Por un marxismo sin garantías

por Stuart Hall

Reproducimos a continuación un artículo del famoso marxista jamaicano Stuart Hall sobre el legado de Marx. No lo hacemos porque compartamos desde esta revista todos y cada una de sus interpretaciones, sino porque el punzante e irónico enfoque de Hall alimentó debates y obligó a pensar críticamente de una forma que sigue siendo relevante hoy en día. La vindicación de un “marxismo sin garantías” puede ser un buen acicate contra ciertas lecturas ensimismadas de Marx que están volviendo a emerger en el campo socialista. El artículo fue recuperado recientemente por la revista socialista Salvage, que incluyó la siguiente entradilla. EP

En su discurso en el Simposio del Centenario de Marx de ALR, celebrado en Sydney y Melbourne en abril de 1983, Stuart Hall pidió al público que aceptara que no hay ninguna página perdida de los cuadernos de Marx que nos diga hacia dónde ir. El siguiente artículo se basa en sus discursos en Sydney y Melbourne, y fue publicado originalmente en la Australian Left Review. Se reproduce aquí con el permiso del patrimonio de Stuart Hall. Salvage]

Quiero hablar sobre Marx y el marxismo, y sugerir algunas cosas sobre su relevancia para nuestra situación contemporánea.

Me perdí el 14 de marzo, pero unos días después fui al cementerio de Highgate para asegurarme de que Marx estaba allí, y os traigo la buena noticia de que ahí sigue. Pero hay una cierta inquietud en el aire del cementerio de Highgate, una sensación de que aunque el cuerpo esté allí, de alguna manera las ideas están circulando por todo el mundo, y esa inquietud está, creo, justificada porque los socialistas, sean marxistas o no, honran a Marx porque nos proporcionó un poco del refuerzo científico y teórico que todos necesitamos al menos una vez cada diez años. Se le honra también porque nos legó un importante ejemplo de en qué consiste sostener una política socialista emancipadora -pero, sobre todo, y esto es lo que me gusta de Marx- porque insistió en pensar de forma crítica y subversiva.

Marx solía decir que tenía la esperanza de que su propio pensamiento fuera escandaloso: un escándalo y una abominación sobre todo para los profesores burgueses. Y me he tomado muy en serio esa idea.

Llevo más años de los que os voy a contar intentando aprender de Marx, discutiendo con él y manteniéndolo a raya. Quizás debería establecer mis credenciales diciendo un poco sobre mi primer encuentro con Marx. Yo era uno de esos chicos listos en una escuela colonial inteligente, me había enseñado un futbolista escocés pelirrojo que se quedó en Jamaica porque le gustaba el clima, y decidió enseñarnos a todos sobre historia. En el sexto curso captó un tufillo de antiimperialismo que circulaba por los pasillos y pensó que su misión histórica era inocularnos contra los peligros de las ideas subversivas. Para ello disponía de dos medios. Uno era una serie de grabaciones de los discursos de Baldwin, para subir el ánimo, y el segundo era una serie de panfletos producidos por el British Council sobre lo horrible que era Marx, el marxismo, el estalinismo, el socialismo y todo eso. Y solía leernos alternativamente Baldwin y estos panfletos y, como era un profesor extremadamente bueno, hacía que sonaran realmente muy interesantes. Cuanto más duraba este largo proceso de inoculación, más pensaba que debía haber algo interesante en él, y desde entonces he tratado de pensar en ello.

Esa lucha con Marx, mantener a Marx a raya para que no se apodere de tu cabeza (porque eso es a lo que tiende), se hace más fácil, supongo, en la época de lo que la gente llama ahora «Crisis del marxismo», porque ahora puedes empezar más abajo. No es necesario insistir en que no hay un marxismo único y unificado; basta con acudir a cualquier reunión pública para ver las cincuenta y siete variedades. No hay necesidad de insistir en que el suyo no fue un trabajo teórico dogmáticamente acabado y completado -cualquiera que se atreva a terminar el volumen crítico de su obra principal con una pregunta: «¿Qué es la clase, entonces?» y se pare ahí, claramente no está por la labor de abordar todo el asunto. De hecho, la noción de que en algún lugar de ahí atrás está el Libro de las Revelaciones o el Viejo Almanaque de Moore -una especie de letanía que uno consulta cuando no se siente bien, o para saber si debe viajar el viernes trece-, un libro general por el que uno se guía y da forma a su vida, es contraria a prácticamente todas las cosas que escribió Marx. Era irreligioso, profundamente laico, altamente racionalista, crítico, teórico e histórico. En mi opinión, la crisis del marxismo nos libera para algún tipo de trabajo marxista futuro, aunque nos inhabilita para otros tipos.

Cuando uno habla de los “peligros del revisionismo marxista” (me gusta especialmente esa expresión) parece sugerir que, para estar realmente en sintonía con el espíritu del Viejo, la clase obrera debería haberse quedado quieta, parada. Que debería tener el mismo aspecto que en las ilustraciones de Las condiciones de la clase obrera en Inglaterra de Engels. En cuanto no se la ve así, dejamos de estar seguros de que siquiera esté ahí. Tenemos que dar vueltas y tratar de averiguar dónde está y por qué ha ido allí, y cómo es que no se ha quedado en su sitio. Y sin embargo, si algo tiene el marxismo es la insistencia en que el capitalismo es un sistema histórico y dinámico, uno que Marx nunca había visto [plenamente desarrollado]. Mucho antes de que Marx odiara el capitalismo, lo admiraba y lo respetaba. Había roto y destrozado cualquier otro sistema de la historia humana, lo había superado en su dinámica. Y fue porque quiso aprovechar esa dinámica de un sistema productivo masivo e histórico mundial para alguien que lo merecía más que la burguesía, cuando comenzó a ver lo que era el lado negativo de las relaciones capitalistas. Pero sentía el más profundo respeto por su capacidad de romper y hacer añicos las constrictivas relaciones arcaicas en las que nacen las personas. En consecuencia, hacer depender la prueba de la verdad del marxismo en esa imagen estática del mundo es, por supuesto, darnos todo tipo de esas garantías necesarias que podemos pensar que necesitamos tener, para convencernos de que estamos realmente a la cabeza del proceso histórico. Pero llevar esa garantía bien guardada en el bolsillo de atrás nos impedirá de hecho ser capaces de enfrentarnos al mundo real.

Yo veo con buenos ojos esa fase del marxismo clásico. No lo quiero, no lo necesito – eso no quiere decir en absoluto que uno no aprenda de, que no necesite y requiera, la comprensión más profunda que podamos obtener de alguien que entendió profundamente los orígenes del mundo que ahora habitamos. Pero tener la sensación de que ese mundo sólo se puede entender acudiendo a Marx como si sus escritos fueran en realidad un texto sagrado, o un lema en la pared y bastara con bordarlo un poco para que se siga cumpliendo, … ese marxismo debería estar muerto. Ojalá esté enterrado también en el cementerio de Highgate con el Viejo. Hay una serie de formas en las que quiero hablar de las cosas de Marx que me parecen importantes y relevantes para entender el mundo de hoy. Pero en primer lugar creo que debo establecer alguna prioridad de las cosas en el marxismo y en Marx que valoro particularmente. Quiero hacerlo muy rápidamente, porque no quiero que esto sea una especie de ejercicio escolástico, sino dar una idea general de qué es lo que valoro tanto del marxismo.

Sobre todo, valoro el edificio del materialismo histórico. No cada nota y puntada y semicorchea en él, sino esa amplia comprensión del desarrollo histórico y especialmente de las limitaciones materiales en el desarrollo histórico, que da los fundamentos a esa teoría en algún nivel de relaciones determinantes, que no concibe ese desarrollo histórico por tanto como algo simplemente caído del cielo para ver cómo se desarrolla según nuestras propias esperanzas y sueños y ambiciones. Esa es, creo, la esencia de lo que es científico en Marx. No es científico en el sentido de que las predicciones siempre funcionen. Es científico en el sentido de que nos proporciona una entrada sistemática en la comprensión del desarrollo histórico. Ese es el primer gran logro.

En segundo lugar, yo diría que las formas intrínsecas de las sociedades capitalistas. No se trata de una visión penetrante del capitalismo de la segunda mitad del siglo XX. Si se espera que Marx tenga una visión penetrante del capitalismo de la segunda mitad del siglo XX, se cree que es un profeta del viejo testamento; se cree que puede ver el futuro -de hecho, cien años por delante-; y eso no es lo que es y, por tanto, no es lo que hay que buscar en Marx. Sin embargo, uno sigue viviendo en sociedades que a veces se llaman a sí mismas capitalistas y a veces no, pero que a mí me parecen bastante capitalistas. Puedo decir que son capitalistas con cierta confianza y convicción porque uno obtiene de Marx algún sentido de lo que es estar en la época y edad distintiva de las sociedades capitalistas y por qué eso es diferente de estar en alguna otra época histórica. Y cualesquiera que sean los grandes y masivos cambios históricos que han tenido lugar en los últimos cien años, la gramática básica del capitalismo sigue sobreviviendo en la era del capitalismo corporativo internacional como lo hizo en la era de los empresarios textiles. En la medida en que soy capaz de entender esto, tengo una deuda con Marx. De hecho, en la medida en que alguien es capaz de entenderlo realmente, tiene una deuda con Marx. Y disfruto de la experiencia de la gente que odia a Marx, odia el marxismo y cree que todo está muerto y desaparecido, pero abre la boca sobre la historia, y dice otra verdad marxista. Ese es el inconsciente de Marx operando a un nivel demasiado profundo para que ellos lo entiendan. También es el destino de los marxistas burgueses que creen haber superado a Marx pero que, debido a ese mismo proceso, en realidad siguen en sus garras. Esto es lo que más me gusta, y creo que es el tipo de ironía histórica que Marx habría disfrutado.

Pero no quiero seguir hablando de lo bueno del marxismo, porque si todo fuera bueno no estaríamos aquí juntos con las cejas ligeramente fruncidas, preguntándonos si va a existir durante otros cien años. Así que quiero ir directamente al meollo de la cuestión, ¿qué tiene de malo entonces? ¿De qué se trata esta crisis? Hay que recordar el adagio de Brecht de que siempre hay que empezar por el lado malo y no por el bueno. Si quieres subirte el ánimo, empiezas por el lado bueno, pero si quieres ser dialéctico, empiezas por el lado malo, porque una de las otras cosas que nos legó Marx, con fuerte carga de profundidad, no es una teoría con sustancia, sino un método de pensamiento, que él llamó dialéctico. Es la conciencia de la continua contradictoriedad del mundo, de que cada vez que ves que algo avanza de forma positiva, siempre hay alguna consecuencia podrida debajo, que va a dar la vuelta a la manzana y te va a dar una patada en el trasero. Esa es la naturaleza de la historia: avanza y luego te da una patada en la espalda.

Siempre se puede distinguir a los buenos marxistas de los buenos reformistas porque los reformistas siempre empiezan por el lado bueno: entonces no era tan bueno y ahora es un poco mejor y va a ser un poco mejor después de eso y así sucesivamente. Eso es exactamente lo que Baldwin solía decir en esas grabaciones en Jamaica. Seguir y seguir y seguir, y mejorar y mejorar, era la maravillosa frase de Baldwin y yo solía ver que el reformismo nos sacaba de la esclavitud y del imperialismo y nos llevaba por un camino constante y ascendente, pero llega el marxismo y dice ‘Crees que acabas de ganar algo, pero espera las consecuencias no deseadas de las cosas buenas del mundo’ (porque) ‘a menos que entiendas que el avance y el retroceso están profundamente implicados el uno con el otro, y que uno tiene que tener ojos en el lado de la cabeza para la parte no calculada, no estás, como diría Hegel, pensando dialécticamente’.

Así que empecemos por el lado malo. ¿Qué es lo que Marx no pudo o no estuvo en condiciones de entender? No estaba en condiciones de entender el capitalismo industrial corporativo moderno porque no vivió en él. Vio los orígenes y no el desarrollo posterior del capitalismo industrial moderno. La idea de que las formas de organización y explotación capitalista cambien tan profundamente a lo largo de cien años y no supongan ninguna diferencia para Marx es imposible de sostener durante mucho tiempo. Por supuesto, hay muchas cosas en el capitalismo industrial corporativo moderno a escala global, que tiene formas de organización y complejidades de funcionamiento, que no están escritas en la ley del valor en la forma que Marx le da en El Capital y en otros lugares.

En segundo lugar, Marx no vio, y por tanto no entendió, las formas de las relaciones capitalistas imperialistas modernas. Vio el impulso que tenía el capitalismo hacia la construcción de un mercado mundial, pero la idea de un sistema productivo mundial con una nueva y vasta división internacional compleja del trabajo, que convierte a los pobres del tercer mundo en el proletariado del primero y que une a nación y nación en un conjunto de relaciones sociales y económicas de lo más complicadas y profundamente implantadas, es un mundo al que Marx no se enfrentó. En consecuencia, hay toda una serie de cosas sobre la relación entre el proletariado, o la clase obrera o el trabajo productivo en el mundo avanzado y las formas en que se conecta con los pobres y los oprimidos -de hecho con otras clases aparentemente no marxistas como el antiguo campesinado- en el mundo subdesarrollado que no encontraremos adecuadamente explicadas en Marx.

Y sobre el Estado, Marx es vívido, breve, esquemático y se equivoca muchas veces. Es el que más se equivoca en cuanto a la tendencia del Estado a marchitarse. No puedo encontrar un solo Estado que tenga la más remota pinta de marchitarse. Sólo veo que todos crecen y crecen y crecen: el Estado capitalista liberal, el Estado monetarista y el Estado minimalista, el Estado de derecho y el Estado socialista. Especialmente el Estado socialista. Todos ellos siguen creciendo y creciendo. Así que la noción de que existe una ley inalterablemente inevitable que nos permitirá apoderarnos de las relaciones que queremos transformar a través del Estado es errónea. El Estado no va a decir: ‘Adiós, me voy, misión cumplida, es todo vuestro’. Aquí empieza la historia. Pertenezco a la necesidad y me voy ahora mismo mientras vosotros seguís adelante con la libertad’. Marx comenzó a ver en ciertos momentos de su vida la llegada del Estado y la forma en que la política de las sociedades modernas se condensaría en el Estado, y la naturaleza en que el Estado atraería los radios de poder de las sociedades modernas. Lo vislumbró, pero el Estado moderno de las sociedades modernas desarrolladas, sea cual sea su complexión política, era un problema que continuó sin su comprensión.

Ahora bien, si se juntan estos tres puntos, se verá que la idea de que podemos ser marxistas simplemente llevando los textos sagrados en el bolsillo trasero, es otra proposición que no se sostiene. Sin embargo, aún no he terminado el catálogo, así que no os sintáis demasiado seguros.

Marx se equivocó sobre la naturaleza, la velocidad y la dirección de la polarización de clases y el ritmo y las formas de la lucha de clases. Al fin y al cabo, eso es algo muy importante. Uno de los textos que la mayoría de los marxistas, o la gente que se llama a sí misma marxista, consideraría como un texto fundador del marxismo es El Manifiesto Comunista. Ese es el libro de la polarización de clases y del ritmo creciente de la lucha de clases abierta, y me encanta como a vosotros, pero es básica y fundamentalmente incorrecto. La lucha de clases no ha seguido esa creciente profundización del tempo y la simple polarización que es la maravillosa visión del Manifiesto Comunista. Esto no significa que no haya otras cosas en el Manifiesto que sean correctas, pero su empuje nos incapacita en muchos sentidos para las múltiples formas en que la lucha social y otras formas de lucha de clases aparecen en la sociedad moderna. Y nos da una garantía errónea de la creciente rapidez de nuestro movimiento hacia la revolución insurreccional, una revolución que, particularmente, la historia del mundo capitalista industrial desarrollado moderno no ha satisfecho. Así que les sugiero que cuando quieran inspiración, tomen el Manifiesto Comunista, que para el centenario se ha reproducido en una edición muy hermosa, y lo lean. Pero les aconsejo que no tomen de él lo que yo llamo la «Visión del Sinaí» del socialismo, en la que las aguas se separan y se atraviesa, o la «Visión de Jericó» en la que se marcha alrededor del muro siete veces, se toca la trompeta y se derriban los muros y se revela la sede del poder.

Aconsejo de esta manera porque en la sociedad moderna no sabemos dónde está esa sede del poder. ¿A qué te agarras? ¿Te haces con una emisora de radio, con la televisión, con el parlamento? ¿Descubres las direcciones de los ministros? Ya no sabemos dónde vive realmente el enorme poder del Estado moderno. La noción de que esta cosa compleja, que según Gramsci tiene fortificaciones y trincheras en lo más profundo de la sociedad civil y de la vida cotidiana, va a aparecer y la vamos a dispararle en la cabeza, y que ahí se acaba todo, es un malentendido muy profundo. No sólo es un malentendido, sino que no nos prepara para el carácter, para el verdadero carácter, de la lucha que tenemos que llevar a cabo.

También hay inevitablemente en Marx, aunque no especialmente en Marx, sino más bien en el marxismo posterior, una noción de la inevitabilidad de la crisis y del derrocamiento del propio capitalismo. Permítanme decir sobre esto que los marxistas deberían pasear a gatas en señal de remordimiento al menos una vez al mes. Desde la primera mirada de Marx en 1848 en adelante, todos hemos pensado que va a suceder más rápido de lo que ha sucedido. Hay un punto en el que Marx y Engels dijeron: ‘Bueno, lo siento, no son los estertores del capitalismo, son los dolores del parto’. Pero entre los estertores y los dolores de parto del capitalismo hay toda una historia, mucho más larga que mi vida o la vuestra. Difícilmente podemos decir de esto: ‘Lo siento y me equivoqué, creí que se iba pero sólo estaba empezando’. Esto es algo para lo que todos necesitamos un poco de lo que antes se llamaba ‘reconocimiento de errores y abusos’. Necesitamos un pequeño texto al final en el margen, para decir: ‘Lo siento, lo confieso ante el proletariado internacional, no tenía razón en esto’. No es asunto para hacer bromas, por supuesto. Al fin y al cabo, en el período que va de 1917 a 1921, el movimiento marxista también pensó que estaba ante la última -no sólo la más alta, sino la última- etapa del capitalismo, y confundió la capacidad de ese sistema para reconstituirse y reestructurarse, sobre una base profundamente nueva y en expansión. Sobre esa base se cometieron errores en la capacidad de construir el socialismo en un país, lo que ha demostrado ser uno de los obstáculos más graves del movimiento socialista para la construcción del socialismo en nuestros tiempos.

Así que nuestra historia no sólo está categorizada por las deducciones incorrectas que a veces se extraen de ella, sino que también está marcada y ensombrecida por las prácticas erróneas que hemos tomado como resultado de malinterpretarla en términos globales.

He tratado de hablar de algunas de las cosas a las que nos enfrentamos en la segunda mitad del siglo XX sobre las que Marx dijo cosas, sobre las que el marxismo ha discutido y debatido, y que son críticas para nuestra comprensión del funcionamiento del mundo moderno. Es inconcebible la idea de que uno pueda lanzarse a la actividad política en el mundo moderno sin entender cómo funcionan realmente algunas de esas cosas. Pero quiero decir unas palabras sobre algo que es bastante diferente de las áreas sustantivas en las que no podemos esperar encontrar las claves en la obra de Marx. Y algo sobre todo el enfoque marxista o el método marxista, la manera marxista de trabajar. Aunque estos problemas y agujeros y debilidades no se dan en todas las partes de la obra de Marx, están lo suficientemente presentes como para que tengamos que contar con ellos cuando intentamos utilizar a Marx como instrumento para comprender y analizar el mundo.

Existe esa tendencia a encontrar, en lo que reveladoramente llaman los marxistas «lo económico», la garantía del fin de las luchas políticas y sociales, el método de pensamiento que ve lo económico como su majestad. Su majestad, lo económico, según esta tendencia, se desprendería -en alguna parte importante de la historia- de la complicada envoltura histórica, política e ideológica en la que funciona, y se adelantaría a nosotros, y expondría el producto final de las diferentes luchas en las que estamos comprometidos. No podemos ver el final, pero su majestad, lo económico, que escribió el guión, incluyendo nuestras confusiones y nuestras cegueras y errores, ha tenido en cuenta todo el asunto y ahora puede decir: «Seguid adelante porque, al final, el socialismo es inevitable». Pero vivimos en un mundo en el que el socialismo no es inevitable. Vivimos en un mundo en el que hay socialismos que son caricaturas del socialismo, y lo más inevitable en nuestro mundo, en un cálculo lógico, es su final. La barbarie, que es la otra alternativa que nos ofreció Marx, está mucho más cerca que el socialismo, en nuestra era de las armas nucleares, de la guerra termonuclear y de los bloques congelados del comunismo soviético y del capitalismo occidental. Por lo tanto, no es cierto que exista una lógica inscrita exclusivamente en la lógica del capital, que da forma a la lucha y al producto final, como tampoco lo es que cualquier otra contradicción en la sociedad parte realmente de la contradicción entre el capital y el trabajo.

Todos sabemos en el fondo de nuestros corazones que, por ejemplo, las contradicciones de las relaciones patriarcales sobrevivieron al «comunismo primitivo», al feudalismo y al capitalismo primitivo, y parece que sobrevivirán también al capitalismo moderno. Son algo antiguo en relación con el conflicto entre el capital y el trabajo. Si queréis argumentar que las diversas contradicciones sociales, que frecuentemente conducen a movimientos sociales vigorosos y populares en el mundo, no existen en la sociedad fuera de las articulaciones estructurantes de la forma en que la vida moderna reproduce sus condiciones materiales, es decir, que no pueden existir fuera de la articulación de la clase y la lucha de clases, estoy de acuerdo con vosotros. Pero si decís que la lucha de clases y su contradicción principal es la que genera todas las demás, de modo que no sólo conocemos el final de la historia sino que tenemos la llave, entonces no lo estoy.

Es incorrecta la idea de que hay una llave que se puede poner en la cerradura de encendido y girar para que todos caigamos en ella: los hombres amarán a las mujeres, los negros a los blancos, los parados a los empleados y viceversa. Todas estas y otras cosas que han dividido y marcado y entrecruzado la aparente unidad de la clase obrera dada por su posición económica, no van a ser resueltas y encerradas por el final de un proceso único y homogéneo y predecible. Esa ley de inevitabilidad ha hecho un grave daño al marxismo. Ha hecho un grave daño al movimiento marxista, porque ha creado una política de la inevitabilidad. Y ha creado instituciones que dependen de la política de la inevitabilidad. Nos ha desarmado, en relación a las nuevas y complejas formas y arenas en las que las formas modernas de lucha social, incluyendo la lucha de clases, tiene o tienen que preservarse.

Así que quizás os estéis preguntando, ¿qué es lo que celebramos? Parece que estoy más convencido de los agujeros de la teoría que de esta mismas. Parece que estoy hablando de una gran lata que hace aguas por todos lados como un barco agujereado, y sin embargo vengo diciendo que todavía vale la pena pensar y hablar de ello. Sí, así es. Pero quiero explicar en qué términos hago esa afirmación. La hago porque no conozco ninguna otra categoría que nos permita empezar a entender algunos de los ámbitos y relaciones más fundamentales de la sociedad moderna. Si quiero entender su dinámica económica, si quiero entender la naturaleza de algunos de sus antagonismos y contradicciones más profundos, si quiero entender cuáles son algunas de sus formaciones más básicas y profundas, las categorías de Marx me parecen superiores a cualquier otras. 

En segundo lugar, Marx tiene una dura y difícil lección histórica y un relato que contarnos que, aunque entonemos su nombre con tanta frecuencia, olvidamos con igual frecuencia. Se trata de la naturaleza de la determinación histórica de las cosas, del hecho de que no hay desarrollo, ni lucha social, ni contradicciones sociales que procedan exclusivamente de la voluntad de los hombres. Aterrizamos en las luchas, en las formas de vida, que operan en un terreno determinado. En parte, lo que hacemos y hasta dónde podemos llegar está inscrito en las limitaciones históricas de ese terreno dado en el que operamos. Es poco probable que podamos encontrar soluciones del siglo XXII a problemas del siglo XX. Estamos inmersos en la determinación de las cosas. La historia delimita el terreno, establece los parámetros dentro de los cuales tienen lugar la lucha y la supervivencia. Nos da los determinantes objetivos de las formas de lucha social y constriñe de forma amarga, a veces profunda, a veces hiriente, las posibilidades de construir nuevas formas de vida. Cuando uno mira a las sociedades socialistas del tercer mundo, que emergen de las profundidades de la pobreza e intentan construir el socialismo, se sabe que la historia es una dura maestra de ceremonias, que ha establecido el límite y la restricción en la que esas personas pueden incluso empezar a olfatear la prosperidad material, el éxito y la apertura de oportunidades en nuestra vida y en la suya. Es [a través de] la atención al duro capataz de la historia que Marx nos da el sentido de los límites dentro de los cuales luchamos.

Por otra parte, lo que más odian los críticos burgueses de Marx, a saber, que pretendía ser a la vez científico y estar implicado en la lucha, es exactamente lo que empieza a desvelar esa comprensión de Marx que estoy tratando de exponer ante vosotros. Es el Marx que nos hace atender a la determinación de las cosas, pero no pretende saber cuál es el resultado final de las mismas, es decir, el Marx que establece las preguntas que debemos hacernos sobre el mundo moderno pero no pretende tener todas las respuestas. Es el Marx que establece la agenda de problemas, y que nos da las categorías, las herramientas de pensamiento con las que empezar a entenderlos, pero no es el Marx que nos salva del trabajo duro. No es el Marx que sólo hace preguntas cuando se conocen las respuestas.

A menudo, lo que resulta tan desalentador del trabajo de algunos escritores marxistas es que se sabe lo que se va a decir al final antes de que la investigación haya comenzado, que las preguntas son falsas, que tales escritores funcionan en un terreno cerrado. Todos conocemos el tipo de investigación que no entra en un espacio abierto como lo hizo Marx. Marx se adentró en un terreno desconocido. Tuvo la temeridad de escribir: «Empiezo a entender este nuevo sistema que acaba de empezar anteayer, históricamente, y empiezo [a] creer que entiendo algunas cosas sobre él». No dijo que lo supiera todo. Si supiera todas las respuestas seguramente habría dicho de qué clase se trataba, en cambio se tomó un tiempo y la naturaleza lo golpeó. Eso no es una excusa para pensar que realmente lo sabía, pero que no llegó a escribirlo. No hay más que ver sus cuadernos, que están absolutamente llenos de páginas copiadas del trabajo de otras personas. Es una cosa maravillosa que algunos estudiosos marxistas hayan leído estos cuadernos y piensen que Marx escribió esto o aquello cuando en realidad esas notas son sólo otro pasaje de Adam Smith que le pareció a Marx bastante bueno. La noción de que Marx es una especie de super-cerebro que descendió de Tréveris en Alemania en un momento determinado, que lo sabía todo, que escribió todo lo que pudo ver hasta el final de la historia y que simplemente murió por desgracia en 1883, es realmente volver al Marx que debe ser el viejo Moore, un escritor del Viejo Almanaque, un profeta del Viejo Testamento y que simplemente confundimos. Un Marx así debería salir del cementerio de Highgate, debería haber resucitado al menos el segundo día. Debería estar paseando entre nosotros porque lo necesitamos. Pero si no nos sentimos bien con ese marxismo religioso debemos optar por otro, por una historia sin final, por una narración que no tiene conclusión.

Eso significa que tenemos que hacer algo por nosotros mismos, tenemos que descubrir cuál es la lucha de clases en los años 80 y 90, tenemos que descubrir cuál es la relación entre el movimiento por la paz y la clase obrera, y tenemos que aceptar que en realidad no hay ninguna página secreta perdida de los cuadernos que nos diga hacia dónde ir. Realmente no la hay. El único Marx que merece la pena celebrar es el Marx que se interesa por pensar y luchar en un terreno abierto, el Marx que ofrece un marxismo sin garantías, un marxismo sin respuestas.

Cielo santo, si alguien te enseña por dónde empezar, ¿no basta con eso?

(Tomado de Salvage Zone)

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