¿El declive y la caída de todo? El imperio estadounidense en crisis

por Alfred W. McCoy

Los imperios no caen como árboles derribados. Por el contrario, se debilitan lentamente a medida que una sucesión de crisis drena su fuerza y confianza hasta que de repente empiezan a desintegrarse. Así ocurrió con los imperios británico, francés y soviético; así ocurre ahora con la América imperial.

Gran Bretaña se enfrentó a graves crisis coloniales en la India, Irán y Palestina antes de precipitarse de cabeza al Canal de Suez y al colapso imperial en 1956. En los últimos años de la Guerra Fría, la Unión Soviética se enfrentó a sus propios retos en Checoslovaquia, Egipto y Etiopía antes de estrellarse contra un muro en su guerra de Afganistán.

La vuelta triunfal de Estados Unidos tras la Guerra Fría sufrió su propia crisis a principios de este siglo con las desastrosas invasiones de Afganistán e Irak. Ahora, en el horizonte de la historia se vislumbran otras tres crisis imperiales en Gaza, Taiwán y Ucrania que podrían convertir una lenta recesión imperial en un rápido declive, cuando no en un colapso.

Para empezar, pongamos en perspectiva la idea misma de una crisis imperial. La historia de todos los imperios, antiguos o modernos, siempre ha estado marcada por una sucesión de crisis, normalmente dominadas en los primeros años del imperio, sólo para ser aún más desastrosamente mal gestionadas en su época de declive. Justo después de la Segunda Guerra Mundial, cuando Estados Unidos se convirtió en el imperio más poderoso de la historia, los líderes de Washington gestionaron con habilidad este tipo de crisis en Grecia, Berlín, Italia y Francia, y con algo menos de habilidad, aunque no de forma desastrosa, en una Guerra de Corea que nunca llegó a terminar oficialmente. Incluso tras el doble desastre de una chapucera invasión encubierta de Cuba en 1961 y una guerra convencional en Vietnam que se torció de forma desastrosa en los años sesenta y principios de los setenta, Washington demostró ser capaz de recalibrarse con la suficiente eficacia como para sobrevivir a la Unión Soviética, «ganar» la Guerra Fría y convertirse en la «superpotencia solitaria» del planeta.

Tanto en el éxito como en el fracaso, la gestión de crisis suele implicar un delicado equilibrio entre la política interior y la geopolítica mundial. La Casa Blanca del presidente John F. Kennedy, manipulada por la CIA en la desastrosa invasión de la Bahía de Cochinos en Cuba en 1961, consiguió recuperar su equilibrio político lo suficiente como para poner en jaque al Pentágono y lograr una resolución diplomática de la peligrosa crisis de los misiles cubanos con la Unión Soviética en 1962.

Sin embargo, la difícil situación actual de Estados Unidos se debe, al menos en parte, al creciente desequilibrio entre una política nacional que parece desmoronarse y una serie de desafiantes convulsiones mundiales. Ya sea en Gaza, en Ucrania o incluso en Taiwán, el Washington del Presidente Joe Biden está fracasando claramente a la hora de alinear a los grupos políticos nacionales con los intereses internacionales del imperio. Y en cada caso, la mala gestión de la crisis se ha visto agravada por los errores acumulados en las décadas transcurridas desde el final de la Guerra Fría, convirtiendo cada crisis en un enigma sin solución fácil o quizás sin solución alguna. Así pues, tanto individual como colectivamente, es probable que la mala gestión de estas crisis sea un indicador significativo del declive final de Estados Unidos como potencia mundial, tanto dentro como fuera de sus fronteras.

Desastre progresivo en Ucrania

Desde los últimos meses de la Guerra Fría, la mala gestión de las relaciones con Ucrania ha sido un proyecto curiosamente bipartidista. Cuando la Unión Soviética empezó a desmembrarse en 1991, Washington se centró en garantizar la seguridad del arsenal moscovita, compuesto por unas 45.000 cabezas nucleares, especialmente las 5.000 armas atómicas almacenadas entonces en Ucrania, que también poseía la mayor planta soviética de armas nucleares en Dnipropetrovsk.

Durante una visita en agosto de 1991, el Presidente George H.W. Bush dijo al Primer Ministro ucraniano Leonid Kravchuk que no podía apoyar la futura independencia de Ucrania y pronunció lo que se conoció como su discurso del «pollo de Kiev», diciendo: «Los estadounidenses no apoyarán a quienes busquen la independencia para sustituir una tiranía lejana por un despotismo local. No ayudarán a quienes promuevan un nacionalismo suicida basado en el odio étnico». Sin embargo, pronto reconocería a Letonia, Lituania y Estonia como estados independientes, ya que no tenían armas nucleares.

Cuando la Unión Soviética finalmente implosionó en diciembre de 1991, Ucrania se convirtió instantáneamente en la tercera potencia nuclear del mundo, aunque no tenía forma de hacer llegar la mayoría de esas armas atómicas. Para persuadir a Ucrania de que transfiriera sus cabezas nucleares a Moscú, Washington inició tres años de negociaciones multilaterales, al tiempo que daba a Kiev «seguridades» (pero no «garantías») de su seguridad futura, el equivalente diplomático de un cheque personal librado contra una cuenta bancaria con saldo cero.

En virtud del Memorando de Budapest sobre Seguridad de diciembre de 1994, tres antiguas repúblicas soviéticas -Bielorrusia, Kazajstán y Ucrania- firmaron el Tratado de No Proliferación Nuclear y empezaron a transferir sus armas atómicas a Rusia. Simultáneamente, Rusia, Estados Unidos y Gran Bretaña acordaron respetar la soberanía de los tres signatarios y abstenerse de utilizar dicho armamento contra ellos. Sin embargo, todos los presentes parecían entender que el acuerdo era, en el mejor de los casos, tenue. (Un diplomático ucraniano dijo a los estadounidenses que no se hacía «ilusiones de que los rusos cumplieran los acuerdos firmados»).

Mientras tanto –y esto debería sonar familiar hoy en día– el Presidente ruso Boris Yeltsin se enfurecía contra los planes de Washington de ampliar aún más la OTAN, acusando al Presidente Bill Clinton de pasar de una Guerra Fría a una «paz fría». Justo después de aquella conferencia, el Secretario de Defensa William Perry advirtió a Clinton, a bocajarro, que «un Moscú herido arremetería contra la expansión de la OTAN».

No obstante, una vez que las antiguas repúblicas soviéticas quedaron desarmadas de forma segura de sus armas nucleares, Clinton accedió a empezar a admitir nuevos miembros en la OTAN, lanzando una implacable marcha hacia el este, en dirección a Rusia, que continuó bajo su sucesor George W. Bush. Llegó a incluir a tres antiguos satélites soviéticos, la República Checa, Hungría y Polonia (1999); a tres antiguas repúblicas soviéticas, Estonia, Letonia y Lituania (2004); y a otros tres antiguos satélites, Rumanía, Eslovaquia y Eslovenia (2004). Además, en la cumbre de Bucarest de 2008, los 26 miembros de la alianza acordaron por unanimidad que, en algún momento no especificado, Ucrania y Georgia también «se convertirían en miembros de la OTAN». En otras palabras, tras haber empujado a la OTAN hasta la frontera ucraniana, Washington parecía ajeno a la posibilidad de que Rusia pudiera sentirse amenazada de algún modo y reaccionara anexionándose esa nación para crear su propio corredor de seguridad.

En aquellos años, Washington también llegó a creer que podría transformar a Rusia en una democracia funcional que se integrara plenamente en un orden mundial estadounidense aún en desarrollo. Sin embargo, durante más de 200 años el gobierno de Rusia había sido autocrático y todos los gobernantes, desde Catalina la Grande hasta Leonid Brézhnev, habían conseguido la estabilidad interna mediante una incesante expansión exterior. Por tanto, no debería haber sorprendido que la aparentemente interminable expansión de la OTAN llevara al último autócrata de Rusia, Vladimir Putin, a invadir la península de Crimea en marzo de 2014, tan solo unas semanas después de albergar los Juegos Olímpicos de Invierno.

En una entrevista poco después de que Moscú se anexionara esa zona de Ucrania, el presidente Obama reconoció la realidad geopolítica que aún podía relegar todo ese territorio a la órbita de Rusia, diciendo: «El hecho es que Ucrania, que es un país no perteneciente a la OTAN, va a ser vulnerable a la dominación militar de Rusia hagamos lo que hagamos».

Luego, en febrero de 2022, tras años de combates de baja intensidad en la región de Donbass, en el este de Ucrania, Putin envió 200.000 soldados mecanizados para capturar la capital del país, Kiev, y establecer esa misma «dominación militar.» Al principio, mientras los ucranianos luchaban sorprendentemente contra los rusos, Washington y Occidente reaccionaron con una sorprendente determinación: cortando las importaciones energéticas europeas procedentes de Rusia, imponiendo serias sanciones a Moscú, ampliando la OTAN a toda Escandinavia y enviando un impresionante arsenal de armamento a Ucrania.

Sin embargo, tras dos años de guerra interminable, han aparecido grietas en la coalición antirrusa, lo que indica que la influencia mundial de Washington ha disminuido notablemente desde sus días de gloria de la Guerra Fría. Tras 30 años de crecimiento de libre mercado, la resistente economía rusa ha resistido a las sanciones, sus exportaciones de petróleo han encontrado nuevos mercados y se prevé que su producto interior bruto crezca un saludable 2,6% este año. En la temporada de combates de la primavera y el verano pasados, fracasó una «contraofensiva» ucraniana y la guerra está, en opinión de los mandos rusos y ucranianos, al menos «estancada», si es que no está empezando a decantarse a favor de Rusia.

Y lo que es más grave, el apoyo de Estados Unidos a Ucrania está flaqueando. Tras conseguir que la alianza de la OTAN apoyara a Ucrania, la Casa Blanca de Biden abrió el arsenal estadounidense para proporcionar a Kiev un impresionante arsenal de armamento, por un total de 46.000 millones de dólares, que dio a su pequeño ejército una ventaja tecnológica en el campo de batalla. Pero ahora, en un movimiento con implicaciones históricas, parte del Partido Republicano (o más bien Trumpublicano) ha roto con la política exterior bipartidista que sostuvo el poder global estadounidense desde el comienzo de la Guerra Fría. Durante semanas, la Cámara de Representantes liderada por los republicanos incluso se ha negado repetidamente a considerar el último paquete de ayuda de 60.000 millones de dólares del presidente Biden para Ucrania, lo que ha contribuido a los recientes reveses de Kiev en el campo de batalla.

La ruptura del Partido Republicano empieza por su líder. En opinión de la ex asesora de la Casa Blanca Fiona Hill, Donald Trump fue tan dolorosamente deferente con Vladimir Putin durante «la ahora legendariamente desastrosa conferencia de prensa» en Helsinki en 2018 que los críticos estaban convencidos de que «el Kremlin tenía influencia sobre el presidente estadounidense.» Pero el problema es mucho más profundo. Como señaló recientemente el columnista del New York Times David Brooks, el histórico «aislacionismo del Partido Republicano sigue en marcha.» De hecho, entre marzo de 2022 y diciembre de 2023, el Pew Research Center descubrió que el porcentaje de republicanos que piensan que Estados Unidos da «demasiado apoyo» a Ucrania subió de sólo el 9% a la friolera del 48%. Cuando se le pide que explique esta tendencia, Brooks opina que «el populismo trumpiano sí representa algunos valores muy legítimos: el miedo a la extralimitación imperial… [y] la necesidad de proteger los salarios de la clase trabajadora de las presiones de la globalización.»

Dado que Trump representa esta tendencia más profunda, su hostilidad hacia la OTAN ha adquirido un significado añadido. Sus recientes declaraciones de que animaría a Rusia a «hacer lo que les dé la gana» con un aliado de la OTAN que no pagara lo que le corresponde provocaron una conmoción en toda Europa, obligando a aliados clave a plantearse cómo sería esa alianza sin Estados Unidos (incluso mientras el presidente ruso, Vladímir Putin, sin duda percibiendo un debilitamiento de la determinación estadounidense, amenazabaa Europa con una guerra nuclear). Sin duda, todo esto está indicando al mundo que el liderazgo mundial de Washington es ahora cualquier cosa menos una certeza.

Crisis en Gaza

Al igual que en Ucrania, décadas de un liderazgo estadounidense tímido, agravadas por una política interna cada vez más caótica, han dejado que la crisis de Gaza se descontrole. Al final de la Guerra Fría, cuando Oriente Medio estaba momentáneamente desvinculado de la política de las grandes potencias, Israel y la Organización para la Liberación de Palestina firmaron el Acuerdo de Oslo de 1993. En él acordaron crear la Autoridad Palestina como primer paso hacia una solución de dos Estados. Sin embargo, durante las dos décadas siguientes, las ineficaces iniciativas de Washington no lograron desbloquear la situación entre dicha Autoridad y los sucesivos gobiernos israelíes, que impedían cualquier avance hacia dicha solución.

En 2005, el halcón primer ministro israelí Ariel Sharon decidió retirar sus fuerzas de defensa y 25 asentamientos israelíes de la Franja de Gaza con el objetivo de mejorar «la seguridad y el estatus internacional de Israel». Sin embargo, en dos años, los militantes de Hamás se hicieron con el poder en Gaza, desbancando a la Autoridad Palestina del presidente Mahmud Abbas. En 2009, el controvertido Benjamin Netanyahu inició su casi ininterrumpida etapa de 15 años como primer ministro de Israel y pronto descubrió la utilidad de apoyar a Hamás como elemento político para bloquear la solución de dos Estados que tanto aborrecía.

No es de extrañar, pues, que al día siguiente del trágico atentado de Hamás del 7 de octubre del año pasado, elTimes of Israel publicara este titular: «Durante años Netanyahu apoyó a Hamás. Ahora nos ha explotado en la cara». En su artículo principal, la corresponsal política Tal Schneider informaba: «Durante años, los distintos gobiernos encabezados por Benjamín Netanyahu adoptaron un enfoque que dividía el poder entre la Franja de Gaza y Cisjordania, poniendo de rodillas al presidente de la Autoridad Palestina, Mahmud Abbas, mientras tomaban medidas que apuntalaban al grupo terrorista Hamás».

El 18 de octubre, cuando los bombardeos israelíes de Gaza ya estaban causando graves víctimas entre la población civil palestina, el presidente Biden voló a Tel Aviv para mantener una reunión con Netanyahu que recordaría inquietantemente a la rueda de prensa de Trump en Helsinki con Putin. Después de que Netanyahu elogiara al presidente por trazar «una línea clara entre las fuerzas de la civilización y las fuerzas de la barbarie», Biden respaldó esa visión maniquea al condenar a Hamás por «maldades y atrocidades que hacen que ISIS parezca algo más racional» y prometió proporcionar el armamento que Israel necesitaba «a medida que responden a estos ataques.» Biden no dijo nada sobre la anterior alianza de Netanyahu con Hamás o sobre la solución de los dos Estados. En lugar de ello, la Casa Blanca de Biden comenzó a vetar propuestas de alto el fuego en la ONU mientras enviaba por vía aérea, entre otras armas, 15.000 bombas a Israel, incluidos los gigantescos «cazabúnkeres» de 2.000 libras que pronto arrasaron los rascacielos de Gaza con un número cada vez mayor de víctimas civiles.

Tras cinco meses de envíos de armas a Israel, tres vetos de la ONU al alto el fuego y nada para detener el plan de Netanyahu de una ocupación interminable de Gaza en lugar de una solución de dos Estados, Biden ha dañado el liderazgo diplomático estadounidense en Oriente Medio y en gran parte del mundo. En noviembre y de nuevo en febrero, multitudinarias manifestaciones pidiendo la paz en Gaza se manifestaron en Berlín, Londres, Madrid, Milán, París, Estambul y Dakar, entre otros lugares.

Además, el incesante aumento de la cifra de civiles muertos en Gaza, que supera con creces los 30.000, de los cuales un sorprendente número son niñosya ha debilitado el apoyo interno de Biden en electorados que eran fundamentales para su victoria en 2020, como los árabe-estadounidenses en el estado clave de Michigan, los afro-estadounidenses en todo el país y los votantes más jóvenes en general. Para cerrar la brecha, Biden está ahora desesperado por un alto el fuego negociado. En un inepto entrelazamiento de política internacional y nacional, el presidente ha dado a Netanyahu, un aliado natural de Donald Trump, la oportunidad de una sorpresa en octubre de más devastación en Gaza que podría desgarrar la coalición demócrata y aumentar así las posibilidades de una victoria de Trump en noviembre – con consecuencias fatales para el poder global de Estados Unidos.

Problemas en el estrecho de Taiwán

Mientras Washington está preocupado por Gaza y Ucrania, también puede estar en el umbral de una grave crisis en el estrecho de Taiwán. La implacable presión de Pekín sobre la isla de Taiwán no cesa. Siguiendo la estrategia incremental que ha utilizado desde 2014 para asegurarse media docena de bases militaresen el mar de China Meridional, Pekín avanza para estrangular lentamente la soberanía de Taiwán. Sus violaciones del espacio aéreo de la isla han aumentado de 400 en 2020 a 1.700 en 2023. Del mismo modo, los buques de guerra chinos han cruzado la línea mediana del estrecho de Taiwán 300 veces desde agosto de 2022, borrándola de hecho. Como advirtió el comentarista Ben Lewis, «pronto puede que no queden líneas que China pueda cruzar».

Tras reconocer a Pekín como «el único Gobierno legal de China» en 1979, Washington accedió a «reconocer» que Taiwán formaba parte de China. Al mismo tiempo, sin embargo, el Congreso aprobó la Ley de Relaciones con Taiwán de 1979, que exigía «que Estados Unidos mantuviera la capacidad de resistir cualquier recurso a la fuerza… que pusiera en peligro la seguridad… del pueblo de Taiwán».

Semejante ambigüedad estadounidense parecía manejable hasta octubre de 2022, cuando el presidente chino, Xi Jinping, declaró en el XX Congreso del Partido Comunista que «la reunificación debe hacerse realidad» y se negó a «renunciar al uso de la fuerza» contra Taiwán. En un contrapunto fatídico, el presidente Biden declaró, en septiembre de 2022, que Estados Unidos defendería a Taiwán «si de hecho se produjera un ataque sin precedentes».

Pero Pekín podría paralizar a Taiwán varios pasos antes de ese «ataque sin precedentes» convirtiendo esas transgresiones aéreas y marítimas en una cuarentena aduanera que desviaría pacíficamente toda la carga con destina a Taiwán hacia China continental. Con los principales puertos de la isla en Taipei y Kaohsiung frente al estrecho de Taiwán, cualquier buque de guerra estadounidense que intentara romper ese embargo se enfrentaría a un enjambre letal de submarinos nucleares, aviones a reacción y misiles asesinos de buques.

Ante la pérdida casi segura de dos o tres portaaviones, la marina estadounidense probablemente retrocedería y Taiwán se vería obligada a negociar los términos de su reunificación con Pekín. Un revés tan humillante enviaría una clara señal de que, tras 80 años, el dominio estadounidense sobre el Pacífico había llegado a su fin, infligiendo otro duro golpe a la hegemonía mundial de Estados Unidos.

La suma de tres crisis

Washington se enfrenta ahora a tres complejas crisis mundiales que exigen toda su atención. Cualquiera de ellas pondría a prueba las habilidades del diplomático más avezado. Su simultaneidad coloca a Estados Unidos en la poco envidiable posición de tener que hacer frente a posibles reveses en las tres crisis a la vez, incluso cuando su política interior amenaza con adentrarse en una era de caos. Aprovechando las divisiones internas estadounidenses, los protagonistas de Pekín, Moscú y Tel Aviv tienen la mano larga (o al menos potencialmente más larga que la de Washington) y esperan ganar por defecto cuando Estados Unidos se canse del juego. Como titular, el presidente Biden debe soportar la carga de cualquier marcha atrás, con el consiguiente daño político este noviembre.

Mientras tanto, entre bastidores, Donald Trump puede tratar de escapar de tales enredos extranjeros y de su coste político volviendo al aislacionismo histórico del Partido Republicano, incluso mientras se asegura de que la antigua superpotencia solitaria del Planeta Tierra podría venirse abajo tras las elecciones de 2024. De ser así, en un mundo tan claramente empantanado, la hegemonía global estadounidense se desvanecería con sorprendente rapidez, convirtiéndose pronto en poco más que un lejano recuerdo.

(Fuente: Counterpunch)

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