Tras el ataque fascista en Brasilia, Lula apunta a hacer concesiones buscando un frente amplio con la burguesía

por Tomás Castanheira

El nuevo presidente de Brasil, Luiz Inácio Lula da Silva, del Partido de los Trabajadores (PT), ha revelado este jueves detalles sobre las reacciones de su Gobierno y de los militares al ataque del 8 de enero contra las sedes del poder en Brasilia por parte de partidarios fascistas del expresidente Jair Bolsonaro.

En una conferencia de prensa, Lula presentó la inquietante conclusión de que, si hubiera aceptado convocar una operación de Garantía de la Ley y el Orden (GLO), como le había propuesto su ministro de Defensa, José Múcio Monteiro Filho, ‘entonces sí iba a ocurrir el golpe que la gente quería. Lula deja de ser gobierno para que algún general se haga cargo del gobierno’.

La invasión de los edificios que albergan los tres poderes del Estado brasileño el pasado domingo representó tanto la culminación de la ofensiva de Bolsonaro y sus aliados civiles y militares para promover un golpe de Estado que anule las elecciones, como el primer episodio de una nueva etapa política del movimiento fascista en desarrollo en Brasil.

Los cerca de 5.000 manifestantes fascistas que, tras salir de las puertas del Cuartel General del Ejército, asaltaron los edificios de la Praça dos Três Poderes (Plaza de los Tres Poderes), no exigían una revisión de los resultados de las elecciones supuestamente ‘amañadas’, que declarase vencedor a Bolsonaro. Más bien, llamaron a su manifestación una ‘toma del poder por el pueblo’, y exigieron una ‘intervención de las Fuerzas Armadas’ que inauguraría un nuevo régimen militar dictatorial en Brasil.

Las declaraciones de Lula del jueves expusieron un camino concreto a través del cual los objetivos de estas fuerzas fascistas podrían haberse realizado.

El domingo por la tarde, mientras los partidarios de Bolsonaro seguían ocupando oficinas gubernamentales, el ministro de Defensa Múcio, reunido con el comandante del Ejército, general Júlio César de Arruda, telefoneó a Lula y le propuso imponer una GLO. Según los medios de comunicación, el comandante afirmó tener 2.500 soldados ‘a la espera’ para intervenir en Brasilia. Lula, que se encontraba a 800 km de la capital, respondió ‘de forma tajante a la posibilidad de que el Ejército actuara para contener a los golpistas mediante una GLO’, informó Folha de São Paulo .

La GLO es un dispositivo legal que permite al presidente brasileño, ante una ‘alteración del orden público’ en la que supuestamente se ha llegado al ‘agotamiento de los instrumentos’ previstos en la Constitución, convocar una operación ‘conducida por las Fuerzas Armadas’. El creciente uso de las misiones GLO, especialmente bajo los anteriores gobiernos del PT, ha sido uno de los canales para la reaparición de los militares como actor principal en la esfera política brasileña.

Como admitió Lula en su conferencia de prensa, en la GLO propuesta por Múcio y Arruda habría sido imposible diferenciar a los comandantes de la operación militar de los propios ‘Agentes de Alteración del Orden Público’ que supuestamente se pretendía reprimir.

‘Había mucha gente de la Policía Militar conspirando, había mucha gente de las Fuerzas Armadas dentro conspirando’, declaró Lula. Y continuó: ‘Estoy convencido de que la puerta del Palacio Presidencial fue abierta para que la gente pudiera entrar, porque no hay ninguna puerta rota… En los vídeos que he visto, vi a soldados del Ejército hablando con los invasores, vi a soldados cantando junto con los invasores’.

En otra grave confesión, Lula describió cómo los militares, después de haber permitido que los invasores de oficinas gubernamentales regresaran al campamento a las puertas del cuartel general del Ejército, impidieron que se cumpliera una orden de arresto contra los manifestantes el domingo por la noche. El presidente dijo que, aunque se utilizaron ‘dos tanques’ para proteger el campamento fascista de la acción policial, ‘el general me llamó diciendo ‘presidente, es muy peligroso entrar en el campamento por la noche, hay demasiada gente, podría ocurrir un desastre».

Metrópoles, tras hablar con los ministros de Lula, informó de que los funcionarios del gobierno creen que, ‘durante la madrugada, los militares sacaron a los soldados de la reserva y a sus familias del campamento, impidiendo que fueran detenidos’. Entre los participantes notables en el campamento, destaca el periódico, se encontraban familiares del general Eduardo Villas Bôas, que habían publicado fotos del lugar.

Villas Bôas fue nombrado comandante del Ejército en 2015 por la presidenta Dilma Rousseff, del PT, que lo había presentado como un legalista. Tras ello, el general ganó protagonismo al romper el relativo silencio de los militares en la vida política brasileña y pronunciarse en contra de la concesión de un habeas corpus que permitiera a Lula, encarcelado por corrupción, presentarse a las elecciones de 2018 contra Bolsonaro.

Mientras disputaba las elecciones en las que fue derrotado, Bolsonaro mantuvo reuniones privadas con Villas Bôas, mentor político durante todo su gobierno. En noviembre, el general habló públicamente en apoyo a la ‘población [que] continúa reuniéndose en las puertas de los cuarteles pidiendo ayuda a las Fuerzas Armadas’. Advirtió que los intentos de los medios de comunicación de ‘aislar las manifestaciones’ crearían otro ‘factor de insatisfacción’, y concluyó: ‘La Historia enseña que los pueblos que luchan por la libertad nunca serán vencidos’.

Los hechos presentados por el presidente brasileño el jueves llevan a conclusiones inevitables.

En primer lugar, la acción fascista que tuvo lugar en Brasilia el pasado domingo no fue simplemente un ataque espontáneo organizado por un grupo de ‘extremistas’. Fue cuidadosamente diseñado en colaboración con fuerzas y personas de alto rango en el ejército y el Estado.

En segundo lugar, las fuerzas militares implicadas en esta conspiración pretendían utilizar el episodio como palanca para ampliar su poder político sobre el Estado.

En tercer lugar, este episodio no significó una derrota para las fuerzas fascistas que lo promovieron. Siguen alojadas en posiciones de poder y continuarán sus preparativos para un golpe autoritario.

El PT y las fuerzas políticas que lo apoyan evitan temerosamente estas conclusiones. Aunque ven las amenazas reales que se ciernen sobre el gobierno de Lula, su respuesta es un intento desesperado de apaciguar y negociar con las fuerzas que buscan activamente un golpe de Estado.

A pesar de reconocer que su ministro de Defensa le había aconsejado en la práctica que abdicara del poder y lo entregara en manos de los generales, Lula ha insistido en que Múcio permanezca en el cargo. Se le mantiene allí en un intento de forjar un puente permanente entre el gobierno y los militares golpistas.

Aunque se negó a imponer una GLO en respuesta al asalto fascista en Brasilia, el gobierno del PT depende cada vez más directamente de la protección de los militares. O Estado de São Paulo informó el miércoles de que ‘ante la convocatoria de una nueva protesta bolsonarista para ‘recuperar el poder’… funcionarios del gobierno de Lula ya admiten haber pedido ayuda a las Fuerzas Armadas para proteger edificios públicos en Brasilia’.

En un acto de notable cobardía, el ministro de Justicia de Lula celebró el viernes una ‘ceremonia de homenaje a los agentes que actuaron en la represión de los actos de vandalismo en la Praça dos Três Poderes el domingo 8′, informó el Estado. El ministro Flávio Dino, que gobernaba Maranhão en nombre del maoísta Partido Comunista de Brasil (PCdoB), suplicó patéticamente a los golpistas: ‘Por el amor de Dios, la elección de 2022 ya pasó, entiéndanlo definitivamente’.

Las dos primeras semanas de Lula en el poder confirman la evaluación hecha por el Grupo Socialista Igualdad en Brasil (GSI) sobre el papel político reaccionario asignado al gobierno del PT. En vísperas de las elecciones, el GSI declaró:

Desde el punto de vista de la clase dominante, tal gobierno ‘de izquierda’ representará sólo un interregno, durante el cual se pueden hacer mejores preparativos para la implementación de una dictadura descarada contra la clase obrera del tipo que Bolsonaro defiende hoy. El historial de Lula y el PT, en particular su respuesta a las actuales amenazas dictatoriales, no deja lugar a dudas de que harán todas las concesiones posibles a los golpistas.

Los esfuerzos del PT y de sus aliados pseudoizquierdistas del Partido Socialismo y Libertad (PSOL) para convencer a la clase obrera y a la juventud brasileñas de que era posible enfrentar las amenazas del fascismo a través de un ‘frente amplio’ de la burguesía contra Bolsonaro han quedado expuestos como un fraude absoluto.

El giro de la clase dominante brasileña hacia el fascismo y otras formas de reacción política es una respuesta al desarrollo de las contradicciones del capitalismo y al potencial de una explosión de la lucha de clases. Esta reacción burguesa sólo puede ser combatida a través de la lucha por un movimiento político independiente de la clase obrera contra el capitalismo, lo que significa una confrontación directa con el gobierno del PT.

(Tomado de WSWS)

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