Narración de Mariam Torneria: «Conversaciones»

Tenía 6 años, con seis manzanas a la semana de colación, partía al claustro, donde un penetrante olor a cera y abejas la esperaba.
Miraba a dos compañeros: Alexis que con sus bromas relajaba el ambiente severo del rezo y el trabajo; mientras Manuel escondía su cabeza en los libros, con la seriedad de un monje.

Ella era un pájaro al que le enseñaban a bordar y que se hería intentando hacerlo como su madre. El brillo de la aguja pasaba por el pañuelo y volvía a sus dedos dejando tintes de rojos que era el dos.

Las tablas de sumar eran de lo más bello: algunos las tenían de plásticos. Ella amaba las en madera: el seis era verde olivo, ocho el café como las túnicas de las monjas que en sus cinturas llevaban un cordón con nudos.

Blancas, inmaculadamente blancas, como el uno, las maestras se movían por los bancos donde el único sonido era el de sus sotanas que arrastraban el piso.

Los niños ejecutaban las instrucciones mientras Ella ya ajena con seis, miraba las paredes, esas letras perfectas del abecedario, que incluso a su madre: silenciosa y disciplinada le habría costado hacer y sin ser vista, bajaba la cabeza en silencio para oler bajo el banco, el perfume de la manzana del recreo: 1×6.

Años después madre Leonila todavía la recordaba como una alumna a la que era imposible hacer lo que no deseaba. Imposibilidad que en realidad, era incapacidad de aprender lo que le era extraño.

A la salida del colegio las madres esperaban a sus hijos, a ella, nadie porque vivía cerca y no era necesario hacerlo. Así bajaba el poco trecho hacia casa hasta seguir más abajo, hacia el mirador por donde se le llevaba la vianda a padre.

Vio los blancos pilares, pintados como tiza blanca, el número uno x2; luego el mar rojizo por el sol que empezaba a esconderse y pensó: —El mar se traga el sol como una hostia— y volvió en silencio a su casa, desolada por el reto que la esperaba.

Hay tanta soledad en los retos que reciben los niños… que escapan de la soledad.