A propósito de «Capitalismo de plataformas» de Nick Srnicek: precarización estructural y fragmentación de la clase trabajadora

por Fernando López MacKenzie

El gesto de humedecerse el dedo para pasar la página de un diario, como ironiza Nick Srnicek en Capitalismo de plataformas, parece hoy un vestigio de otra época. No porque el papel haya desaparecido, sino porque el capitalismo contemporáneo requiere dedos secos, deslizando pantallas, produciendo sin descanso la nueva materia prima de nuestra era: los datos. La mutación tecnológica no es inocente. Es, en realidad, la forma concreta que asume en el siglo XXI la respuesta del capital a su propia crisis histórica. Y su manifestación más tangible no está en la nube ni en los servidores de Amazon, sino en las calles de nuestras ciudades: en los ciclistas de Rappi, los conductores de Uber, los repartidores de Pedidos Ya, los choferes de Didi. Todos ellos rostros de una misma realidad: la precarización estructural y la fragmentación de la clase trabajadora.

La genealogía de un modelo

Srnicek demuestra que el auge del capitalismo de plataformas no es un fenómeno espontáneo ni fruto exclusivo de la innovación tecnológica, sino la respuesta del capital a tres grandes sacudidas históricas: la caída de la rentabilidad industrial en los años 70, el auge y colapso de las empresas punto com en los 90 y la crisis financiera global de 2008. Cada una de estas coyunturas obligó a reestructurar las bases de acumulación: primero con la transición del fordismo al toyotismo, luego con la masiva inversión en infraestructura digital, y finalmente con el desvío de capitales hacia sectores de alto riesgo como las startups tecnológicas.

La clave de este proceso es la siguiente: mientras la industria perdía rentabilidad y los Estados atacaban las organizaciones sindicales para reducir costos laborales, el capital descubría que los datos —producidos en cada interacción digital— podían convertirse en la nueva fuente de plusvalía. Así nació el modelo de plataforma: “infraestructuras digitales que permiten que dos o más grupos interactúen”, en palabras de Srnicek, y que se basan en la extracción, procesamiento y comercialización de información.

La vida social en la era del algoritmo

La promesa publicitaria de estas empresas fue la “economía colaborativa”. En la práctica, el resultado ha sido una ofensiva contra los derechos laborales conquistados durante más de un siglo. Según datos de la Dirección del Trabajo, en Chile más del 28% de los ocupados trabaja hoy en condiciones de informalidad. En sectores como el reparto a domicilio y el transporte urbano —dominado por plataformas como Uber, Rappi, Didi, Pedidos Ya o Cabify— esa cifra se dispara hasta superar el 70%, con jornadas sin límite, inexistencia de vacaciones, ausencia de cotizaciones y exposición constante a accidentes laborales sin cobertura previsional.

Estas plataformas operan bajo un modelo que Srnicek denomina “austero”: carecen casi totalmente de capital fijo. Uber no posee autos, Rappi no tiene bicicletas ni almacenes, Airbnb no es dueña de un solo departamento. Su único activo real es el software que controla y disciplina a los trabajadores a través de algoritmos. La promesa de libertad se convierte en servidumbre digital: el repartidor no tiene jefe, pero cada movimiento está vigilado, cada decisión es condicionada por un sistema de puntuación opaco, y la competencia entre trabajadores —atomizados y sin organización sindical— garantiza salarios miserables.

Inmigración y plusvalía: la nueva base del trabajo precario

Este modelo no podría sostenerse sin una transformación profunda en la composición del proletariado chileno. En la última década, cerca de dos millones de personas inmigrantes han ingresado al país, en su mayoría jóvenes y en edad productiva. Este flujo ha compensado la brutal caída de la tasa de natalidad, que pasó de 2,6 hijos por mujer en los años 80 a apenas 1,3 en la actualidad, una de las más bajas de América Latina.

La incorporación de esta fuerza de trabajo ha sido decisiva para la acumulación capitalista: ha ampliado el ejército industrial de reserva, ha permitido la expansión acelerada de empleos precarios y ha contribuido a erosionar el valor político del derecho laboral. Los inmigrantes —muchas veces sin documentación regular o con residencia temporal— aceptan condiciones de explotación que en otras circunstancias habrían sido impugnadas. El capital los necesita, no solo como trabajadores baratos, sino como factor de fragmentación social, debilitando la solidaridad de clase y obstaculizando la organización colectiva.

Fragmentación y dominación

El capitalismo de plataformas no es, entonces, una simple “innovación disruptiva” ni un efecto inevitable del progreso tecnológico. Es la forma concreta que adopta la acumulación capitalista en el siglo XXI: sin capital fijo, con trabajo hipertercerizado, sin sindicatos, con ejércitos de reserva globalizados y con un nuevo fetiche —el dato— convertido en mercancía estratégica. Su función histórica es doble: restaurar la rentabilidad del capital a costa de los derechos de la clase trabajadora y disolver el sujeto colectivo que podría enfrentarlo.

De este modo, la precarización no es un “efecto colateral”, sino la condición de existencia del modelo. La fragmentación no es un accidente, sino un objetivo político. Y el discurso de la “flexibilidad” no es otra cosa que el intento de legitimar un proceso profundo de desposesión social.

La tarea por delante

Frente a este escenario, la disyuntiva es clara: o la clase trabajadora —incluyendo a los migrantes, a los repartidores, a los choferes y a los trabajadores digitales— se organiza para disputar el control de estas tecnologías y conquistar derechos en el nuevo terreno de la producción, o el capitalismo de plataformas continuará avanzando en su proyecto de sociedad sin derechos y sin organización.

El desafío no es menor. Las plataformas no son un fenómeno pasajero: son la nueva arquitectura del capitalismo. Pero también son su talón de Aquiles. Porque en cada bicicleta que cruza la ciudad con una mochila naranja, en cada automóvil que recorre la noche esperando un pasajero, en cada trabajador que produce datos sin recibir salario por ello, late la posibilidad de una nueva organización de clase. Una que no solo resista la precarización, sino que transforme la tecnología en instrumento de emancipación.