Narración de Charles Baudelaire: «Las tentaciones o Eros, Pluto y la gloria»

Dos magníficos Diablos y una Diablesa no menos espléndida subieron la noche pasada por esa misteriosa escalera que usa el infierno para asaltar la debilidad del hombre dormido y que comunica con éste en secreto. Se plantaron majestuosamente ante mí sobre un estrado. Emanaba de estos personajes un resplandor sulfuroso que les hacía recortarse sobre el fondo opaco de la noche. Tenían un aspecto tan orgulloso y tan potente que al principio los confundí con tres verdaderos dioses.

El rostro del primer diablo expresaba una cierta ambigüedad sexual y sus líneas corporales ofrecían también el aspecto fofo de los antiguos Bacos. Sus ojos bellos y lánguidos, de un color tenebroso y una mirada indecisa, semejaban violetas impregnadas aún con el abundante llanto de la tormenta, y sus labios entreabiertos parecían cálidos pebeteros de los que ascendiera el aroma de una perfumería; cada vez que suspiraba se encendían con su aliento abrasador unos insectos almizclados que revoloteaban por el entorno.

Alrededor de su túnica purpúrea llevaba una serpiente tornasolada, ceñida a la manera de un cíngulo, con la cabeza alzada, cuyos ojos como brasas dirigían hacia él una mirada lánguida. De este cíngulo viviente colgaban brillantes cuchillos e instrumental quirúrgico entre frasquitos llenos de siniestros licores. En su mano derecha sostenía otro frasquito que contenía algo de un rojo luminoso, con una etiqueta donde se leían estas extrañas palabras: «Bebed, ésta es mi sangre, un cordial perfecto». En la izquierda llevaba un violín, que le servía indudablemente para cantar sus placeres y sus dolores, y para propagar su locura contagiosa en las noches de aquelarre.

En sus delicados tobillos arrastraba los eslabones de una cadena de oro rota, que cuando le molestaban le hacían bajar los ojos y contemplar vanidosamente las uñas de los pies, brillantes y pulidas como piedras finamente labradas.

Me miró con unos ojos apenados e inconsolables que destilaban una embriaguez insidiosa, y me dijo con una voz cantarina: «Si quieres, si quieres te haré dueño de las almas y dominarás la materia viva mejor aún que el alfarero la arcilla; conocerás el placer continuamente renovado de salir de ti y hallar el olvido en otro, y de atraer a las demás almas hasta confundirlas con la tuya».

Y yo le respondí: «Te lo agradezco mucho, pero no tengo nada que hacer con esos seres de pacotilla que, sin duda, no valen más que mi pobre yo; y si no te conociera, viejo monstruo, tu misteriosa cuchillería, tus equívocos frasquitos y cadenas que paralizan tus pies, son símbolos que explican a las claras los inconvenientes de tu amistad. Quédate tus regalos».

El segundo diablo no tenía ese aire trágico y sonriente a un tiempo, ni esas maneras hermosas y persuasivas, ni esa belleza delicada y fragante. Era un individuo enorme, de rostro ancho y carente de ojos, cuya pesada barriga le caía sobre los muslos y cuya brillante piel estaba plagada de dibujos, a la manera de tatuajes que representaban a un montón de figuritas en movimiento reproduciendo las numerosas formas de la miseria universal. Se podía ver allí a hombrecillos enflaquecidos que se ahorcaban voluntariamente, gnomos pequeños y deformes, de cuerpos escuálidos, cuyos suplicantes ojos pedían limosna mejor que sus manos temblorosas; viejas madres que llevaban abortos colgando de sus pechos extenuados… Y muchas otras.

Aquel demonio gordo se golpeaba el enorme vientre con el puño, del que entonces salía un interminable y resonante tintineo metálico que acababa con un vago gemido procedente de numerosas voces humanas. Además se reía, mostrando sin pudor unos dientes deteriorados, con una carcajada estúpida, como ciertos hombres de cualquier parte del mundo, cuando han cenado en exceso.

Y éste me dijo: «Puedo darte aquello que lo consigue todo, lo que equivale a todo, lo que sustituye a todo». Y se golpeó el monstruoso vientre, cuyo eco sirvió de comentario a su burdo discurso.

Me volví hacia otro lado con asco mientras le contestaba: «Para disfrutar, no necesito la miseria de nadie; no quiero una riqueza ensombrecida por todas las desgracias que llevas tatuadas en la piel, como si fuese un papel pintado».

En cuanto a la diablesa, mentiría si no reconociera que, a primera vista, le encontré un raro encanto. Para definir ese encanto nada mejor que compararlo con el atractivo de las mujeres muy hermosas entradas en años pero que ya no envejecen, y cuya belleza conserva la magia impresionante de las ruinas. Tenía un aire imperioso y desgarrado a la vez, y sus ojos, aunque agotados, irradiaban una fuerza fascinante. Lo que más me impresionó fue su misteriosa voz, una voz que me recordaba la de los contraltos más deliciosos, y un poco también la ronquera de las gargantas lavadas continuamente con aguardiente.

«¿Quieres conocer mi poder?», dijo la falsa diosa con su voz encantadora y paradójica. «¡Escucha!».

Y se llevó a la boca una trompeta gigantesca que estaba adornada, como una flauta en un día de fiesta, con cintas y abalorios, aunque en este caso los adornos eran todos los periódicos del mundo. Gritó mi nombre a través de esa trompeta y éste retumbó por el espacio con el estrépito de cien mil truenos y regresó a mis oídos cuando lo hubo devuelto el eco del planeta más lejano.

«¡Diablos!», exclamé medio subyugado, «¡esto sí que tiene valor!». Pero al examinar con más atención a aquel seductor marimacho, me pareció reconocerla vagamente por haberla visto bebiendo con algunos bribones conocidos míos, y el ronco sonido del cobre me trajo a los oídos el vago recuerdo de una trompeta prostituida.

De modo que respondí con total desdén: «¡Vete!, no estoy hecho para tomar como querida la de algunos que no quiero nombrar».

Tenía derecho, la verdad, a sentirme orgulloso de mi abnegación tan valiente. Pero, por desgracia, me desperté y toda mi fuerza me abandonó. «Verdaderamente, me dije, tenía que estar profundamente dormido para mostrar tantos escrúpulos. ¡Si volvieran, ay, estando despierto, no me mostraría tan remilgado!».

De modo que los invoqué en voz alta, suplicándoles que me perdonaran y prometiéndoles deshonrarme cuantas veces fuera preciso para merecer sus favores. Pero debí de ofenderles tan gravemente que no han vuelto nunca más.