A los cien años de «Ulises» de James Joyce: una obra revolucionaria y una afirmación de la vida

por John McInally

“Para aprender hay que ser humilde. Pero la vida es la gran maestra”[1].

Ulises, de James Joyce, iniciado en 1914 y publicado en febrero de 1922, es la crónica de un día en Dublín, el 16 de Junio de 1904, y sigue las actividades y pensamientos de los tres personajes principales, Leopold Bloom, un publicista judio, Stephen Dedalus, basado en el propio joven Joyce y, en el capítulo final, la esposa de Bloom, Molly. El título viene del clasico mítico de Homero, La Odisea, un pilar de la literatura occidental, que describe las travesías de Odiseo (Ulises), un reticente soldado del conflicto troyano quien, como los personajes de la pequeña burguesía en la novela, vivía de su ingenio.

Tanto los reaccionarios de derecha como los estalinistas se burlaron y ridiculizaron el Ulises. Los primeros lo veían como una amenaza, no solo al conservadurismo literario y a la autoridad artística, sino también a sus intereses políticos y sociales. Mientras tanto, en un discurso de 1934 en ‘Literatura mundial contemporánea y las tareas de la cultura proletaria’ Karl Radek[2], en un comentario célebre dijo que no había “nada que aprender” de la “trivialidad” del Ulises en forma y contenido, y que para Joyce “…la característica básica es la convicción de que no hay nada grande en la vida, no hay grandes acontecimientos, no hay grandes personas, ni grandes ideas…”; y era “un montón de estiércol, gusanos, fotografiado por un aparato de cine a través de un microscopio”[3]. Radek demostró tener una completa falta de comprensión de todo lo que Ulises representa y cómo significó una revolución en la forma y la estructura literaria, en la profundidad de contenido, especialmente en su representación de la complejidad de la vida ordinaria de seres humanos, sus pensamientos y relaciones.

Aunque la falsa perspectiva de que las obras de Joyce, incluyendo Ulises, son ‘apolíticas’ no sostienen el escrutinio, aún persiste incluso entre socialistas.

Entonces, ¿cuál era el origen de Joyce, su posición política, temáticas y metas artísticas? Creció en una familia de posición acomodada de la nueva clase media católica que cayó en la pobreza durante su niñez, lo que le causó un trauma personal que le impactó profundamente. La traición por parte de la Iglesia y de los demás nacionalistas al líder nacionalista Irlandés, Charles Stewart Parnell, dejaron una profunda impresion en él. Joyce surgió de la pequeña burguesía y en ese ambiente se situaban sus historias cortas y novelas: desde DublinesesRetrato del artista como hombre jovenUlises, hasta su obra maestra final, El Velorio de Finnegan, produjo obras interconectadas en las cuales los puntos de vista políticos de este autodeclarado “escritor socialista” seguían un hilo consistente.

Dublineses, su colección naturalista de historias cortas, refleja las luchas distintivas de los seres humanos en la sociedad, en un estado de parálisis moral, social y política en la que se describe de manera realista la pobreza, la explotación y el antagonismo de clase de una ciudad en declive económico. La explotación y opresión específica de la mujer en la sociedad irlandesa es representada sensible y gráficamente. Y, en Los Muertos, justamente referida como la mejor historia corta en idioma inglés, expresa entre muchos temas entrelazados, el antagonismo entre individuos representantes de diferentes tendencias políticas de la pequeña burguesía – aquellos que apoyaban al nuevo nacionalismo y quienes se habían acomodado al colonialismo británico.

En Un triste caso Joyce, quien admiraba la combatividad del Nuevo Sindicalismo, ilustra una ingeniosa y crítica imagen de un miembro de la clase media aficionado por políticas socialistas:

Él le contó que había asistido en un tiempo a los mítines de un grupo socialista irlandés, donde se sintió como una figura única en medio de una falange de obreros sobrios, en una buhardilla alumbrada con gran ineficacia por un candil. Cuando el grupo se dividió en tres células, cada una en su buhardilla y con un líder, dejó de asistir a aquellas reuniones. Las discusiones de los obreros, le dijo, eran muy timoratas; el interés que prestaban a las cuestiones salariales, desmedido. Opinaba que se trataba de ásperos realistas que se sentían agraviados por una precisión producto de un ocio que estaba fuera de su alcance. No era probable, le dijo, que ocurriera una revolución social en Dublín en siglos.[4]

Joyce no tenía una teoría coherente y elaborada del socialismo, su perspectiva política estaba definida más por lo que rechazaba que por lo que estaba a favor. Nunca abandonó el individualismo de sus antecedentes de clase y su temperamento artístico, y estaba más influenciado por las ideas anarquistas de Bakunin, a quien había leído, que por las de Marx. Se opuso sin tregua al colonialismo, al imperialismo, al militarismo: era un pacifista de toda la vida y un internacionalista instintivo que se inspiró en las luchas de la clase obrera europea, como la huelga general de Trieste de 1903, donde vivió en un exilio autoimpuesto y pasó mucho tiempo discutiendo con los trabajadores.

Joyce comprendía que la estrategia de Gran Bretaña de no permitir el desarrollo de la industrialización, excepto en el Norte «leal», fue un factor clave en la subyugación colonial de Irlanda, encerrando al país en el atraso agrario. Al mismo tiempo que Trotsky desarrollaba la teoría de la revolución permanente, Joyce creía que era el joven proletariado Irlandés, no la clase media de la que él provenía, el que más tenía que ganar con la ruptura del vínculo colonial.

Joyce admiraba el talento artístico de W.B. Yeats, pero se burló de su papel en el Renacimiento Literario Irlandés en la popularización de su sucedáneo de mitología. Exigía que los artistas lidiaran con el mundo de la gente real y común en lugar de contaminar las mentes con fantasías destructivas y esto, un tema central en el propio Ulises, se oponía a todo el concepto del «héroe» que sustentaba generación tras generación de matanzas por la causa irlandesa.

Se opuso al nacionalismo estrecho y a la ideología del excepcionalismo racista de Padraig Pearse, que consideraba la imagen especular del imperialismo británico y le repugnaba su mitologización del «sacrificio de sangre». En una escena en Ulises, igualmente cómica y mortalmente seria, Bloom, frente a los abusos antisemitas y personales, desafía la defensa de la fuerza física por parte de los Ciudadanos intolerantes y nacionalistas diciendo: “Esa no es vida para hombres y mujeres, insultos y odio. Y todo el mundo sabe que eso es exactamente lo contrario de lo que es la verdadera vida”[5]. Mientras metafóricamente ciega al Ciudadano (que se corresponde con el cíclope de un solo ojo de Homero) con razón y amor, se ve obligado a huir, aunque gritándole desafiantemente a su enemigo cada vez más beligerante: «Mendelssohn era judío, y Karl Marx, y Mercadante y Spinoza. Y el Salvador era judío y su padre era judío”[6].

En el primer capítulo de Ulises, el ‘Británico’ Haines sugiere que Stephen es su “propio amo” pero replica: “Yo soy siervo de dos amos —dijo Stephen—, uno inglés y uno italiano… el Estado imperial británico … y la santa Iglesia católica, apostólica y romana”.[7] Para Joyce, el colonialismo británico y la Iglesia Católica eran igualmente tiranos, la segunda representaba el colonialismo de las mentes y almas de las personas. La desconfianza de Joyce hacia el nacionalismo irlandés estaba basada en el miedo a que si el vínculo con Gran Bretaña no se rompía sobre bases de clase, entonces la clase media que traicionó a Parnell crearía una Irlanda llena de sacerdotes. El desprecio del establishment irlandés ante Joyce no era solo porque escribía libros “inmorales”, sino por su oposición a la naturaleza reaccionaria política y religiosa del Estado irlandés.

Joyce escribió sobre las clases medias, era lo que conocía, pero no veía un papel político independiente para esa clase. Ulises fue publicado poco después de la fundación del Estado Libre Irlandés, dirigentes nacionalistas como Michael Collins exigieron que “la clase obrera debía esperar”, y dejar de lado sus reivindicaciones hasta que los británicos fueran expulsados. Los ‘dirigentes’ de la clase obrera que accedieron a esta traición sentaron las condiciones para la derrota de la revolución irlandesa con terribles consecuencias: partición, división sectaria, subyugación económica y política continua por parte de Gran Bretaña y, como temía Joyce, una sociedad dominada por una Iglesia represiva y socialmente conservadora.

Ulises fue prohibido en los Estados Unidos, Gran Bretaña y otros lugares, y aunque nunca fue prohibido ‘oficialmente’ en Irlanda, era confiscado en la aduana, no estaba disponible en las librerías y la prensa irlandesa sometió a Joyce, e incluso a su familia, a los ataques personales más crueles. A pesar de prohibiciones, quemas de sus obras y confiscaciones, tenía partidarios entusiastas, dispuestos a arriesgarse a multas y largas sentencias de prisión para contrabandear el «libro más infame y obsceno de la literatura antigua o moderna» a aquellos ansiosos por leerlo. En un tribunal de Nueva York en 1933, el juez John M. Woolsey, después de leer el libro, dictó un fallo histórico en respuesta a una impugnación de la prohibición. Dijo que en ninguna parte encontró él «la lectura del sensualista», sino un «comentario algo trágico pero muy poderoso sobre la vida interior de hombres y mujeres» y concluyó: «… mientras que en muchos lugares el efecto en el lector, sin duda, es algo emético, en ninguna parte tiende a ser afrodisíaco»[8].

Como la mayoría de los artistas serios de la época, Joyce buscaba desarrollar nuevas formas artísticas para expresar y aceptar los cambios rápidos y profundos en la sociedad capitalista moderna: tecnológicos, científicos, económicos, políticos, incluidas las teorías emergentes en psicología, de particular interés para los escritores y otros artistas. Joyce no estaba, afortunadamente, escribiendo manifiestos políticos. Estaba a la vanguardia de estos cambios revolucionarios y avances cualitativos en la literatura: buscaba ampliar el contenido de la novela para presentar una representación más profunda y realista de las contradicciones dialécticas y la unidad de las relaciones humanas, dentro de las condiciones sociales y políticas más amplias y determinantes de la época.

Si la literatura es una ruta hacia la compasión a través de la empatía, entonces la descripción y la autoidentificación de Stephen con el desafortunado estudiante, cuyo trabajo está corrigiendo, demuestra la integridad artística y perspicacia de Joyce. En otras manos, este pasaje podría fácilmente haber aparecido frío y desapegado, o podría haber descendido a una «emoción injustificada”, como Joyce describió el sentimentalismo:

Feo e inútil: cuello flaco y pelo espeso y una mancha de tinta, una huella de caracol. Sin embargo, una persona lo había amado, lo había llevado en brazos y en el corazón. De no ser por ella, la carrera del mundo le habría aplastado pisoteándolo, estrujando al caracol sin hueso. Ella había amado esa débil sangre aguada sacada de la suya… Como él fui yo, esos hombros caídos, esa falta de gracia. Mi niñez se inclina a mi lado[9].

Ulises no es ni política ni filosóficamente neutral. Joyce era materialista. En uno de los capítulos más «difíciles» que comienza: «Ineluctable modalidad de lo visible: por lo menos eso, si no más, pensado a través de mis ojos»[10], que es el punto en que muchos lectores tiran la toalla, el pretencioso joven Esteban está reflexionando sobre la percepción sensorial, pero sus reflexiones idealistas son consistentemente traídas de vuelta al mundo material real a través de la conciencia de sus propias funciones corporales.

En el capítulo final de la novela, que consta de ocho frases largas e ininterrumpidas que suman alrededor de 22.000 palabras, la última palabra se le da a Molly Bloom, en su muy discutido y analizado «soliloquio». Cualquier otra cosa que se pueda revelar sobre Molly en esta notable evocación, esta es una mujer que conoce su propia mente y es más que capaz de defenderse en un mundo dominado por los hombres. Y, aparte de cualquier otra cosa que se quiera leer en ella, su declaración final «… y sí dije sí quiero Sí”[11] es, sobre todo, una afirmación clara y poderosa de la vida, como lo es toda la novela misma.

Aquellos críticos que condenaron la llamada crudeza de Ulises y su supuesta obsesión con el cuerpo fueron incapaces, o se negaron, a reconocer que este era, en algunos aspectos, el aspecto más revolucionario de toda la obra. Si Joyce estaba tratando de decir algo, era que los cuerpos de los seres humanos reales debían ser liberados de la represión, la pobreza, la degradación y, sobre todo, de su matanza sistemática en los campos de batalla al servicio de los intereses de las élites gobernantes corruptas.

Escrito durante la Primera Guerra Mundial y la lucha por la independencia irlandesa, Ulises, aunque ambientado antes de estos acontecimientos, fue moldeado por, y fue una reacción a ellos. Que un día de 1904 en Dublín no es un mundo estático, preservado en aspecto, sino formado por los acontecimientos sociales, políticos y económicos que proporcionaron el contexto para futuras transformaciones cataclísmicas. Las preocupaciones políticas y filosóficas, los dilemas, las contradicciones recorren como un hilo conductor a través de la novela a pesar de su forma y técnicas alusivas y simbólicas –fue un intento revolucionario de desarrollar formas de expresión literaria capaces de explicar e interpretar el mundo moderno, no rechazando todo lo anterior, sino preservando lo que era progresista y liberador al tiempo que desenmascaraba y rechazaba lo que era opresivo y represivo.

Pero ¿qué pasa con el libro en sí, vale la pena el esfuerzo? Sería falso negar que presenta dificultades para el lector. Joyce era un artista intransigente que pretendía, al describir lo particular –un día en Dublín– abordar y revelar lo universal.

Ulises sigue las divagaciones literarias de sus personajes por las calles de Dublín. Sus otras ‘divagaciones’, en conversación o en ‘monólogo interior’, contienen muchas referencias oblicuas a la política irlandesa y requieren algún conocimiento de la época, y también cierta comprensión de la historia de la literatura que Joyce brillantemente parodia. Pero no hay necesidad de profundizar en los productos aparentemente interminables de la ‘industria Joyce’ académica: una lectura rápida de un resumen de Coles o Sparkes le dará a cualquier lector una imagen general de la acción y los temas.

Cualquier cosa que valga la pena en la vida requiere esfuerzo, al igual que Ulises, pero no debería ser una dificultad; la alegre musicalidad de la novela y su comedia, que en muchos pasajes se ríe en voz alta, como con la descripción heroica del Ciudadano, hacen que el viaje valga la pena.

La gama expresiva de Joyce es inigualable, pasando de lo mundano a lo inesperadamente poético; cuando Stephen y Leopold se despiden en la puerta de la casa de este último, observan «El árbol celeste de estrellas cargado de húmedos frutos nocheazulados»[12].

Pero si algo define a Ulises es su empatía y compasión por la humanidad. El monólogo interior de Bloom no es el caos sin sentido que Radek y los obispos pretenden, sino la caracterización completa de un ser humano irreconociblemente real de carne y hueso, y uno que, mientras se enfrenta al fanatismo, la ignorancia y todas las otras características destructivas de una sociedad rota que necesita transformación, nunca sucumbe al cinismo o a la desesperación, sino que cree en la humanidad y su potencial para el progreso y la iluminación.

[1] J Joyce, Ulises, Freeditorial, pág. 36

[2] Karl Radek (1885-1939); antiguo miembro de la Oposición de Izquierdas, que en aquel momento ya había capitulado por completo a Stalin.

[3] K Radek, “Contemporary World Literature and the Tasks of Proletarian Art”, Soviet Writers’ Congress 1934, Lawrence and Wishart, 1977, pág. 181

[4] J. Joyce, ‘Un triste caso’, Dublineses, Ediciones del Sur, 2007, pág. 125

[5] J. Joyce, Ulises, Freeditorial, pág 335

[6] Ibid, pág. 181

[7] Ibid, pág. 21

[8] B Foster, “Biography of James Joyce”, James Joyce, Haights Cross Communications, 2003, pg 65

[9] Ibid, págs. 28-9

[10] Ibid, pág. 38

[11] Ibid, pág 691

[12] Ibid, 617

(Tomado de Lucha de Clases)

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