El juego del calamar: Corea del Sur, un lugar ideal para denunciar el infierno del capitalismo

por Park Daeseung

[Gran éxito en Netflix, El juego del calamares mucho más realista de lo que parece. El investigador de filosofía política Park Daeseung explica en el semanario coreano Kyunghyang que es una denuncia frontal del engranaje mortal del sobreendeudamiento que socava la sociedad surcoreana.]

No se ha dicho todo sobre El juego del calamar, por mucho que sea un tema muy trillado. La prensa surcoreana se ha interesado menos por la obra en sí que por la “gran victoria de la industria cultural nacional” que esta encarna. Para el público coreano, el infierno que se describe en la serie no es tal vez ni tan chocante ni tan extraño. En cambio, en la prensa extranjera se vive como un horror. El entusiasmo planetario por la serie traduce el temor extendido de que semejante infierno pueda existir en alguna parte y convertirse en el porvenir del mundo. Cabeceras influyentes como The New York TimesThe GuardianLe Monde o Der Spiegel han publicado sendos artículos que destacan las desigualdades y la violencia de la sociedad surcoreana. El público coreano está perplejo, no sabe si enorgullecerse del éxito mundial de una obra nacional o deplorar que la obra en cuestión presente a su sociedad como un infierno.

Uno de los secretos de la popularidad del Juego del calamar [disponible en Netflix desde el 17 de septiembre] radica en su relación particular con la realidad. La serie es más original de lo que se podría creer. La idea de que un ser poderoso y misterioso encierre a gente para imponerle juegos mortales no es nueva, aunque sobre todo se ha tratado en el género fantástico. En cambio, la violencia, sin embargo extrema, de la serie coreana no deja de ser realista, acercándola más a un thriller que a una película de terror. Las escenas en que los monitores de los juegos se quitan las máscaras figuran entre las más chocantes, ya que lo que aparece no son criaturas todopoderosas, sino seres humanos parecidos a quienes participan en los juegos. La violencia –sangre que mana, intestinos cercenados…– es obra de personas que tienen cara.

No hace falta recurrir al género fantástico

La tendencia antifantástica es por lo demás uno de los rasgos distintivos de la cultura popular surcoreana. Un creador hollywoodiense o japonés habría elegido otro planeta o un futuro lejano para su metáfora de la violencia social, porque, en la vida real, esta a menudo se disimula. Ciertas verdades solo pueden mostrarse a través de una ficción distópica o apocalíptica. Las y los artistas de Corea del Sur, por su parte, destacan cuando se atienen a la realidad. Para ilustrar las desigualdades sociales, un apartamento en un semisótano de Seúl (Parásitos,de Bong Joon-ho, 2019) resulta más eficaz que el último vagón del tren que recorre el planeta devastado (El expreso del miedo, de Bong Joon-ho, 2013). Se diría que el pasado y el presente de su país dan testimonio por sí mismos del mecanismo de la violencia, haciendo innecesario el recurso al género fantástico.

Es difícil encontrar una sociedad que no sea Corea del Sur que muestre con tanta claridad el proceso por el que el capitalismo reproduce la violencia social. En un futuro lejano, la gente no tendrá más que leer la historia de este país para comprender el capitalismo del siglo XXI y constatar, en particular, cómo sus congéneres fueron tratados como simples objetos. El juego del calamar es una alegoría de la sociedad coreana que, a su vez, es una alegoría (o una metonimia) del capitalismo mundial.

Si los personajes de Gi-hun [interpretado por Lee Jung-jae] y Sang-woo [Park Hae-soo] participan en los juegos, no lo hacen solo porque son pobres. Su aspiración no es hacerse ricos, sino vivir con dignidad una vez pagadas sus deudas. El inventor del juego promete al vencedor una recompensa moral, más que una simple ganancia, y las y los participantes se enfrentan a un dilema que implica matar para recuperar esa dignidad humana. El requerimiento moral de liquidar las deudas les empuja a una violencia extrema y les lleva a cometer asesinatos.

La deuda, el instrumento de servidumbre más seguro

La miseria y el sobreendeudamiento son prolongaciones de una y otro, pero engendran desigualdades y violencias diferentes. Gran parte de las tragedias nacidas en los países desfavorecidos vienen causadas por su endeudamiento con los países occidentales. La violencia social aparecida en Corea del Sur a raíz de la crisis económica de 1997 no se debió a la pobreza del Estado, sino a su endeudamiento. El capitalismo actual no es otra cosa que un sistema planetario de endeudamientos en que reinan, gracias al préstamo de dinero, los capitales financieros.

La diferencia entre el endeudamiento o la ausencia de endeudamiento no es equivalente a la que existe entre la gente pobre y la gente rica. Incluso un rico puede endeudarse o, más exactamente, nadie puede enriquecerse si no contrae deudas. Un rico no es simplemente alguien que tiene mucho dinero, sino también una persona que puede gestionar deudas cuantiosas. Lo que supone un problema no es la simple distancia entre ricos y pobres, sino la iniquidad entre quienes ganan cada vez más gracias a los créditos y quienes se hunden bajo el peso de una montaña de deudas. Sin duda, la violencia más extrema no comienza cuando el capitalista explota a la persona pobre, sino cuando los financieros le prestan dinero. La diferencia entre la explotación y los intereses a pagar es igual de grande que la que hay entre el trabajo asalariado y la esclavitud.

Ciclo infernal

Todo esto se observa claramente en Corea del Sur. Las desigualdades en el mercado de trabajo, la proporción muy alta de microempresas, el alza de los precios inmobiliarios, un PIB digno de los países desarrollados y la avidez por las rentas financieras han favorecido las inversiones y los préstamos a que incita la publicidad en todas partes. Internet rebosa de historias de personas que se han sobreendeudado. La opinión pública no centra su atención y su enfado en las desigualdades sociales, sino en la distancia que media entre quienes se han llevado el premio gordo y quienes se han sobreendeudado, en ambos casos en relación con el negocio inmobiliario, la Bolsa o el bitcoin.

El fracaso no supone la vuelta a la casilla de salida, sino la caída en la sima del endeudamiento, que jalona cada etapa de la decadencia. Víctima de una restructuración de su sociedad, Gi-hun se lanza a los negocios gracias a un préstamo, la cosa va mal y entonces toma otro préstamo para devolver el anterior, y así sucesivamente. Los capitales no permiten al vencido permanecer en la inercia. Mientras le quede un poco de fuerza, aquellos se le ofrecen para reintroducirlo en el sistema económico. El préstamo es el instrumento con el que el capitalismo atrapa a la gente de manera más eficaz.

El capitalismo financiero se describe a menudo como un sistema esotérico que supera la inteligencia de la gente común; ese es un secreto que ha sido desvelado gracias a fórmulas estadísticas concebidas por un matemático de Wall Street. Pero si queremos comprender su naturaleza, basta con que observemos el itinerario de un microempresario como el que aparece en la serie coreana: el hombre dispuesto a todo por deshacerse de sus deudas, ese es el ser social fabricado por el capitalismo a golpe de créditos.

(Tomado de Courrier International)

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