Cuento de Clemente Riedemann: «Se tiene la impresión de haber visto jugar a Nelson Acosta por el Vial en el Estadio del Parque»

Es posible que esto ocurriese en Valdivia. No se está seguro de la anécdota, aunque sí de lo que se desea escribir. Pudo haber sido en la primera mitad de los años ochenta.

Obvio que se trata de un asunto romántico. El Vial es un asunto romántico. Nelson Acosta es un asunto romántico. Uno mismo lo es, escribiendo esta nota, ojalá para lectores que también lo sean. ¡Quién más va a leer una nota sobre Nelson Acosta jugando por el Vial!

Por alguna misteriosa razón, tal imagen sobresale en la memoria. ¿Cuál será la razón? En el racconto, aparece un jugador semi calvo que, acaso por eso mismo, parecía mayor que todos los demás players que se desempeñaban en el frondoso campo del Parque.

Allí mismo se había visto desplegar las figuras de un maduro “CuaCuá” Hormazábal; de un adolescente “Chamaco” Valdés; y de un ya célebre “Chita” Cruz, de modo que no cabía impresionarse de buenas a primeras con un jugador de un club de nombre tan raro: “¡Fernández Vial!”

El Club Fernández Vial se fundó en 1903. Se está hablando de uno de los clubes más antiguos del fútbol chileno. Debe su nombre al Almirante Arturo Fernández Vial, protector de los obreros ferroviarios y portuarios en la gran huelga de ese año, quien zanjó el conflicto con el Estado sin recurrir a la represión, lo que fue valorado por la comunidad y de allí el origen del nombre del club. Téngase presente.

Nelson Acosta, en tal lance, jugaba por el lateral derecho. Se le ve atajar todos los alardes del wing izquierdo valdiviano y salir jugando con brío y elegancia, buscando con largos zapatazos a sus delanteros en la ocasión. Era el espíritu aurinegro de ese equipo: defendía y atacaba con pasión tan desbordante que daban ganas de hacerse socio del Vial esa misma tarde.

En todas las trifulcas y alegatos estaba el Pelado Acosta en primera línea: férreo, acorazado, pero imponiendo espacio para el diálogo con tal que el partido siguiese su curso. Parecía haber heredado el espíritu enérgico y ecuánime del almirante. Era la personificación de la insignia de su equipo.

Gustito el que es posible darse al recordar aquella tarde soleada en el Parque Municipal de Valdivia, donde hay espacios suficientes para el deporte y para la seducción. Caminar por allí sobre las hojas crujientes del otoño es echarse en el alma una música que dura para siempre.

Grandes nubes galopaban por el horizonte y las copas de los árboles balanceaban sus siluetas con el puelche, mientras el espíritu de lucha de Nelson Acosta marcaba a fuego el alma popular del aurinegro.

No se sabe bien cómo arriban al imaginario estos asuntos. Seguro habrá de ser por romanticismo.

Se observa jugar al Vial, ahora mismo, al otro lado de la vida. Se ve jugar a Arturo Sanhueza con más de cuarenta en sus botines y se reconoce en ellos los botines de Nelson Acosta, el espíritu salvaje que motiva esta escritura.

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