¿Acaso no sabemos que sin agua no somos ni seremos?

por Félix Población

La agencia Bloomberg difundió no hace mucho, mientras avanzaba por el planeta la tercera fase de la más grave pandemia ocurrida en el último siglo, que el agua va a cotizar en Wall Street. Preocupados como estamos por la mortal incidencia del coronavirus en el mundo e ignorantes la mayoría del léxico financiero, quizá esta noticia no tuvo toda la trascendencia que comporta. Tampoco sabemos si el hecho de que se haya dado a conocer ahora ha sido, precisamente, para embuchar la gravedad de una noticia en otra.

El inicio de la cotización del agua en el que llaman mercado de futuros de las materias primas de Wall Street se marcará, debido a su escasez, según el índice no sé cuantos  (NQH2O), un indicador que según leo se basa en los precios de los futuros del agua en el estado de California, que el 7 de diciembre del año pasado cotizaba a 486,53 dólares (casi 397 euros) por 1.233 metros cúbicos, casi medio dólar por metro cúbico, mucho más que los 0,2 céntimos de euro que pagan los regantes del valle del Ebro, según dicen los expertos.

No creo que se pueda pasar por alto que los primeros contratos lanzados por la empresa estadounidense CME Group Inc se anunciaron el pasado mes de septiembre, coincidiendo con la gran tragedia que vivía precisamente la costa oeste de aquel país, arrasada por el calor y los incendios forestales, según recordamos por la alarmante y espectacular voracidad de las llamas.

El agua es ya un producto más de los que cotizan en Bolsa, tal como ocurre con el oro, el trigo o el petróleo. Esto quiere decir que a partir de nuestros días el agua potable -uno de los derechos humanos esenciales declarados por las Naciones Unidas y de cuyo acceso carecen en el mundo tres de cada diez personas (2100 millones), mientras que seis de cada diez (4500) no disponen de saneamientos seguros- estará sujeto a las especulaciones del mercado. Conviene no olvidar en estas circunstancias que el llamado estrés hídrico afectará en cinco años a determinadas zonas de África y podría desembocar en una crisis migratoria que afectaría a 250 millones de seres humanos.

La mercantilización de ese derecho vital podría derivar en una privatización del agua. Sin embargo, no hemos escuchado las suficientes y significadas voces como para llamar la atención de la humanidad acerca de tan oscuro porvenir. Se echa especialmente de menos la del Papa Francisco que vive en Roma y tan franciscano se muestra a menudo. Si escuchamos la del ex presidente de Bolivia, Evo Morales: “Cotizar el agua en Wall Street es como ponerle precio a la vida”, dijo y pienso. La del planeta y la de quienes lo habitan.

El agua es la fuerza motriz de toda la Naturaleza, escribió Leonardo da Vinci, y el fallecido investigador japonés Masaru Emoto cree que todo en el universo es producto de la vibración, transmitida a través del agua. «Y quizás a eso se refieran los textos sagrados al señalar que en el comienzo fue la Palabra que no es sino una expresión de la vibración. Las vibraciones son energía. Sin energía el hombre se muere y cualquier objeto que existe en el mundo desaparece. La vibración es vida. Cuando el corazón deja de vibrar todo se degrada. Y es el agua precisamente el medio de transmisión de esas vibraciones”.

Somos agua. Sin agua no seremos. Pretenden poner precio a nuestras vidas y percibir tanto y tan sonoro silencio ante ello espanta, sobre todo ante un planeta en el que a la pérdida de biodiversidad y el cambio climático acelerado de los años corrientes y por venir se unen la ignorancia e inacción política, amenazando la sobrevivencia de todas las especies. Incluida la que somos y ha sido y es máxima responsable de lo que se avecina.

(Tomado de El Salto Diario)

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