Un contratiempo llamado Thomas Münzer

por Thierry Labica

Thomas Münzer fue un predicador revolucionario de principios del siglo XVI. Maestro de teología que en un principio se adhirió a Lutero, se convirtió en líder del levantamiento armado que en 1525 atravesó Alemania: desde las orillas del lago de Constanza hasta Turingia y Franconia [región del sur de Alemania], pasando por el Tirol, la Selva Negra y Alsacia; contra los señores feudales y el clero, una panda diabólica de “anguilas” y “serpientes”, según su Sermón a los príncipes de 1524. Este levantamiento popular, “el mayor y más extendido en Europa antes de la Revolución de 1789”[1], reunió a obreros mineros, campesinos y hombres comunes en una guerra que pasaría a la historia como la Guerra de los Campesinos. Poco después del exterminio de los insurgentes en la batalla de Bad Frankenhausen, en mayo de 1525, Thomas Münzer fue detenido, torturado y decapitado. Por primera vez.

Thomas Münzer y el totalitarismo

Entre ocultación, olvido y resurgimiento, Thomas Münzer, situado en el límite del mundo feudal, es uno de esos nombres a través de los que se despliega una serie de aspiraciones, miedos y enfrentamientos en los que se articula la política moderna. Como tantas líneas de confrontación, son caminos largos que unen y separan al fanático Thomas Münzer, un “profeta asesino y sanguinario” (Lutero), poseído por el diablo (Melanchthon, Lutero), y el rostro que adornaba los billetes de cinco marcos de Alemania Oriental; que vinculan y separan la santa masacre de los rebeldes impíos, “cuyas gargantas ya era hora de degollar como a perros rabiosos” (Lutero, “Misiva sobre el duro libreto contra los campesinos”, 1525), y el pueblo de la “primera revolución burguesa de Alemania”, devenido héroe en el inmenso fresco (1.800 metros cuadrados, es decir, 14 metros de altura y 123 metros de longitud) de la rotonda de Bad Frankenhausen. El partido de Alemania Oriental había iniciado el proyecto en 1973. La inauguración tuvo lugar en septiembre de 1989, dos meses antes de la caída del Muro de Berlín.

A menudo se ha observado que la historiografía de Thomas Münzer y la Guerra de los Campesinos ha seguido el curso de las experiencias revolucionarias en Europa tras la Revolución francesa (y la presentación de los escritos de Münzer por Georg Theodor Strobel en 1795). La famosa obra de Friedrich Engels de 1850 sobre ellas (La guerra de los campesinos en Alemania) se presenta comúnmente como una respuesta a la derrota de 1848 y como una afirmación de la tradición revolucionaria alemana. El libro de Ernst Bloch de 1921 sobre la Guerra de los Campesinos, inmediatamente después de la revuelta espartaquista de 1919, resuena directa y explícitamente con la Revolución de Octubre. A partir de ahí, se dio un interés creciente y proteico por Thomas Münzer, al menos hasta la década de 1980: desde la obra de Dieter Forte de 1981 Martin Luther et Thomas Münzer ou les Débuts de la comptabilité (1997 para la traducción francesa) hasta el gran libro de Marianne Schaub, Müntzer contre Luther. Le droit divin contre l’absolutisme princier (1987), o, de nuevo, a la impresionante obra pictórica de Werner Tübke en el Museo de Bad Frankenhausen.

Como cabría esperar, la trayectoria de Thomas Münzer y la Guerra de los Campesinos sigue los contornos de la Guerra Fría (especialmente entre las dos Alemanias). Es interesante observar, por ejemplo, la diligencia con la que un libro como The economy of anabaptism1525-1560, de 1964, se esfuerza por desvincular el fenómeno anabaptista de la personalidad de Thomas Münzer con el fin de eliminar de él toda dimensión revolucionaria y limpiarlo de toda sospecha de comunismo (asociación presentada como una invención de sus enemigos católicos, protestantes y luteranos para desacreditarlo). El anabaptismo puede entonces limitarse a un único ideal comunitario desprovisto de violencia y basado fundamentalmente no en una comunidad de bienes y en una crítica o rechazo de la propiedad privada, sino en un principio de autoayuda mutua y voluntaria.

En el entorno del neoliberalismo triunfante de los años 90, esta trayectoria pasó a ser filtrada por una historiografía destinada a transformar las grandes experiencias revolucionarias en fenómenos criminales y terroristas. En Francia, el momento antitotalitario y las celebraciones del bicentenario de la Revolución francesa marcaron esta evolución con especial fuerza. A ella le siguió la Revolución rusa, con Le Livre noir du communisme(1997). Luego, en 2008, vino un nuevo Livre noir de la Révolution française, en un género político-histórico neogótico que se había instalado en el ambiente, poniendo de manifiesto el oportunismo editorial. En otros lugares, la Guerra Civil y la Revolución inglesas de mediados del siglo XVII fueron objeto de profundas revisiones conservadoras que privilegiaron las intrigas de la corte, las luchas entre facciones aristocráticas o la pura contingencia de los acontecimientos. Tras un agrio enfrentamiento historiográfico, en gran parte dirigido contra la inmensa obra del historiador comunista Christopher Hill sobre las corrientes radicales de este periodo, se aceptó finalmente que, en realidad, el momento revolucionario inglés no había existido.

La interpretación más extendida en torno a Thomas Münzer correspondió en gran medida a este clima de reescritura de la historia de las experiencias revolucionarias, descalificándolas por la vía de la criminalización o, si era posible, de la ocultación y, en todo caso, pretendiendo difuminar las especificidades de tiempo y del lugar en una monstruosa mancha en el curso de la historia de la forma de mercado capitalista-parlamentaria. Por ejemplo, un concentrado útil de este tipo de enfoque puede encontrarse en el breve pasaje dedicado a Thomas Münzer por Imanuel Geiss, profesor de historia de la Universidad de Bremen, en un texto titulado “Derrota, revolución y contrarrevolución en Alemania, 1918-1933”. Para el autor, es propiamente Auschwitz el punto de superposición mutua entre los totalitarismos de la izquierda y la derecha y su herencia de “la tradición sectaria judeocristiana, desde la Antigüedad y la Alta Edad Media”. Vale la pena citar el resto del párrafo por la audacia de su sincretismo:

El totalitarismo de izquierdas se compone de una combinación de tradiciones teocráticas pretotalitarias –heredadas de sectas o herejes, con variantes nacionales: los taboritas checos, Thomas Münzer, patrón de la RDA, la comuna de los anabaptistas de Münster– y de la ortodoxia –estandartes de la iglesia, iconos, confesiones públicas–. El totalitarismo alemán de derechas, una vez secularizado, con su Reich milenario, se manifestó como el heredero tardío de los flagelantes cuyos pogromos contra los judíos alemanes completó Hitler al aplicar la Solución Final contra sus descendientes asquenazíes refugiados en Polonia. Thomas Münzer procedía del entorno de los criptoflagelantes reunidos en torno a Kyffhäuser, en Turingia.

Una muestra de cómo el indispensable espíritu de síntesis para una visión histórica amplia acaba en un naufragio confusionista. Debemos contentarnos aquí con constatar, con cierta consternación, que siempre es doloroso ver a un historiador liquidar, en un solo párrafo, la posibilidad misma de la comprensión histórica, su disciplina y, en el mismo gesto, consagrar la idea de una necesidad abrumadora del desastre que siempre se ha inscrito en el frente de una razón desastrosa de la historia[2].

Al interesarnos por la figura de Münzer, al querer recoger su posible legado, nos arriesgamos a alimentar las semillas de la propia atrocidad nazi. Esta es al menos la sospecha que también el psicoanalista Gérard Haddad trató de sostener en su libro Les Folies millénaristes. Les biblioclastes (publicado por Grasset en 1990), que dedica su sexto capítulo al “balbuceo de Thomas Müntzer (sic)”. También en este caso, la visión pretende ser, digamos, amplia: pensamos a “grandes rasgos”, como indicó el propio autor, aprovechando su experiencia en la “fantasía que (…) sustenta” los movimientos mesiánicos. Así pues, detrás y a contracorriente de los escombros de los hechos y tendencias históricas, cuyo conocimiento parecía aquí una estricta pérdida de tiempo, se encuentra el hecho de que “el mesianismo aspira fundamentalmente a la destrucción concreta de la ley, la esencia misma del hecho humano”.

Esta aspiración destructiva, explicó el autor, es en sí misma la raíz del totalitarismo, que “responde de forma moderna a una vieja fascinación, la abolición revolucionaria del yugo de la ley”.

En los escritos milenaristas de una época encarnada por un Thomas Münzer impulsado por “fantasías sádicas y sangrientas”, también encontraremos “secciones enteras de la ideología nazi por venir”. Dado que Münzer reivindicó el derecho a olvidar la Biblia, este “bibliófilo”, cuya organización estaba “conscientemente formada por analfabetos”, se inscribe así en una tradición que se remonta al Mein Kampf de Hitler y a “todos los libritos rojos o verdes”, pasando, por supuesto, por los “profetas del materialismo histórico”, Marx y Engels.

Ante la promesa de tales calamidades no había elección, sugirió el psicoanalista: contra Münzer (“el archidiablo que reina en Mulhausen”, según Lutero[3]) y los “Schwärmer” (entusiastas), “la represión es obviamente sangrienta”. Tal vez el autor, con el propio Lutero, debería haber declarado, en su panfleto “Una historia espantosa y el juicio de Dios contra Thomas Müntzer” (1525):

Que alguien proceda con tanta crueldad contra la gente pobre es lamentable. Pero, ¿cómo se puede hacer esto? Es necesario, y así lo quiere Dios, que el miedo y el temor entren en las almas. De lo contrario, Satanás trabajaría aún más. Una desgracia es mejor que la otra[4].

La narrativa propuesta por Cohn se situaba en la extensión de un imaginario de la espontaneidad anómica y atávica de las multitudes

Hay que tener en cuenta que el argumento del psicoanalista solo fue apoyado por el libro de Norman Cohn de 1957 The Pursuit of the Millennium: Revolutionary Millenarians and Mystical Anarchists of the Middle Ages. En esta importante obra de la Guerra Fría, Cohn ya se propuso establecer una filiación directa entre el comunismo y el nazismo, y los movimientos y figuras del milenarismo medieval. En su última página, “The pursuit”, establece la figura del propio Thomas Münzer (en compañía de los sacerdotes taboritas) como matriz de las fantasías de exterminio de ayer y de hoy. Por ejemplo, la obra de Norman Cohn sigue siendo la principal referencia en el capítulo que el historiador francés Jean Delumeau dedica a Thomas Münzer en su segundo volumen de Une histoire du paradis (Mille ans de bonheur, 1995), dedicado a los movimientos milenaristas. Pero, a un nivel más profundo, y más allá de estas polémicas comparaciones vinculadas al contexto de la Guerra Fría, la narrativa propuesta por Cohn se situaba en la extensión de un imaginario de la espontaneidad anómica y atávica de las multitudes. En este caso, el movimiento y la revuelta populares no pudieron ser impulsados por ninguna configuración compleja de creencias colectivas, valores, ideas de justicia, expectativas normativas y formas de autocomprensión. Más allá de toda consideración cultural, moral y memorial, se reducía a una expresión estrictamente reactiva, a espasmos, resultado de factores y condiciones externas favorables: malas cosechas, fluctuaciones desfavorables de los precios. Fue contra este tipo de presupuestos historiográficos que, a partir de los años 60, el historiador E. P. Thompson siguió desarrollando su contramodelo de historia desde abajo, dando un papel destacado a los conceptos de “agencia”, “contrateatro” y, sobre todo, “economía moral”, contribuyendo así, en particular con Georges Rudé, a la creación de una nueva corriente de historia de las multitudes. El famoso artículo del gran historiador marxista inglés, “La economía moral de la multitud inglesa”[5], formuló su concepto de “economía moral” contra las interpretaciones de las rebeliones populares reducidas a “episodios espasmódicos”, entre la ignorancia analfabeta y los instintos animales. Confluyen en ella un conjunto heterogéneo de ideas sobre la justicia, la libertad, las expectativas éticas, las referencias a las normas y los rituales de las prácticas administrativas, el derecho o la liturgia, y los actos de lenguaje en los que se escucha y reconoce el ejercicio de la autoridad. Entonces, sin duda, nos sorprenderá la proximidad de la antropología histórica marxista de Thompson con el planteamiento de la utopía del filósofo alemán, entendida como “determinación fundamental dentro de la realidad objetiva”[6]. Ambos reclaman una crítica marxista, a menudo amarga, a un marxismo juzgado culpable de abstracción teórica o de reduccionismo vulgar, ciego y sordo a la no contemporaneidad de “residuos de emociones arcaicas que un análisis demasiado actual no puede alcanzar o eliminar totalmente”[7].

Volveremos sobre ello brevemente. Por el momento, y todavía para recordar las condiciones de recepción de la figura de Münzer durante la mayor parte del siglo XX, podemos señalar el vínculo que existe entre la nazificación del predicador de Allstedt en el marco del psicoanálisis del totalitarismo del que acabamos de hablar y el libro que otros dos psicoanalistas dedicaron en su momento a la revuelta estudiantil de 1968. En 1969, Grunberger y Chasseguet-Smirgel publicaron (bajo el seudónimo de André Stéphane) L’Univers contestationnaire. En él, los autores proponían su interpretación psicoanalítica de un levantamiento juvenil impulsado por la “impugnación del discurso del padre como discurso de la ley”. Esta impugnación, concluyeron, significaba que “el deseo de destruir a los judíos (efectivo bajo el nazismo) y el deseo de destruir a la burguesía (fantaseado o ineficaz en 1968) estarían así bajo los mismos mecanismos psíquicos”[8].

También aquí reconocemos la enormidad del ardor confusionista de la Guerra Fría[9], siempre impaciente por celebrar el catastrófico matrimonio entre los más diversos objetivos emancipatorios y el nazismo, reunidos en un único paradigma totalitario (en sí mismo una asombrosa imagen invertida de una comprensión del mundo que pretende poner los más diversos tiempos y lugares, historias y geografías bajo el pulgar de un único partido). Esta historia puede parecer ahora un poco lejana. Sin embargo, no podemos ignorar la persistencia de su gramática cuando, más de treinta años después del final de la Guerra Fría, las campañas reaccionarias de todo tipo se dedican a reinventar sin cesar el miedo a la izquierda y a su terror prometido o incluso real: una izquierda violentaracistaantisemitafeminaziwokista, llena de intolerancia anuladora e irracional, fundamentalmente hostil a toda libertad de expresión y a todos los principios democráticos. Así, el mundo de la verdadera libertad seguiría en las manos protectoras de los partidarios de la guerra y el militarismo, de los estados excepcionales y del orden cada vez más vigilado, del neoorientalismo islamófobo, en un contexto de desigualdad sin precedentes, de miseria galopante y de crepúsculo climático. Así que siempre hay un poco –y quizás cada día un poco más– de este “enemigo [que] no se contenta simplemente con torturar y matar a los trabajadores. No solo quiere derribar el Frente Rojo. Despoja al supuesto cadáver de sus galas. El amargado y el asesino no pueden aparecer de otra manera que con discursos y formas de lucha revolucionarias”[10].

Queda claro que con “el fanático-sanguinario Münzer” la razón liberal tiene desde hace tiempo su repelente, su padrecito de los totalitarismos de derecha e izquierda (pero sobre todo de izquierda). No obstante, es sorprendente que esta crítica, y el tipo de historiografía que ha inducido, aunque se emplee en reconstruir con pericia y erudición el críptico vínculo familiar que se supone que une a Münzer, el Gulag, los campos de exterminio nazis y los objetivos emancipadores de la izquierda, haya pasado por alto tan a menudo un documento que parecía destinado a despertar su interés. ¿No fue Martín Lutero, el hombre del orden, del Estado, de la ley, del libro contra Münzer, entonces figura tutelar de los crímenes de las masas en el siglo XX, también el autor del espantoso panfleto Sobre los judíos y sus mentiras (1543), que contiene un programa de ocho puntos para la persecución y expulsión sistemática de los judíos? Pero parece evidente que los tartufos antitotalitarios nunca han tenido nada que decir sobre los peores proyectos y formas de brutalidad de las masas, cuando estas están totalmente al servicio del absolutismo, de la propiedad privada, el imperialismo y el Estado capitalista y en contra de cualquier forma pasada o presente de expectativa, anticipación o esperanza de lo Nuevo. El mundo sabe algo de esto desde América Central y Latina hasta el Sudeste Asiático, pasando por el continente africano y Oriente Medio, hasta Corea y Japón.

Hay algunos signos de una renovada atracción por el poder insurreccional del predicador de Allstedt 

Pero ahora hay que señalar que, al menos en los últimos años, las cosas han cambiado un poco con respecto a la figura de Thomas Münzer, los anabaptistas y la Guerra de los Campesinos de principios del siglo XVI. A medida que, para generaciones enteras, se desvanece el mundo de pesadillas tal y como se representaba en los discursos y relatos de la Guerra Fría con el final del siglo XX, gana la pesadilla del capitalismo, absoluto para algunos, se acerca a la sobredosis de sí mismo para otros, y  más aún para unos terceros. En un clima voluntariamente alborotado, en un contexto de avanzado desgaste de órdenes políticos e institucionales largamente conocidos y de empujes autoritarios fascistas, hay algunos signos de una renovada atracción por el poder insurreccional del predicador de Allstedt y de sus ejércitos de pobres sin partido. Uno piensa, por ejemplo, en la reedición en 2015 de Thomas Münzer ou la guerre des paysans, que el periodista y escritor suizo Maurice Pianzola (1917-2004) publicó por primera vez en 1958. También se piensa en el extraordinario relato en forma de cómic que David Vandermeulen y Ambre dedicaron a La Passión des Anabaptistes, publicado en tres volúmenes entre 2010 y 2017 (por la editorial de Montpellier 6 Pieds sous terre), el segundo de los cuales está dedicado a Thomas Münzer. Los impresionantes dibujos, de un estilo oscuro especialmente inspirado, van acompañados de largas y bien documentadas secuencias narrativas. Los autores también han considerado útil ofrecer un estudio de sus numerosas fuentes en una web específica[11]. En 2019, con La guerra de los pobres, Éric Vuillard dedicó uno de sus breves relatos históricos a Münzer y a la batalla de Frankenhausen, cuidando ante todo de situar el episodio en la estela de las grandes insurrecciones campesinas desde finales del siglo XIV, en particular en Inglaterra. Quizás, La Guerra de los Pobres es probablemente lo que más se aproxima a lo que se podía concebir hasta ahora de euforia, tumulto, desesperación, “expresiones violentas de miseria”, de hachazos. El repelente de la Guerra Fría parece ahora lejano.

Thierry Labica es es profesor de Estudios Británicos en la Universidad de París-Nanterre

 Notas

[1] Según el gran historiador de la Reforma y del cristianismo en general, MacCulloch, Diarmaid (2004) The Reformation: Europe’s House Divided, 1490-1700. Londres: Penguin, p. 158

[2] El texto de Imanuel Geiss apareció en una colección editada por Stéphane Courtois (2001) Quand tombe la nuit. Origines et émergence des régimes totalitaires en Europe, 1900-1934, Lausana: L’Âge d’homme. Ya no se puede fingir realmente el asombro. Sin embargo, puede ser útil recordar aquí que Stéphane Courtois, editor del Livre noir du communisme (1997), se tomó tales libertades con el trabajo de sus colaboradores en el prefacio del libro (burdos atajos argumentativos, distorsión injustificada de las cifras relativas al número de muertos) que estos consideraron necesario expresar públicamente su protesta contra esta desvergonzada utilización de su contribución

[3]  Citado en Richard, Stauffer “Lutero, critique de Müntzer”, AnuaireRésumé des conférences et travaux, t. XCI, 1982-1983. París: École pratique des hautes études, section des sciences religieuses, p. 60.

[4] Citado en Klaehn, Karsten (1941) Martin Luther. Sa conception politique. París, Sorlot, p. 125.

[5] Véase Thompson, Edward P. (1993) Customs in Common: Studies in Traditional Popular Culture, Nueva York: New Press (traducido al castellano en Crítica, Barcelona, 1995).

[6] Bloch, Ernst (1976) Le Principe espérance, t. 1. París: Gallimard, 14 (traducido al castellano en Trotta, Madrid, 2004).

[7] Bloch, Ernst (1935) Héritage de ce temps [1935], traducido. J. Lacoste, Payot, París, 1978, p. 59.

[8] Segré, Ivan (2009) La Réaction philosémite ou la Trahison des clercs. París: Lignes, pp. 57-65.

[9] Ciertamente, unido aquí al nuevo pánico sionista provocado por la guerra de 1967.

[10] Bloch, Ernst (1933) “Inventaire de l’apparence révolutionnaire”, Héritage de ce tempsOp. Cit., p. 67.

[11] Véase la sección “Bibliografía” de pastis.org/amber.

(Tomado de Contre Temps)

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