sobre el término «escritor popular»

por Edmundo Moure

Todos los lenguajes humanos poseen una normativa, otorgada por sus propios y esclarecidos cultores como defensa ante el riesgo, siempre latente, de disgregación, deterioro o decadencia. Lo que no contradice el dinamismo esencial de los idiomas y la incorporación de nuevos vocablos y expresiones; asimismo, la sustitución de giros obsoletos o extemporáneos. Así, el lenguaje, sobre todo el literario, se enriquece con nuevos significados, ampliando el universo de sus significantes. Lo contrario es empobrecerlo, como viene ocurriendo, de manera acelerada, en nuestra sociedad cibernética e hiperespecializada.

La normativa es válida -indispensable- para lenguajes matemáticos, científicos, comunicativos, artísticos. El lenguaje escrito, el que nos ocupa e inquieta a los escritores (as), también está normado, aunque su gramática no corra a parejas con la velocidad de su dinamismo. Hay casos de escritores (as) -grandes o modestos-, como señala el poeta Gamalier Bravo, en que ciertas circunstancias o anomalías perturban o menoscaban su capacidad expresiva lingüística. Conozco dos escritores chilenos que padecen dislexia, lo que influye en sus escritos; deben requerir, por ello, del concurso de editores, con el fin de evitar errores manifiestos en su sintaxis. Hace treinta o cuarenta años, las editoriales y los periódicos contaban con correctores de prueba, y aun de estilo, para evitar gazapos en sus publicaciones.

Pablo Neruda recurría habitualmente a «secretarios técnicos», como les llamaba, para evitar sus propias imperfecciones semánticas. Uno de ellos fue el poeta Homero Arce, fino escritor, con «ojo de lince», según nuestro Premio Nobel 1971.

Miguel de Cervantes, el más grande novelista de todos los tiempos, incurría en errores sintácticos, como advirtiera Lope de Vega en su tiempo. Cervantes era tartamudo y es probable que este defecto, en alguna medida, se traspasara a su lenguaje escrito; así lo señalaba Freud. Dostoievski, por su parte, también escribía «mal» según Bielinski y otros críticos; era epiléptico, y de acuerdo a la psiquiatría moderna, esta enfermedad afecta la expresión lingüística.

Todo esto debiera matizar mi observación sobre confundir «escritor popular» con quien escribe con faltas de ortografía. Sin embargo, eso no significa avalar el descuido, la falta de lecturas, la impericia, la pretensión de ser escritor careciendo de un mínimo talento expresivo.

El oficio de escritor, como cualquier otro (quizá más que cualquier otro), requiere de una labor constante de mejora y perfeccionamiento, que no concluye jamás. Esto implica respeto y amor por la lengua en la que nos expresamos. Para mí, estas condiciones son intransables.

Por otra parte, tenemos el caso de ilustres escritores que transgredieron las normas académicas: Julio Cortázar, José Saramago, Rubem Fonseca… Pero lo hicieron habiendo ya conocido y dominado las normas; algo semejante podemos afirmar de Picasso o de Dalí en la pintura.

No se trata de que yo incurra en «clasismo», como sugiere alguien en este espacio; por el contrario, admiro a los grandes escritores populares, forjados -como yo mismo, discúlpenme- en una larga e interminable experiencia autodidacta. Menciono a Gabriela Mistral, José Santos González Vera, Nicomedes Guzmán, Manuel Rojas, Pedro Lemebel, Hernán Rivera Letelier, admirables, valiosos, dignos de encomio.

Pero esto no significa avalar la inadvertencia, la torpeza, el descuido y aun el desprecio por un oficio harto ninguneado, de manera transversal, en nuestra sociedad de mercaderes palurdos.

Estimo que cualquier escritor o escritora que pretenda ejercer el arte de la palabra tiene la obligación de instruirse, dado que las universidades y otro tipo de academias no son, como afirmara un viejo maestro, «fábricas de escritores».

El escritor se hace a pulso, en la soledad, pero su única amante perdurable: la palabra, le exigirá el máximo de atención y un respeto insoslayable. Lo sustento y lo practico. Allá quienes crean que conociendo el silabario del Ojo pueden llamarse a sí mismos escritores (as).

(Esta nota ha sido tomada de la página de Facebook de Edmundo Moure y se presenta como una aclaración referida a la utilización del término en relación reciente Premio Nacional, Hernán Rivera Letelier)

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