Respuesta a la crítica de Álvaro Romaniega a la teoría del valor de Marx

por Rolando Astarita

Álvaro Romaniega publicó una crítica a la teoría del valor de Marx que lleva por título “Análisis teórico de las demostraciones de la teoría marxista del valor trabajo. Crítica a Karl Marx y Ernest Mandel” (véase bibliografía). Esta nota es una respuesta a ese texto. Empiezo con una cuestión de método.

Es necesario conocer lo que se critica

Un problema de muchas críticas a Marx es que los críticos desconocen cuestiones básicas de la teoría de Marx. En este respecto,  Romaniega parece ser uno de esos críticos. Es que si bien reconoce que existe ese tipo de críticas (por ejemplo, pasan por alto que la teoría del valor trabajo solo se aplica a bienes reproducibles), él mismo exhibe un llamativo desconocimiento de la distinción, fundamental, que hace Marx entre valor y valor de cambio. Según Romaniega, Marx utiliza las expresiones como sinónimos: en p. 29 dice que “en Marx valor es valor de cambio”. Y antes, en el esquema de p. 13, como si fuera posición de Marx, vincula el trabajo concreto con el valor de uso de la mercancía, y el trabajo abstracto, sin la mediación del valor, con el valor de cambio.

Se trata de un error de proporciones, y básico. Es que en Marx el valor se identifica con el tiempo de trabajo socialmente necesario para producir la mercancía, en tanto el valor de cambio es forma del valor. No hay manera de entender las críticas de Marx a Bailey o a Ricardo por fuera, o al margen, de esta distinción. Tampoco se puede entender la relación, compleja, que establece Marx entre los movimientos de los precios del mercado y el valor; o por qué puede haber mercancías que tienen precio, pero no valor.

Es necesario entonces preguntarse por la seriedad con que se escriben críticas. El mismo Romaniega alerta  que “la crítica no puede basarse… en criticar lo que la teoría no dice” (p. 29). Pero la teoría de Marx no dice que valor y valor de cambio son sinónimos. Lo cual parece no ser obstáculo para que Romaniega articule gran parte de su crítica a Marx con el supuesto de que, para este, valor y valor de cambio son lo mismo. Y esto, manifiestamente, no es así. Cualquiera con un mínimo de cultura en el asunto, lo sabe. Para mencionar autores más afines a Romaniega, el mismo Böhm-Bawerk señalaba que, para Marx, valor y valor de cambio no son lo mismo (véase 1986, p. 431). Romaniega puede enojarse porque califico de burrada una patinada tan grosera (y hay más, como sostener que el marxismo tiene una teoría subjetiva del valor), pero no tengo otra manera de decirlo. Para colmo, cuando se le señala el error, mira para otro lado y sigue como si nada. Lo cual no lo priva de hacerme el cargo de deshonestidad intelectual. Todo muy coherente.

Romaniega sobre valor de cambio y la cuestión de la igualación

Presentada de manera sintética, la crítica de Romaniega dice que Marx incurre en errores “del tipo non sequitur, es decir, que de sus premisas no se deducen sus conclusiones” (p. 3). De manera que Romaniega, utilizando la lógica matemática, busca poner negro sobre blanco esa desconexión entre las premisas y las conclusiones de la teoría de Marx.

El primer, y fundamental, non sequitur que detecta es que no existe un “igualador”, como pretende Marx, en los intercambios. Para mostrar su punto, escribe que si el valor de cambio de la mercancía i expresado en una mercancía que se toma como numerario es vc (i) = 3, y el valor de cambio de la mercancía j 3/2 (o sea, vc (j) = 3/2), es claro que vc (i) es mayor que vc (j). Si las mercancías ik se intercambian (debe decir, en proporción 1:1) entonces por mera definición vc (i) = vc (k). Tienen el mismo valor de cambio, expresado en la mercancía “numerario” (aunque en Marx la mercancía equivalente no es numerario). La conclusión que saca Romaniega es que las mercancías no tienen nada en común, salvo vc. Retomando un ejemplo de Marx, dice que, de la misma manera, si dos polígonos tienen la misma área, ello no implica que necesariamente tengan algo en común, “más allá de la tautología del área”.

Sin embargo, y a pesar de lo que dice Romaniega, si no existiera esa “tautología del área”, las áreas no serían medibles. De la misma manera que, como cosas sometidas a la ley de gravedad, x cantidad de lana y z cantidad de hierro tienen en común el peso; por lo cual, dado ese elemento en común, se las puede comparar en tanto pesos. Más en general, si no existe reducción a propiedad común, no hay manera de comparar. No tiene sentido, por caso, preguntarse qué pesa más, el color amarillo o z cantidad de hierro. Como tampoco tiene sentido preguntarse cuántos kilogramos pesa la ley de gravedad; o cuántos metros mide el acto de medir; o si la electricidad sabe más salada que el libro que tengo arriba de mi escritorio. Así, las mercancías tienen en común que tienen precios, y por lo tanto se pueden cambiar en determinadas proporciones. Por medio de la venta se reducen a dinero, y es gracias a esa reducción que se comparan, en la sociedad capitalista, como valores de cambio.

Planteadas así las cosas, Romaniega dice que con la igualdad de sus valores de cambio de ninguna manera se prueba que las mercancías k tengan algo común de la misma magnitud distinto del valor de cambio, vc. O sea, por igualarse como valores de cambio no se demuestra que tengan alguna propiedad P en común, distinta del vc, tal que P(i) = P(k). En consecuencia sostiene que de la igualación de los valores de cambio vc(i) = vc(k) no se puede deducir que haya algo más en común, digamos “por detrás”, en todas las mercancías. Lo cual es correcto, y no contradice la teoría de Marx. Es que, según Marx, puede existir igualación de los valores de cambio, sin que ello indique que necesariamente exista una propiedad en común subyacente. Escribe: “La forma precio… no solo admite la posibilidad de incongruencia cuantitativa entre magnitud del valor y precio, o sea, entre la magnitud del valor y su propia expresión dineraria, sino que además puede albergar una contradicción cualitativa, de tal modo que aunque el dinero sea la forma de valor que revisten las mercancías, el precio deje de ser en general la expresión del valor. Cosas que en sí y para sí no son mercancías, por ejemplo la conciencia, el honor, etcétera, pueden ser puestas en venta por sus poseedores, adoptando así, merced al precio, la forma mercantil. Es posible, pues, que una cosa tenga formalmente precio sin tener valor” (1999, p. 125, t. 1).

Por ejemplo, si un legislador vende su voto en el Congreso por una vivienda valuada en 250 onzas de oro, diremos que su mercancía (voto, honestidad, honor) tiene precio, y que no existe otra propiedad común unificadora con la vivienda más que ese mismo precio. Algo similar ocurre con recursos naturales, como la tierra. Todo esto es sencillo si se entiende que valor y valor de cambio, o precio, no son lo mismo. Pero no es sencillo para Romaniega, quien sin haber entendido esa distinción básica, cree encontrar aquí un non sequiturfatal para la teoría de Marx. Su razonamiento es: a) Marx estableció que el trabajo abstracto es la única magnitud que puede igualar los cambios de todas las mercancías; b) la tierra no es producto del trabajo, pero es una mercancía, tiene precio y se iguala, como valor de cambio, con otras mercancías. De manera que (b) contradice (a). Por eso, Marx, al admitir (b), viola “sin pudor y a sabiendas” (p. 22) el supuesto (a), que había establecido.

Pero la realidad es que Marx nunca sostuvo que todas las mercancías tienen trabajo incorporado. Ya vimos que el honor de una persona puede tener precio, y comerciarse, sin que por ello tenga tiempo de trabajo social incorporado. La tierra virgen tampoco tiene trabajo incorporado, y tiene precio, y esto lo explica Marx en varias oportunidades.

Naturalmente, el embrollo que arma Romaniega se aclara cuando se tiene en cuenta que el supuesto (a) está restringido a las mercancías que se pueden reproducir y están sometidas a competencia. De manera que (a) no se aplica al precio del honor del legislador, ni al precio de la tierra virgen. Romaniega inventó una incoherencia lógica que no existe. Pero por eso también es equivocada la crítica que hace al siguiente pasaje de mi autoría (tomado del blog, aquí). Escribí:

“Sin embargo, y a pesar de lo que dicen los austriacos, en la realidad del mercado la igualación a ‘sustancia común’ es un hecho. Así, si el precio de las 5000 bayas es $10.000, y las 5000 bayas se intercambian por una vaca, esta necesariamente tendría un precio de $10.000. Pero entonces 5000 bayas y 1 vaca se han igualado a una tercera ‘mercancía’, $10.000.

Esto es, en valor de cambio ($10.000) los propietarios de bayas y vaca no obtuvieron beneficio alguno. El precio de las bayas × 5000 bayas se igualó al precio de la vaca. Esta igualación en términos de valor de cambio  (valor de cambio objetivo) es, entonces, un hecho. Existe en el mercado”.

Romaniega me cita y escribe: “Es decir, simplemente se está diciendo que de existir una mercancía que sirve como medio general de intercambio y por tanto podemos expresar las ratios con esta unidad de cuenta, estas serán iguales al número dado de unidades monetarias”.

Correcto, Romaniega acertó una: solo quise decir lo que dice que digo. Después de tamaña proeza interpretativa, agrega: “En ningún momento se prueba la existencia de una Is (esto es, de una propiedad real de las mercancías), solo que de existir Is (o sea, de existir esa propiedad) tendría que satisfacerse una igualdad adicional, quedando sin resolver la existencia”. Dejando de lado que si existe Is su existencia está resuelta (aunque habría que explicar la razón de su existencia e igualación), efectivamente el valor de cambio, de por sí, no demuestra que exista esa propiedad común, y que esta se iguale cuantitativamente. Entre la honestidad del legislador y la casa con que se lo soborna no existe ninguna propiedad en común, por fuera de que ambos se cotizan en dinero.

El valor de cambio “objetivo” 

He destacado la igualación que se produce en el mercado porque la misma desmiente la idea de los austriacos de que en el intercambio no existe igualdad alguna. La realidad – y los partidarios de la teoría subjetiva del valor deben admitirlo- es que existe igualdad en términos de lo que llaman valor de cambio objetivo; que equivale a lo que los clásicos y Marx llamaron valor de cambio; o precio, cuando se expresa en dinero. Recordemos que Adam Smith define al valor de cambio como “la capacidad de comprar otros bienes, capacidad que se deriva de la posesión del dinero” (p. 30). Ricardo asume esa definición; y Marx dice que el valor de cambio es la proporción cuantitativa en que se intercambian las mercancías. El asunto parece sencillo, pero debido a que Romaniega ha levantado (en Comentarios del blog) una polvareda en torno al mismo, me permito ampliar con referencias a los autores austriacos.

Empiezo señalando que la distinción entre valor subjetivo y valor de cambio objetivo es claramente explicada por Böhm-Bawerk (1930). Sostiene que es necesario distinguir entre el sentido subjetivo del valor, y el sentido objetivo. El primero es la importancia que un bien, o un grupo de bienes, tiene para el bienestar de un individuo. En cuanto al valor objetivo, en su sentido económico, escribe: “significo el valor objetivo de los bienes en cambio; o, en otras palabras, la posibilidad de obtener a cambio de ellos una cantidad de otros bienes económicos, siendo considerada esta posibilidad como un poder o una propiedad de esos bienes. En este sentido decimos que un caballo vale [is worth] 50 libras, o una casa vale 1000 libras, si a cambio de ellos podemos obtener, respectivamente, 50 o 1000 libras” (p. 131). Señala enseguida que con esto no decimos nada sobre la influencia que estos bienes pueden tener sobre nuestro bienestar. Simplemente indicamos la relación objetiva que tiene un bien particular con cierta cantidad de otros bienes que pueden tenerse en el cambio. En este caso, sigue Böhm Bawerk, la palabra “valor” puede ser reemplazada por “poder”. Además, señala, la expresión “valor de cambio que utilizan los economistas ingleses, de manera muy indiferenciada, se está comenzando a utilizar la palabra “poder de compra” y nosotros los alemanes, de la misma forma, estamos comenzando a poner en uso el término Tauschkraft” (p. 132). Es muy similar a lo que Menger llama “valor de intercambio” (p. 243).

Por su parte, Mises (1998) escribe: “En referencia a los bienes vendibles y servicios, hablamos de precios, o de precios monetarios” (p. 399) y poco después define “valor en cambio” como sinónimo de “la cantidad de otros bienes que son ofrecidos para su adquisición” [value in exchange, i.e., in the quantity of other goods which are offered for its acquisition] (p. 405). Compárese esto con lo definido por Smith.

Mises también admite que los individuos evalúan su riqueza en términos de dinero: Sostiene que los precios son el resultado de la valuación de preferir unos bienes sobre otros. Por eso, en la medida que son generados en la interacción de las valuaciones de los que participan en el mercado, cuando este está desarrollado, la estructura de precios le aparece al individuo como un dato al cual debe ajustar su conducta (véase p. 329). De ahí que se introduzca un sesgo social – objetivo. Pero el precio, insiste Mises, no es el resultado de una igualdad de las valuaciones, sino de su desigualdad. Sin embargo, la “valoración” [appraisement, como distinta de la valuación] no depende de la valuación individual, sino de la estructura de precios (véase p. 329). De ahí que “El cálculo monetario es el método de calcular empleado por gente que actúa dentro de una sociedad basada en el control privado de los medios de producción. Es un dispositivo [device] de los individuos que actúan; es el modo de computación diseñado para evaluar la riqueza privada y el ingreso y los beneficios y pérdidas privados de los individuos que actúan en su propio provecho dentro de una sociedad de  libre empresa” (p. 230).

En cuanto a Rothbard (2009), también habla de valor de cambio “objetivo”, o “valor de capital” (si se trata de bienes de consumo durable); son bienes medidos en dinero. Escribe: “El precio monetario de un bien en un intercambio es, por lo tanto, la cantidad de unidades de oro, dividida por la cantidad de unidades del bien, lo que da una ratio numérica” (p. 234). Asimismo sostiene que cuando se desarrollan la división del trabajo y la economía, prácticamente todos los cambios se realizan contra dinero y el dinero imprime su sello al sistema económico. La economía es monetaria y casi todos los bienes se comparan con y se cambian por la mercancía dinero (véase p. 195). De hecho, el dinero es medida de valor. Así, en su definición formal, el valor de cambio objetivo de Rothbard coincide con el valor de cambio de los clásicos. Por supuesto, la explicación del significado de ese “valor de cambio objetivo” (austriacos) o “valor de cambio” (clásicos, o Marx) es muy distinta.

Consecuencias del valor de cambio objetivo 

La existencia de un valor de cambio objetivo, medido en dinero por los agentes económicos, o sea, de una “relación objetiva”, genera importantes problemas para la teoría subjetiva del valor.

El primero es en referencia a la tesis de que, “nunca es posible descubrir en la economía de los hombres bienes equivalentes en el sentido objetivo de la palabra”. Por eso, se sostiene, en el caso de que, por ejemplo, una determinada cantidad de lana se cambie por 103 florines, que no puede hablarse “de una medida de este equivalente (del valor de intercambio)” (Menger, 243). En consecuencia, “no puede atribuirse al dinero en cuanto tal la función de medida de valor y garantizador del valor” (p. 248). Sin embargo, reconoce que “en la práctica”, o sea, en la realidad del mercado, el dinero funciona como medida de valor. Así, sostiene que en lo que atañe a los bienes destinados al intercambio, “los precios que pueden obtenerse por ellos son de ordinario, para nuestro sujeto, el equivalente de esos bienes” (p. 244). Enseguida agrega que si bien es indefendible la teoría del dinero como medida de valor, las valoraciones “son de ordinario más ajustadas y razonables cuando se hacen en dinero” (p. 245). Agrega que las valoraciones, de ordinario, se realizan “sobre la base de un cálculo que parte ya del presupuesto previo de la valoración de los citados bienes en dinero…” (ibid.). En el mismo sentido, Mises dice que los individuos “tasan” sus bienes en dinero; o los evalúan en términos de precios, esto es, reduciéndolos a unidad común, a cantidad de dinero. Pero si esto es así, no se puede afirmar que en el intercambio no hay equivalentes. Todas las mercancías, en determinadas proporciones, son equivalentes en término del dinero que se puede obtener por ellas.

En segundo término, y vinculado a lo anterior, los austriacos deben admitir que existen precios dados antes de que el individuo ingrese en el intercambio. Lo vimos en el pasaje que citamos de Mises. Por eso, al momento de calcular las utilidades en el margen, el individuo ya está inmerso en un mundo de precios que incide en sus ordenaciones de utilidades. De manera que la tesis de la derivación del precio de lo subjetivo tendría que admitir que lo subjetivo está, ab initio, condicionado por lo social. Pero si esto es así, es imposible evitar cierta circularidad. Es que si la valoración no puede prescindir de la estructura de precios, y los precios preceden al individuo, los precios dependen de las preferencias individuales y las preferencias individuales dependen de los precios. Por supuesto, la circularidad en sí misma no condena a una teoría (véase la explicación de Engels, 1968), pero en este caso sirve para poner en evidencia que el enfoque individualista –básicamente, el intento de explicar lo social a partir de lo individual- hace agua.

En tercer lugar, si todas las mercancías se igualan, en determinadas proporciones, en tanto valores de cambio objetivos, esa igualación no puede derivarse de las características físicas de las mercancías, ya que esas características físicas no tienen forma de igualarse. Cuestión a recordar cuando examinemos la pregunta- objeción de Romaniega (y muchos austriacos) a Marx, de por qué el valor no puede consistir en una propiedad física de la mercancía.

En cuarto lugar, el hecho de que el dinero sea poder de compra general plantea la posibilidad de que se demande el dinero no con el fin de obtener valores de uso distintos de los que se posee, sino “poder de compra”, en tanto tal. Es el caso del que atesora, que aparece ya en el intercambio simple de mercancías (mercancía – dinero – mercancía). El que atesora busca vender y no comprar, ya que su necesidad es atesorar consumiendo lo menos posible. Por eso, toda cantidad de dinero obtenida se le presenta como un límite a superar (véase Marx, 1999, cap. 3, t. 1). Pero esto no encaja en la tesis de la utilidad marginal decreciente del dinero. Por eso tampoco es posible una teoría subjetiva del dinero coherente y unificada. La reducción de la función del dinero a medio de cambio, como hacen los austriacos y Romaniega, se relaciona con esta dificultad.

En quinto lugar, la centralidad del dinero como encarnación y medida de valor se agudiza en el caso del circuito capitalista, esto es, en la secuencia Dinero – Mercancía – Dinero aumentado (D – M – D’). En este circuito el objetivo es acrecentar el valor – encarnado en dinero – para volver a lanzarlo al mercado, para conseguir más dinero, para seguir acrecentando el capital. Pero entonces, la evaluación del valor en proceso de valorización solo se hace en términos de dinero, esto es, de poder de compra general, no de valores de uso.

Una contradicción interna a la teoría

Como vimos, los austriacos deben admitir que, de hecho, en los mercados, los individuos utilizan el dinero como medida de valor; y que en términos de precios × cantidades, hay igualdad en los intercambios. Llámesele igualdad de valor de cambio objetivo, tasación, poder de compra, relación objetiva, lo cierto es que estamos en el espacio del valor tal como lo miden los millones de personas que participan en el mercado. Pero este simple hecho hace trastabillar el edificio subjetivista. Como reconoce Menger: “Una teoría correcta de los precios no puede, por consiguiente, asignarse la misión de esclarecer aquella supuesta, pero en realidad inexistente, “igualdad de valor” entre dos cantidades de bienes. Quien procediera así  olvidaría enteramente el carácter subjetivo del valor y la esencia del intercambio. La teoría de los precios debe esforzarse por mostrar cómo los hombres, llevados por su deseo de satisfacer del mejor modo posible sus necesidades, entregan unas determinadas cantidades de sus bienes por otras cantidades” (p. 172).

Existe entonces una contradicción entre la realidad del mercado capitalista y la teoría subjetiva del valor. Lo cual explica las cabriolas discursivas de Romaniega: como no puede dar cuenta de la contradicción, la barre debajo de la alfombra hablando sobre las “profundas diferencias” entre la afirmación de un marxista de que “el valor de cambio (o precio) de 1 caballo es 5 onzas de oro”, y la afirmación de un austriaco de que “el valor de cambio objetivo (o precio) de 1 caballo es 5 onzas de oro”.

Marx y un argumento de Condillac 

En El Capital Marx introduce la noción de capital a partir del movimiento D – M – D’. Observa luego que en la compra y en la venta no hay aumento del valor de cambio; y por lo tanto es necesario salir de la esfera de la circulación para explicar el plus de valor, esto es, (D’ – D) > 0 (véase cap. 4, t. 1).

Lo interesante para el tema que nos ocupa es que en esos pasajes Marx critica la explicación de Condillac sobre el origen de la plusvalía con un argumento que está en el centro de las diferencias entre su teoría y la teoría subjetiva del valor. Es que Marx critica a Condillac por explicar el plusvalor metiendo en el medio del valor de cambio al valor de uso. Tengamos presente que, según Condillac, el valor deriva de “la importancia que el individuo da a un bien como capaz de satisfacer una necesidad” (Roll, p. 293). Así, dos personas intercambiaban bienes “si sus juicios respectivos de los valores de las mercancías para ellas eran diferentes” (pp. 293-4, ibid.). Por eso Condillac negaba que “en los intercambios se dé un valor igual por otra valor igual” (citado por Marx, 1999, p. 193, t. 1). Es que si se intercambiara un valor igual por otro igual “ninguno de los contratantes obtendría ganancia alguna”. Pero, como el valor de una cosa “consiste meramente en su relación con nuestras necesidades”, lo que tiene más valor de uso para unos, tiene menos para otros, y viceversa. De ahí que Marx lo critique por hacer “un revoltijo con el valor de uso y el valor de cambio” (1999, p. 194).

Puede verse la necesidad de los partidarios de la teoría subjetiva del valor de negar, o pasar a segundo plano, el hecho de que, en términos de valor de cambio, ninguna de las partes gana con la mera venta – compra.

Valorización del capital y la teoría subjetiva en Condillac y Rothbard 

En su crítica a la explicación subjetiva del plusvalor Marx agrega que, “de manera pueril” Condillac atribuía “a una sociedad con una producción mercantil realmente desarrollada una situación en la que el productor produce directamente sus medios de subsistencia y solo lanza a la circulación lo que excede sus necesidades personales, lo superfluo” (ibid.). Un error que se repite en los partidarios de la teoría subjetiva, y que les lleva a afirmar que siempre que se produce para el mercado es con el fin de procurarse, mediante el intercambio, los bienes necesarios para satisfacer necesidades personales. Por ejemplo, Rothbard, dice que el empresario trata de vender (“exportar”) más de lo que compra (“importa”) en bienes de producción para su negocio, para tener un excedente. Y que utiliza ese excedente para gastarlo en la importación de bienes de consumo para sus necesidades personales (p. 212). Por eso, poco después, sostiene que cada hombre debe asignar sus recursos monetarios en tres y solo en tres maneras: gasto de consumo, gasto de inversión y aumento del balance cash. Por ejemplo, al decidir invertir debe poner en la balanza el ingreso adicional que recibirá contra su deseo de consumir (p. 219).

Estamos ante el mismo error de Condillac, confundir la producción simple de mercancías – donde el fin último es el valor de uso – con la producción capitalista, donde el fin es la autovalorización del valor. En este caso, el dinero valorizado que refluye al capitalista tiene como destino, en condiciones normales, generar más capital para generar más plusvalor. Pero esto no puede ser explicado desde la teoría que pone el acento en la utilidad del consumo. De Condillac a Rothbard, o a Romaniega, el problema sigue siendo el mismo.

Trabajo privado y trabajo social y otra crítica desatinada de Romaniega

En p. 13 Romaniega precisa que, según Marx, el mero gasto humano de energía no es suficiente para crear valor, ya que el tiempo de trabajo debe ser socialmente necesario. Socialmente necesario en el sentido de la oferta (tecnología social e intensidad modal o promedio) y de la demanda (el mercado debe tener capacidad para absorber el producto). Con estas determinaciones se entendería qué es trabajo abstracto para Marx. Sin embargo, plantea Romaniega, “no hay forma de expresar a cuánto equivale en términos de trabajo abstracto una cantidad de trabajo”. Por lo cual el trabajo abstracto sería un “espacio abstracto”, esto es, “lo más general posible para dar cabida a cualquier interpretación” (p. 14). Estaríamos en el reino de la pura indeterminación.

El problema con este argumento es que no tiene sentido preguntarse a cuánto equivale, en términos de trabajo abstracto, una cierta cantidad de trabajo abstracto. Es una tautología. Presentado el asunto en forma directa: si en condiciones normales de demanda, y aplicando la tecnología e intensidad de trabajo modales, se emplean 10 horas para producir A, no tiene sentido preguntarse a cuántas horas de trabajo abstracto equivalen las 10 horas de trabajo abstracto empleadas para producir A. Toda la cuestión está mal planteada por Romaniega y por una sencilla razón: pasó por alto la contradicción básica de la mercancía, entre trabajo privado y social.

Es que en la sociedad productora de mercancías los trabajos se ejecutan de manera privada, pero deben validarse como sociales para ser formadores de valor. Por eso, la pregunta no es a cuánto trabajo abstracto equivale una cantidad de trabajo abstracto (la estúpida tautología que Romaniega le atribuye a Marx), sino a cuánto del tiempo de trabajo social equivale el tiempo de trabajo privado. Si, por ejemplo, Juan emplea 15 horas de trabajo para producir A, su tiempo de trabajo privado equivale a 10 horas de tiempo de trabajo social. Algo similar ocurre si $100 encarnan 10 horas de trabajo, y si los productores de A solo realizan $80 por cada A vendida. Una situación que es común en las crisis de sobreproducción. Por eso, cuando rige el patrón oro, o sea, cuando se mantiene el valor del dinero, la crisis es típicamente deflacionaria. Los trabajos privados se realizan parcialmente, o no se realizan, como trabajos sociales, y ello se manifiesta en la caída de los precios.

Por lo tanto, la relación entre trabajos privados y trabajo social no tiene nada de “espacio abstracto”, “capaz de dar cabida a cualquier interpretación”, como pretende Romaniega (p. 14). En la teoría de Marx el trabajo es abstracto porque se lo considera haciendo abstracción de sus aspectos concretos (unidad de múltiples determinaciones, necesaria para generar un valor de uso); no tiene que ver con algún “espacio abstracto”, sino con  los niveles en que se ubican las productividades individuales en relación a las productividades modales, por ramas; y las variaciones de la demanda (esto es, de la cantidad de trabajo social que la sociedad decide dedicar a la compra de los diferentes productos).

El valor como regulador de los intercambios

Más arriba dijimos que la ley del valor solo rige si las mercancías son reproducibles, y si hay competencia (la ley no se aplica si hay monopolio). Además, para que regule los intercambios, es necesario que exista una producción con destino al mercado, regular y generalizada. Si los intercambios son episódicos, la forma del valor es contingente (véase Marx, 1999, cap. 1, t. 1). Por eso, Marx habla de una transición desde la forma simple, o contingente, del valor, a la forma general. Esta última existe cuando se ha instalado el dinero, y la producción para el mercado es generalizada. Y en esa relación social de producción y cambio descansa la posibilidad de establecer una regularidad de las relaciones de cambio.

Para ver la importancia de este principio regulador, tomemos el caso de la suba de los precios de los tulipanes en los Países Bajos, en el siglo XVII. Por razones que tenían que ver con el rol de las flores como bienes de prestigio, más la aparición de tulipanes multicolores (en realidad, producto de un parásito en la flor), y una manía de la demanda, se llegó a vender un bulbo de tulipán por el precio de una vivienda lujosa de Amsterdam; de un barco; o de 24 toneladas de trigo. Hoy, cuando se habla de estos precios, se los considera absurdos (o fuera de proporción, o razón). Pero el alza duró un tiempo, hasta que la burbuja pinchó y sobrevino la caída.

En cualquier caso, para la teoría austriaca, el valor de cambio 1 tulipán = 24 toneladas de trigo es tan normal como el valor de cambio que pudo establecerse luego del derrumbe de los precios de los tulipanes. Si la relación de cambio que iguala oferta y demanda se ubica en 1 tulipán = 24 toneladas de trigo, el valor de cambio del tulipán en términos de trigo (o el precio en términos de dinero) es de equilibrio. Si dos meses más tarde el valor de cambio del tulipán es la milésima parte del anterior, también hay equilibrio. El precio, regido por estados de ánimo, no tiene elemento regulador alguno más que el regateo. Y, como admiten los mismos austriacos, no hay teoría del regateo (véase más abajo).

La teoría marxista, en cambio, sostiene que las mercancías sometidas a libre competencia se intercambian en proporciones que no son aleatorias, sino sometidas a ley. Pero más importante, para que opere esa ley debe haber alguna cualidad que sea común a esas mercancías. Si no existe esa propiedad común, no hay ley. Así, en el intercambio voto del senador / vivienda, no hay elemento común regulador de la relación. Lo mismo dice Marx con respecto al precio de monopolio. “Cuando hablamos de precio monopólico nos referimos en general a un precio determinado por la apetencia de compra y la capacidad de pago de los compradores, independientemente del precio determinado por el precio general de producción, así como por el valor de los productos” (Marx, 1999, p. 986, t. 3). Esto es, hay precio, pero no regido por el valor. Algo similar ocurre en el contacto comercial ocasional, cuando el intercambio con equivalencia de valores (tiempos de trabajo) es contingente. O en el caso del tulipán que equivalía a 24 toneladas de trigo. Obsérvese, además, que esta última es una relación de cambio claramente “fuera de medida”. Por eso, no puede ser centro de gravitación hacia el cual tiendan los precios en tanto se extiende y afianza la producción para el mercado. Pero lo mismo puede ocurrir con un precio monopólico. Si ese monopolio se rompe, el precio se moverá hacia otra relación, o proporción, ya no arbitraria.

La ley de valor gobierna los precios; un ejemplo teórico

A fin de ilustrar ese principio regulador, en una nota anterior del blog (aquí) propuse un ejemplo teórico del siguiente tipo:

Supongamos que la producción de 1A insume, en promedio, 10 horas de trabajo, y que la producción de 1B insume, en promedio, 5 horas de trabajo. Supongamos que A está valuado en $100, y que B está valuado en $100 (son sus valores de cambio, o precios), de manera que aquí hay una discordancia entre los tiempos de trabajo respectivos, y los valores de cambio. Es evidente que se puede ingresar más dinero produciendo B. Por lo tanto, si hay competencia y libre movimiento de trabajo, más productores se volcarán a la rama B, aumentando su oferta; y menos productores seguirán en la rama A. Este movimiento ocurre porque hay inconsistencia entre el valor de cambio (precio) y el valor (tiempo de trabajo). De ahí la traslación de productores hacia la rama B, que seguirá hasta que el valor de cambio de B baja a $50. Así, la relación de cambio se establece en 1A = 2B = $100.

Es una igualación del contenido del valor, que ocurre porque los seres humanos, dada la división social del trabajo, inevitablemente, comparan sus tiempos de trabajo aplicados a diversos bienes. Lo hicieron en toda sociedad, solo que  en la sociedad mercantil los comparan a través de los precios de las mercancías. Lo importante aquí es que esta igualación tiende a imponerse de manera objetiva, por el propio proceso de producir para el mercado. La inconsistencia entre valor de cambio y valor, al repetirse la producción, no se sostiene. Romaniega critica este ejemplo. Antes de responder, presento otros casos.

Otro ejemplo teórico de regulación por el valor

El caso de la inconsistencia de las relaciones de cambio con respecto a la producción se puede advertir con mayor claridad si suponemos una economía con más de dos productos. Así, supongamos que ahora nuestra pequeña economía está compuesta por tres tipos de productos, A, B y C (el ejemplo lo tomo de Krause, 1982). Supongamos también que se establecen las siguientes relaciones de intercambio:

Sea a la cantidad de C que se cambia por 1A; a = 8.
Sea b la cantidad de B que se cambia por 1A; b = 2
Sea c la cantidad de C que se cambia por 1B; c = 3.

Dadas estas relaciones, el propietario de A cambia 1A por 8C; con las 8C obtiene 8/3B; y con 8/3B obtiene 4/3A. O sea, solo por la circulación ha obtenido una ganancia, en términos de A, de 1/3. Algo similar ocurre si suponemos que el propietario de B adquiere, con 1B, ½ A; luego con la ½ A obtiene 4C; y con las 4C adquiere 4/3 de B. De nuevo, una ganancia de 1/3. Y lo mismo ocurre con C.

Pues bien, estas relaciones de intercambio son inconsistentes, ya que se supone que con una producción de 1A + 1B + 1C se obtiene, solo por circulación, 1,33A + 1,33B + 1,33C. La relación es inconsistente (a ≠ b × c).

¿En qué proporción entonces deben distribuirse las producciones de A, B y C, a fin de que haya consistencia en los intercambios? Pues hay que establecer relaciones de intercambio que sean consistentes con la producción. Y esta consistencia está dada por los tiempos de trabajo empleados en la producción. Por caso, supongamos que para producir A se emplean, en promedio, 10 horas de trabajo; para producir B 5 horas de trabajo; y para producir C 8 horas. Establecidas las relaciones de intercambio por los tiempos de trabajo, tenemos que 1A equivale a 5/4C; 1B equivale a 1/2A; 1C equivale a 8/5B. O sea, a = 5/4; b = 2c = 5/8. La estructura de intercambios ahora es consistente (a = b × c).

En este ejemplo se ve la importancia de la constricción material, la generación de valores de uso. Los productores no pueden apropiarse de más bienes que los producidos. Por eso, las relaciones de intercambio deben establecerse, necesariamente, a partir de determinada estructura productiva, que está dada al momento de producir. Si, establecida determinada tecnología, A se produce en 10 horas y B en 5 horas, este hecho no puede pasarse alegremente por alto en el análisis de las relaciones de cambio. Estas no pueden establecerse solo en base a deseos subjetivos. Por eso Marx (1999) observa que “no es el intercambio el que regula la magnitud del valor de la mercancía, sino a la inversa la magnitud del valor de la mercancía la que rige sus relaciones de intercambio” (p. 78, t. 1).

Tiempo de trabajo y matriz de Leontiev 

Una forma más general de ver cómo los tiempos de trabajo regulan las relaciones de intercambio es mediante las matrices de insumo – producto (para lo que sigue, Pasinetti 1984). Para tener una aproximación al tema, presentamos una economía muy simplificada: cada año se produce la misma cantidad de mercancías; cada industria produce una sola mercancía, mediante el empleo de trabajo y mercancías; no hay capital fijo. Los distintos métodos de producción vienen representados por una matriz de coeficientes interindustriales A, n × n; la entrada aij significa la cantidad de insumo i-ésimo necesario para producir una unidad del bien j-ésimo. Sea ao el vector fila de coeficientes de trabajo directo (matrices y vectores van en negrita). Suponemos que A es productiva. Esto significa que las características técnicas del sistema son tales que permiten la producción de por lo menos una mercancía que supera las necesidades de reemplazamiento del sistema productivo (si no se cumpliera, el sistema sería inviable). Por otra parte, sea p el vector fila precios, con n componentes; suponemos que no hay beneficio, y w es lo que reciben los productores por su trabajo. En ese caso, es: pA + aow = p

Por lo tanto,  p (I – A) = a0w

Luego es p = a0 (I – A)-1     (*)

La matriz (I – A)-1 es la llamada inversa de Leontiev, y representa la cantidad las cantidades de mercancías necesarias, directa o indirectamente, en todo el sistema económico, para obtener una unidad física de la mercancía i-ésima como mercancía final. Por lo tanto, al multiplicar cada una de las cantidades físicas por el coeficiente de trabajo correspondiente, y sumando los valores así obtenidos, se determina la cantidad de trabajo que ha sido necesaria, directa o indirectamente, para obtener una unidad física de la mercancía i-ésima. Los precios obtenidos con (*) entonces son directamente proporcionales a los tiempos de trabajo.

En varias ocasiones, y en polémica con los austriacos, he presentado esta cuestión para mostrar que los precios son regulados por los tiempos de trabajo. Por supuesto, es solo una aproximación, dados los supuestos (además de los supuestos mencionados, la resolución simultánea de los precios de los insumos y productos supone, entre otras cosas, que no se producen variaciones tecnológicas, o de otro tipo, durante el proceso productivo).

En cualquier caso, los análisis (realizados por Sraffa y sus seguidores; por marxistas y otros) basados en las matrices de insumo producto, representan un problema para la teoría subjetivista de los precios. Entre otros elementos “intragables” para la teoría subjetiva apuntamos que este planteo se basa en datos objetivos y registrables (si 0,3 unidades de hierro son necesarias para producir 1 unidad de trigo, esa relación es objetiva y empíricamente verificable). Pero por eso mismo, es un planteo muy alejado del método introspectivo de los teóricos subjetivistas, y basado en el razonamiento contrafáctico de qué ocurre en el margen con las variaciones mentalmente representadas. De ahí el silencio que los austriacos acostumbran guardar sobre el tema. Romaniega, en cambio, presenta – en relación con el debate sobre trabajo simple y complejo – la inversa de Leontief, y se pregunta si dentro de este modelo (los productos son demandados, se establecen promedios sociales de trabajo) se cumple que los “precios o valores” están determinados por las cantidades de trabajo abstracto.

La respuesta la remite a la sección 3 de su escrito, en la que presenta una serie de objeciones a mi ejemplo teórico de los productores de A y B intercambiando sus productos por fuera de las relaciones que determinarían los tiempos de trabajo social. Pero más importante que esto es que Romaniega no saca ninguna conclusión con respecto al método subjetivista (subrayo, introspección, contafácticos) y su contracara, el análisis objetivo, basado en datos registrables sobre cantidades de trabajo y medios de producción. Peor aún, y como veremos más abajo, saca la absurda conclusión de que “el análisis marxista está basado en la teoría subjetiva del valor”.

Argumentos traídos de los pelos

Romaniega critica entonces mi caso teórico de los productores de A (10 horas de trabajo, precio de A $100) y B (5 horas de trabajo, precio de B $100) en su punto inicial. Con ese fin, imagina casos que, en su opinión, invalidarían mi ejemplo.

El primer caso de Romaniega dice que los productores de B deciden disfrutar del ocio (5 horas diarias por sobre los productores de A) y no incrementan la producción de B. Pero el ejemplo viola el supuesto establecido de competencia. Es que si los productores de A, o de cualquier otra rama, deciden pasarse a B para disfrutar del ocio, aumentará la producción de B y disminuirá la de A, de manera que los precios de B comenzarán a descender. Y si, en esa circunstancia, los productores de B quieren conservar sus ingresos, deberán aumentar las horas de trabajo hasta que la relación se establezca en 1A = 2B.

Un segundo contraejemplo: que se valore más el trabajo que el ocio. O sea, los productores de A prefieren trabajar en lugar de tener horas de ocio, y los productores de B prefieren el ocio al trabajo, de manera que todos están contentos en sostener la relación 1A = 1B. Es un argumento traído de los pelos. Por eso Romaniega ni siquiera se pregunta cómo es posible que las distribuciones de preferencias trabajo / ocio se hayan acomodado de manera tan conveniente para su “refutación”. Menos todavía se plantea qué relación podrá tener esto con la explicación subjetivista de oferta de trabajo, según la cual los trabajadores arbitran entre la desutilidad del trabajo (que se da por establecida y general) y la utilidad del salario (que permite disfrutar del ocio).

Un tercer supuesto: los productores de A tienen aversión al trabajo de B, y por eso valoran trabajar más horas en A que en B, de manera que continúa la desigualdad en tiempos de trabajo. Pero en este caso de nuevo se viola el supuesto de libre movilidad de los productores entre ramas.

Otro supuesto: La producción de B contiene más riesgo que la de A. Ahora Romaniega viola el supuesto que habíamos hecho de igualdad de gasto humano de energía. Si producir B tiene más riesgos para sus productores, en promedio, demandará más gasto de energía humana (por eso la fuerza de trabajo empleada en trabajos insalubres o peligrosos tiene una mayor remuneración relativa) que la producción de A.

Otro: que la producción del bien A exija, para su producción, períodos en que se interrumpe el trabajo (el trabajador disfruta de ocio limitado, que no es trabajo). De nuevo, se viola el supuesto de igualdad de tiempos de trabajo; que suponen la misma intensidad de trabajo. Si una jornada laboral es “porosa” – tiempos de descanso intercalados – generará, en más horas de trabajo, el mismo valor que la jornada menos porosa en menos horas de trabajo.

Otro: los productores de B son más productivos que los de A. Pero no se pueden comparar productividades de bienes de uso distintos. La productividad se define por cantidad de bienes de uso producidos por unidad de tiempo, de manera que para comparar productividades tiene que haber igualdad en los valores de uso. No tiene sentido preguntarse qué es más productiva, la producción de bicicletas o de camisas.

Otro: el trabajo para producir B es más complejo que el trabajo para producir A. Pero dado que el trabajo complejo se puede reducir a determinadas unidades de trabajo simple, la ley del valor trabajo no tiene por qué no verificarse. Con el agregado de que el ejemplo que puse suponía que los trabajos para producir A y B son del mismo tipo de complejidad.

En definitiva, los casos de Romaniega son artificiosos y/o violan el supuesto establecido, que hay competencia. Al pasar, señalo la coincidencia, en sustancia, de Romaniega con la idea de Mises de que “el sistema de investigación típico de la Economía es aquel que se basa en construcciones imaginarias” (p. 367). Todo es cuestión de ponerse a imaginar contraejemplos, a como dé lugar, para “refutar” una ley social. Agreguemos que esos contraejemplos todavía menos validez tienen si se considera una sociedad capitalista, donde la producción es casi exclusivamente para el mercado.

Un razonamiento que se vuelve contra la teoría subjetiva

Lo planteado en el punto anterior se relaciona con las insuficiencias del esquema lógico formal de Romaniega. Es que su método consiste en formular la ley “para todo caso”; luego presenta el, o los contraejemplos, y concluye que la ley no se cumple. Por eso afirma que, si bien mi caso teórico puede ser “razonable”, lo que importa es mostrar la posibilidad, aunque sea abstracta, o rara, de que no se cumpla. Escribe: “aunque puede ser razonable en la mayoría de los casos, lo que nos indica es que habría casos en los que no se cumplirá lo que pretendíamos demostrar. Como nuestra proposición es lógicamente un cuantificador universal, i.e., ∀, para ¬∀ basta con que exista solo un caso para probar que la proposición es falsa” (p. 34). Insiste en que “los contraejemplos aquí planteados son casos extremos de fenómenos que están en menor medida (pero están) en el resto de situaciones, luego la teoría debe ser capaz de explicarlos (solo hay una diferencia de grado, no de clase)”. Bastaría la “rareza abstracta” para acabar con una teoría social.

Las claves aquí son el cuantificador universal y el caso que destruye el “para todo caso”. Si digo que, en la geometría euclidiana,  la suma de los ángulos interiores de un triángulo es 180°, bastaría encontrar un triángulo en que la suma de los ángulos interiores fuera ≠ 180° para invalidar la primera afirmación. Romaniega aplica ese criterio a la teoría del valor trabajo: si logro construir un caso de productores de mercancías a quienes les gusta, por ejemplo, entregar 10 horas de trabajo a cambio de 5 horas de trabajo (de la misma intensidad y complejidad), habré “invalidado” la ley del valor trabajo.

Pero con ese argumento también se puede invalidar la teoría subjetiva del valor. Así, si esta dice que los individuos evalúan sus bienes por sus utilidades en el margen, bastaría contraponer un caso teórico en que dos individuos los evalúan, por ejemplo, por los tiempos de trabajo, para refutar la teoría subjetiva. Pero por esta vía podemos imaginar otras “rarezas abstractas”: que haya individuos que intercambien basándose en criterios de solidaridad, altruismo, desprendimiento. Que los seres humanos reales, comunes y corrientes, no sean computadoras vivientes ordenando en el margen de su escala de preferencias todas las canastas adquiribles con un cierto presupuesto. Y así podríamos seguir con otros ítems. Por ejemplo, los teóricos subjetivistas explican el interés por la preferencia de los seres humanos por el consumo presente sobre el futuro. Pues bien, aquí va otra “rareza abstracta”: que haya individuos que prefieran el consumo futuro al consumo presente (por caso, trabajar primero e irse de vacaciones después). En conclusión, el astuto método-crítico de Romaniega se da de patadas con la misma teoría que quiere defender.

Sin embargo, todo eso no tiene sentido. Las leyes sociales no se desenvuelven según un determinismo mecanicista. La idea de una causalidad mecánica en la sociedad es equivocada. Más precisamente, en la realidad de la producción capitalista la ley económica se impone tendencialmente, y a través de permanentes oscilaciones. El valor de mercado, o precio, se nivela con el valor determinado por el tiempo de trabajo social “a través de sus oscilaciones constantes: nunca a través de una ecuación con el valor real como tercer elemento, sino a través de una continua diferenciación” (Marx, 1989, p. 62, t. 1; énfasis agregado). Amplía Marx: “El precio de la mercancía es constantemente superior o inferior a su valor, y el mismo valor de las mercancías existe solamente en el ascenso y descenso de los precios de las mercancías. Demanda y oferta determinan de modo constante los precios de las mercancías; nunca coinciden, o solo lo hacen accidentalmente; pero los costos de producción por su parte determinan las oscilaciones de la demanda y de la oferta. El oro o la plata… son ellos mismos una determinada cantidad de trabajo acumulado…” (ibid.).

Por ejemplo, tendencialmente se ve los precios relativos de las mercancías producidas en las ramas con mayores avances de productividad, descienden en relación a los productos de ramas en que los avances de productividad son menores (en la última parte de esta nota presentí algunos ejemplos). Pero la tendencia se impone a través de muchas oscilaciones. Naturalmente, esto no se puede comprender si no se ha distinguido antes entre valor y valor de cambio.

Romaniega sobre el marxismo y lo subjetivo

Según Romaniega, los contraejemplos que presentó para negar la tendencia hacia la regulación por la ley del valor trabajo demostrarían que también los marxistas estamos obligados a hacer suposiciones de comportamientos subjetivos (como que los productores no tienen una preferencia especial por producir A o B); esto es, necesitaríamos la teoría subjetiva. Lo cual demostraría la fortaleza de esta (véase p. 35).

Pues bien, empecemos diciendo que los marxistas no negamos la acción del sujeto, ni que operan factores psicológicos, incluidos los gustos y preferencias de los que tanto hablan los partidarios de la teoría subjetiva del valor. Más aún, no reducimos los comportamientos al ordenamiento hedonista de preferencias. Por lo menos incluimos en los análisis las creencias, deseos, percepciones, emociones y convicciones. De lo contrario no podría entenderse, por ejemplo, el esfuerzo que pone la actividad política de los marxistas en despertar la conciencia de clase de los obreros. Por eso, fenómenos como la alienación y extrañamiento de los que están sometidos a la explotación capitalista figuran en el primer orden de la atención del marxismo.

Es absurdo entonces decir que el marxismo no tiene supuestos y definiciones sobre los comportamientos de los individuos. Pero lo que sí lo diferencia radicalmente del enfoque subjetivista es que lo social tiene prioridad explicativa sobre lo individual. Esto porque las relaciones sociales, y determinado desarrollo de las fuerzas productivas, son anteriores al sujeto. Este las encuentra dadas desde su nacimiento, y por lo tanto, condicionan su psicología, sus gustos y preferencias, sus creencias y nociones con que procesa la realidad que lo circunda. Para presentar un ejemplo sencillo: contra lo que dicen las abstracciones de los teóricos subjetivos, la preferencia por el consumo presente con respecto al consumo futuro será distinta si se trata de un propietario acomodado, de un trabajador asalariado o de un desempleado. Esto es, no se puede establecer esa preferencia al margen de la relación social en que está inmerso el sujeto.

Por eso también, las “preferencias subjetivas de trabajo” están condicionadas por los “patrones de producción” (en realidad, las relaciones sociales de producción), y no al revés, como pretende Romaniega. Por caso, un desempleado, al borde de la inanición, estará condicionado por esa situación para determinar su “preferencia subjetiva de trabajo”. En el caso teórico en el que Marx explica cómo el obrero genera la plusvalía, la “preferencia” del trabajador está condicionada por su no propiedad de medios de producción y la amenaza de quedar en la calle si no entrega plustrabajo gratis. Por lo tanto, en ese caso los marxistas sí hacemos un supuesto, a saber, que el obrero prefiere trabajar por un salario antes que morirse de hambre. Pero no por eso es una preferencia “libre”, como pretende la apologética de los austriacos, o de Romaniega.

¿Análisis marxista basado en la teoría subjetiva del valor? 

Vinculado a lo anterior, Romaniega sostiene que el mismo análisis marxista “está basado en la teoría subjetiva del valor” (p. 4). Es increíble que se afirme algo así, cuando todo el análisis marxista subraya la prioridad de lo social sobre lo subjetivo en los fenómenos económicos. Del hecho de que en los procesos sociales los seres humanos participan con sus ideas, creencias, ideologías, pensamientos, no se puede derivar que el valor sea un fenómeno subjetivo.

Ya hemos visto este aspecto en el apartado en que presentamos la matriz de Leontiev. ¿Qué tienen que ver las relaciones de cambio que se establecen en ese caso, con la teoría subjetiva del valor? Respuesta, nada que ver. Pero para ver el asunto una vez más, citemos la crítica de Marx a Bailey, quien tenía un enfoque subjetivista (de ahí que sea una figura reivindicada por algunos austriacos). Bailey consideraba que las circunstancias que actúan sobre la mente en el intercambio son las causas del valor. A este razonamiento Marx le responde que, al margen de la mente o conciencia de los productores, las “circunstancias” (en términos marxistas, el modo de producción y cambio) impulsan a los productores a vender sus productos como mercancías, y les dan un valor de cambio “que, también en su mente, es independiente del valor de uso. Su mente, su conciencia, puede ignorar por completo, no conocer la existencia de lo que en rigor determina el valor de sus productos, o de estos como valores. Se ven ubicados en relaciones que determinan su pensamiento, pero es posible que no lo sepan. Cualquiera puede usar dinero como dinero, sin por ello entender qué es dinero” (Marx, 1975, pp. 135-6, t. 3).

Hay un abismo entre el planteo de Bailey, de que la mente es la causa del valor, y el de Marx, de que independientemente de lo que piensen los seres humanos, se establecen relaciones de valor que estos no dominan. ¿Cómo se puede pasar por alto semejante diferencia? No hay manera de decir que este análisis de Marx se basa en la teoría subjetiva del valor.

Propiedades físicas y sociales

Igual que muchos economistas austriacos, Romaniega también incurre en el argumento de la propiedad física. Hace el cuestionamiento en la forma de pregunta: “¿por qué no puede ser la magnitud igualadora una propiedad física, pero abstraída de los valores de uso al igual que realizamos la abstracción en el caso del trabajo?” (p. 10). En otra parte escribe que “es obviamente falso que la única propiedad común sea la de ser productos del trabajo” (p. 12).

Veamos lo más elemental: el trigo, bajo determinada relación social, es mercancía, y bajo otra relación social no es mercancía, sino un bien de uso directo. ¿Qué es lo que cambia? Es evidente que no hay cambio de la propiedad física, sino de la relación social en que está inmerso: si el trigo es llevado al mercado para su venta, es mercancía. Si es producido al interior de una comunidad comunista, no es mercancía. Es la relación entre seres humanos la que le da la propiedad de mercancía. No existe una propiedad física que lo determine a tener valor de cambio.

Por supuesto, esta distinción entre contenido material y forma social (o cualidad o propiedad social, ya que es una propiedad relacional), que los esquemas de Romaniega pasan por alto, se ve en otros casos. Una máquina de coser, bajo determinada relación social, es capital; bajo otra relación social es un bien de consumo en los hogares. Un hombre, bajo determinada relación social es un esclavo, y bajo otra relación social es un obrero asalariado, o un capitalista, etcétera. No es la propiedad física de la máquina de coser, o del hombre (mal que le pese a los racistas), la que hace las diferencias, sino la cualidad derivada de la relación social.

Por lo tanto, no tiene sentido preguntarse por la propiedad física que hace de la máquina capital constante, porque la propiedad de ser capital es social, relacional. De la misma manera, no tiene sentido preguntarse por la propiedad física que hace que el trigo, en la sociedad capitalista, tenga valor de cambio y valor. Por eso tampoco tiene sentido decir “voy a basarme en tal o cual propiedad física del trigo (su peso, color, poder nutritivo)” para explicar por qué en una sociedad comunista primitiva no tenía valor de cambio, y sí lo tiene en la sociedad actual. Para una explicación más amplia de esta cuestión, véase aquí, aquí).

El fracaso de la teoría subjetiva del valor

Hemos planteado que la teoría subjetiva del valor tiene enormes dificultades para encajar el hecho de que, en el mercado capitalista, los individuos miden su riqueza en dinero; que en los intercambios se produce una igualación en términos de valor de cambio objetivo; o que el objetivo del capital no es el valor de uso sino el acrecentamiento del valor, encarnado en el dinero.

Pero estas dificultades tienen origen en la imposibilidad de derivar los precios de las supuestas ordenaciones de utilidades en el margen. El impasse se ve en que los propios austriacos dicen que el precio se determina por regateo, pero que no existe teoría del regateo. En palabras de Rothbard: “Surge así [luego de la ordenación de utilidades marginales] el fenómeno de la vida cotidiana que llamamos regateo de precio. Cada uno de los contratantes se esfuerzan por obtener la mayor porción posible [en el intercambio]… por conceder el otro la menor parte posible de las ganancias” (173). Por lo tanto, el precio depende de la personalidad de cada uno de los intervinientes (p. 174). ¿Qué teoría puede haber aquí? El propio Rothbard declara que “no hay teoría del regateo” (p. 363), ya que lo que cuenta es el “poder de negociación”. Esto es, un poder que puede llevar el precio del tulipán de 24 kilos a 24 toneladas, y vuelta a los 24 kilos. Por eso, ya en este nivel tan elemental – dos mercancías – parece claro que no hay manera de determinar teóricamente sus precios. ¿Qué decir entonces del mundo real, donde hay millones de mercancías, y de compradores y vendedores? Supongamos que Juan valora el bien A en el puesto 1775 de su escala de preferencias, pero en el puesto 3001 a B, en tanto Pedro valora A en el puesto 32 y B en el 5559. ¿Qué se puede deducir de esas ordenaciones sobre la proporción en que se intercambian A y B? ¿Y qué se puede decir de la variación de esas ordenaciones si el precio de A sube 5%, el de B 7,5% y el de C baja 2%? La respuesta es que nada, salvo la trivialidad de que cada participante en el mercado intentará obtener el mayor rédito posible para el producto que ofrece, o pagar lo menos posible por lo que compra. De hecho, se trata de una relación de cambio sin contenido.

Pero además, la teoría austriaca necesita derivar los precios de los medios de producción a partir de las evaluaciones de utilidades, calculadas en el margen, de los consumidores finales. Es lo que se llama precios por imputación. Como hemos mostrado en una anterior entrada, el problema es irresoluble, a no ser que se hagan supuestos extremadamente irrealistas (ver aquí). A lo que se agrega la imposibilidad de dar cuenta del valor del dinero si no es recurriendo a la utilidad del oro o la plata en tiempos anteriores al Diluvio (ver aquí). Pero el dinero es el medio con el que, en la vida real del mercado, se miden los valores. ¿Qué clase de teoría del valor es esta? Pero esto no obsta para que Romaniega proclame la superioridad de la teoría subjetiva del valor, sobre la teoría del valor de Marx. Con el agravante de sostener que la segunda termina siendo similar a la primera. ¿Se puede concebir mayor desaguisado?

La miseria de la formalización sin sentido

Como bien dice Lawson (2003), las matemáticas han sido elevadas al sitial privilegiado de cientificidad en la sociedad. El matemático (y también el físico) goza de un respeto “extra”. Las matemáticas parecen demandar una suerte de inteligencia superior por parte de quienes la practican, y una demostración matemática siempre es concluyente; como se acostumbra a decir cuando algo está muy probado, “es tan cierto como que dos más dos son cuatro”. No hay discusión posible. Por esto hay una aceptación hasta cierto punto a-crítica de todo lo que se presente bajo forma matemática. En la economía neoclásica esto ha sido aprovechado para pasar por científicas teorías y modelos que disimulan los fundamentos de la sociedad basada en el capital – particularmente, la explotación del trabajo asalariado -, o que son completamente irrelevantes en lo que hace a su dinámica y tendencias últimas. Basta poner una afirmación bajo la forma de una ecuación, para que el asunto adquiera visos de seria respetabilidad académica, y ante el público en general

Pues bien, la crítica de Romaniega discurre por los mismos carriles. Piensa que por poner bajo forma de lógica matemática sus afirmaciones ha elaborado una crítica científica a la teoría de Marx. Una crítica que confunde valor con valor de cambio; que habla de reducción al trabajo abstracto y pasa por alto la contradicción entre trabajo privado y social; que desconoce que dinero en Marx no es numerario; y que, en una cumbre, dice que el análisis marxista se basa en la teoría subjetiva del valor.

Se pueden poner en palabras o en símbolos de relaciones lógicas, los disparates son del mismo tenor. Solo que cuando se formulan con palabras la ignorancia del asunto apabulla y cuando se los repite disimulados en fórmulas, el asunto parece “serio y fundado”. Para colmo, no se trata solo de una crítica a Marx carente de sentido, sino también de un cuento apologético del capitalismo. ¿O en qué empresa capitalista los asalariados arbitran libremente entre desutilidad del trabajo y utilidad del salario-ocio? ¿En dónde existe ese capital cuyo fin no sea el valor de cambio y la ganancia, sino el valor de uso? Pero estos son pilares del dogma subjetivista sobre el valor que defiende Romaniega. En fin, lo suyo es formalización puesta al servicio de ocultar la realidad del capitalismo, donde todo ese cuento de las preferencias libres gobernando la economía y la sociedad es eso, un cuento. Como dice Stewart (2007) pueden elaborarse hermosas historias a partir de una mentira, pero tienden a fracasar cuando se enfrentan a la terrible realidad. Del mismo modo, se puede hallar, aparentemente, una matemática hermosa en una mentira; pero también fracasará cuando se enfrente con la dura realidad (p. 105).

Bibliografía citada:

Böhm-Bawerk, E. (1930): The Positive Theory of Capital, Nueva York, Stechert.

Böhm-Bawerk, E. (1986): Capital e interés, México, FCE.

Engels, F. (1968): Anti-Dühring. La subversión de la ciencia por el señor Eugen Dühring, México, Grijalbo.

Krause, U. (1982): Money and Abstract Labour. On the Analytical Foundations of Political Economy, Londres, Verso.

Lawson, T. (2003): Reorienting Economics, Londres y Nueva York, Routledge; varios capítulos en www.econ.cam.ac.uk/faculty/lawson.

Marx, K. (1975): Teorías de la plusvalía, Cartago, Buenos Aires.

Marx, K. (1989): Elementos fundamentales para la crítica de la Economía Política (Grundrisse) 1857-1858, México, Siglo XXI.

Marx, K. (1999): El Capital, México, Siglo XXI.

Menger, C. (1985): Principios de Economía Política, Madrid, Hyspamerica.

Mises, L. (1998): Human Action. A Treatise on Economics, Ludwig von Mises Institute Scholar’s Edition.

Pasinetti, L. (1984): Lecciones de teoría de la producción, México, FCE.

Roll, E. (1973): Historia de las doctrinas económicas, México, FCE.

Romaniega, A. (2020): “Análisis teórico de las demostraciones de la teoría marxista del valor trabajo. Crítica a Karl Marx y Ernest Mandel”, https://alvaroromaniega.files.wordpress.com/2020/11/criticatvt-2.pdf.

Rothbard, M. N. (2009): Man, Economy and State, Ludwig von Mises Institute Scholar’s Edition.

Smith, A. (1987): Investigación sobre la naturaleza y causas de la riqueza de las naciones, México, FCE.

Stewart, I. (2007): ¿Dios juega a los dados?, Barcelona, Crítica.

(Tomado del Blog de Rolando Astarita)

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