por Tita Parsi
A medida que la distribución de poder cambia en la región, con un Irán que pierde poder relativo, e Israel y Turquía que destacan en lo más alto, el recrudecimiento de la rivalidad entre Tel Aviv y Ankara no es cuestión de si va a suceder, sino de cómo. No se trata de si eligen la rivalidad, sino de cómo deciden reaccionar ante ella: mediante el enfrentamiento o la gestión pacífica.
Tal como lo describí en Treacherous Alliance: The Secret Dealings of Israel, Iran, and the United States (Yale University Press, 2007) [Alianza traicionera: Los tratos secretos de Israel, Irán y los Estados Unidos], tras el final de la Guerra Fría se produjo una situación similar: el derrumbe de la Unión Soviética cambió radicalmente la distribución mundial del poder y la derrota del Irak de Sadam en la Guerra del Golfo Pérsico reorganizó la baraja geopolítica regional. Se configuró una incipiente estructura regional bipolar en la que Irán e Israel emergían como las dos principales potencias sin ningún amortiguador efectivo entre ellas (ya que Irak había sido derrotado). Los israelíes actuaron en primer lugar, invirtiendo la estrategia que les había guiado a lo largo de anteriores décadas: la Doctrina de la Periferia. De acuerdo con esta doctrina, Israel construiría alianzas con los Estados no árabes de su periferia (Irán, Turquía y Etiopía) para equilibrar a las potencias árabes de su vecindad (Irak, Siria y Egipto, respectivamente).
Pero después de 1991, ya no quedaban Estados árabes que pudieran suponer una amenaza militar convencional para Israel. Por consiguiente, Israel centró su atención en Irán. Los responsables israelíes decidieron que la nueva amenaza ya no era para Israel la vecindad árabe, sino la periferia persa.
Lo extraño, por supuesto, es que la hostilidad de Irán hacia Israel a lo largo de la década de 1980 no la consideró Israel como algo decisivo, ya que su atención se centraba en Irak y los Estados árabes. De hecho, durante toda la era de Jomeini, Israel intentó restablecer relaciones con Irán y, a pesar de que el régimen clerical lo rechazó, Israel presionó a Washington para que hablara con Irán, le vendiera armas y no prestara atención a la retórica antiisraelí de Irán, pues no reflejaba la política real de Teherán.
Al principio, a Irán le pilló por sorpresa el giro israelí. En aquel momento, su fervor revolucionario iba decayendo rápidamente y el gobierno de Rafsanyani buscaba desesperadamente establecer mejores relaciones con los Estados Unidos para acceder a inversiones y oportunidades económicas. Ofreció a los Estados Unidos acceso a los yacimientos petrolíferos iraníes y trató de participar en las grandes conferencias destinadas a establecer el orden geopolítico de la región. Pero Irán se vio rechazado por Washington y excluido de la Conferencia de Madrid.
En vez de eso, Israel convenció a Washington de que, para que Israel hiciera las paces con los palestinos, los Estados Unidos tenían que neutralizar la nueva amenaza a la que se enfrentaba Israel -el fundamentalismo islámico de Irán- imponiendo sanciones y aislando a Irán. Tal como me dijo Martin Indyk, cuanta más paz pudiera establecerse entre Israel y los palestinos, más aislado quedaría Irán. Cuanto más aislado estuviera Irán, más paz podría haber entre israelíes y árabes.
Es entonces cuando comienza la verdadera rivalidad israelo-iraní. Teherán respondió atacando lo que consideraba el eslabón más débil de la estrategia israelí-estadounidense para aislar a Irán: el proceso de Oslo. Si se saboteaba el proceso de paz, no se podría alcanzar ninguno de los demás objetivos de los Estados Unidos e Israel. Fue en ese momento cuando Irán empezó a apoyar seriamente a los grupos palestinos del rechazo (sus relaciones con Hamás siguieron siendo tensas durante unos años más, hasta que Israel asesinó al jeque Yasin en 2004).
La lógica de esta rivalidad estratégica ha guiado a ambos Estados durante las tres últimas décadas: Israel ha tratado de aislar e imponer sanciones a Irán, impedir la diplomacia entre los Estados Unidos e Irán, acabar con cualquier posible acuerdo entre los Estados Unidos e Irán y presionar a los Estados Unidos para que entren en guerra con Irán. Teherán ha desafiado a Israel en todos los frentes, ha armado y entrenado a grupos antiisraelíes y ha intentado, a regañadientes, escapar del aislamiento que Israel ha logrado imponer a Irán cerrando un acuerdo con los Estados Unidos.
Israel se ha anotado varias victorias importantes: el Eje de la Resistencia de Irán está en buena medida destrozado, e Israel está a punto de establecer un dominio aéreo sostenido sobre Irán. Puede que no lo consiga, pero ha adelantado drásticamente su posición. Israel está a la ofensiva; Irán, a la defensiva.
Aunque esta rivalidad dista de haber terminado, e Israel está lejos de ser un claro vencedor, ya ha empezado a mirar hacia el próximo estado al que necesita subyugar para que Israel logre la hegemonía militar en Oriente Medio: Turquía (la doctrina de Israel consiste en lograr la seguridad no mediante el equilibrio, sino por medio de la dominación).
La victoria de Turquía en Siria la coloca todavía más en el punto de mira de Israel. Pero Turquía es diferente de Irán: es miembro de la OTAN y del G20, no se pueden imponer fácilmente sanciones a su economía, es una potencia suní con un poder blando más fuerte en Oriente Medio que aquel del que ha disfrutado Irán en los últimos 10-15 años. Turquía, por supuesto, tiene también varios puntos vulnerables, como el movimiento separatista kurdo.
Pero mientras Israel crea que su seguridad sólo puede lograrse por medio de la dominación militar de todos sus vecinos que puedan suponer un desafío para el país -es decir, aquellos que tengan la capacidad de plantear un desafío, independientemente de si tienen la intención o no de hacerlo-, el surgimiento de Turquía como gran potencia en la región la pondrá entonces en el punto de mira de Israel, le guste o no.
Las fuerzas de la geopolítica no pueden eliminarse. En el mejor de los casos, sólo pueden domesticarse.
