Mario Vargas Llosa: libelista dogmático o en defensa de José María Arguedas

por Quirino Lemáchez

El camino ideológico de Mario Vargas no deja de ser estereotipado. De afiebrado joven revolucionario en su manifiesto La literatura es fuego (1967) donde manifiesta su idolatría por la revolución: “la literatura es fuego, que ella significa inconformismo y rebelión, que la razón del ser del escritor es la protesta, la contradicción y la crítica.” a La utopía arcaica (1995), libelo ensayístico contra la literatura de José María Arguedas. Los temas y motivos de ambos textos son candentes, utilizando las formas del ensayo el escritor expresa manifiestamente sus frágiles convicciones. Dejando una huella de contradicción que pone en evidencia la ley de sus textos, desplegar una galaxia de ideas provocadoras que marchan a contrapelo de la reflexión literaria para ganar réditos dentro del ámbito de sus posibles lectores, antes afanados izquierdistas, ahora liberales de vida lujosa.

Estas trapacerías literarias despliegan los más recurrentes prejuicios para fascinar al desprevenido lector. En ambos textos hay un subsuelo de intransigencia y autoritarismo gamonal, provincial. El sujeto inscrito en los dos textos no expone y reflexiona, sino que publicita su canon ideológico, al parecer irrefutable. Lo que no excluye que Mario Vargas de comunista devenga justo lo contrario, un neoliberal arrimado a la decadente nobleza española y la conformista burguesía ilustrada de esas tierras. Con ello resucita la figura del publicista del siglo XIX a destiempo, su motivo es propagar ideas y mitos que son moneda de cambio corriente dentro del ámbito de sus lectores, para producir un pacto algo tramposo con sus lectores; no busca desplegar  ideas, sino sus convicciones y las de sus compañeros de ruta. 


Pero el texto se difumina en su retórica, en barroquismo colonial. Aún en La literatura es fuego Mario Vargas parece atravesado de ímpetu revolucionario, aunque la idea de sociedad que de allí emerge es más bien estamentaria que dividida en clases sociales, nadie encontrará mucha dialéctica y/o materialismo histórico allí. Así, lo que parecen ideas son en un caso inflexibles y rígidas mimesis del discurso revolucionario, al decir de Deleuze frases y palabras en cuyo subsuelo hay un estrato de poder político opresivo que él llama la revolución. Esa convicción nominalista de que la revolución lo impregna todo por el solo hecho de nombrarla exalta un sujeto soberano, no un representante del proletariado peruano. Estrategia escritural que opera de igual modo en su ensayo sobre Arguedas, pero en una clave ideológica opuesta, ahora liberal y monárquico. Converso a la religión neoliberal el padre Vargas predica para su nueva parroquia ideológica que, a falta de intelectuales, bien le valen los charlistas.

Ambos ensayos evocan el edicto de Stephane Mallarmé para la palabra moderna, moneda que para de mano en mano hasta perder su efigie. Sin duda, el fuerte de Vargas no son las ideas, sino la retórica. Siempre a la moda. su conversión es fácil de explicar. Desde su etnocentrismo y su eurocentrismo, asimiló el gesto de los repentiti del 68 poniéndose al lado de los ex-maoistas parisinos, ayer fanáticos revolucionarios, hoy millonarios snobs algo ancianos que predican la virtud del capitalismo europeo. Ese es el símil platónico a imitar, es que Mario Vargas es un hombre siempre a la moda, elegante, lujoso, de zapatos finos y alfombras, de vida muelle, perdidamente snob.  Para sus fines, la feligresía lectora pretendidamente informada sin serlo, Vargas resuma lucidez, para el saber literario es un desastre, puro extractivismo de la ecología socio-cultural. 

El peor desastre es perpetrado en el libelo La utopía arcaica. Donde despliega discurso de suyo pedante, afirma que “el reino de la objetividad se convirtió en la América Latina en el reino de la subjetividad” (sic). Todos han cooperado en esta empresa metafísica, Martí, Sarmiento, de Cunha, Vasconcelos, Rodó, González Prada, junto a novelistas poetas y dramaturgos. Considerando que esa inversión es imposible, ¿de qué habla Vargas? Esa frase hiperbólica nos entrega luces respecto un exceso, la fantasía traspasa la mentalidad americana, como si toda la producción ensayística y de arte europeo fuese un espejo de razón impoluto en el cual se reflejan Sainte Beuve, Flaubert, William Blake, André Breton, De Sade, Bataille, Hugo von Hoffmanstahl, Theodor Adorno y Roger Vaché, Einstein, Alban Berg, Le Corbusier. Como si ellos no hubiesen utilizado la imaginación. No es así, lo que hay es algo insidioso y superficial, nada tiene contra la imaginación europea y mucho contra nuestra imaginación. Este enunciado agrede violentamente la intelectualidad americana y sus expresiones vernaculares, también violenta nuestra América en nombre de un eurocentrismo de colonizado cultural, de burgués batallando por ser aristócrata.

Para Mario Vargas la novela moderna posee algunas cualidades; en primer lugar, es autónoma, es decir, que esta despojada de todo aquello que podría ser su contexto socio-cultural, no guardaría relación alguna con la realidad. Ergo, el novelista debe desvincularse del realismo y crear causa sui, pues la novela realista, social, histórica, redentorista, indigenista están atravesadas de ese pecado original de no tener originalidad; peor aún, en ciertos casos hay motivos éticos, que el buen escribir no se puede permitir. Asunto que despierta la curiosidad, si consideramos el poder evocativo de sus modelos platónicos de escritura y novela, sus ideas arquetípicas del escritor moderno, Flaubert, Joyce, Proust. Es cosa sabida y leída en los textos de estos escritores la profundidad de conocimiento sobre el espacio social que delinearon en sus novelas y cuentos. Pero, Mario Vargas a falta de convicciones crea monumentos marmóreos a la literatura europea, y aunque no lo sepa es un sujeto pasivo de la cultura colonial, que ansiosamente busca propagar en su rol de publicista. Para los intelectuales publicistas de la cultura europea la apología de lo Occidental es la orden del día, piénsese en las frases plenas de desprecio por lo propio de Octavio Paz, que nunca comprendió bien el romanticismo americano, en cuanto que no era una mimesis exacta de su modelo de romanticismo europeo.

El problema viene de atrás, en efecto, hay momentos de imitación en literatura americana que van de la mano con el eurocentrismo de las clases dirigentes, toda Cumandá tiene su Atala, toda De sobremesa tiene su Au Rebours, toda Mandrágora tiene su André Breton. Y aun en esos casos encontramos una fibra de lo auténticamente americano. El mito que crean los intelectuales derechistas de hoy no ha considerado las observaciones de Lezama Lima en La expresión americana, dos son las imágenes que lo acompañan en su aventura espeleológica en busca de lo americano, la indiátide que adorna una catedral barroca en oposición a la cariátide, el plutonismo que está referido a lo opuesto violentamente a lo Occidental, piense el lector en Tormenta en los Andes de José Luis Valcárcel, es violencia plutónica, anticristiana, una forma de satanismo americano que no calza en el molde europeo.

El resultado de la falta de perspectiva es la propagación de un mito moderno de la literatura para uso de americanos. Octavio Paz y Mario Vargas transducen (sic) la literatura europea introduciendo el viejo mito de la superioridad de la cultura Occidental frente a la ingenua cultura americana, provinciana, a la que debemos pulir y modificar con la ayuda de los ilustres nombres de prosapia, saber europeo y racismo americano, criollos que desprecian su ser criollo, las gotas de sangre india que llevamos todos. El programa es sanitario, hay que limpiar y desinfectar todo aquello que les molesta, el estilo debe ser correcto, el modelo estrictamente europeo, incluso en la concepción de lo literario, si es que eso es posible. Empresa que ni siquiera se hubiese propuesto sor Juana que escribía poemas en nahuatl. Es que hay un afán de grandeza que termina siendo una rebeldía elitaria contra de nuestra realidad, empresa imposible; pero que tiene seguidores entre lectores de livings con sillones de cuero blanco y gomero. No hay que olvidar que entre nuestra burguesía compradora el racismo y el clasismo forman parte de su ethos.

La rebeldía del escritor frente a la injusticia en Mario Vargas, su oposición frente a todo tipo de totalitarismo, es un cliché irracional a estas alturas. Esto es lo que permite su ataque a José María Arguedas, Vargas refugiado en la empalizada de sus mitos lanza brulotes incandescentes que pretenden ser luces prometeicas, técnica de proyección, para Mario Vargas el mitómano es Arguedas no él. La pretendía empalizada es un mecanismo defensivo, de negación frente a su fascinada pasión por lo Occidental que lo ciega, por ello es que reacciona violentamente a todo aquello que lo cuestiona y cuestiona su idea de novela. La literatura arguediana es mucho más compleja de lo que Mario Vargas puede concebir. No es literatura que calce en los modelos europeos, ni en los modelos de literatura autónoma, posee cualidades completamente nuevas, lo que la hace absolutamente moderna, ¡NO ARCAICA MARIO! 


Con el tiempo ha quedado claro la novela arguediana pone de manifiesto un extraordinario plexo de problemas de la sociedad peruana, la diferencia profunda entre la sierra y la costa, entre el mundo indígena andino y su cultura campesina de explotación y el autoritarismo gamonal. Este mundo está alejado de Lima y parece autónomo, de intereses, sociedad y cultura muy distintos de los del mundo ilustrado limeño. Arguedas es un hijo de esa circunstancia, habla, canta y baila en quecha, sus ascendientes han transitado entre lo criollo y lo indígena, vive en un borde cultural, demasiado blanco para los indios, demasiado indio para los blancos. Ama el mundo indígena, lo conoce y lo sabe. Como antropólogo investiga su folklor y su modo de aproximación científica es sumergirse a la cultura a estudiar, su propia cultura, lo que lo hace un adelantado a su época. Conoce los cuentos y los cantos quechuas, imparte clases en universidades; oscila entre dos mundos.

¿Es, entonces, un hombre de lo arcaico, de lo premoderno? No, al contrario, por ello su antropología es plena de literatura y su literatura de antropología, lo cual complejiza a uno y otro aspecto de la producción de Arguedas. El problema, entonces no es la sencillez, chata, arcaica, utópica del discurso arguediano; al contrario, la complejidad de factores que la constituyen, el plurilingüismo, la identidad intercultural; la construcción de un yo inhabitual en una cultura de hegemonía criolla, blanca, europeizada, hacen de su literatura algo absolutamente nuevo. El proyecto de llevar a la novela un mundo silenciado, despreciado y racializado trayendo a la esfera del arte moderno peruano formas indígenas, relatos de experiencias vividas de marginación, no de imaginación, le parecen al escritor criollo intentos de suyo torpes, fallidos. ¿El señor Arguedas hace antropología o literatura? Fue una de las objeciones que le impusieron, Cortázar lo trata de provinciano e ignorante y con posterioridad se retracta, aunque el profundo daño ya estaba hecho. El rechazo a Arguedas fue unánime de parte de los novelistas del boom, lo ignoraron.

Toda esta falta de comprensión es parte de un enfrentamiento ideológico con una literatura que ficcionaliza problemas socio-culturales, que quedan afuera de la órbita de la novela canónica, es el plutonismo lo que el escritor que tiene en mente la literatura Occidental rechaza o ignora. Arguedas no parte de ahí, narra a partir de la experiencia vivida en la sierra y su lengua es una mixtura de lenguas, es propia, individual y múltiple, a la vez. Es el habla del indígena y del profesor criollo; situándose fuera de los límites de lo habitual, es la aparición de lo inesperado en el mundo de la literatura. Aquello que no tenemos el hábito ni parámetros para entender, educados en la literatura canónica europea, el modelo etnocéntrico y eurocéntrico criollo. Letanía de carácter apologético de un canon literario sine qua non, supuestamente la raison d´être de la literatura, la literatura europea.

Esta tautología no es nada nuevo,  remite a la cómica noción del animal americano de Buffon, así describe al puma: “más pequeño, más débil, más cobarde que el verdadero león” (il est aussi beaucoup plus petit, plus faible et plus poltron que le vrai lion), Esta cita que llama a la carcajada, en el caso de Mario Vargas no la produce, no se puede dejar pasar sin explicitar la naturaleza de los parámetros que dan lugar a sus gratuidades. Desde un primer momento se advierte una concepción gamonal de la literatura. Vargas se asume como autoridad hacendal que tiene entre sus manos el libro de normas, la preceptiva de la novela, negando toda otra posibilidad que salga de ese arte del relato, por lo que debe ser impuesto de modo restrictivo sobre toda novela americana. Con lo cual cae en la paradoja hegeliana del fundamento, si la novela europea es el fundamento absoluto de la novela latinoamericana, entonces cabe esperar que se explique cuál es el fundamento de la novela europea y luego de ser explicitado, cabe de nuevo preguntarse por el fundamento del fundamento.

Esa serie es infinita, por lo cual bajo cada fundamento no hay algo, sino nada. Para Vargas el canon europeo es su canon europeo, es solo su antología personal, dos ejemplos, no está Manzoni, ni Günther Grass. Vargas en su actitud de periodista literario no puede dejar de ser publicista de sí mismo y rechazar todo aquello que no cabe dentro de sus límites epistemológicos. El fin de su antología y preceptiva a la vez, cuando no la moral estética de la autonomía de la obra, se reduce a imponer la total europeización de la literatura latinoamericana, aún más a imponer una lectura específica, la suya, sobre todo ejercicio de comprensión de la literatura. Que es la actitud criolla y gamonal sobre toda producción de arte, el discurso del amo-del-saber que enuncia una sola y tediosa frase: “yo mando y sé, ustedes escuchan y acatan”, sobre todo ese arcaico utópico de Arguedas. Totalmente en contradicción con sus monsergas de la libertad democrática liberal. Vaya cinismo. 

El padre Vargas, cura piadoso del neoliberalismo, pone de relieve otro aspecto condenable en su ensayo inquisitorial, la opción política de Arguedas, que el mismo se afana en describir. Arguedas no solo se equivoca en escribir como escribe, sino que también de ideología. El periodista Mario Vargas, marqués ortopédico, eso no lo puede dejar pasar. Arguedas es socialista, de un socialismo con ansias de redención social, pues ha sufrido en carne propia la miseria y el oprobio. Para un peruano de su tiempo y condición no resulta extraño, ¿qué otra alternativa tiene quien nunca poseyó los privilegios de Marito? En los tiempos de Arguedas ser socialista en Perú no parecía una mala idea, la ideología estaba integrada al quehacer político nacional y tenía una noble tradición que comienza con una figura estelar: Mariátegui. Arguedas se decidió por la libertad, pero no fue un activista, sino un intelectual como muchos que apoyaba las grandes causas de los trabajadores, en silencio y a su modo, hasta tímidamente. Pero el padre Vargas lo metamorfosea todo y convierte a Arguedas en un pecador, un equivocado, un ingenuo, ¡UN SOCIALISTA! Según su doctrina eso es imperdonable, aunque cabe preguntarse si de su militancia comunista no le quedó a Vargas algo de estalinismo en lo más recóndito de su ser, pues su libelo es un intento de purga intelectual, como toda purga bastante paranoica. 

Para finalizar esta apología de la libertad del escritor cabe alguna palabra final. En primer lugar, señalar que el libelo del escritor ex-peruano produce un mito para uso de la colonización cultural posmoderna latinoamericana. Momento de la recepción, interpretación y lectura de la literatura europea como modelo general para el periodo de globalización de la cultura, en que los intelectuales públicos y escritores à la mode buscaron crear una sensación de fuerza cultural arrolladora que impregna todo, corrigiendo las distorsiones del iluminismo y el modernismo en la esfera del arte, que redunda en una estrategia de destrucción de lo moderno, la descodificación total de la cultura de Alban Berg a la Bauhaus, sin reemplazar ese espacio con algo.

La historia cuenta que el posmodernismo parte con un desastre en arquitectura, la destrucción del complejo Pruitt- Igoe, complejo de edificios y proyecto social que contemplaba sacar a la población negra pobre de la miseria. El mismo estado abandonó el proyecto para privilegiar la construcción de viviendas en el espacio suburbano par la clase media blanca. El mundo retratado en la serie televisiva Pedro Picapiedra, creada para exaltar el american way of life, contra las ideas socialistas durante la guerra fría.

Las opiniones de Vargas repiten el mismo gesto de la cultura posmoderna, negación del pluralismo y la democracia, abogando por un arte hegemónico y comercial, porque si algo queda claro, es que Vargas se vende y capitaliza su mercancía. Todo lo que sea distinto hay que combatirlo para la defensa irrestricta de los mitos posmodernos que son los mitos del capitalismo tardío. A saber, prevalencia de la cultura occidental, el fin de la historia, la deconstrucción como rostro único de la filosofía, el antihumanismo y el homo compsumptor, la inventiva teórica como criterio de verdad, el perspectivismo y el cinismo como rasero de la ética. Nunca hubo mucho más. Todo un confuso laberinto de humos coloreados que ocultó la comercialización de todo. Pero esta frágil postura ideológica se derrumbó con la presente crisis, Europa sufre una derrota político-económica mayor, no puede con la crisis multifactorial que debe enfrentar. Y Mario Vargas no puede entenderla tampoco, como tampoco comprende la rebelión popular y dice literalmente: “Si Chile iba tan bien”.

Ir al contenido