por Artidoro Sotomayor
La interminable discusión acerca de cuál de los Beatles fue “el verdadero genio” —Lennon o McCartney, Harrison o incluso Ringo Starr— revela menos sobre la música del grupo que sobre la forma burguesa de comprender la historia y el arte. La obsesión por identificar al individuo decisivo, al héroe creador oculto detrás de toda obra colectiva, reproduce exactamente la misma lógica ideológica que busca explicar las revoluciones sociales a partir de “grandes hombres”, minimizando el papel de las fuerzas históricas, las relaciones sociales y los procesos colectivos de producción.
Desde una perspectiva materialista, los Beatles no fueron el resultado de un único talento excepcional, sino la condensación irrepetible de una experiencia colectiva nacida en un momento histórico singular: la Inglaterra de posguerra, el agotamiento del Imperio británico, el ascenso cultural juvenil y la transformación radical de la industria musical bajo la hegemonía norteamericana. Precisamente cuando el Reino Unido dejaba de ser el centro político del capitalismo mundial y cedía definitivamente la hegemonía a Estados Unidos, Inglaterra experimentaba una extraordinaria explosión cultural: teatro obrero, cine social, arte pop, moda juvenil, literatura crítica y rock confluyeron en una sociedad marcada simultáneamente por la decadencia imperial y la modernización acelerada.
Liverpool condensaba todas esas contradicciones. Ciudad proletaria por excelencia , puerto conectado con Estados Unidos, atravesada por el desempleo, la inmigración y el intercambio cultural atlántico, permitió la entrada masiva del rhythm and blues, el rockabilly y la música negra norteamericana antes que en gran parte de Europa. De allí surgieron Lennon, McCartney, Harrison y Starr: no como “elegidos”, sino como hijos de la clase trabajadora inglesa y de las transformaciones sociales de la posguerra.
John Lennon aportó la intensidad emocional, la ironía corrosiva y la capacidad de convertir el desgarramiento subjetivo en lenguaje universal. Su sensibilidad artística estaba marcada por la fractura, la violencia emocional y una intuición extraordinaria para captar la alienación moderna.
Paul McCartney representó probablemente el músico técnicamente más completo del grupo: melodista excepcional, arquitecto armónico brillante y trabajador obsesivo de la canción popular. Su capacidad para absorber formas musicales distintas —music hall inglés, soul, barroco, jazz, música clásica— fue decisiva en la expansión formal de los Beatles.

George Harrison aportó profundidad tímbrica, refinamiento armónico y apertura espiritual. Su incorporación de sonoridades orientales y su evolución compositiva ampliaron decisivamente el horizonte del grupo.
Ringo Starr, muchas veces subestimado por la lógica burguesa del virtuosismo individual, cumplió una función esencial: construir cohesión rítmica y estabilidad sonora. Su batería jamás buscó lucimiento narcisista; trabajaba para la totalidad musical. El “sonido Beatles” sería inconcebible sin esa economía rítmica precisa y profundamente colectiva.
Pero incluso esta descripción permanece incompleta si no se incorpora a George Martin, verdadero arquitecto invisible de los Beatles. Reducido frecuentemente al rol administrativo de productor, Martin fue en realidad un creador musical central del fenómeno Beatle. Proveniente de una sólida formación clásica y dotado de enorme imaginación técnica, Martin actuó como mediador entre el impulso intuitivo del grupo y las posibilidades objetivas del estudio de grabación moderno.
Fue él quien transformó ideas fragmentarias en estructuras sonoras complejas; quien tradujo intuiciones melódicas en arreglos orquestales; quien convirtió el estudio en instrumento musical; quien comprendió que el grupo podía romper los límites tradicionales del rock and roll. Sgt. Pepper’s, Revolver o Abbey Road son impensables sin George Martin. Más aún: puede afirmarse que Martin ayudó a crear a los Beatles como totalidad artística consciente de sí misma. No fue simplemente “el quinto Beatle”: fue uno de los organizadores fundamentales de aquella inteligencia colectiva.
La singularidad histórica de los Beatles surge precisamente de esa interacción dialéctica. Lennon sin McCartney habría derivado hacia una expresión más caótica; McCartney sin Lennon probablemente habría permanecido dentro de formas musicales más convencionales; Harrison aislado difícilmente habría desarrollado semejante amplitud creativa; Ringo sin el grupo no habría alcanzado semejante centralidad histórica; y George Martin sin los Beatles habría seguido siendo un productor brillante, pero no el constructor de una revolución musical.
La obra surgió del conjunto. Por eso las carreras solistas posteriores, aunque importantes, nunca reprodujeron la potencia histórica del fenómeno Beatles: desaparecida la tensión creadora colectiva, cada uno conservó apenas fragmentos de aquella totalidad irrepetible.
En este sentido, la teoría soviética de la Persimfans resulta extraordinariamente útil para comprender el fenómeno Beatles. La Persimfans —la célebre Orquesta Sinfónica sin Director creada en la Unión Soviética revolucionaria de los años veinte— buscaba abolir la figura del conductor omnipotente y reemplazarla por una práctica musical basada en la cooperación consciente, la igualdad funcional y la creación colectiva. Su principio fundamental era que la música podía alcanzar formas superiores precisamente cuando dejaba de organizarse bajo la tiranía de un individuo único y se convertía en una inteligencia compartida.
Los Beatles funcionaron históricamente de manera semejante. No existió un “dictador artístico” absoluto. Incluso en los momentos de mayor liderazgo de Lennon o McCartney, la creación dependía de una compleja interacción colectiva entre los cuatro músicos y George Martin. La innovación surgía del conflicto, de la competencia, de la cooperación y de la síntesis de sensibilidades distintas.
La búsqueda obsesiva del “verdadero genio Beatle” no es entonces más que una proyección ideológica del individualismo burgués sobre un fenómeno cuya esencia fue radicalmente colectiva. El genio no era uno de ellos. El genio era el grupo. ¡¡¡¡Larga vida a los Beatles!!!!!
