Una entrevista inexplicable: El País de España humaniza a Quiroz presentándolo como intelectual. ¿Qué hay detrás?

por Valeria Menéndez

Que un sujeto como Quiroz cuyo historial político está conformado prioritariamente por su responsabilidad en gravísimos delitos financieros de colusión de alto impacto público, sea entrevistado de esta forma, revela que estamos en presencia de una operación política de alta envergadura. En efecto, no deja de ser significativo que, apenas doce días después de que el Congreso aprobara el núcleo de la denominada megarreforma económica del Gobierno de José Antonio Kast, El País dedique un extenso perfil al ministro de Hacienda, Jorge Quiroz. Pero más revelador todavía es aquello sobre lo que el periódico español, emblema progresista y socialdemócrata como pocos medios en el mundo, decide interrogarlo. No son principalmente la rebaja de impuestos a las grandes empresas, los recortes fiscales, el encarecimiento de los combustibles ni las consecuencias sociales del programa económico que dirige. El asunto es su literatura, sus lecturas, su infancia porteña, sus padres de izquierda, sus crisis personales y, finalmente, su corazón. 

“Si usted lee mis cuentos, verá que tengo el corazón blando por dentro”, anuncia el titular. El hombre caracterizado por el propio periódico como doctrinario, implacable y duro resulta ser también un escritor sensible. El ministro que encabeza una de las mayores ofensivas económicas en favor del capital de las últimas décadas lee a Borges, Flaubert, Huidobro, Parra y Julian Barnes. Escribe cuentos. Ha atravesado crisis existenciales. Conoce el sufrimiento. Tiene vida interior.

Nada de esto es necesariamente falso. Tampoco es necesario imaginar una conspiración editorial para advertir el significado político de semejante construcción narrativa. Precisamente porque la ideología funciona con mucha mayor eficacia cuando no necesita falsificar los hechos. El problema no consiste en determinar si Quiroz es realmente sensible, sino en preguntarse qué función cumple convertir su sensibilidad privada en noticia precisamente cuando acaba de consumarse una parte fundamental del programa económico que dirige.

La respuesta aparece en la propia estructura del relato: se está construyendo la normalidad política y cultural del nuevo poder. El mismo El País ha descrito a Quiroz como el artífice de la megarreforma aprobada el 4 de agosto. Esa legislación contempla, entre otras disposiciones, la reducción gradual del impuesto corporativo desde el 27% al 23%, la reintegración tributaria y mecanismos de invariabilidad para grandes inversionistas. El diario ha informado asimismo de las controversias sobre su costo fiscal y de las objeciones según las cuales sus beneficios se concentran fundamentalmente en los sectores de mayores ingresos.

El perfil literario no desconoce estos antecedentes. Los menciona. Incluso recuerda que Quiroz ha dirigido los controvertidos recortes fiscales y el traslado hacia los consumidores del incremento de los combustibles. Precisamente por eso la operación resulta más interesante. No se trata de ocultar al ministro económico detrás del escritor. Se trata de reconciliarlos. La contradicción social se transforma así en paradoja psicológica: ¿cómo puede un hombre aparentemente duro tener un corazón blando?

Desde un punto de clase, la pregunta está mal formulada. El problema nunca ha consistido en saber si quienes administran los intereses generales del capital son personalmente crueles. Pueden ser excelentes padres, amar la música, emocionarse ante una novela, proteger animales, escribir poemas o conmoverse ante el sufrimiento ajeno. Marx no construyó su crítica del capitalismo sobre una teoría acerca de la maldad individual de los capitalistas. Por el contrario, explicó cómo los individuos actúan como personificaciones de relaciones económicas que los preceden y determinan objetivamente su función social.

Quiroz puede perfectamente tener el corazón blando. El capital no necesita ministros con el corazón duro. Necesita ministros capaces de cumplir su función. Y la función que corresponde a Quiroz dentro del Gobierno de Kast es perfectamente reconocible. Es el intelectual orgánico de una ofensiva destinada a modificar la relación entre capital y trabajo, disminuir la carga tributaria empresarial, disciplinar el gasto público y ampliar el terreno de acción del capital privado. El propio ministro lo explica con una franqueza notable en la entrevista cuando reivindica a Schumpeter, reclama “máxima libertad de emprendimiento” y sostiene que Chile se encuentra excesivamente cubierto por regulaciones y reglas. La rebaja tributaria aparece explícitamente asociada al objetivo de mejorar los retornos empresariales.

Esta declaración tiene mucha mayor importancia política que sus preferencias literarias. Define una concepción del Estado y de la sociedad. Pero la literatura permite revestir esa concepción con humanidad. Hay en el perfil otro elemento todavía más sofisticado: la biografía familiar de Quiroz. Sus padres eran profesores de izquierda y ambos fueron exonerados por la dictadura. Su padre, Óscar Quiroz, fue rector de la Universidad de Playa Ancha; su madre, Elisa Castro, enseñaba literatura norteamericana. Quiroz recuerda haber votado No en el plebiscito constitucional de 1980 y afirma haber estado igualmente por el No en 1988, aunque entonces se encontraba en Estados Unidos.

La incorporación de estos antecedentes produce un efecto político poderoso. Quiroz deja de aparecer simplemente como ministro del Gobierno más derechista desde 1990 y queda conectado biográficamente con la cultura democrática de la transición y hasta con las víctimas de la dictadura. La historia familiar funciona como una suerte de certificado de respetabilidad democrática. No es pinochetista. Sus padres eran de izquierda. Leyó los libros de la biblioteca familiar. Conoció el mundo intelectual progresista. Y, después de conocerlo, eligió el capitalismo. La construcción es casi demasiado perfecta.

Incluso el marxismo aparece dentro de esta pequeña novela de formación. En la biblioteca familiar estaba Maurice Dobb, pero al adolescente Quiroz le resultó aburrido e incomprensible. En cambio, Capitalismo, socialismo y democracia, de Joseph Schumpeter, lo fascinó y terminó moldeando su pensamiento. El actual ministro explica en la entrevista que considera ininteligible la teoría marxista y reivindica la “destrucción creadora” capitalista como fuerza del progreso.

El itinerario intelectual queda entonces convertido en una elección individual entre libros: el joven criado por padres izquierdistas habría examinado ambos mundos y escogido racionalmente aquel que consideró superior. Desaparecen las clases sociales. Desaparecen las relaciones de propiedad. Desaparece el imperialismo. Desaparece la historia material del capitalismo chileno. Quedan Schumpeter y Dobb disputándose el alma de un adolescente en una biblioteca de Villa Alemana. Es precisamente esta reducción de la historia a biografía lo que constituye el núcleo ideológico del perfil.

Porque la personalización es una de las formas mediante las cuales la prensa burguesa vuelve inteligibles —y tolerables— las relaciones sociales. En lugar de presentar el enfrentamiento entre capital y trabajo, presenta personalidades. En lugar de intereses sociales antagónicos, temperamentos. En lugar de relaciones de poder, biografías. En lugar de preguntarse quién paga la reconstrucción económica impulsada por el Gobierno, pregunta qué novelas lee el hombre encargado de hacerla pagar.

El momento escogido resulta además particularmente revelador. Después de la aprobación parlamentaria de la megarreforma, la cuestión comienza a desplazarse desde la imposición del programa hacia su legitimación. Un artículo publicado por el mismo periódico el 15 de agosto planteaba precisamente que, superada la batalla legislativa, el Gobierno enfrenta ahora el problema de construir un “relato”, en circunstancias en que el desempleo alcanza niveles elevados y el trabajo formal muestra signos de deterioro.

No podría existir mejor descripción del problema. Toda ofensiva económica de gran alcance necesita construir posteriormente las condiciones políticas y culturales de su aceptación. La coerción estatal constituye solamente una dimensión del dominio de clase. La otra es la producción de consenso. Y para producir consenso resulta indispensable transformar a los ejecutores de una ofensiva social en administradores razonables del interés general.

En este sentido, el perfil de Quiroz adquiere una significación que excede largamente al propio ministro. Estamos asistiendo a la normalización del kastismo. No porque El País se haya convertido simplemente en un periódico kastista. Sería una explicación rudimentaria y, además, falsa. El diario publica críticas al Gobierno, recoge posiciones de la antigua Concertación y proporciona espacio a intelectuales y políticos que cuestionan distintas medidas oficiales. Esa aparente pluralidad constituye precisamente una característica del dispositivo democrático burgués.

Lo decisivo es otra cosa: Kast comienza a dejar de ser tratado exclusivamente como anomalía para convertirse en Gobierno. Sus ministros adquieren biografía, matices, contradicciones y espesor cultural. La oposición, entretanto, es invitada a aprender a negociar. Una columna publicada por El País el 13 de agosto llamaba precisamente a abandonar los pronósticos apocalípticos y recuperar la tradición negociadora que caracterizó las relaciones entre la Concertación y la antigua derecha.

La secuencia merece atención. El Gobierno despliega una ofensiva económica de enorme alcance. La oposición parlamentaria disputa algunos aspectos, recurre al Tribunal Constitucional y finalmente permite que los elementos fundamentales del programa atraviesen las instituciones del régimen. Después comienza la discusión acerca de cómo administrar la nueva situación. Y simultáneamente los hombres encargados de ejecutar ese programa empiezan a adquirir la fisonomía de estadistas respetables.

Es exactamente en ese punto donde aparece el escritor Jorge Quiroz. Su literatura cumple involuntariamente una función política que probablemente excede completamente las intenciones del propio autor: proporciona una interioridad al tecnócrata.

La brutalidad de una política puede entonces separarse moralmente de quien la ejecuta. El ministro puede reducir impuestos empresariales y ser sensible; impulsar recortes y leer poesía; trasladar costos económicos sobre la población y emocionarse escribiendo cuentos. La consecuencia ideológica es decisiva: si el ejecutor es un hombre razonable, culto y compasivo, quizá las medidas que adopta sean dolorosas pero necesarias.

Ese razonamiento constituye uno de los mecanismos fundamentales mediante los cuales la dominación de clase se presenta como administración técnica. Pero existe una verdad mucho más sencilla. La sensibilidad privada de Jorge Quiroz carece de importancia para determinar el contenido social de su política. Lo relevante no es aquello que siente cuando escribe un cuento, sino qué intereses sociales organiza cuando firma una resolución ministerial. No importa qué ocurre en su corazón cuando lee a Flaubert, sino qué ocurre con los trabajadores cuando Hacienda reduce gasto público, rebaja la tributación del capital o reorganiza las condiciones generales de acumulación.

Por eso el titular de El País contiene, probablemente sin proponérselo, una extraordinaria metáfora política del Chile actual. El programa puede tener el puño duro siempre que quien lo ejecute tenga el corazón blando. La burguesía —y la española lo sabe especialmente— aprendió hace mucho tiempo que no necesita presentarse permanentemente con uniforme, botas y sable. Puede gobernar mediante parlamentos, tribunales, especialistas, economistas prestigiosos y hombres que escriben cuentos. Puede incluso cultivar una sofisticada sensibilidad artística mientras reorganiza despiadadamente las condiciones materiales de existencia de millones.

La cultura no suprime las contradicciones de clase. En determinadas circunstancias puede contribuir a embellecerlas. Y acaso allí radique el verdadero significado político de esta entrevista. Después de la aprobación de la megarreforma comienza otra batalla: transformar aquello que hace algunos meses podía aparecer como una ofensiva extraordinaria de la derecha en el funcionamiento ordinario del Estado chileno. Para esa tarea ya no basta la fuerza. Hace falta también un relato.Y todo relato necesita personajes. Jorge Quiroz, el ministro implacable y delincuente financiero que escribe cuentos y tiene el corazón blando, acaba de recibir el suyo.