Aminadab Mohamed bajó del tren, El Cairo se estremecía bajo sus pies como un animal sediento, un suspiro largo y esperanzador abrió el día, sin embargo, la máquina de café de la estación sólo le dio medio vaso. Él no lo sabía, pero a partir de ese momento el mundo estaba en su contra.
En la estación le esperaba un telegrama, ¿quién manda telegramas en esta era?, –se preguntó intrigado–. Ha muerto uno de tus padres, ¿estás enamorado? En principio no entendió la nota, la leyó de nuevo. Ha muerto uno de tus padres, ¿estás enamorado? Era en efecto una pésima noticia, sin embargo, por la pregunta del final, entendió que la emisora del mensaje no era otra que su exmujer quien en un exceso de crueldad le informaba que uno de sus padres había muerto. No especificaba si era su padre o su madre, y luego remataba con una pregunta absurda. Ni siquiera tuvo tiempo de llorar. Le era imposible confirmar la noticia, sus padres vivían en una lejana aldea en la frontera con Sudán a donde no llegaba la electricidad y era además zona de conflicto. Prefirió no pensar en eso, salió a la calle, intentó hacer una oración por su muerto o muerta, pero no pudo, hacia años que no veía a sus padres y en su memoria empezaban a diluirse. Pensó que, si el muerto era su padre, le dolería por los recuerdos de la niñez jugando al fútbol y viajando entre las dunas del desierto. Pensó que si la muerta era la madre tendía menos remordimiento. La recodaba poco, siempre estaba de viaje visitando a sus hermanas o socorriendo a los desvalidos en las aldeas cercanas, nunca permitió que la acompañara.
Mientras tanto la ciudad se abría ante él como una pregunta de mil cabezas, todo lo que tenía era un vaso de café a medias, una noticia a medias, y, eso si, un flamante puesto como subalterno en una de las oficinas del Ministerio de Energía.
La falta de un testículo desde su niñez lo había convertido en un niño retraído y tímido. Así, aquel hombre incompleto se enfrentaba al monstruo de ciudad lista a devorar todo lo que se moviera frente a sus ojos. Había estudiado en la Universidad de Tel Aviv, si bien Aminadab era un nombre preclaro y judío, el Mohamed lo marcaba por todos lados. Nunca fue aceptado por sus compañeros, sus profesores no lo notaban y solo pudo salir con una chica noruega que irónicamente padecía vaginismo. Ulrika era rubia, elegante, cruel cuando tenía hambre y perfectamente virgen. El tamaño de su vagina solo le permitía orinar sin mucha dificultad, pero el sexo era imposible. Las únicas dos veces que lo intentaron, una en las inmediaciones del Jordán y otra en un viaje a Belén, todo lo que consiguieron fue odiarse. Un día dejaron de hablarse, el hombre a medias y la mujer sellada ni siquiera se dijeron adiós.
Llegó a su nuevo empleo algunos minutos antes de las nueve, la puerta de la entrada era demasiado estrecha, recordó la vagina de Ulrika. La doble lámpara de la entrada que estaba rota de uno de los lados le recordó a sí mismo. Su labor sería compleja e indispensable: controlaría las compuertas de la nueva y gigantesca presa en el delta del Nilo. En un sentido, tendría el honor de ser el moderador de la salud de Egipto.
Aminadab era disciplinado, no veía a mujeres, llegaba antes que todos y se iba mucho después. Sus jefes notaron su extraordinaria entrega y poco a poco fue subiendo en el escalafón hasta llegar a ser el encargado del control de los equipos. Paseaba por las compuertas y veía el agua milenaria incorporarse al cauce del Nilo para reventar de vida el alma del desierto. Se sentía pleno y justificado, y, por primera vez, completo.
Un día recibió desde Estocolmo una carta de Ulrika, le decía que lo amaba y le confesaba toda la verdad: no era noruega, sino sueca y no se llamaba Ulrika, sino Guillermina. Una extraña incomodidad le recorrió el cuerpo. Más allá de las extrañas noticias que le llegaban de vez en cuando, la vida parecía confiable y el futuro promisorio. Aminadab Mohamed era reconocido y parte importante de un gran proyecto de infraestructura que daría por fin completa independencia a Egipto, el país sería libre del yugo de Occidente y recuperaría su gloria original. La presa y sus compuertas regarían con flujo constante el delta del Nilo y el país sería el productor de granos más grande en la historia de la humanidad. Los pueblos, las aldeas se llenarían del espíritu milenario del antiguo dios y sus aguas serían el camino de los vivos. Aminadab Mohamed era feliz, quizá demasiado feliz. En su mano despertaban las compuertas, entonces el Nilo humedecía con su aliento poderoso el sentido inmemorial de la existencia, el desierto era derrotado y la fluidez del agua era la esperanza más verdadera. Todo aquello empezaba en su mano mientras manejaba los sistemas como quien maneja su propio cuerpo. Era el dueño de las corrientes y los ritmos de la siembra, era en su mano donde reverdecía la pradera y en donde todo un país respiraba el aroma de la buenaventura. Era su voluntad la que enviaba el agua a los pueblos más lejanos, regaba las ciudades, era su voluntad la que liberaba el futuro.
Un detalle sin importancia llamó su atención, un detalle casual: todas las máquinas eran de fabricación extranjera. No se sabía si eran rusas, americanas o brasileñas, sin embargo, no había una que fuera fabricada en Egipto. Aminadab lo notó desde el primer día, en su fuero interno esto le pareció una afrenta contra el espíritu de su pueblo, pero desde su puesto inicial no podía hacerlo notar en el Concejo de Energía.
Durante un par de años el sistema funcionó a la perfección, El Nilo era nuevamente la sangre de Egipto, fue tanto el éxito que incluso la bonanza penetró hasta el Sudán. La mega presa provocó que el Nilo creciera como un antiguo gigante y que regresara por su fuerza, entonces las villas cosechaban y el hambre y la guerra eran vencidos. Gracias a los buenos oficios de Aminadab Mohamed y al régimen de riegos, fue posible abrir un canal alterno desde donde conducían los excedentes de la presa hasta lograr reservas de agua para tiempos difíciles. Egipto era ahora dueño de su destino.
Aminadab recordó a sus padres, no sabía aún cual había muerto, así que los sentimientos fueron confusos. Quien estuviera vivo no podía saber que el agua que pasaba por su aldea llevaba los suspiros y el éxito incontestable de su hijo el tímido, no podía saber que Aminadab Mohamed era ahora el último rey del Nilo.
Una tarde una de las máquinas principales, la que proveía de agua a El Cairo, no respondió a la orden. Se pensó que era un chip o un cable suelto, cambiaron los tableros y las partes fueron remplazadas inmediatamente, pero no funcionó. Pasaron varios días, el sistema seguía roto, al día siguiente otra de las máquinas falló, la de Alejandría, luego otra, la de las fronteras, luego una más y al final todo el sistema. Su condición de judío a medias lo lanzó inmediatamente al frente de las sospechas. Días después previsiblemente su rostro era el más odiado de todo el país. Se le acusaba de sabotaje, ante la crisis los directores habían huido al extranjero. Aminadab quedó solo al frente del equipo de ingenieros tratando con todas sus fuerzas de recuperar las aguas, para su desgracia las compuertas continuaban cerradas, selladas eternamente y no había poder en el mundo que lograra abrirlas, tontamente pensó en Ulrika.
Si reventaban las compuertas el agua acumulada inundaría las ciudades y los pueblos, sería la mayor devastación de la historia, un nuevo Mar Rojo. La crisis creció, estaban en plena siembra, el momento crucial donde el agua se necesitaba para hacer crecer a los nuevos brotes. El pueblo entero estaba enardecido contra Aminadab, si bien estaba protegido por el ejército y la fuerza aérea y trataba con su vida de arreglar el intricado equipo, dentro de sí sabia que era imposible. El Nilo reclamaba una muerte y esa muerte era necesariamente la del último rey. Lo que antes fue el río más bello del mundo, ahora era un camino de ratas, los mantos acuíferos desembocaban en la interminable presa y se perdían en la salida al nuevo canal, era imposible reabrir las compuertas, cientos de barcos quedaron varados en ciénegas inmundas, los animales y la gente morían por igual. Nada pudo liberar el agua de la presa. Hubo tanta muerte y devastación que ni siquiera se enterraron a los muertos. Egipto mismo era un cadáver.
Fue despedazado por una turba de campesinos que logró penetrar a las oficinas de la presa. Sus restos quedaron diseminados en el cauce del rio. Algunos buitres y las ratas se hartaron de su carne inocente. No pudo saber que las máquinas eran en realidad manejadas desde Berna Suiza y que el sabotaje estaba diseñado para secar Egipto y luego acabar con todo el norte de África, para luego convertir a esa larga franja en una frontera impenetrable por su árida dureza y lista a contener los embates de los migrantes y de los enemigos de Europa. Luego, el agua de la presa quedaría a punto para saciar la sed inmunda de las multinacionales. Era un crimen perfecto.
Unos meses después, la frontera con Sudán, unos ojos tristes, no sabemos si de un hombre o de una mujer, lloraron sinceramente la muerte de Aminadab Mohamed, el último rey del Nilo.
Fin
@samuelrodriguezdiciembre
